El idealismo lingüístico en "Del lenguaje en general" (1939) de Ramón Menéndez Pidal

EL IDEALISMO LINGÜÍSTICO EN DEL LENGUAJE EN GENERAL (1939) DE RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL


Boletín de la Real Academia Española
[BRAE · Tomo XCVIII · Cuaderno CCCXVII · Julio-Diciembre de 2018]
http://revistas.rae.es/brae/article/view/265

Resumen: En 1939 Menéndez Pidal redacta «Del lenguaje en general» como introducción a su Historia de la Lengua española. En el texto aumenta la terminología propia del idealismo lingüístico de Vossler en relación con otras publicaciones anteriores y posteriores. No obstante, no se trata de un cambio esencial en los planteamientos teóricos de Pidal, ya asentados desde Orígenes del español (1926), sino de un intento de modernización de su teoría tradicionalista a partir de los términos propios del idealismo triunfante entre sus discípulos.

Palabras clave: Cambio lingüístico; lingüística romántica; neogramática; neolingüística; tradicionalismo.

LINGUISTIC IDEALISM IN RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL'S DEL LENGUAJE EN GENERAL (1939)

Abstract: In 1939 Menéndez Pidal wrote «Del lenguaje en general» as the introduction to his work Historia de la Lengua española. In this text, he increased the terminology coming from Vossler's linguistic idealism in relation to other earlier and later publications. This was not, however, an essential change in Pidal's theoretical foundations, already established since Orígenes del español (1926), but an attempt to modernize his traditionalist theory using the terms of idealism, which was triumphant among his disciples.

Keywords: Linguistic change; romantic linguistics; neogrammar; neolinguistics; traditionalism.


Introducción

Al menos desde 1901 Menéndez Pidal había tenido la aspiración de redactar una Historia del Idioma Español. En un plan de publicaciones esbozado en verano de ese año se planteó terminarla para diciembre de 19121. Como es sabido, este propósito se fue retrasando por diversos motivos. Uno evidente consistió en los múltiples intereses que le ocuparon en su investigación; no obstante, es plausible que también influyeran en esta postergación dos publicaciones científicas y, en sus últimos años, una circunstancia familiar.

En 1905 aparece el tomo De l'époque latine à la Renaissance de la Histoire de la langue française de Ferdinand Brunot (1860-1938)2. Esta obra se inscribe dentro de la filología comparada. Brunot fue alumno de Gaston Paris (1839-1903), quien, a su vez, había aprendido en la Universidad de Bonn el método comparatista de Friedrich Diez (1794-1876). Paris también constituye un referente fundamental en la labor intelectual de Menéndez Pidal, como él mismo confiesa en la necrológica que redacta con motivo de su fallecimiento3. En su época de estudiante universitario (1885-1890), se había formado leyendo en la biblioteca del Ateneo de Madrid la Grammaire des langues romanes de Diez en la traducción, entre otros, de Paris4 y también es sencillo advertir el esquema general de la tesis doctoral de Paris –Histoire poétique de Charlemagne (1865)– en el planteamiento de su primer libro –La leyenda de los Infantes de Lara (1896)–5. Igualmente, desde el mismo año de la publicación de esta obra, se cartea con el maestro francés y en 1898 llega a conocerlo personalmente6. En definitiva, los fundamentos teóricos esenciales de Brunot y los de Menéndez Pidal no tenían por qué ser muy distantes a comienzos del siglo xx; no obstante, sí lo eran los estudios previos sobre los que se sustentaban.

En el prólogo del primer volumen Brunot anuncia una obra en tres tomos que llegaría hasta el francés de 19007. En realidad, los tomos que publicó en vida fueron nueve, el último, en dos partes, sobre el francés de la Revolución (1927) y el Consulado y el Imperio (1937). Para un estudioso español de las dos primeras décadas del siglo xx era extremadamente difícil levantar una obra para su lengua de la envergadura de la de Brunot. Aparte de los indudables méritos del investigador francés, hay que destacar los numerosos estudios de autores de lengua francesa y de lengua alemana que le servían de apoyo, estudios inexistentes todavía para el español. No hay que olvidar que la filología románica en alemán anterior a la Primera Guerra Mundial estaba, ante todo, dedicada al francés y al italiano, y en mucha menor medida al español. La comparación de una historia del español redactada por Pidal en la década de 1910 con la de Brunot, confrontación que sin duda hubiera llevado a cabo cualquier romanista, no hubiera sido demasiado favorable para el español.

Pese a que en 1916 Menéndez Pidal continuara pensando en publicar «cuanto antes» la Historia de la Lengua8, no es hasta el segundo cuarto del siglo xx cuando la Escuela de Madrid consolida unas propuestas teóricas propias con Orígenes del español (1926)9. Después de afianzada su interpretación del castellano primitivo y medieval en el primer lustro de la década de 1930, Menéndez Pidal trabaja intensamente en investigaciones sobre el español de la Edad Moderna10. Posiblemente una historia de la lengua hubiera sido factible a finales de esa década o a comienzos de la siguiente; no obstante, la Guerra Civil interrumpió lo que hubiera constituido el desarrollo normal de la tarea propuesta. Menéndez Pidal sale para el destierro en 1936 abandonando en Madrid los materiales ya elaborados de la Historia y sus ficheros, y no regresa hasta mediados de 1939. La España a la que vuelve no es la misma, ni tampoco la colaboración institucional de la que puede disfrutar11.

La segunda publicación que muy posiblemente retrasó la Historia de la Lengua fue obra de un discípulo. En una carta de marzo de 1937 Rafael Lapesa (1908-2001) le anuncia que había comenzado a redactar un «manualito» de Historia de la lengua a petición de Tomás Navarro Tomás12. Su primera edición (Madrid, Escelicer) apareció en 1942 con un breve prólogo –un par de páginas– del propio don Ramón. Como ha destacado Catalán13, la existencia de esta obra también pudiera haber variado los planteamientos de Menéndez Pidal sobre la urgencia de su Historia, al menos de la versión abreviada que tuvo en proyecto, pues ya era accesible otra que con planteamientos teóricos próximos, aunque no idénticos, ocupaba ese espacio.

Por último, ya en su vejez don Ramón sabía que su nieto Diego Catalán Menéndez-Pidal (1928-2008)14, que venía colaborando personalmente con él hasta que en 1954 ganó una cátedra en la Universidad de La Laguna, podía llevar a buen puerto tanto las obras sobre la épica y el romancero como su Historia. De hecho, junto a su primo Álvaro Galmés de Fuentes (1924-2003), ya había publicado en 1950 «La vida de un romance en el espacio y el tiempo», en el que empleaba con rigor el método pidaliano en el estudio de las variantes de un romance15, y en 1955, posiblemente como fruto de su memoria de oposiciones, el libro La escuela lingüística española y su concepción del lenguaje16, en el que exponía en esencia la concepción de la evolución de la lengua de su abuelo.

En definitiva, no fue hasta 2005 cuando Diego Catalán editó la Historia de la Lengua española. Esta obra consta de dos volúmenes: en el primero, Catalán recopila los materiales que había redactado Menéndez Pidal desde los primeros pobladores históricos de la Península hasta finales del siglo xvii –en su opinión, los materiales sobre épocas posteriores no están suficientemente elaborados–; el segundo tomo se abre con un capítulo titulado: «Del lenguaje en general (Ensayo de una presentación de la Historia de la Lengua) 1939 (con algunas actualizaciones posteriores)» (págs. 7-75), le sigue otro de Catalán: «Una catedral para la lengua (Introducción a la Historia de la Lengua de Menéndez Pidal) 2004» (págs. 77-354), y se cierra el volumen con unos ricos índices del conjunto de la obra (págs. 355-737) y un índice del propio volumen ii (págs. 739-747). De este modo, cumplió Catalán la voluntad testamentaria de su abuelo de que fuera él quien completara sus trabajos ya avanzados17. El presente artículo busca iluminar las ideas lingüísticas, sobre todo en relación con la lingüística idealista, que sustentan el capítulo que iba constituir en 1939 parte de la introducción teórica de la Historia de la Lengua española.

El borrador de un capítulo introductorio

Poco después de su vuelta del destierro, Menéndez Pidal redacta el núcleo de «Del lenguaje en general» entre el 14 de septiembre y el 15 de octubre de 193918. Aunque no se trata de un texto completamente acabado, se encuentra suficientemente desarrollado como para evaluar las principales ideas lingüísticas que le ocupaban en aquel momento. En él se muestra una concepción ya asentada de la evolución de la lengua, una concepción que se acomoda en lo esencial a lo expuesto en Orígenes del español (1926) –en notas posteriores al texto de 1939 cita por su tercera edición, la de 1950–, aunque fuertemente influida por el idealismo lingüístico más reciente.

En cuanto a las referencias a otros autores en sus páginas, consisten más bien en recordatorios para no olvidar en una redacción definitiva ciertos asuntos que separaban su pensamiento del de ellos. Brunot (págs. 21-22) no debería admirarse de que el francés literario del xvii no sea el de los hombres de letras, sino el de la clase social de los hombres y mujeres de mundo, ni considerar que los extranjerismos entran en la lengua en momentos de debilidad del idioma (pág. 32-33); Dauzat se equivoca al buscar motivos fisiológicos en los cambios articulatorios (págs. 29-30), al pretender cronologías exactas en los cambios lingüísticos (pág. 58) o al plantear la periodización de su estudio de la lengua francesa (pág. 73); Ascoli no acierta proponiendo la influencia del clima en la pronunciación (pág. 30); tampoco es buena la explicación de Meillet –próxima, por cierto, a una explicación idealista– de la pérdida de las desinencias causales (pág. 31), ni atinan él mismo ni Meyer-Lübke en la interpretación del «estado latente» de la lengua (págs. 37 y 60-61); Rousselot y Gauchat yerran en sus afirmaciones sobre los dialectos (pág. 39); desatina la explicación mecánica de Schleicher de los cambios lingüísticos (pág. 49), o se equivoca Vendryes al considerar que el cambio lingüístico no parte del individuo (pág. 50 n. 56). No se trata, sin embargo, de un ataque a la obra completa de ninguno de estos autores, sino una muestra de su discrepancia en ciertos aspectos para reflejar una postura propia; así, por ejemplo, pese a disentir de Meyer-Lübke en relación con el estado latente, lo incluye entre los «geniales lingüistas» (pág. 61). El respeto de Pidal a las otras escuelas e investigadores, sobre todo a las previas, era un propósito moral y metodológico. «Todo concepto antiguo que se desecha tiene mucho de verdadero y el desecharlo violenta y totalmente (y más si al desecharlo se añaden la befa y el menosprecio) es una prueba de incomprensión que dan demasiado a menudo», escribe en una papeleta sin fecha (s/f) con el título «Naturaleza del lenguaje: Prólogo», que se encuentra en la Fundación Ramón Menéndez Pidal (FRMP)19. Sigue, de este modo, el lema que Francisco Giner de los Ríos (1839-1915) había escuchado a un labrador y repetían sus discípulos, entre ellos su propia esposa y colaboradora doña María Goyri (1873-1954): «Todo lo sabemos entre todos»20.

