El ancho mundo de Miguel de Cervantes y la consecución de la fama

EL ANCHO MUNDO
DE MIGUEL DE CERVANTES
Y LA CONSECUCIÓN DE LA FAMA *


Boletín de la Real Academia Española
[BRAE · Tomo XCVII · Cuaderno CCCXVI · Julio-Diciembre de 2017]
http://revistas.rae.es/brae/article/view/207


El término global y cuanto implica el área semántica de la moderna globalización han ido sustituyendo en los últimos años a los de universal y mundial, confiriendo a los primeros una evidente marca económica y virtual.1 El fenómeno de la globalización, «nombre dado a la más moderna, avanzada y amplia forma del mercado mundial», apoyado por la red informática, no es sin embargo tan nuevo como pudiera parecer, pues, según José Luis Sampedro, ya existía en el Imperio romano o en el siglo xix inglés.2 Ello no debe hacernos olvidar sin embargo la existencia de otros imperios, como el español o el otomano en la época de Miguel de Cervantes.3

El Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española recoge en «globalizar, integrar en un todo cosas diversas», y en «universalizar, dar a algo carácter mundial». La extensión de los mencionados vocablos a todos los ámbitos, y particularmente el de globalización, a las tendencias de mercado, la enseñanza, las ciencias, la política, la religión o la codificación digital de textos, conlleva un mismo proceso de lexicalización y hasta de pérdida de significado.4 Las estadísticas respecto a España, Méjico y otros países de habla hispana informan sobre un despunte de los usos de globalización en las décadas de los 60 y 70, que se ha ido consolidando e incrementando en el presente siglo.5

El asunto desborda nuestros propósitos, aunque haya tenido y tenga una importancia capital para la lengua española a través de un corpus de publicaciones casi inabarcable.6 Se trata de un fenómeno al que no han sido ajenas la globalización de la locura en Erasmo o la pluralidad americana, heredera, según Borges, de muchas razas que los conquistadores llevaron en sus venas.7

Sin adentrarnos en la búsqueda de la lengua perfecta, que estudió, a la zaga de Arno Borst, Umberto Eco, bien que olvidándose del caso español, lo cierto es que Miguel de Cervantes se enfrentó al maleficio de Babel, abogando por el diálogo de las lenguas y la riqueza de la traducción.8. Desde La Galatea al Persiles, aspiró a la universalidad de sus obras y, con ellas, a la de la literatura española, acorde con la que ya gozaba su lengua en el ancho mapa de su tiempo.9 En su caso, no se trataba del latín propuesto por Ramón Llull y Erasmo como lengua común, ni de la panglosia imaginada por Descartes o Kircher en su Reductio linguarum ad unam (1600).10 Pues no se trataba de una lengua muerta, sino viva, y que se extendía por otros continentes con una clara pretensión de universalidad, paralela a la de su literatura. Cervantes no cayó tampoco en complejas artes combinatorias, como las que darían lugar años más tarde al Apollo polyglotus de Juan Caramuel.11

Por otro lado, la Historia universal de la fama es en realidad una aspiración de toda literatura que desee permanecer más allá del espacio y del tiempo, lo que conlleva la de la propia lengua en la que se difunde.12 Y no me refiero únicamente a la consabida ligazón entre lengua e imperio, sino al deseo de todo autor a la hora de que su obra alcance la universalidad. Hablar de ello respecto al Siglo de Oro español sería como dar certificado de humedad al Océano Pacífico, a veces reducido a simple metonimia manchega.

