Francisco Morales Nieva: in memoriam. Paco Nieva, delirio del amor hostil

FRANCISCO MORALES NIEVA: IN MEMORIAM


Boletín de la Real Academia Española
[BRAE · Tomo XCVIII · Cuaderno CCCXVII · Julio-Diciembre de 2018]
http://revistas.rae.es/brae/article/view/266


PACO NIEVA, DELIRIO DEL AMOR HOSTIL

«Esa guirnalda, pronto que me muero, teje deprisa, canta, gime, canta, que la sombra me enturbia la garganta y otra vez viene y mil la luz de enero. Entre lo que me quieres y te quiero, aire de estrellas y temblor de planta, espesura de anémonas levanta con oscuro gemir un año entero. Goza el fresco paisaje de mi herida, quiebra juntos y arroyos delicados, bebe en muslo de miel sangre vertida. Pero, pronto, que unidos, enlazados, boca rota de amor y alma mordida, el tiempo nos encuentre destrozados».

Este era el poema favorito de Francisco Nieva y lo recitaba con la calidad y la cadencia de un gran actor…

Nieva, Paco Nieva, Francisco Nieva es la palabra herida, que todavía sangra sin cicatrizar. El escritor fallecido hace dos años fue el dramaturgo, el pianista, el actor, el compositor, el novelista, el poeta, el director de escena, el académico, el bailarín, el pintor, el articulista, el escenógrafo, el delirio, la irrealidad, la permanente denuncia de la España oscurantista y macabra. Quevedo al hombro, ceniza enamorada, fuego ensordecedor, fiesta permanente del idioma, orgía de la palabra, apoteosis de la máscara, aquelarre y noche roja de Nosferatu con tembladera virginal, Francisco Nieva fue el hombre-arte, el hombre-teatro, el hombre-poesía, el hombre-novela, el hombre-niño.

En Las cosas como fueron, memorias urbi et orbi del escritor, su sinceridad sin aspavientos estremece. El autor ha puesto un espejo delante de su alma y lo cuenta todo, desde los años adolescentes y el reclamo inacabable de Carola y el sexo, hasta el triunfo social y literario. Los pasajes más escabrosos de su vida lo son para los demás, no para él. «No tengo el menor empacho en decir –escribió– que para un escritor o un artista –o un artista-escritor– la bisexualidad aporta algo valioso en el plano moral». Y añadió, tal vez con exageración: «No es difícil rastrear la bisexualidad en cantidad de escritores, en Flaubert, en Verlaine, en Tolstoi y en tantos más, hasta nuestro Cervantes».

Bisnieto del sacerdote helenista Ciriaco Cruz, hijo de Francisco Morales, que fue gobernador civil durante la República, sobrino de Cirilo del Río, ministro republicano con Portela Valladares, discípulo inicial de los postistas, hermano de Ignacio, compositor y pastor evangélico, estudiante en la Academia de Bellas Artes, admirador de Antonin Artaud, viajero incansable, Francisco Nieva vivió en las principales ciudades europeas de entreguerras y se relacionó con los grandes nombres de una época culturalmente insuperable.

Ciudadano del mundo, el autor de El baile de los ardientes ensanchó su cultura universal en los círculos de vanguardia de los países occidentales. Conoció a todos los que contaban. Su capacidad para el contacto con los provocadores, con los hombres y mujeres que definen el siglo xx, fue asombrosa. Nieva gritaba en los poemas de la consumación de Vicente Aleixandre; se abrazaba a la muerte que tiembla asustada en los sonetos de Shakespeare; se expresaba fugazmente en el país imaginario de El viaje a Pantaélica; se desnudaba en el gabinete campestre de la tía Leda; se hacía palabra desolada en La llama vestida de negro, plomo candente en la carroza insólita, combate de Ópalos y Tasia. Nieva superó a Artaud, a Beckett, a Arrabal, a Genet, a Adamov, a Ionesco. Retornó como Proust al tiempo perdido en Carne de murciélago, con aquel pasaje inolvidable del jamón de Noruega. Se casó, en fin, con Genevieve Escande por el rito protestante para escandalizar a la beatería franquista.