La lingüística romántica

En los primeros párrafos del capítulo, Menéndez Pidal se sitúa frente a «los lingüistas románticos» (cita a Grimm, Bopp y Max Müller), «la lingüística positiva» (cita a Schleicher, Meillet y Vendryes) y la «lingüística idealista» (cita a Croce y Vossler)21. De las dos primeras corrientes presenta claras disensiones, a la tercera –la idealista– la trata con más deferencia. Detengámonos en la primera.

De aquellos que introduce como «lingüistas románticos» le separa, de acuerdo con sus propias palabras, la concepción del nacimiento de las lenguas como perfectas y sujetas únicamente a un decaimiento posterior. No obstante, si bien le distancian las respuestas, en realidad, a Menéndez Pidal le une al Romanticismo buena parte de las preguntas que se hace como lingüista. Se considera que el movimiento romántico comienza en Alemania en la década de 1760 y termina aproximadamente hacia 183022; no obstante, muchas de las ideas que nacen en él perviven con distinta centralidad en los estudios humanísticos en el siglo xx y se observan sin dificultad en la obra de Menéndez Pidal.

En el Romanticismo, según Berlin, empuja, por un lado, una corriente científica que se origina en el siglo xvii en las ciencias naturales y que se asienta en las ciencias humanas con la Ilustración. Mantiene esta corriente que el conocimiento se basa en la razón con un método deductivo en las matemáticas e inductivo en las ciencias naturales. En la época de formación de Menéndez Pidal en las humanidades a esta metodología inductiva le correspondía una minuciosa recogida de datos sobre los que alzar conclusiones; así, don Ramón repetía a sus discípulos el lema que había aprendido de Gaston Paris: «La probité vaut plus que la compétence»23. Del otro lado, en el movimiento romántico compite con el inductivismo de las ciencias naturales la nueva interpretación romántica del ser humano y de la colectividad. Esta nueva interpretación conduce a que en los estudios de lengua y literatura que nos ocupan pierdan valor la gramática lógica y la retórica que dominaban en el xviii, y lo adquieran la historia de la lengua y la historia de la literatura. Para una mentalidad ilustrada, la historia regalaba ejemplos que permitían guiar el comportamiento de los individuos; en cambio, para una mentalidad romántica, la historia, al desvelar los orígenes, proporcionaba la verdadera explicación de la situación contemporánea y predecía la futura. Asimismo, de acuerdo con el pensamiento romántico, esta historia no es de individuos de forma independiente sino como miembros de un grupo. Para un romántico toda persona se reconoce como perteneciente a un grupo y este grupo –generalmente, «el pueblo»– posee características psicológicas propias de una persona. No extraña, pues, que Menéndez Pidal emplee el sintagma «el pueblo X» –en lugar de «los pobladores» o «la población», pongamos por caso– como un axioma cuya existencia no habrá que probar. Defiende, por ejemplo: «[] apenas habrá pueblo sobre la tierra que no haya mudado de idioma una o más veces en el curso de su historia. En España los vascones, en época prehistórica, olvidaron su lengua para usar la de los íberos; luego en época histórica los vascones del Sur, lo mismo que los íberos, olvidaron el idioma ibérico para hablar latín» (pág. 36). Así pues, desde la prehistoria existen pueblos que hablan lenguas24. Igualmente, si la Ilustración del siglo xviii, buscaba respuestas válidas sobre los más diversos asuntos para toda la humanidad, el Romanticismo requiere respuestas para cada colectividad. A ojos de un pensador romántico, los seres humanos pertenecen a un grupo, viven en un territorio y hablan una lengua, y esto hace que tengan un vínculo entre ellos mayor que con cualquier otra persona de otro lugar y de otra lengua. Se lee en «Del lenguaje en general»: «Los hombres que hablan otro idioma pertenecen a otro orbe histórico; la diversidad de lengua divide a la humanidad en naciones apartadas, poniendo entre unas y otras una tajante frontera de incomprensión» (pág. 16).

Otra peculiaridad romántica que se reconoce en su obra consiste en la importancia de la literatura en la historia en general y, particularmente, en la historia de la lengua. El Romanticismo fue el primer movimiento en Occidente en el que el arte dominó otros aspectos de la vida25. A la liberación política del individuo que procuró la Revolución francesa, le correspondía una revolución espiritual liberadora basada en el arte y en la literatura26. Esta transcendencia de la literatura constituye también un axioma en la obra de Menéndez Pidal. Explica, por ejemplo, la difusión de una lengua a partir de un núcleo –Île-de-France para el francés, Florencia para el italiano y Burgos para el castellano– porque, siendo un poder político prominente, «conserva su preponderancia gracias a su más activa literatura, que en reiterados florecimientos esparce sus semillas a todas las tierras afines disponiéndolas para dar nuevos frutos del habla ejemplar. Es así la lengua común causa y efecto a la vez de una unidad cultural y de una unidad literaria» (pág. 19).

En definitiva, las preguntas sobre el lenguaje a las que Menéndez Pidal quiere responder en este capítulo introductorio a su Historia de la lengua nacen con el Romanticismo, si bien las respuestas no son idénticas a las que propusieron Jacob Grimm y sus contemporáneos27.

La lingüística positivista

En el segundo párrafo de este capítulo introductorio, Menéndez Pidal disiente de la lingüística positivista. El positivismo llega a España arropado por el krausismo. En España parte del pensamiento romántico se había introducido de un modo sistemático con la adaptación la filosofía de Krause por Julián Sanz del Río y, posteriormente, con su difusión por parte de Francisco Giner de los Ríos y sus discípulos. Ya a finales del siglo xix la filosofía krausista española se había vinculado a las doctrinas evolucionistas darwinianas que, en los estudios sociales, se habían difundido con la interpretación de la sociedad de Herbert Spencer (1820-1903) en el llamado darwinismo social28. A finales del siglo xix, Adolfo Posada, destacado krausista, denomina a esta combinación del idealismo de Krause y el biologismo de Spencer «krausismo positivo». Así pues, cuando en sus años de estudiante universitario Menéndez Pidal se enfrenta a teorías que defienden el biologismo evolucionista en el estudio de las lenguas –como había propuesto August Schleicher (1821-1868)– o a la existencia de leyes lingüísticas que guían esta evolución –como la corriente neogramática– no tiene por qué admirarse: en sus trazos más generales, la evolución de la sociedad como un ente vivo es una idea compartida por bastantes de los intelectuales españoles de la época.

No obstante, ya a finales del xix acontece en Europa la crisis del positivismo, esto es, de las doctrinas de Claude Bernard en ciencias naturales o Herbert Spencer en sociología, con el antecedente romántico de Comte29. Eminentes pensadores como Bergson, Croce, Cassirer, Dilthey, Freud, Husserl y, en España, Ortega guían esta renovación del pensamiento europeo. Se trata, principalmente, de una recuperación de la persona como centro de interés del estudio de las humanidades. En la obra de Menéndez Pidal esta transición se manifiesta, por ejemplo, en las diferencias entre la primera edición de su Manual elemental de gramática histórica (1904) y la edición de 1925, donde existe una modificación de su fundamento neogramático y una introducción de la teoría tradicionalista que, para entonces, Pidal había ido desarrollando30. Esta evolución queda consolidada y manifiesta en los principios teóricos de Orígenes del español (1926). En cualquier caso, no hay que pensar en rupturas tajantes. El positivismo lingüístico se puede esbozar como una conjunción entre las ideas románticas que se pergeñaron más arriba y, en algunos aspectos, el biologismo darwiniano. En su transición, Menéndez Pidal abandona parte del biologismo –conserva la idea de ley, pero ya no será de aplicación independiente de la voluntad del inviduo–31 y remoza el Volksgeist romántico con su concepto de tradición.

La lingüística idealista

Qué entiende Menéndez Pidal por lingüística positivista en este capítulo introductorio debe mucho al librito Positivismo e idealismo en la lingüística (1904) de Karl Vossler (1872-1949), que se publicó en español en 1929 junto con El lenguaje como creación y evolución (1905)32. La lingüística idealista es la tercera corriente que se presenta al comienzo de «Del lenguaje en general»33. Vossler, seguidor y amigo de Benedetto Croce (1866-1952), interpreta de acuerdo con la filosofía idealista del maestro italiano la corriente neogramática como positivista; a esa lingüística opone su propia lingüística idealista. En España se conocía a Croce e, incluso, este autor se carteaba con intelectuales españoles, particularmente con Unamuno34. El catedrático de Salamanca prologa en 1912 la traducción de su Estetica come scienza dell'expressione e linguistica generale; no obstante, la profunda influencia idealista en España en los asuntos de lingüística comienza algunos años después a través de Vossler. El conocimiento de la obra de este último entró en España por Cataluña con la traducción Positivisme e idealisme en la ciència del llenguatge de Manuel de Montoliu (1877-1961) en Quaderns d'estudi (1915-1917)35.