La reflexión no parece banal, si tenemos en cuenta que este año de 2017 celebramos el cuarto centenario de la aparición del Persiles y el bicentenario de la muerte de un universalista como Juan Andrés, autor de la Historia universal de las letras y de las ciencias y del Origen, progresos y estado actual de toda la literatura, obra conocida y reconocida por Herder y Goethe.13 Claro está que no se trata de un hecho aislado, sino de un grupo amplio, que englobó a figuras tan relevantes como las de Antonio Eximeno y José Celestino Mutis, entre otros universalistas vinculados a América y Filipinas. En ese elenco, formado por la comparatística moderna, cabe destacar a Lorenzo Hervás y Panduro, cuyo Catálogo de las lenguas, con una muestra de unas 300, influiría en las ideas lingüísticas de Humboldt.14

La recepción de Cervantes no fue ajena a ese horizonte propiciado por la edición de la Real Academia Española en 1780 del Quijote y por la Apología que le dedicó Eximeno.15 Los universalistas eran dignos herederos de Bacon y de la Enciclopedia, pero también de Huarte de San Juan y de los humanistas españoles de los siglos xvi y xvii, como reconoció el propio abate Andrés en el prólogo a su mencionado Origen; obra, esta, en la que despertó el interés por la cultura árabe, impulsada por Carlos III.16 Consciente de la universalidad de la cultura grecolatina y del desconocimiento de la literatura española, Andrés tendió una sutil red no sólo entre ciencias y letras, sino entre la cultura clásica y la árabe, ampliando su visión hacia la egipcia, la caldea, la china, la persa y la de otros lugares apartados del canon tradicional.17

No insistiré en la cadena supuesta por las aportaciones de los universalistas españoles, pero sí en la idea de la literatura como entidad que comprende a las ciencias, porque ello entronca con el concepto que Cervantes tenía de la poesía, al concebirla como tal ciencia en La Galatea. A fin de cuentas la Historia de la vida del hombre de Hervás no fue sino la prolongación de la dignidad del hombre que, desde Manetti y Pérez de Oliva a Cervantes y Gracián, asentó su progreso en los universales educativos de la excelencia, que atañen a todas las disciplinas por igual.18

Cuando recibió el Premio «Cervantes» en 1978, Alejo Carpentier dijo que «todo está ya en Cervantes», añadiendo unas palabras de Unamuno que no pueden ser más ilustrativas: «Hemos de hallar lo universal en las entrañas de lo local y en lo limitado y circunscrito, lo eterno». Recordemos, por otro lado, los versos con los que el autor alcalaíno consagraba a Góngora en La Galatea: «Con sus obras me alegro y enriquezco,/ no sólo yo, mas todo el ancho mundo».

Aplicar términos modernos como globalización a épocas pasadas no está exento de riesgos, sobre todo cuando trasladamos al pasado los problemas del presente.19 Pero es obvio que la literatura ofrece en ocasiones una visión más certera que la historia, como ocurre con la visión poliédrica que Cervantes ofreció sobre el Imperio Otomano y Occidente.20

Él, al igual que los humanistas – Pedro Simón Abril, William Thomas o Nicolas Mez de Braidenbach- supo, desde sus primeros versos al Persiles, que la extensión de la lengua iba ligada no sólo a la de la monarquía y a la de su literatura, sino a la de la traducción.21 Bien entendido que dicho traslado no era inocente, como muestra el Arte para ligeramente saber la lengua arábiga de Pedro de Alcalá, escrito para sacar de las tinieblas a los secuaces de Mahoma.22 Y todo ello dentro de un amplísimo arco humanístico en el que la susodicha dignidad del hombre y la de la lengua iban unidas a la nueva cosmografía y a la Sphaera Mundi, como ocurre en el caso de Pérez de Oliva o de Sánchez de las Brozas.23

Sobra decir que la nueva concepción del mundo, como dice Cirilo Flórez, iba ligada al descubrimiento de América, que asentó la idea de esfericidad o globalidad.24 En el Razonamiento que Oliva hizo sobre la navegación del río Guadalquivir, España se convierte en el centro del mundo, que recibe «tierras y gentes sin fin, que de nosotros tomaron religión, leyes y lengua», presuponiendo que «el peso del mundo, la conversión de las gentes a esta tierra acuesta».25 No en vano la obra clave de la cartografía, el Theatrum Orbis Terrarum de Abraham Ortelio, fue dedicada a Felipe II, al igual que su traducción al español lo sería a Felipe III, bajo «cuyo dominio y gobierno dios ha puesto la mayor parte de cuanto se habita en el continente e islas de la tierra».26