Estrenó 40 obras de teatro, publicó 8 novelas y una decena de ensayos. Sus Obras completas asombran por la indeclinable calidad literaria. Víctor García de la Concha las enriqueció con un prólogo de punzante sagacidad y Pere Gimferrer, con maestría, introdujo a los lectores en la obra del gran dramaturgo. Se adornó Nieva con los premios de mayor relieve, desde el Nacional de Teatro al Nacional de Literatura, desde el máximo galardón a la Escenografía a la medalla de oro al mérito en las Bellas Artes. Participé yo en los jurados del Mayte, del Mariano de Cavia, del Príncipe de Asturias de las Letras, del Valle-Inclán, y en todos, el autor de Delirio del amor hostil ganó con la mayor facilidad.

Nieva agonizaba intelectualmente entre la inundación del estiércol. Convirtió a la prostituta azul en lóbrega puta, que bebía las estrellas y después las escupía. El escritor clamaba al cielo en Pelo de tormenta; se hacía surrealista en los viejos tiempos de Rixes y Cobra, resucitados hoy, como todo el surrealismo, en los videoclips; se conmovía con el glamur del mundo gay de Nueva York antes del sida, pero besaba a la extraña Lowel, «una criatura en porcelana y de tamaño natural». Tras los cabellos de oro de los dioses paganos, Nieva se desorbitaba del brazo de Breton o se encabritaba en el Marat-Sade de Weiss, en El zapato de raso de Claudel, en Tirante el Blanco, en Corazón de arpía, en El rayo colgado, en Coronada y el toro.

Como Picasso, como Pau Casals, como García Lorca, como Ortega y Gasset, como Gaudí, Nieva situó su obra por encima del bien y del mal, y durante largos años estuvo considerado como el representante máximo de la cultura española. Fue un prodigio de sabiduría e instaló todo lo que hacía en el más alto nivel cultural europeo. Su última novela, autobiográfica en parte, perversa, deslumbrante, provocadora, escrita en un castellano que se fríe en la sartén, es una delicia para el buen gusto literario. Las vanguardias del siglo xx desfilan en caravana por La mutación del primo mentiroso.

Manuscrito encontrado en Zaragoza, la erizante novela de Potocki, publicada en 1804 en San Petersburgo, estudiada por Nieva en la edición de 1958 que arropó Roger Caillois, permitió al autor de Pelo de tormenta levantar sobre la escena un espectáculo visionario y ávido. En Manuscrito encontrado en Zaragoza está el Nieva del surrealismo incesante, del romanticismo melancólico, del onirismo en torrente, de las sombras chinescas del Accatone de Pasolini, de la fiebre simbolista de Gustavo Moreau, de la música de Ignacio, su hermano, con sueños dodecafónicos y atonales de Schönberg, de Alban Berg, de Krenek, Manuel de Falla a ráfagas, y también los quejidos del violinista Arcángelo Corelli. Y la música arrebatada de Igor Stravinsky que le deslumbró con Petrushka y La consagración de la primavera. Nieva, en fin, Nieva puro, Nieva que ensordece, Nieva que es hielo abrasador, que es fuego helado, Quevedo siempre, Nosferatu al acecho, furiosa independencia, bondad desbordada y permanente, Nieva a veces lejano y solo, «mirad cuál amistad tendrá con nada el que en todo es contrario de sí mismo».

Una paloma blanca va por la nieve, quiere levantarse, pero no puede, quiere levantarse, ir por la nieve pero no puede, pero no puede. Paco Nieva, en el temblor lírico de Rafael Alberti, era el cordero que se disfrazaba desesperadamente con piel de lobo pero no podía hacerse malvado, no podía. Bostezaba de aburrimiento, eso sí, en las comedias de los otros. Pintó los figurines de la Cinderella de Prokófiev y Felsenstein. Se apasionó con la piel sedosa y agresiva de los cuerpos altivos, con los viajes iniciáticos de la vida y de la muerte. Creó, en fin, la fiesta ritual de Nosferatu, en la que el coro es intérprete y desarrolla el agón, el epirrema, la mímesis, la katarsis, el deus ex machina. Inauguró el reconstruido Teatro Real con sus figurines perturbadores y la escenografía amotinada en la última vanguardia, Falla sollozando al fondo. Director de óperas, zarzuelas, ballets, comedias, puso en escena a Prokófiev, a Granados, a Falla, a Ravel, a Albéniz, a Pucchini, a Chapí, a Verdi, a Mozart, y también, es claro, a incontables dramaturgos clásicos y actuales. Para él, el teatro era «una ceremonia ilegal, una actividad criminal, el único cercado orgiástico y sin evasión». Era «el otro mundo, la otra vida, el más allá de nuestra conciencia».