En la Escuela de Menéndez Pidal, Amado Alonso (1896-1952), el discípulo de Menéndez Pidal más preocupado por la lingüística general, mostró primeramente algunas reticencias hacia las conclusiones de Vossler en 192736, pero en 1930 ya considera que «con alguna resistencia, o sin ella, todos nos hemos tenido que rendir a la nueva verdad; todos somos un poco o mucho discípulos del sabio profesor de Múnich»37. Así pues, cuando Menéndez Pidal escribe su capítulo introductorio a la Historia, el idealismo de Karl Vossler –o, al menos, su crítica al positivismo neogramático– ha triunfado, si bien con matices, entre sus propios discípulos38, incluso han sido ellos mismos quienes han ponderado las explicaciones culturales de Orígenes como ejemplos de idealismo39. A este acercamiento de don Ramón a la teoría de Vossler se une el mutuo aprecio intelectual y personal. En la primera conferencia de un ciclo que Vossler dictó en la Universidad Central en 1929 afirma40:

[Menéndez Pidal] ha sabido determinar con toda precisión y con vasta riqueza de pormenores los caracteres primordiales de la literatura española. Él ha esbozado, realizado e integrado, modificado, completado y reducido a su sentido objetivo el concepto que tenían los románticos de la poesía popular, él ha superado el escepticismo desagregador y doctrinario de los positivistas y ha abierto nuevas vías a la investigación. A ninguno de los que estudian las creaciones, sean morales y políticas, sean artísticas y científicas de la nación española, a ninguno es lícito ignorar esto. Ni siquiera puede permitirse tal ignorancia a los lingüistas, porque el método de Menéndez Pidal se vale muchas veces de la más estrecha unión entre la crítica del idioma y la de la poesía.

También le dedica en 1932 su Lope de Vega und sein Zeitalter («A Don Ramón Menéndez Pidal, al sabio insigne, al verdadero español, al buen amigo»), escribe un prólogo a la traducción alemana de La España del Cid (1936-1937), y, por añadir un par de ejemplos más personales, Gonzalo Menéndez Pidal (1911-2008) asiste durante un curso (1926-1927) a las clases de Vossler en Múnich –le habían enviado sus padres a aprender alemán–41 y, más anecdótico, el mismo año de la redacción del capítulo que nos ocupa (1939), don Ramón celebra su cumpleaños (13 de marzo) en su destierro de París con varios colegas amigos, entre otros Vossler42. En ese momento, el antiguo rector de Múnich también sufría la separación de la universidad alemana; en su caso, por su oposición al nacionalsocialismo43. Cuando en 1952 fallece Croce, Menéndez Pidal apunta: «Muerto Croce después de Vossler, el más grande []»44.

Distintos autores han destacado una evolución de Ramón Menéndez Pidal hacia el idealismo después de Orígenes. Garatea45, por ejemplo, encuentra reflexiones de Menéndez Pidal cercanas al idealismo lingüístico en El lenguaje del siglo xvi (1933), El estilo de Santa Teresa (1941) y en ciertos pasajes de Castilla, la tradición y el idioma (1945). Igualmente, Ridruejo aprecia que, en los últimos trabajos, también se destaca el papel del individuo en el cambio fonético, «quizá como concesión al idealismo vossleriano al que se habían aproximado algunos de sus discípulos»46. Si ello se advierte en las obras publicadas en vida del autor, en «Del lenguaje en general» la influencia de la lingüística idealista es todavía más evidente. La referencia a conceptos como creación, estilo, estilística, expresión o intuición son constantes, al tiempo que se evitan formulaciones que pudieran interpretarse como una defensa del biologismo en el lenguaje. Un ejemplo de esto último se halla en el mismo título del capítulo: el cajón con las papeletas manuscritas que lo sustenta tiene como tejuelo: «Naturaleza», y, como se comentó más arriba, en una papeleta s/f que se conserva en su interior se lee: «Naturaleza del lenguaje: prólogo»; sin embargo, del título final de 1939 cae el sustantivo «naturaleza», muy posiblemente por reminiscencias neogramáticas que se intentan evitar. En definitiva, el interés sobre la influencia idealista en «Del lenguaje en general» no es tanto mostrar que existe –algo manifiesto– como apreciar en qué medida se articula el pensamiento previo de Menéndez Pidal en este ropaje idealista.

Otra corriente idealista: la neolingüística italiana

En el mismo prólogo manuscrito al que nos acabamos de referir, mantiene don Ramón que «neogramáticos o neolingüistas o cualquier otra escuela, todos tienen razón» y, más adelante, «aspiremos a no afiliarnos a ninguna escuela que no se nos pueda llamar neolingüistas, ni neogramáticos, ni ningún título breve de definición; que no se nos tenga por hombres a la moda, ni por conservadores»47. Dentro de la lingüística idealista que nace de la influencia de la Estilística de Croce, la corriente de Vossler no es la única. Sobre todo a partir de la década de 1920, se desarrolla la neolingüística italiana48. Esta es la escuela que Menéndez Pidal opone a la neogramática –la positivista por excelencia– en su ficha y no a Vossler. Si bien en «Del lenguaje en general» solo cita en una nota (pág. 44 n. 46) a Giulio Bertoni (1878-1942) –eso sí, como lingüista «idealista»–, don Ramón tenía presentes los aportes de la escuela italiana; particularmente había leído con atención y despojado en papeletas el Breviario di neolinguistica (1928), que Bertoni había publicado junto con Matteo Bartoli (1873-1946)49, y algo más importante para alguien que considera que tiene una teoría propia: en 1933, Bartoli, teniendo en cuenta a Menéndez Pidal, propone el estudio de las tradiciones populares para iluminar la evolución del lenguaje50. En cualquier caso, pese a conocer el neolingüismo, Menéndez Pidal prefirió no otorgarle un papel protagonista en su capítulo de 1939.

Ciertamente, muchos aspectos de los asuntos lingüísticos que estudia y de las referencias teóricas que presenta están, de hecho, más próximos a los neolingüistas italianos que al propio Vossler. Un ejemplo llamativo: en 1929 aparece la edición definitiva de Cultura y lengua de Francia. Historia de la lengua literaria francesa desde los comienzos hasta el presente, que Vossler había esbozado en una serie de artículos ya en 1911. En su organización sigue esencialmente la Histoire de Brunot, es el lingüista francés quien le proporciona la base documental que le permite muchos de sus análisis idealistas. Pues bien, si se compara la Historia de Menéndez Pidal con la Histoire de Brunot, destaca el interés del primero por los sustratos y la procedencia de los colonizadores latinos de Hispania (De Iberia a Hispania,)51; en cambio, para Brunot, la lengua céltica previa al latín no influye de forma determinante en el latín de la Galia, ni tampoco considera importante la fecha de importación de una lengua, sino la fecha de aclimatación.52 Así pues, lo que en Menéndez Pidal es un apartado fundamental, se convierte en Brunot en breves páginas y, por ende, también en Vossler.

Dicho con nombres de autoridades, Menéndez Pidal tiene en cuenta a Graziadio Isaia Ascoli (1829-1907) en su preocupación por los sustratos («reacciones étnicas», en su terminología) (pág. 37) y a Gustav Gröber (1844-1911) en su atención por las épocas de colonización romana. Las dos teorías, preteridas por Vossler, están, no obstante, detrás de preguntas que se hace la neolingüística sobre el cambio lingüístico53. También comparte con los neolingüistas la teoría de las ondas en la difusión de los fenómenos dialectales que expuso Hugo Schuchardt (1842-1927)54. Y, por último, los neolingüistas se apoyan, como uno de sus pilares teóricos, en Jules Gilliéron (1854-1926) y su geografía lingüística, de hecho, Bertoni fue alumno suyo; recuérdese que, por aquellos años, la Escuela de Madrid también se había propuesto llevar a cabo un Atlas Lingüístico de la Península Ibérica tomando el del lingüista francés como precedente55.

Pero no todo son semejanzas. Existían diferencias importantes entre el autor español y los italianos; principalmente, los neolingüistas eran tan radicales a favor de la creatividad individual y en su ataque a las leyes lingüísticas neogramáticas como había sido Vossler56, pero su rechazo expreso frente a la corriente neogramática no satisface a Pidal, tampoco su estrategia como escuela frente a otros investigadores57. En una papeleta s/f, se queja Pidal: «Es corriente que el innovador [¿los neolingüistas?] al adherirse a una novedad [¿el idealismo?] lo hace con el entusiasmo de neófito por una parte y por otra con el deseo de hacer muy suya la novedad que otros [¿Vossler?] ya propagan más sensatamente, usurpándosela, dándole más volumen, hinchándola para que suba como un globo ante la admiración de las masas». Y, más adelante en el mismo texto, añade –ya con nombres y en relación al rechazo tajante de Bertoni de la «ley mínimo esfuerzo» positivista– que los neolingüistas actúan «como quien descabeza a un gigante enemigo. Esto es simplicidad de pensamiento tan grande como la del positivista»58.

Creación individual

Diego Catalán rescata un fragmento de lo que hubiera sido el prólogo de su abuelo a la Historia de la lengua:

Bien veo que hay algo en mi concepción del lenguaje que lucha contra una fuerte corriente de actualidad. Cuantas veces intenté pensar según ella, no he podido. Que me perdone la crítica59.

Detengámonos, pues, en las diferencias entre la concepción del lenguaje de Menéndez Pidal y la fuerte corriente que en 1939 constituía el idealismo. Vossler diferencia en su Positivismo e idealismo entre un positivismo metodológico y un positivismo metafísico. En cuanto al primero, considera que el historiador «tratará con el más grande respeto y escrupulosidad el material» (pág. 12), esto es, admite rigor filológico. En este punto coincide con Menéndez Pidal y, al cabo, con la corriente previa inductivista que, como se ha visto más arriba, se asienta en las ciencias humanas en época romántica. Se distancia, en cambio, de lo que denomina el «positivismo metafísico». ¿En qué consiste?