Recordemos que Ambrosio de Morales, sobrino de Pérez de Oliva, creyó que el castellano, apoyado por las letras, terminaría por ser la lengua natural de todos. El erudito Ricardo del Arco arrojó ya numerosos datos al respecto sobre La idea de imperio en la política y la literatura española, así como sobre la concepción de monarquía universal en la época de Carlos V, unida a la defensa del catolicismo.27 El concepto de predestinación divina adjudicado a la monarquía estuvo presente en Francisco de Aldana, quien dio a Felipe II el atributo de «rey universal de todo el suelo».28

Los trabajos recientes de Bosbach y Martínez Millán sobre la Monarchia Universalis de Felipe II han mostrado su fundamento en el universalismo de la confesión católica y de una política legitimada como propia de tal reino universal.29 Desde esa perspectiva, en «El Canto de Calíope» de La Galatea se califica a Diego Osorio y a Juan de Córdoba como nuevos Homeros, asegurando un clasicismo renovado en los poetas que viajaron del uno al otro lado del Atlántico.30 En esa obra, Cervantes construyó su primer canon poético a partir de Garcilaso, vinculándolo a Toledo y a la figura del emperador Carlos, pero ensanchando al resto de España y a América el catálogo unitario de quienes habían triunfado en la ciencia de la poesía en español. Su planteamiento se situaba en las coordenadas de una nación extendida por «el ancho suelo hispano»; el mismo que trazó en los poemas dedicados a Felipe II y a Isabel de Valois.31

Por otro lado, la vida de Cervantes, incluidos sus fracasados viajes a América, debe ser entendida bajo las mismas especies de universalidad que alcanzarían sus obras, desde La Galatea inaugural, en cuyos preliminares Luis Gálvez de Montalvo alababa a su autor, que había estado sometido al «yugo sarracino».32 En esa obra, el inmovilismo de la Arcadia, españolizada orillas del Tajo, se dinamizó con la referencia a Andalucía y a un mapa extendido a España, Italia y el Mediterráneo, así como a una acción que roza en ocasiones el amplio mapa de la novela bizantina.33.

Pero lo más notable a nuestro propósito es sin duda el susodicho «Canto de Calíope», donde Cervantes habla de la universalidad de un centenar de poetas de distintas partes de España y América, glorificándolos en el ámbito de una monarquía unificada por una misma lengua.34 Esa mirada americana se la devolverían con creces desde el instante mismo en el que el Quijote cruzó a la otra orilla para quedarse.35

Asombra en particular el conocimiento que Cervantes tenía de los dieciséis escritores nacidos en «las apartadas Indias», algunos de los cuales, como Juan Dávalos de Rivera, hijo de conquistador, estuvo quince años en España, peleó contra Drake y volvió finalmente al Perú. Sin que falte el ejemplo contrario del sevillano Pedro Montes de Oca o el del portugués Enrique Garcés, traductor de Petrarca y de Camoens, que viajó al mismo Perú. El frustrado viaje a América de Cervantes en 1590, después de recorrer España, Italia, Grecia, Portugal y el Norte de África, no le impidió, como se sabe, asumir en el teatro, en la novela y en la poesía, la presencia del mundo americano y el trasiego de personajes a uno y otro lado del Atlántico.36

En ese sentido, más allá de las alabanzas poéticas y del heroísmo patente en sus alusiones a la Araucana o al valerosísimo Cortés en el Quijote (ii, viii), donde también recordó la riqueza de las minas americanas (ii, lxxi), Cervantes mostró la transformación de pícaro a santo que el protagonista de El rufián dichoso realiza desde Sevilla a Méjico, o la forma en que Rinconete y Cortado hablan a un perulero rico llegado a Sevilla. Sus referencias a lugares, bailes y costumbres indígenas hicieron que Paul Wernert considerara a Cervantes un precursor de la etnografía moderna, al haber aplicado en el Persiles los parámetros del mundo americano.37 Si, como decía Carlos Fuentes, «La Mancha en verdad, adquirió todo su sentido en las Américas», lo cierto es que Cervantes las insertó en sus obras transformándolas literariamente.38