Imposible definir a Nieva, el autor que huyó siempre de la giliporcelana estúpida y del fraile ahembrado y letrinal, del artista pudoroso y del político entristecido y turbio. Nadie fue capaz de escudriñar su pensamiento profundo. Había instalado su libertad personal en el altar de la vida. Con los años aprendió a comprender, no a juzgar. Superó el surrealismo y el postismo y se adentró en las vanguardias liminares del siglo xxi. Constructor de ataúdes, sepulturero de la vanidad ajena, monarca de la perversión, se hundió en la piel de las niñas virtuosas, las de la tembladera virginal, y viajó a Pantaélica excitando a la llama vestida de negro, allí donde la reina Kelly se debate entre el tango argentino y el cubismo sumerio, acogotada por Mefistófeles en la espuma del atardecer, todo ello con esa compleja simbología, tan agudamente estudiada por Angélika Becker.

En mi despacho del ABC verdadero, organizó Nieva una tertulia literaria, siempre acompañado por sus dos grandes amigos, Carlos Bousoño y Claudio Rodríguez. Nos reuníamos los viernes y tengo el mejor recuerdo de la altura con que se hablaba de arte y literatura en conversación con los grandes escritores y artistas de la época que nos visitaban. Paco incorporaba el conocimiento directo que tenía de los personajes europeos del cine, del baile, de la pintura y la escultura, del teatro. Recitaba versos de Oda en la ceniza y Bousoño sonreía complacido. Una tarde de otoño y de tristeza le dijo: «Carlos, ¿de dónde has sacado eso de la indescifrable inmortalidad del esqueleto? Es que llevas razón. Lo único que tenemos de inmortal son los huesos». Paco Nieva solía decir, tal vez con amargura: «Bien sabe Dios, que soy ateo»

Presumía de que había bailado clásico con la ágil calidad de un Nijinsky. Entendía la pintura como una cosa mental al estilo de Leonardo da Vinci. Escribió la más lúcida interpretación que he leído sobre La Familia Real, el inquietante cuadro de Antonio López en el que el pintor grita desde el lienzo a los personajes que retrata de la realeza: «Ustedes no son nadie». O mejor dicho: «Ustedes son como los demás, como todos nosotros». Ni boato ni tronos ni armiños ni salones palaciegos ni oros fatigados ni uniformes de gran gala ni genuflexiones ni reverencias. A Paco Nieva le gustaba ver así a reyes y príncipes, desde la democracia profundamente entendida. Consideraba el cuadro de Antonio López una «pintura anticonvencional e inquietante, de todo punto magistral».

«Fabuloso furor sin tregua», Nieva se sumerge en la «ceremonia ilegal», en el «crimen gustoso e impune», en la «tentación siempre renovada» que es el teatro, su aquelarre orgiástico y su martirio. Los viejos tiempos de las contessinas en albornoz y los príncipes vestidos de alpaca, en una Venecia que nunca volverá, dejaron en la escritura de Nieva una huella fugitiva que todavía se puede rastrear. En medio del túnel, el autor encendió una luz propia que fragilizaba el silencio de Dios. Su inteligencia siguió cabalgando a galope tendido hasta la muerte, pero, en los últimos años, la palabra se le había sosegado porque quería combatir la tiranía de algunas vanguardias memas y abrir los caminos nuevos del siglo xxi. Decía que ninguna rosa seca había resucitado entre las páginas de un libro. Lo inteligente era mirar hacia adelante. Quiso dejar por eso su testimonio de muerto embalsamado, sepultado después en la dignidad del olvido. No penetró nunca «los ázimos hurmiento» aunque en el telar de su conciencia había tejido la tristeza indeclinable. Como la nieta al poeta de la luz, aquella niña también le podría decir al autor de Caperucita y el otro: «Abuelo, respiras igual que un pájaro viejo. ¿Por qué conservas en ti tantas lágrimas?»

Porque Nieva, Paco Nieva, Francisco Nieva, es la palabra herida, que todavía sangra sin cicatrizar.

Luis María Anson

de la Real Academia Española

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Edición impresa: ISSN 210-4822
Edición en línea: ISSN 2445-0898
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