Si el objeto de estudio de la lingüística romántica es la historia de la lengua, una de las cuestiones iniciales de cualquier investigación se encuentra en la causa del cambio lingüístico. En respuesta a esta pregunta, Vossler afirma: «el idealista busca el principio de la causalidad en la razón humana; el positivista lo busca en las cosas, en los mismos fenómenos». En este punto coincide con el pensamiento de Menéndez Pidal. En concordancia con Vossler, este identifica con el positivismo las explicaciones del cambio lingüístico en las que no se recurre a la conciencia del individuo. Para el positivismo más extremo, la guía de la evolución de la lengua no se encontraba en una decisión voluntaria y/o consciente de los individuos, sino en una evolución inconsciente guiada por leyes que, en el caso de la fonética, se debían mayormente a las condiciones articulatorias del aparato fonador. Tomemos como ejemplo de este positivismo las explicaciones que proporciona el lingüista francés Albert Dauzat (1877-1955)60 del cambio lingüístico, ante todo del fonético. Este admirador francés de la escuela neogramática61 considera que la pronunciación se adquiere lentamente en los primeros años y se convierte rápidamente en inconsciente y mecánica (pág. 31). La palabra está en función directa con los órganos vocales (pág. 183), esto es, la causa principal de un cambio fonético es fisiológica-anatómica, pues se debe a las disposiciones y a la estructura de los órganos fonéticos (págs. 68 y 122). El hecho de que sean causas naturales las principales en el cambio lingüístico ocasiona que, ante las mismas circunstancias, una variación en la pronunciación se produzca en la misma época en un territorio extenso y, a veces, en poblaciones que no tienen relaciones políticas ni económicas (pág. 122). Esto se debe a las predisposiciones orgánicas comunes a cada generación (pág. 70). Por lo demás, es posible, si bien no es seguro, que la raza influya en la evolución fonética (pág. 123), al fin y al cabo, en su opinión, el paladar de un alemán es muy distinto al de un francés (pág. 193). En fin, la voluntad de los hablantes, por regla general, no ejerce y, sobre todo, no ejercía antiguamente ninguna acción sobre la lengua, porque la forma lingüística es indiferente a la mayoría de las personas, que no la ven más que como un medio (pág. 64). Como Vendryes, y con tono polémico, Dauzat considera que los hechos de «deformación voluntaria» –creaciones a partir de una intuición, pensaría Vossler– comprometen tanto el principio de evolución fonética como las mutilaciones de pueblos de Oceanía comprometen la teoría de la evolución (pág. 66).

Si en un positivismo contemporáneo, como el que se acaba de ejemplificar con Dauzat, el cambio lingüístico era involuntario –por ser consecuencia de hábitos articulatorios– y predecible por leyes (pág. 290), la causa del cambio lingüístico para Vossler es la expresión de las intuiciones particulares de las personas. Siguiendo a Croce, mantiene que la intuición es una forma de conocimiento que se comunica por medio de expresiones («Es imposible distinguir la intuición de la expresión en este proceso cognoscitivo. La una surge con la otra en el mismo instante, porque no son dos, sino la misma cosa»62) Al estudio de la expresión le corresponde la Estética y al estudio de las expresiones individuales, la Estilística; de hecho, la Lingüística para Vossler es, en puridad, Estilística. Dado que entre el lenguaje diario y el literario solo hay una diferencia de grado, la Estilística constituirá la disciplina que estudia tanto la comunicación literaria como la común. En cuanto al estilo, se trata del lenguaje individual diferenciado del general. Habrá, pues, tantos estilos como individuos63.

Como Vossler, Menéndez Pidal rechaza las leyes automáticas neográmaticas a favor de la creatividad individual, pero, ante una pregunta retórica en su propio texto: «¿Venimos así a parar de lleno en el idealismo?», su respuesta es: «No, pues debemos realzar ciertos aspectos del lenguaje que el idealismo suele o solía dejar a un lado, movido naturalmente por su impulso de reacción contra el positivismo» (pág. 11)64.

Tradición

Desde el comienzo de su tarea investigadora, los estudios lingüísticos de Menéndez Pidal son subsidiarios de sus estudios literarios. Esto sucede también en su teoría del cambio lingüístico: desde 1920 se basa en las conclusiones que alcanza en el estudio de las variantes de los romances65. Catalán en 1955 presenta esta explicación como la base de la teoría de la evolución de la lengua de su abuelo66. Esta fuente de comparación –una creación literaria– hacía que fuera difícil adoptar criterios inconscientes como los que proponía el positivismo neogramático con la acomodación de los sonidos a los hábitos articulatorios. Como sucedía con las variantes de los romances, las variantes lingüísticas serían fruto de la elección de los hablantes y, del mismo modo que le había sucedido anteriormente con las variantes de los romances, el estudio de los documentos altomedievales que estaba utilizando para la elaboración de Orígenes mostraba una rica cosecha de variantes. En definitiva, en el momento del ascenso del idealismo lingüístico, Menéndez Pidal compartía con esta corriente el fundamentar los cambios en la elección de los individuos y no en leyes naturales basadas en ciegos hábitos articulatorios. De todos modos, no todo eran semejanzas.

El primer apartado de «Del lenguaje en general» se denomina «Creación y tradición en el lenguaje» y se acerca al título de Vossler El lenguaje como creación y evolución (1905). Una diferencia manifiesta se encuentra en la sustitución del término evolución por tradición. Si se distinguen, como hacen estos títulos, dos momentos en la historia de cualquier cambio lingüístico –su inicio y su aceptación–, Menéndez Pidal se adapta, aunque parcialmente como se verá más adelante, a las ideas de Vossler en cuanto al inicio –creación67–, pero se diferencia en su aceptación –evolución frente a tradición–.

Mientras es relativamente sencillo seguir el pensamiento de Vossler en cuanto a creación –esto es, mientras se apoya en Croce–, no lo es comprender el de evolución, ni en la última parte de Positivismo e idealismo ni en El lenguaje como creación y evolución, que, por cierto, no presentan explicaciones idénticas. Era previsible que lo individual fuera lenguaje como creación y lo común y regular, lenguaje como evolución (pág. 200), pero no queda claro cómo se consigue lo común en la evolución ni cómo se producen las diferentes fases de una evolución en el lenguaje. De acuerdo con la segunda obra de Vossler, la creación, como ya sabemos, se basa en la intuición del hablante y, por su parte, la evolución se corresponde con la asociación que «traslada, conserva y propaga el cambio fonético», esto es, con la analogía (págs. 148-149). Más adelante, añade «el lenguaje como evolución consiste exclusivamente en la actividad analógica» (pág. 193). Esta actividad analógica es la que otorga «duración y extensión a los procesos fonéticos individuales» (pág. 212). Vossler, que fue consecuente en el resto de su obra con la idea de creación, no lo fue en igual medida con el de analogía, que, por cierto, procedía de la misma tradición lingüística que pretendía debelar68. En Cultura y lengua de Francia, pese a que se puede localizar el concepto de analogía (entre otras, en la traducción al español en las páginas 111, 129, 176, 182 o 185)69, de ningún modo se aprecia que se trate de un concepto que estructure el estudio de la evolución del francés literario. No sucede lo mismo con la tradición de Menéndez Pidal.

Este concepto nace en sus consideraciones sobre poesía popular y, posteriormente, se traslada a la investigación lingüística. Ya aparece en sus estudios del romancero de la década de 1910 y queda definitivamente fijado en el discurso pronunciado en 1922 en la Universidad de Oxford: «Poesía popular y poesía tradicional en la literatura española»70. Se trata de un concepto que también goza de raíces románticas, en concreto, se encuentra en la obra de Adam Müller (1779-1829), quien, a su vez, lo toma de las Reflexiones sobre la Revolución francesa (1790) de Edmund Burke. Este, frente a las ideas sociales basadas en el pensamiento ilustrado que habían triunfado con la Revolución francesa, mantiene que el orden social crece orgánicamente de una alianza entre los muertos, los vivos y los todavía no nacidos. Se trata de la tradición, que es consecuencia de la sabiduría de los tiempos71. En España, Giner de los Ríos, tan próximo a Menéndez Pidal, defiende que el espíritu peculiar de cada pueblo se muestra en «la continuidad de la tradición en cada momento de su historia y la firmeza para mantener la vocación que la inspira y hacerla efectiva en el organismo de la sociedad humana»72.

Si para Menéndez Pidal no existen leyes fonéticas independientes de los individuos, también es cierto que hace falta dar cuenta de «lo colectivo». En esta tarea, la tradición le permite explicar las regularidades de la evolución de la lengua sin necesidad de recurrir a leyes fonéticas independientes de la voluntad de los individuos. Se aparta, pues, de Vossler73. Se encuentra la tradición en la memoria de los individuos y les ofrece «un sistema complejo de formas generadoras de lenguaje» (pág. 11). Cada vez que hablan, utilizan una expresión nueva constreñida «entre formas muy precisas impuestas por la tradición», porque la comunidad lingüística es una «comunidad tradicional» (pág. 13). El idioma constriñe «tiránicamente la voluntad de los hablantes de hoy porque viene de los hablantes antepasados y tiende a los hablantes futuros» (pág. 14).

¿Cómo puede suceder esto con individuos con una capacidad constante de creación? Por una diferencia esencial entre el pensamiento de Menéndez Pidal y el de un idealista seguidor de Croce –o de Humboldt–: para el primero el hablante crea «expresiones», para los segundos crea el «lenguaje». «El hablante no crea el lenguaje en cada acto de hablar; crea una expresión nueva estrechado entre formas muy precisas impuestas por la tradición» (pág. 12), aclara Pidal. Y en una papeleta s/f en la que comenta la teoría neolingüística replica: «es imposible olvidar lo colectivo, lo tradicional que se impone a esa creación cotidiana, creamos expresión pero no creamos lenguaje». Este no es un asunto menor; manteniendo esta postura, Menéndez Pidal renuncia al núcleo de la lingüística idealista: la lengua ya no es ἐνέργεια sino έργων.

En relación con el cambio lingüístico, la consecuencia es extrema: el centro de atención no está exclusivamente en las novedades creadoras de los hablantes –como mantendría un idealista–, sino muy principalmente en la desaparición de lo anterior. Con otras palabras, el cambio se produce no solo cuando aparece un fenómeno lingüístico, sino también cuando se pierden las expresiones «embotadas» [RMP]. Afirma: «El cansancio de la atención para el fenómeno frecuente, el debilitamiento de la impresión muy reiterada, es la principal causa de los cambios lingüísticos» (papeleta s/f). En definitiva, en la teoría del cambio de Menéndez Pidal la adopción de creaciones nuevas por los hablantes no es tan importante como la conservación de lo existente. Los cambios son lentos, porque, para que se den, se debe renunciar a lo que la tradición ha entregado, algo que, por otro lado, puede pervivir en una parte de la sociedad en estado latente74 y recuperarse en un momento determinado, en definitiva,no desaparecer. Se trataría, pues, de «una guerra larguísima entre una revolución y una restauración» (pág. 52).

De este modo, si bien la motivación del cambio varía en relación con los neogramáticos, Menéndez Pidal, como defiende Ridruejo75, conserva también en nuestro capítulo los principios del modelo schleicheriano de los cambios fonéticos, ya que, salvo excepciones, a largo plazo estos afectan a todos los sonidos de la lengua. De hecho, en sus notas, este respeto por la corriente que nace con Schleicher es manifiesta: «Schleicher, que pretende tratar la lingüística como ciencia natural, puede descaminar, pero no está descaminado. Hablar del lenguaje como creación individual siempre nueva, según hace Croce, es separar el concepto de lenguaje de un esencial carácter, el de hecho colectivo» (papeleta s/f). De este modo, existen las leyes lingüísticas, que «constituyen el cumplimiento de una voluntad colectiva» (pág. 53) o, dicho de otro modo, «el efecto de la imitación y adhesión a un gusto colectivo» (pág. 53 n. 60).