Sus poesías sueltas recrearon el mundo de las guerras entre España, Francia e Inglaterra, elogiando la figura de Felipe II, un nuevo David, garante y guía de la fe católica.39 Sin embargo «Vimos en julio otra Semana Santa», sobre la entrada del duque de Medina Sidonia en Cádiz, o el «Voto a Dios, que me espanta esta grandeza», al túmulo de Felipe II, destilaron melancolía y desengaño épico.40

Esas paradojas se amplían en el Viaje del Parnaso, donde Cervantes sitúa un canon más ambicioso que el de La Galatea, equiparando la poesía española a la grecolatina y a la italiana.41 Allí se sitúa a sí mismo en la república de las letras, asegurando la universalidad e inmortalidad de sus obras en el espacio y en el tiempo. 42 Claro que ese viaje a lomos del destino es mucho más que una reflexión sobre la fama y un canto a la dignidad de la poesía y de los poetas, pues muestra a cada paso el reverso de sus miserias. Mercurio instará además a Cervantes para que se aleje de la canalla inútil de los poetas sietemesinos y a que se disponga a «la gran obra».43 Al hilo de sus libros anteriores, afirmará el valor de sus comedias, de sus novelas y del Quijote, prometiendo en la Adjunta del Parnaso ese «gran Persiles» en el que trabajaba y que completaría la marca de un autor como él mismo, que «en la invención exceda».44

La ejemplaridad de sus novelas cortas consistió fundamentalmente en su capacidad para la mímesis a la hora de trasladar las acciones humanas, sintetizando los avatares personales e históricos de su tiempo. Lo comprobamos en El celoso extremeño, donde aparece el paradigmático hijo pródigo, nacido de padres nobles, que viaja por Europa, Italia y Flandes gastando su patrimonio, y que termina por embarcar a las Indias, «refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas…, engaño común de muchos y remedio particular de pocos». 45

La capacidad de Cervantes a la hora de recrear a lo vivo las secuelas de un hecho histórico, como el de los católicos secretos, la encarnó Isabel en La española inglesa, donde se anticipan los conflictos sociales y religiosos del transterrado, así como el aprendizaje de la lengua y costumbres de un país extraño al que se adapta de manera envidiable la protagonista. Claro que también dibujará la vida de Ricaredo, navegando por las Azores, pasaje de las naves portuguesas hacia las Indias Orientales y Occidentales, mostrando su liberalidad no sólo con los cautivos cristianos sino con los turcos. Nos encontramos ante una historia amorosa con un fondo bullente y complejo de guerras de religión y lenguas en contacto, en la que no faltan abundantes datos económicos y viajes constantes, incluido el de Argel y la visita a Roma, donde Ricaredo se reduce a «nuestra universal madre Iglesia».46

En esa y otras Novelas ejemplares, Cervantes nos ofrece un mundo en constante movimiento, lleno de personas que viajan de un lugar a otro mudando vida y costumbres, como ocurre, entre Italia, Francia y Flandes, con Tomás Rodaja en El licenciado Vidriera, quien regresa finalmente a Salamanca tras haber cumplido el deseo que le movió a ver lo que había visto.47 Y ello a sabiendas de que «las luengas peregrinaciones hacen a los hombres discretos».48 Viajar se hace, en esa obra, sinónimo de vida, aprendizaje y prudencia, además de término comparativo, al establecerse un careo entre dos mundos a la vista de los canales de Venecia, que compara con los del Méjico conquistado por Hernando Cortés:

Estas dos famosas ciudades se parecen en las calles, que son todas de agua: la de Europa, admiración del mundo antiguo, la de América, espanto del mundo nuevo.49

Ese mundo, pese a todo, confluye con el viejo, al igual que ocurre entre el septentrión y el sur de Europa en el Persiles, a tenor de la vida de los hombres que los recorren y habitan. La crítica ha recogido puntualmente las referencias de Cervantes al mundo americano, en un viaje de ida y vuelta que traslada los afanes y costumbres caballerescas del viejo mundo al nuevo, o que recrea en el septentrión el contraste entre barbarie y civilización de las crónicas llegadas de las Indias.50