Otra consecuencia de la tradición que lo diferencia del idealismo vossleriano es que esta «se pierde en la lejanía inmemorial de los orígenes mismos de los pueblos» (pág. 15); de ahí que sea tarea de la filología desentrañar «vicisitudes de la nación» anteriores a cualquier documento histórico. Este tipo de planteamiento es ajeno a Vossler, para quien los cambios lingüísticos se relacionan con situaciones históricas y culturales más limitadas en el tiempo. Así, en opinión de este último, la adquisición del artículo en la última latinidad se debe a una distinta relación con la realidad motivada por sentimientos («anhelos, esperanzas y terrores sobrenaturales y espirituales») desconocidos para los latinos; en el francés medio, hubo variaciones en el significado y en las categorías gramaticales de las palabras que se correspondían con las fluctuaciones sociales propias de los siglos xiv y xv; al individualismo que se refleja en la filosofía cartesiana le corresponde un subjetivismo del francés en el siglo xvi y comienzo del xvii, y las condiciones psíquicas del Renacimiento reducen el uso de non76.

Pese a que Menéndez Pidal evita críticas a Vossler por este tipo de relaciones entre cultura y lengua, no las comparte; así, en «Del lenguaje en general» se opone a una opinión de Antoine Meillet sobre la pérdida del sistema casual en latín vulgar semejante a la de Vossler sobre el nacimiento del artículo. Meillet defiende que el sistema casual hacía autónomo al sustantivo y que esto se correspondía con la independencia de los aristócratas indoeuropeos, algo que ya no sucede en la época del latín vulgar. Por su parte, don Ramón mantiene: «No debemos pensar relaciones tan materiales, tan rudamente directas, entre conceptos políticos o morales y fenómenos gramaticales []. Los sucesos históricos, una evolución en las instituciones políticas o religiosas de un pueblo, una clase superior que pierde el poder, una guerra, una expansión comercial o cualquier otro, arrastran consigo alguna novedad en el lenguaje, más por lo común solo en el vocabulario» (págs. 31-32). Lo dicho aquí para Meillet serviría también para Vossler.

Estilística individual y estilística colectiva

Una vez resuelto en Orígenes del español (1926) cómo evoluciona una lengua en las épocas históricas anteriores a la autoría literaria, quedaba para la Historia de la Lengua explicar cómo evoluciona una lengua en las épocas posteriores. En esta tarea, Vossler había diferenciado entre momentos de progreso absoluto –momentos de creación individual– y momentos de progreso relativo, «no como creación, sino como evolución, en una actividad espiritual colectiva». Existe, pues, alternancia entre momentos en que se habla una lengua «tan claramente, tan fácil, tan correctamente, tan inteligiblemente como podemos» y otros en los que se busca hablar la lengua en un «estilo personal»77.

Menéndez Pidal ya había percibido en Orígenes del español momentos de alternancia en la «intención estética de los hablantes de entonces», ya «estuviesen dominados por corrientes de cultismo o vulgaridad, de arcaísmo o neologismo, de énfasis o de abandono en la expresión»78. En «Del lenguaje en general» se preocupa de buscar regularidades en esta alternancia. En este punto, como en otros que da cuenta de la creación individual, se percibe esta influencia del idealismo; ahora bien, la atención principal de Menéndez Pidal se centra no en el estilo individual, sino en lo que en 1939 denomina «estilística colectiva». En la vuelta de una papeleta anterior a esa fecha79, habla de una «voluntad colectiva [que] se forma por el concurso de tal cantidad de concausas que el individuo no las puede dominar y muchas veces ni las puede conocer, son imponderables»; en otra papeleta s/f, mantiene que «es cierto que el lenguaje es un fenómeno psíquico, pero de una psiquis colectiva»; en suma, en 1939 acomoda el término de «estilística colectiva» a un concepto que ya había pensado con anterioridad como voluntad o psiquis colectiva80.

Dentro de la estilística individual de Menéndez Pidal existen dos tipos estilísticos: uno conservador y uno neólogo. Los dos conviven en cualquier época –en época romana, Augusto era conservador y Marco Antonio, neólogo–, si bien en el español primitivo es difícil sistematizar alternancias por la escasez de textos conservados (pág. 69). El tipo conservador «se funda en que una lengua puede reanimarse en cada nueva creación artística sin abandonar la tradición»; el neólogo «siente que la lengua del pasado es impropia para expresar el presente, que el artista puede concebir el hoy como perfectamente diverso del ayer; su dilema es innovar o callarse» (pág. 65). Se trata de un combate continuo en la evolución del idioma y no acontece únicamente en la literatura, sino también en el habla común (págs. 68-69). Cada vez que un individuo ha de expresarse con «los materiales de la lengua tradicional» se encuentra «ante un problema de expresión, es decir, ante un problema de estilo» (pág. 45). Al tipo conservador le corresponde el estilo de naturalidad y utiliza «los elementos más tradicionales del idioma, como dotados de expresividad más común a todos» (pág. 65). En estos casos la estilística colectiva apoya «al genio personal», su ejemplo principal es el Cervantes del Quijote; por otra parte, al tipo neólogo le corresponde «el estilo de artificiosidad». Se aparta de lo común para buscar lo original, ejemplos son el Marqués de Santillana o Góngora81. De todos modos, los grandes escritores con su personalidad singular influyen poco en el origen de los cambios lingüísticos; por lo general, la invención moderada que adopta la colectividad es obra de un hablante anónimo que se acomoda al gusto común82.

Vossler también había diferenciado en la lengua de Francia estilísticas alternas. A «períodos clásicos» –el primero entre 1150 y 1250, el segundo en la época de Luis XIV– se les opondrían «periodos románticos» –el primer periodo romántico se correspondería con la Chanson de Roland83–. No obstante, no existe un desarrollo sistemático de estas dos estilísticas alternas en su Cultura y lengua de Francia, algo que Menéndez Pidal sí procura. En todos los momentos del español –antiguo y primitivo, clásico y moderno– existirían «impulsos de renovación vital» para expresar mejor las nuevas condiciones de vida. En un primer momento esta renovación se lleva a cabo buscando «recursos patrimoniales», se basa, pues, en la naturalidad de la tradición y conduce a la serenidad clásica (pág. 44 nota 46). Con el tiempo, se agota este movimiento de naturalidad y nace un nuevo estilo que se aparta de la lengua común. En la alternancia, el agotamiento de este nuevo movimiento lleva a otro momento de naturalidad. Esta torna no retrae a la situación anterior, no se elimina todo lo creado. La lengua no oscila como un péndulo sino en un «zig-zag de amplitud irregular» (págs. 69-71).

Periodización

Lo que podía limitarse a la distinción de ciertos periodos en la evolución de la lengua se presenta en «Del lenguaje en general» de un modo más sistemático y, al mismo tiempo, más comprometido: «Cada una de estas edades del español dura unos dos siglos y medio» (pág. 71), aunque sea difícil delimitar perfectamente periodos fuera de la estilística personal que facilitan las obras literarias.

En 1933 Menéndez Pidal había publicado un artículo sobre «El lenguaje del siglo xvi»84. Se trata de un artículo en una revista ensayística sin aparato bibliográfico, pero en el que se apuntan divisiones menores en esas etapas mayores. Anuncia en él que ha reservado para una «obra extensa» la discusión de los fundamentos de la propuesta que presenta, pero los concreta tanto al comienzo como al final del artículo: en el estudio de la lengua del siglo xvi es preciso distinguir épocas menores que resume al final (Nebrija, con una orientación andaluza; Garcilaso, norma toledana; los místicos, predominio de Castilla la Vieja; Cervantes, norma literaria «de grandes individuaciones estilísticas»)85. En 1939 se habla de generaciones. Se trata de periodos «de veinte a cuarenta años por lo común» (pág. 75). Se parte de la documentación de obras de autores, suponiendo que esta estilística individual tenga alguna correlación con «la estilística colectiva, que opera sobre los elementos tradicionales del lenguaje» (pág. 75). En el estudio de la lengua hablada, que se halla menos documentada, propone «periodos más largos que engloban varios de la lengua artística». De todos modos, de acuerdo con lo que se puede leer en una papeleta manuscrita recogida en el fichero de la FRMP en el que se encuentra el original de «Del lenguaje en general», no debió quedar muy conforme con el término «generación» y muy posiblemente lo hubiera rectificado en una redacción posterior. Se lee en la papeleta s/f:

No hablar de generaciones, teoría positivista ya arrumbada que no conviene asociar a la mía, decir no «hombre de otra generación anterior» sino «de otro tiempo anterior», «hombre más viejo», «de tiempo viejo», «de periodo anterior», «educado en otro medio arcaico». No quiero hablar de generaciones, concepto positivista, muy estrecho y muy impreciso; cada día o cada mes nace una nueva generación86. ¿Cómo históricamente se la aísla o separa de las siguientes? ¿Cada mes? ¿Cada año? ¿Cada 15 años? Es un absurdo histórico. Creo en los ciclos de desarrollo humano y por tanto doy importancia a la fecha en que produce un individuo y a la edad que tiene cuando produce, pero esa importancia de la fecha no se funda en el nacimiento de ciertos individuos, en su generación, sino en ciclos más amplios que exceden la vida individual, pues atañen a la vida de la colectividad que influye poderosamente en la vida del individuo.

En este comentario, de nuevo, se vincula con el positivismo algo que se desea abandonar y, asimismo, se refleja su distancia de la teoría orteguiana de las generaciones87.