Pero por mucho que comparemos las cartas de Colón o las obras de Bernal Díaz del Castillo, Cabeza de Baca, el Inca Garcilaso y Fernández de Oviedo con las obras de Cervantes, o busquemos Amadises en América, no pasaremos tan siquiera el Rubicón de las fuentes. Me refiero a la capacidad de Cervantes a la hora de crear mundos nuevos, incluso mundinuevos, cuyo parecido con otras realidades, tanto históricas como literarias, es pura coincidencia. La misma que nos lleva actualmente a entender las calamidades sufridas por el turco Mohamet en El amante liberal ante las ruinas de Nicosia, más allá del género de la bizantina y el mundo de los cautivos de los siglos xvi y xvii en Argel y el Mediterráneo.51 Pues todo se nos cuenta como experiencia vivida por unos personajes que no se apartan de los hechos históricos, aunque su historia particular los trascienda literariamente.

En el fondo, la vida de dichos personajes discurre por igual en las tierras próximas y en las extrañas. Pues, ya se trate del corto y libre itinerario de La Gitanilla, en el que Preciosa encarna lo mejor del ser humano y de la poesía, o el de los pícaros Rincón y Cortado, cuando van de Castilla hacia Andalucía para salir de la estrechez de la aldea, Cervantes sabe cómo universalizarlos. Así ocurre con la detallada descripción de Sevilla, donde se desarrolla, como en vil e ingeniosa cofradía, el monopolio del ladronicio y hasta la posibilidad de que los pícaros terminen en Berbería.52

Cervantes combina además los espacios cerrados y los abiertos, como ocurre en ese Toledo huis clos, donde se desarrolla La fuerza de la sangre, pero al que llega Rodolfo desde Nápoles pasando por Barcelona.53 Se trata siempre de lugares o ciudades por las que transitan o se quedan los seres humanos, como en la Barcelona de Las dos doncellas, «flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España y amparo de los extranjeros». En ellas sentimos un ir y venir de gentes que se cruzan, hablan y conocen cuanto ocurre en el mundo, ya se trate de las guerras de Flandes, de la bajada del turco, y hasta de «los sucesos del Transilvano».54

Toda una lección y elección de vida es la que dan los dos caballeros vizcaínos de La señora Cornelia, que estudian en Salamanca, se van a Flandes para vivir como soldados y deciden finalmente marcharse a Bolonia, donde tuvieron «muchos amigos, así estudiantes españoles, de los muchos que en aquella universidad cursaban, como de los mismos de la ciudad y de los extranjeros».55

Cervantes sabe explorar además con particular ingenio el espacio cerrado, casi diríamos mental, además de onírico, en el Coloquio que pasó entre Cipión y Berganza, donde la perspectiva satírica y los predicamentos filosóficos de la secta del perro ofrecen en carne viva la universalidad de los problemas humanos a través de un amplio desfile de personajes. Los perros, «en soledad» y sobre esteras, abren un diálogo en el que la maldad y el engaño están tan vivos en el Matadero de Sevilla como en Murcia y Granada.56

El Coloquio nos ofrece toda una visión ética, filosófica y social de un mundo de brujas, rufianes, arbitristas, ladrones, moriscos, damas del hato, titiriteros y comediantes en el que no se salva nadie.57 El triunfo del mal y de la soberbia en esa obra no quita sin embargo una lección esperanzada, pues la virtud y el buen entendimiento son uno y lo mismo.

Ese tejido de las Ejemplares, que conforma una red de seres que se mueven constantemente en el espacio y en el tiempo como en una colmena, también aparece sobre las tablas, pues el pequeño mundo del teatro remite constantemente al gran teatro del mundo. Cervantes se creó así mismo, en los preliminares de sus Comedias, un lugar en el Parnaso teatral, en medio de las dos partes del Quijote y vísperas del prometido Persiles, no abandonando nunca la construcción de su propio panteón de la fama.58

El teatro de Cervantes, al igual que sus novelas, se centra en la lucha del individuo contra un mundo y unas circunstancias hostiles.59 El ámbito de sus comedias y el de La Numancia se extiende generalmente sobre un fondo histórico que remite a lugares conocidos por su experiencia en Argel, o a un convulso Mediterráneo en el que aparecen las plazas de Orán, Constantinopla, Italia y España; sin olvidar, como vimos, el Méjico de El rufián dichoso, a veces olvidado por quienes buscan sus referencias a las Indias Occidentales. El trasfondo histórico remite a las obras de Baltasar de Morales o de Antonio de Sosa, con el que Cervantes compartió cautiverio, pero ello no quita la sensación de lugares vividos y de una voluntad expresa que vincula a la corona y a la causa cristiana los avatares de sus protagonistas.60

Pero, aunque tenga lo que podríamos llamar conciencia de Estado, Cervantes huye de las simplificaciones al uso procurando mostrar, como ocurre en El gallardo español o en La gran sultana, la riqueza supuesta por la mezcla de razas, lenguas y culturas. Y sobre ese mar de fondo, y nunca mejor dicho, dibujará la doble faz de los seres humanos, entre dignidad y miseria, ya se trate de musulmanes o de cristianos, según se comprueba en Los baños de Argel y en El trato de Argel. La acción se mueve sobre todo a impulsos de las pasiones, incluso cuando estas se encierran en el laberinto interior de La casa de los celos y selvas de Ardenia, o en las calles de Madrid en La entretenida.61

El teatro cervantino sostiene y mantiene una batalla permanente entre vicios y virtudes, amores y celos en el interior de los personajes, en paralelo a las contiendas políticas y religiosas, incluida la tragedia Numancia, que, a su vuelta de Argel, funciona como una parábola de la política de Felipe II.62 En ese sentido, no cabe olvidar la propuesta dirigida al monarca que El trato de Argel sustancia de manera palmaria, cuando dice:

De la esquiva prisión amarga y dura
adonde mueren quince mil cristianos,
tienes la llave de su cerradura.63

El conflicto entre cristianos y musulmanes está siempre presente, incluso en esa Numancia donde aparecen también el cerco de Leiden, Argel y la conquista de América.64 Cervantes no solo sitúa cualquier acción particular en un retórico tempus historicus, sino en el ancho mapa de la política española de su época, cuyo heroísmo enclava como una profecía ex eventu en la acción numantina.

Su obra debe, en este y otro sentidos, leerse en su totalidad, pues es así como se establece toda una serie de similitudes y confluencias temáticas y estructurales que la enriquecen. Me refiero a liberarla del estudio de los géneros como compartimentos estancos. Sobre todo cuando comprobamos las similitudes que la tragedia, las comedias y los entremeses ofrecen con las Novelas Ejemplares, el Quijote y el Persiles, tanto en la topografía y la cronografía como en la acción propiamente dicha. El Persiles, en definitiva, no sólo ensancha las coordenadas de La española inglesa, sino las de las comedias de cautivos, donde Cervantes desarrolla en toda su extensión la problemática entre culturas y religiones diferentes.

Las comedias de cautivos y La Numancia se adelantaron sin duda a los Trabajos de Persiles y Sigismunda a la hora de evitar la simplificación de los opuestos entre civilización y barbarie. No parece sino que en todas ellas, al igual que en las historias de Ricote y Ana Félix en el Quijote, brilla, como oro en la escoria, la palabra del villano del Danubio de fray Antonio de Guevara. Pues, por encima de la situación y de la condición de cada ser humano, Cervantes sostiene siempre su dignidad y la libertad para elegir por sí mismo su destino. El viaje de la lectura cervantina no se puede además separar del que su autor hizo por el ancho mar de la novela griega, aparte de los que, como hemos dicho, llevó personalmente a cabo durante una vida incardinada en la política de su tiempo.

Cervantes, en ese y otros sentidos, es un ejemplo de cómo la literatura muestra la capacidad de trascender la historia personal y la general para ofrecernos un mundo capaz de sostenerse más allá de los estragos del tiempo. La información de Argel de Miguel de Cervantes, transcrita por el notario Rivera y firmada por los testigos, o la del Diálogo de los mártires en la Topografía e historia general de Argel de Antonio de Sosa, enseñan mucho sobre las consecuencias del antagonismo entre el sultán y el rey de España.65 Pero sobre todo nos regala un complejo mundo argelino de razas variadísimas provenientes de Europa, África y Nueva España, sin que falte al concurso la presencia de indúes y tupinambas, que se asemeja a la pluralidad que ofrece al respecto la obra cervantina.