Conclusión

Hasta el triunfo del estructuralismo a mediados del siglo xx, la filología románica responde esencialmente a preguntas que se había planteado el movimiento romántico. La labor de Menéndez Pidal se inscribe en este ámbito: la historia como modo científico de estudio de la lengua y la literatura, la relación entre el individuo y la colectividad en las innovaciones lingüísticas, la importancia de la literatura en el estudio de la lengua y el vínculo entre el hablante y el artista. En su respuesta, Menéndez Pidal parte de sus estudios sobre el romancero hispánico y comprende la evolución de la lengua a partir de las conclusiones que ha obtenido. Este origen de su teoría evolutiva –una creación literaria– lo acerca al idealismo de Croce y Vossler. La crisis del positivismo del fin de siglo lo encamina a intentar perder aquello que pudiera parecer más cercano a una vida del lenguaje como organismo independiente de la voluntad de los individuos. En 1939, por la amistad con Vossler y el conocimiento de la teoría lingüística que Amado Alonso estaba desarrollando en Buenos Aires, adapta hasta donde le es posible su teoría de Orígenes del español (1926) al ropaje del idealismo lingüístico.

Algunos años después, en 1955, Diego Catalán publica su La escuela lingüística española y su concepción del lenguaje. En el «Propósito» asegura que trata de «presentar la concepción lingüística de la escuela española, de Ramón Menéndez Pidal y Amado Alonso, sobre todo, desperdigada en sus múltiples obras» (pág. 9). Lo firma en Chamartín 1954, es decir, lo redacta en casa de su abuelo y muy posiblemente con su lectura88. Aunque en el texto la importancia de la teoría de Vossler es palpable, ha ido desapareciendo mucho del colorido «idealista» que se percibe en «Del lenguaje en general»; así, por ejemplo, se habla de una «creación individual» y de una «re-creación colectiva» (págs. 62-66) y no de una «estilística individual» y una «estilística colectiva». «Del lenguaje en general» no se publicó en su momento y, ya en la década de 1950, el idealismo había dejado de ser una teoría central en el panorama románico; para entonces la defensa de la teoría pidaliana debía afrontar otra teoría que iba a socavar en mayor medida sus fundamentos románticos: la escuela estructuralista nacida de la lectura e interpretación del Cours de Saussure.

José Portolés Lázaro

Universidad Autónoma de Madrid


  1. Diego Catalán, El Archivo del Romancero patrimonio de la Humanidad. Historia documentada de un siglo de Historia, i, Madrid, Fundación Ramón Menéndez Pidal y Universidad Complutense de Madrid, 2001, lámina ii-viii.

  2. En «Del lenguaje en general» Pidal se refiere a él como «el historiador de la lengua francesa» (pág. 21). Brunot fue quien pronunció en 1924 la laudatio en la recepción de Ramón Menéndez Pidal como Doctor honoris causa en la Universidad de París (Steven Hess, Ramón Menéndez Pidal: The Practice and Politics of Philology in Twentieth-Century Spain, Newark (Delaware), Juan de la Cuesta, 2014, pág. 320).

  3. Ramón Menéndez Pidal, «Gaston Paris», La Lectura, 1903, año iii, Tomo 1, págs. 544-549.

  4. Carmen Conde, Menéndez Pidal, Madrid, Unión Editorial, 1969, págs. 28-32.

  5. José Portolés, Medio siglo de filología española (1896-1952). Positivismo e idealismo, Madrid, Cátedra, 1986, págs. 26-32.

  6. José Ignacio Pérez Pascual, Ramón Menéndez Pidal. Ciencia y pasión, Valladolid, Junta de Castilla y León, 1998, págs. 55 y 59.

  7. Ferdinand Brunot, Histoire de la langue française. Des origines à nos jours, i, París, Armand Colin, 1966, nueva edición, pág. xx.

  8. Federico de Onís, «Hablando con Menéndez Pidal», España, 50, 1916, pág. 13.

  9. Asegura Américo Castro en el prólogo de 1926 a la segunda edición en español de la Introducción al estudio de la lingüística romance de W. Meyer-Lübke: «Es natural que sobre nuestra lengua comencemos a estar en España mejor preparados que hace algún tiempo, cuando el extranjero nos dominaba por la abundancia y calidad de su bibliografía» (Madrid, Publicaciones de la Revista de Filología Española, 1926, 2.ª ed., pág. 7).

  10. Pérez Pascual¸ op. cit., pág. 263; Diego Catalán, «Una catedral para la lengua. (Introducción a la Historia de la Lengua de Menéndez Pidal)», Ramón Menéndez Pidal, Historia de la Lengua española, ii, Madrid, Fundación Ramón Menéndez Pidal y Real Academia Española, 2005, págs. 106-108.

  11. Para una documentada revisión de la situación institucional previa, José María López Sánchez, Heterodoxos españoles. El Centro de Estudios Históricos, Madrid, Marcial Pons, 2006.

  12. Pérez Pascual, op. cit., pág. 275.

  13. «Una catedral…», págs. 230-231.

  14. Sobre su figura intelectual, se puede consultar el número monográfico de Revista de Filoloxía Asturiana, 6-7-8, 2006, especialmente el artículo de Inés Fernández Ordóñez «Entre la Filología y la Historia. Memoria de Diego Catalán Menéndez-Pidal (1928-2008)».

  15. Se reeditó junto con el artículo de Menéndez Pidal «Sobre geografía folklórica. Ensayo de un método» en un volumen titulado Cómo vive un romance, dos ensayos sobre tradicionalidad, anejo lx de Revista de Filología Española, Madrid, 1954.

  16. Madrid, Gredos, 1955.

  17. Catalán, Archivo…, láminas vii-xli y xlii.

  18. Catalán, «Una catedral…», pág. 196.

  19. Agradezco a dicha Fundación y, muy especialmente, a Inés Fernández Ordóñez el haberme facilitado consultar el fichero que don Ramón utilizó para redactar este capítulo. Casi todas las papeletas que se citan en este artículo se localizan en el cajón con el tejuelo «Naturaleza». De acuerdo con la ordenación de los ficheros de la FRMP que está llevando a cabo la Dra. Fernández Ordóñez, se trata del cajón 14 del archivador 1 del fichero de la Historia de la Lengua. En la actualidad (octubre de 2018), existe un proyecto de digitalización y catálogo de dicho fichero con el apoyo de la Universidad Autónoma de Madrid. Se puede acceder a los resultados en https://repositorio.uam.es/handle/10486/681913.

  20. Doña María llegó a cuidar a Giner, ya enfermo, en la casa del matrimonio en San Rafael (Segovia) el verano de 1914, el último de su vida (Hess, op. cit., pág. 25).

  21. No cita a Leo Spitzer (1887-1960), pese a haberlo conocido personalmente durante su estancia en Madrid. No hay que olvidar que Spitzer, aunque comparte algunos de sus fundamentos idealistas con Vossler, no es estrictamente su discípulo. Les une principalmente el interés por el momento de la creación estética del individuo. Sobre similitudes y diferencias entre ellos, se puede consultar Heidi Aschenberg, Idealistische Philologie und Textanalyse. Zur Stilistik Leo Spitzers, Tubinga, Gunter Narr, 1984.

  22. Estas son las fechas aproximadas que proporciona Isaiah Berlin (Las raíces del romanticismo, edición de Henry Hardy, Madrid, Taurus, 2015); por su parte, Rüdiger Safranski (Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán, Barcelona, Tusquets, 2009) precisa más y sitúa la época propiamente romántica entre la travesía de J.G. Herder desde Riga hasta el puerto francés de Nantes (1769) y la obra J. von Eichendorff (1788-1857) y E.T.A. Hoffman (1776-1822).

  23. Américo Castro, «Cuánto le debemos», Papeles de Son Armadans, 39, 1959, pág. 289.

  24. En un texto suyo de 1935 se lee: «Una raza, o mejor dicho, un pueblo (que es mezcla de razas, que es convivencia, tradición común) renace cada día, se hereda a sí mismo en cada generación, entre azarosas ondas de fortuna o infortunio, y cuando su ventura le pone en una situación análoga a otra pasada, difícil es que no se manifieste en modo análogo, aunque su nueva vibración vital se halle incluida en el círculo máximo de una cultura extremadamente diversa de la de antes» («El Imperio romano y su provincia», España Romana. Historia de España, ii, Madrid, Espasa-Calpe, 1935, pág. xl).

  25. Berlin, op. cit., pág. 9.

  26. Safranski, op. cit., pág. 41.

  27. Como bien advierte Diego Catalán en un comentario también válido para el capítulo que nos ocupa: «Para mejor comprender el ensayo pidaliano es preciso que tengamos presente dos tiempos diversos, el de la generación a que Menéndez Pidal pertenece y el de la fecha en que el ensayo se escribió. La longevidad activa y creadora de Menéndez Pidal, al prolongar su presencia entre nosotros hasta los años sesenta de este siglo, pudo hacer olvidar durante mucho tiempo su pertenencia a la “generación del noventa y ocho”, pero hoy, al irse alejando su memoria en el pasado, resultaría absurdo ignorarlo» («España en su historiografía: de objeto a sujeto de la historia», Ramón Menéndez Pidal, Los españoles en la Historia, Madrid, Espasa-Calpe, 1982, pág. 56).

  28. Sobre la introducción del darwinismo y el positivismo en España, Diego Núñez, La mentalidad positiva en España: desarrollo y crisis, Madrid, Túcar, 1975, y El darwinismo en España, Madrid, Castalia, 1977.

  29. Leszek Kolakowski, La filosofía positivista, Madrid, Cátedra, 1979.

  30. Ángel Alonso Cortés, «De los neogramáticos al tradicionalismo: evolución del pensamiento lingüístico de Ramón Menéndez Pidal (1904-1940)», Zeitschrift für romanische Philologie, cxxii, 4, 2006, págs. 688-705.

  31. En la pestaña de un separador del cajón «Naturaleza», se lee el rótulo: «Lenguaje como organismo»; posteriormente (se distingue por la diferente tinta), añade: «hablo de Biología del lenguaje que no es fisiología ciertamente pero es organismo colectivo contra lo que creen los espiritualistas exaltados que desconocen lo colectivo». Más tarde, apunta con lápiz sobre «Biología»: «materialista?». En suma, una primera redacción que se acomoda a su formación propia del darwinismo social («organismo») va ajustándose a los nuevos tiempos sin renunciar por completo a lo anterior; después de todo, no se ha sustituido el separador por otro, solo se avisa que se ha de evitar el sustantivo «Biología» por poder juzgarse como demasiado «materialista».

  32. Karl Vossler, Positivismo e idealismo en la lingüística y El lenguaje como creación y evolución, Madrid, Poblet, 1929. La traducción fue de José Francisco Pastor, miembro del Centro de Estudios Históricos cercano a Américo Castro (Rafael Lapesa, «Semblanza de Américo Castro», eds. José Jesús de Bustos Tovar y Joseph H. Silverman, Homenaje a Américo Castro, Madrid, Universidad Complutense, 1987, pág. 124). Para una rica información sobre Vossler y su relación personal e intelectual con España, Dietrich Briesemeister, «Karl Vossler (1872-1949)», Boletín de la Asociación Internacional de Hispanistas, 12: 5, 2006, págs. 31-34, y Juan Miguel Valero Moreno, «Vossler en España», eds. Natalia Fernández Rodríguez y María Fernández Ferreiro, Literatura medieval y renacentista en España: líneas y pautas, Salamanca, La SEMYR, 2012, págs. 939-958.

  33. Para un acercamiento general a la lingüística idealista y de los problemas de los que se ocupa en relación con una lingüística más actual, Hans Helmut Christmann, Filología idealista y lingüística moderna, Madrid, Gredos, 1985.

  34. Manuel García Blanco, En torno a Unamuno, Madrid, Taurus, 1965, pág. 247.

  35. Pocos años después publicó «El llenguatge com a fet estètic i com a fet lògic» (Biblioteca filologica de l'Institut de la Llengua catalana, xiii, 1921, págs. 134-148); ahora bien, en este escrito Montoliu apreció que Vossler se alejaba de Croce al atender únicamente al lenguaje como hecho estético y no también lógico, como hacía el filósofo italiano (pág. 141).

  36. Esa primera crítica no era menor. Refiriéndose a la propuesta de Croce en su Estética, «esta espléndida promesa no ha dado todavía los frutos que podemos de ella esperar, quizá porque su primera defensa, dentro del campo profesional, se hizo de un modo agresivo y no muy inteligente. Me refiero al profesor alemán Vossler []. Vossler no hace apenas más que glosar con varia fortuna la brillante teoría de Croce. A veces, solo gritarla. Cuando ha intentado alumbrar con esta luz crociana un problema concreto, el resultado de la explicación ha sido en extremo dudoso». Añade más adelante: «Con esta cita solo he querido poner de relieve cómo Vossler, que fustiga con despiadada justicia a los positivistas porque se satisfacen con la exactitud del dato o con poco más, cae él en el vicio contrario lanzándose a construir, sin la prudente comprobación de materiales, con una alegre falta de responsabilidad» («La lingüística espiritualista», Síntesis, año i, 8, 1927, pág. 230-232). Steven Hess (op. cit., pág. 114 y 307) aprecia que Menéndez Pidal ya incorpora elementos idealistas en Orígenes; creo, sin embargo, que hay que diferenciar en la obra de Pidal entre la defensa del individuo como motor del cambio lingüístico –opinión que compartía, entre otros, con Schuchardt o Gilliéron–, de una influencia directa del pensamiento de Vossler. Como se ve en la cita de Alonso, en 1926 –año de publicación de Orígenes– ni siquiera quien iba a ser el mejor difusor de la obra de Vossler en el mundo hispánico lo seguía por completo.

  37. Amado Alonso, «Problemas de dialectología hispanoamericana», A.M. Espinosa, Estudios sobre el español de Nuevo Méjico. Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana, i, Buenos Aires, Instituto de Filología, 1930, pág. 448.

  38. Rafael Lapesa, alumno de Américo Castro en la Universidad Central en el curso 1926-1927, recuerda que en sus clases, aunque reconocía flaquezas en el idealismo vossleriano, también ponderaba sus valores (art. cit., pág. 126); Vicente García de Diego se ocupaba de estudios etimológicos desde una perspectiva idealista en El idealismo en el lenguaje (Madrid, Conferencias dadas en el centro de intercambio intelectual germano-español, xiii, 1929) y Amado Alonso contempla que la diptongación porta> puerta «obedeció a una intención estilística» («La filología del señor Costa Álvarez y la filología», Síntesis, ii, n.º 23, 1929, pág. 128).

  39. Amado Alonso, «La lingüística espiritualista»; Américo Castro, «Sobre: Ramón Menéndez Pidal, Orígenes del español (1926)», Romania, tomo 54, n.º 213, 1928, págs. 125-130.

  40. Karl Vossler, Metodología filológica. Con referencias a los idiomas modernos, especialmente al alemán, Madrid, Imprenta Sáez Hermanos, 1930, pág.5. En este viaje conoce personalmente a Menéndez Pidal (Gherardo Marone, ed., Epistolario Croce-Vossler (1899-1949), Buenos Aires, Kraft, 1956, pág. 251).

  41. Gonzalo Menéndez Pidal, Papeles perdidos, Madrid, Residencia de Estudiantes, 2004, págs. 37-38.

  42. Joaquín Pérez Villanueva, Ramón Menéndez Pidal. Su vida y su tiempo, Madrid, Espasa-Calpe, pág. 377.

  43. Aurelio Fuentes Rojo, «Prólogo a la edición española», Karl Vossler, Espíritu y cultura en el lenguaje, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1959, pág. 32.

  44. Pérez Villanueva, op. cit., pág. 428.

  45. Carlos Garatea Grau, El problema del cambio lingüístico en Ramón Menéndez Pidal, Tubinga, Gunter Narr, 2005, pág. 21.

  46. Emilio Ridruejo, «La concepción del cambio fonético de Ramón Menéndez Pidal», S. Embleton, J. Joseph, H-J. Niederehe (eds.) The Emergence of the Modern Language Sciences, Vol 1: Historiographical Perspectives, Philadelphia/Amsterdam, John Benjamins, 1999, pág. 212.

  47. Esta conducta intelectual favorece que sus propuestas teóricas se aprecien como eclécticas (Pérez Pascual, op. cit., pág. 255).

  48. Giulio Bertoni publica en 1922 Programma di filologia romanza come scienza idealistica (Ginebra, Leo S. Olschki) con parte de las propuestas que seguirá la escuela. A propósito de Bertoni, sobre todo en su vertiente filológica, Juan Miguel Valero Moreno, «Giulio Bertoni: Texto e Idea», ed. Emilio Blanco, Grandes y pequeños de la literatura medieval y renacentista, Salamanca: Seminario de Estudios Medievales y Renacentistas - Sociedad de Estudios Medievales y Renacentistas [Actas, 9], 2016, págs. 683-706.

  49. Giulio Bertoni y Matteo Bartoli, Breviario di neolinguistica, Módena, Società Tipografica Modenese, 1928.

  50. Matteo Bartoli, «Analogie di metodo fra la storia dei linguaggi e quella delle tradizioni popolari», Atti del III Congresso Internacional dei linguisti, Florencia, 1935, pág. 428.

  51. Ramón Menéndez Pidal, Historia…, i, págs. 1-85. Pidal mantiene la importancia de la colonización y el sustrato hasta sus últimas publicaciones. Asegura con más de noventa años que «la evolución depende de una tradición milenaria que presiona sobre las fuerzas estructurales actuantes en cada momento» («Introducción», Enciclopedia Lingüística Hispánica, i, Madrid, CSIC, 1960, págs. cviii-cix) y continúa más adelante: «en la historia de un fenómeno románico hay que llegar a sus orígenes primitivos, y pueden complicarse las dos posibilidades de procedencia inicial, la colonización y el sustrato» (pág. cxxxvii). Y en 1955 en una conferencia en la Universidad de Palermo, sostiene en un repaso de los vínculos entre Sicilia y España previos a la incorporación de Sicilia a la Corona de Aragón que algunas diferencias lingüísticas de la Romania dependían de los diferentes momentos de la romanización. Continúa, pues, defendiendo que algunas evoluciones fonéticas peninsulares se debían al latín «arcaico e iliterario» de los colonizadores que procedían del sur de Italia (Menéndez Pidal, «Sicilia y España antes de las Vísperas Sicilianas», España, eslabón entre la cristiandad y el islam, Madrid, Espasa-Calpe, 1956, págs. 157-158).

  52. Brunot, op. cit., i, 56 y 52.

  53. Los neolingüistas tratan de responder tres preguntas en sus investigaciones: a) la relación cronológica entre las fases lingüísticas, b) los centros de irradiación de las innovaciones y c) las causas de las innovaciones (Bertoni y Bartoli, op. cit., pág. 102).

  54. Aparte de en esta cuestión, Schuchardt y Menéndez Pidal coinciden también en que el inicio del cambio lingüístico es individual y su difusión lenta (Garatea, «Del Manual de gramática histórica española a los Orígenes del español. La elaboración de una teoría del cambio lingüístico», Nueva Revista de Filología Hispánica, liii: 2, 2005, pág. 389; Garatea, op. cit., 16 y 97 nota 58). Amado Alonso en una reseña a «La unidad del idioma» (1944) (Revista de Filología Hispánica, 6, 1944, pág. 404) ve en la concepción del lenguaje del Menéndez Pidal un «espiritualismo» más próximo a Schuchardt que a Vossler. En la Escuela de Madrid, fue Castro quien mantuvo una atenta correspondencia con Schuchardt, parte de la cual se puede consultar en http://schuchardt.uni-graz.at/home. Castro tenía en mente traducir el Schuchardt Brevier, aunque, al final, no se publicó (Brigitta Weiss, «Hugo Schuchardt y el mundo hispánico», Thesaurus, 36, 1981, págs. 205-229). Por su parte, Leo Spitzer, que había permanecido en Madrid en 1926, informaba a Schuchardt del desarrollo de las obras de Menéndez Pidal y sus discípulos (María Teresa Echenique, «Quince años de filología española en el contexto europeo (1912-1927). A propósito de la publicación del libro Leo Spitzers Briefe an Hugo Schuchardt», Revista de Filología Española, 87, 2007, págs. 373-380).

  55. Sobre el nacimiento y evolución del ALPI, José Ignacio Pérez Pascual, «Los estudios de dialectología en el Centro de Estudios Históricos. La realización del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica», Moenia, 13, 2007, págs. 401-430, y Pilar García Mouton, «Los trabajos del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica (ALPI) y la Revista de Filología Española», eds. Pilar García Mouton y Mario Pedrazuela Fuentes, La ciencia de la palabra. Cien años de la “Revista de Filología Española”, Madrid, CSIC, 2015, págs. 175-208; más información en http://www.alpi.csic.es/.

  56. Bertoni y Bartoli, op. cit., págs. 7-8, 54.

  57. Vossler evitó dar los nombres de sus oponentes en su Positivismo y, pese a sus diferencias teóricas, mostró su admiración hacia Gröber, que había sido profesor suyo en Estrasburgo.

  58. «Naturaleza del lenguaje: Prólogo» (papeleta s/f). En este rechazo, aparte de diferencias teóricas, no hay que olvidar que los neolingüistas estaban vinculados al fascismo. En palabras de Robert A. Jr Hall («Benedetto Croce and ‘idealistic’ linguistics», Studies in linguistics, 6, 1948, pág. 33): «In Italy, under the Fascist régime, Bertoni came to be the dominant figure in Romance linguistics and matters connected with the Italian language, university and otherwise, and made his own development of Crocean idealism the official dogma of Romance linguistics in Fascist Italy in the 1930's». Menéndez Pidal, por su parte, poco antes de redactar «Del lenguaje en general» había sido invitado por académicos afectos al nuevo régimen a distanciarse de la Real Academia Española (agosto de 1939) y poco después de terminar su redacción, en abril de 1940, comenzó un largo proceso de depuración que le trajo quebrantos morales y económicos (Catalán, Archivo…, págs. 250-254).

  59. Catalán, «Una catedral…», pág. 196 nota 20.

  60. Obsérvese que Dauzat es algunos años más joven que Menéndez Pidal o Vossler, es decir, que Vossler, en su ataque a las leyes positivistas neogramáticas, no combate unas ideas ya vencidas, sino unas ideas que pervivían con vigor en el mundo románico.

  61. «L'originalité profonde de l'école allemande des néo-grammairiens fut de donner à la loi linguistique un valeur précise et scientifique qui l'assimila désormais aux lois établies par les autres sciences de la nature. Ce moment est capital dans l'histoire de la science» (Albert Dauzat, La philosophie du langage, París, Ernest Flammarion, 1917, pág.162). Las páginas que se citan en el cuerpo del texto pertenecen a este libro.

  62. Benedetto Croce, Estética como ciencia de la expresión y lingüística general. Teoría e historia, prologo de Miguel de Unamuno, Madrid, Francisco Beltrán, 1926, 2.ª ed., pág. 54.

  63. Vossler, Positivismo…, págs. 23 y 44.

  64. Evidentemente, muchos estudiosos contemporáneos no apreciaban la obra de Vossler. Cuenta Spitzer («Mes souvenirs de Meyer-Lübke», Le français moderne, 6, 1938, pág. 219) que Vossler «professait pour M[eyer]-L[übke] un respect teinté d'ironie, tandis que M.-L. tout en trahissant un certain complexe d'inferiorité, dénonçait dans les tendances de Vossler une course vers l'abîme de la science». G. Rohlfs, su sucesor en la cátedra de Múnich en 1938, mantiene que las interpretaciones de Vossler en Cultura y Lengua de Francia son como «los cuentos orientales: se reducen a la nada cuando son alcanzados por la deslumbradora luz del día. Casi siempre que la crítica ha efectuado una revisión de las interpretaciones vosslerianas, se ha puesto de manifiesto que los hechos lingüísticos reales están en contraposición con las interpretaciones expuestas» (Lengua y cultura, anotaciones de Manuel Alvar, Madrid, Alcalá, 1966, pág. 48). Y, ya en la posguerra europea, el romanista más reconocido del momento, Walther von Wartburg (Problemas y métodos de la lingüística, Madrid, CSIC, prólogo y notas de Dámaso Alonso, 1951), refiriéndose a Vossler, afirma: «No sin razón dijo Wilhelm von Humboldt: “Nada causa más daños al estudio idiomático que el razonamiento general no basado en el debido conocimiento”». Más referencias de publicaciones críticas con Vossler se pueden leer en G. Rohlfs, «Recuerdo de Karl Vossler», Filología, ii, 1950, pág. 219.

  65. Ramón Menéndez Pidal, «Sobre geografía folklórica. Ensayo de un método (1920)», Estudios sobre el romancero, Obras completas xi, Madrid, Espasa-Calpe, 1973, págs. 216-323.

  66. Diego Catalán Menéndez-Pidal, La escuela lingüística…, págs. 50 y sgs. El propio Menéndez Pidal sigue manteniendo esta idea en 1944 («La unidad del idioma», Castilla. La tradición, el idioma, Madrid, Espasa-Calpe, 1966, 4.ª ed., págs. 193-194).

  67. En una papeleta s/f, no sin sorna, apunta don Ramón: «la creación (o démosle nombre menos pomposo) la innovación…».

  68. En un principio, los neogramáticos recurrían al concepto de analogía para resolver problemas que no podían solventar con las leyes fonéticas; posteriormente, Hermann Paul (1846-1921) lo adoptó como central de su teoría (Javier Elvira, El cambio analógico, Madrid, Gredos, 1998, pág. 9).

  69. Karl Vossler, Cultura y lengua de Francia. Historia de la lengua literaria francesa desde los comienzos hasta el presente, Traducción de Elsa Taberning y Raimundo Lida, prólogo de Raimundo Lida, Buenos Aires, Losada, 1955.

  70. Ramón Menéndez Pidal, «Poesía popular y poesía tradicional en la literatura española (1922)», Estudios sobre el romancero, Obras completas xi, Madrid, Espasa-Calpe, 1973, págs. 325-378.

  71. Safranski, op. cit., págs. 161-162.

  72. Francisco Giner de los Ríos, Estudios de literatura y arte, Madrid, Librería de Victoriano

    Suárez, 1876, 2.ª ed., pág. 177.

  73. De hecho, considera que Vossler renuncia a la consciencia propia del idealismo en su explicación de la evolución de la lengua y que él, en cambio, la conserva con su concepto de tradición (pág. 50).

  74. Menéndez Pidal tiene especial aprecio a este concepto que propone por primera vez en Orígenes; en 1963 le dedica un artículo, una de sus últimas publicaciones, en el inicio de una nueva etapa de Revista de Occidente.

  75. Ridruejo, art.cit., pág. 211.

  76. Vossler, Cultura…, págs. 109-110, 174, 286 y 328.

  77. Vossler, Positivismo…, págs. 95-96.

  78. Ramón Menéndez Pidal, Orígenes del español. Estado lingüístico de la Península Ibérica hasta el siglo xi, Madrid, Espasa-Calpe, 8.ª edición (según la tercera, muy corregida y adicionada), 1976, pág. ix).

  79. Aunque sin fecha, se deduce esta datación por titubeos terminológicos que en 1939 resolverá de otro modo.

  80. Amado Alonso («La interpretación estilística de los textos literarios» [1942], Materia y forma en poesía, Madrid, Gredos, 1965, 3.ª, págs. 98-99) diferencia entre una estilística de la lengua y una estilística del habla, basándose en la escuela francesa. De Ferdinand de Saussure toma la distinción entre lengua y habla, de Charles Bally la estilística como estudio de lo afectivo de la lengua. No obstante, lo propuesto por Menéndez Pidal tiene unas raíces románticas: la existencia de un espíritu, un gusto, una tradición o un estilo de la colectividad. La estilística de Bally es sincrónica, la «estilística colectiva» de Menéndez Pidal se justifica en la evolución de la lengua. Mantiene expresamente Bally: «la estilística de una lengua debe operar sobre un período bien determinado de su evolución, sin permitirse buscar materiales o pruebas en los períodos anteriores o subsiguientes []» (El lenguaje y la vida, Buenos Aires, Losada, 1941, pág. 113).

  81. En algunas papeletas s/f se descubren ensayos de agrupaciones en columnas de características o autores; en este último aspecto, en una de ellas se sitúan, entre otros, en el lado de la naturalidad: Berceo, Alfonso X, Sancho IV, Juan Manuel, J. Manrique, Celestina, Romancero, Místicos, Cervantes, Jovellanos, Moratín, Galdós y Benavente; y, en cambio, en lado del artificio se localizan: Séneca, Lucano, Mena, Santillana, Góngora, Quevedo, Juan Ramón, García Lorca y Ricardo León.

  82. También se pueden leer en Vossler explicaciones de la relación entre los artistas y el idioma que recuerdan a lo mantenido por Menéndez Pidal en estas páginas, aunque, de nuevo, carezcan de su sistematicidad: «[] un escritor puede comportarse en relación con el idioma de estas dos formas: O bien puede utilizarlo extrayendo de él o insertando en él cuanto precisa la movilidad de su propio espíritu personal, o bien puede seguir simplemente en el idioma las tendencias y posibilidades que él alberga, dándoles efectividad artística. En el primer caso, el escritor se comporta en forma “motora” con el idioma, y en el segundo de forma sensible []. Así, por ejemplo, puede decirse que, comparado con Corneille, el maestro del idioma, Racine es una naturaleza preponderantemente sensible, mientras que puesto en parangón con La Fontaine, aparece, más bien, como un artista “motor”» (Carlos Vossler, La Fontaine y sus fábulas, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1947, págs. 108-109).

  83. Otro posterior se podría localizar en el Renacimiento. Vossler, Cultura…, pág. 141.

  84. El artículo (Cruz y Raya, vi, 1933, págs. 7-63) lo reedita en 1942 en un volumen de la colección Austral La lengua de Cristóbal Colón. El estilo de Santa Teresa y otros estudios sobre el siglo xvi (págs. 47-84). En esta nueva versión principalmente suprime algunos párrafos sobre la lengua de Santa Teresa, a quien había dedicado en 1941 un artículo específico que también recoge en el mismo volumen.

  85. Menéndez Pidal, «El lenguaje del siglo xvi», págs. 10 y 62.

  86. Esta última afirmación ya aparecía en Orígenes…, pág. 532.

  87. Para una exposición de esta teoría, de gran predicamento en la España de la época, Julián Marías, El método histórico de las generaciones, Madrid, Revista de Occidente, 1967, 4.ª ed.

  88. En 1972 escribirá una revisión de la lingüística íbero-románica mucho más personal (Diego Catalán, Lingüística íbero-románica. Crítica retrospectiva, Madrid, Gredos, 1974). En ella, la estilística ocupa ya un número de páginas reducido; no hay que olvidar que por aquella época Catalán trabajaba en EE.UU. y que el idealismo lingüístico había sufrido una crítica demoledora y continuada, entre otros, por parte de Robert A. Hall (Idealism in Romance Linguistics, Ithaca, Nueva York, 1963).

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Edición impresa: ISSN 210-4822
Edición en línea: ISSN 2445-0898
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