A ese respecto, la cuestión palpitante de la catolicidad de la Europa del Norte en el Persiles no puede separarse de la del Mediterráneo ni de la de América, presentes en el teatro, en las Ejemplares o en el Quijote.66 Solo que Cervantes fue más allá de las divisiones maniqueas, mostrando a los lectores la complejidad de un mundo que, junto a los horrores del Diálogo de los mártires, ofrecía el triunfo de Zoraida y de Ana Félix en el Quijote, o el de la prudencia en La gran Sultana.67

La translatio imperii et studii de Roma operó de manera distinta en el Nuevo Mundo a la hora de trasladar modos de vida y de religión.68 Cervantes conocía muy bien esa transferencia de poder y de fe a la que se referían los cronistas de Indias o Campanella, mostrando que el problema de la mezcla de razas y costumbres, o el de las lenguas en contacto, podía convertirse en riqueza. Por otro lado, los avatares de don Quijote se entienden mejor en un contexto que gozaba de añejos antecedentes históricos, amén de literarios, como muestra, siglos antes, la ajetreada vida del Infante Enrique de Castilla (1230-1303), un noble, poeta y caballero, que viajó por Italia y Túnez, donde tuvo una aventura con dos leones.69 Se trata de un caso entre muchos en el que la búsqueda de la fama trascendía la estrechez del lugar de origen mucho antes que el Quijote.

Desde esa perspectiva vital y la que proporciona el casi inabarcable acervo de la internacional caballeresca, esa obra cervantina se nos ofrece desde las primeras páginas con la doble proyección representada por la aspiración de universalidad de la misma y de su personaje, por no hablar de la del propio autor. Cervantes traza en ella su voluntad de ofrecer un libro nuevo, sin las estrecheces de la astrología, la geometría y la retórica, y que «sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuera escribiendo».70

Se trata de una «inacabable aventura» vivida por el mayor loco, escrita para que contente a todos, y que quiere formar parte de las vividas en otras tierras por Palmerín de Inglaterra, Amadís de Gaula y una larguísima saga en la que se mezclaban los héroes históricos con los ficticios en los lugares más diversos. Como en caja china, la invención de un mundo creado por un autor la lleva a cabo un personaje que además se inventa a sí mismo y a cuanto le rodea, buscando, desde su primera salida, alcanzar la fama y hacerse universal.71

La ancha geografía caballeresca a la que remite don Quijote correrá a la par de la más reducida del pícaro ventero en sus años mozos, que vivió en Málaga y Valencia, pasando por Córdoba, Toledo y otras partes. Cervantes inicia así el trazado de toda novela, donde cada vida se instala en una encrucijada de caminos que lleva a los personajes a distintos lugares. Ese movimiento permanecerá como una constante desde principio a fin. Pero las estrechas fronteras que rodean a cada uno se rompen por la posibilidad de viajar mentalmente, gracias a la posesión de una biblioteca universal, en la dirección que le permita su propio escrutinio, ya se trate del lejano Arauco o del más cercano Monserrate.

Y así, un don nadie, nacido en un lugar sin nombre y de padres desconocidos para los lectores, podía afrontar los mayores peligros del mundo, bautizado avant-la-lêtre por el narrador como «el famoso español don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega».72 Un personaje paradójicamente famoso gracias a un tal Cide Hamete, que forma parte de «nuestros enemigos» (i, p. 120) y a la vez de «los nuestros», por ser autor arábigo y a la vez manchego.

La genealogía de burlas se supera a sí misma al instalar a don Quijote en la serie de los héroes antiguos y modernos de la que él quiere formar parte. De ese modo, sus gestos evocarán a héroes caballerescos de lugares tan lejanos y extraños como las Tres Arabias, aunque sus exóticos topónimos se crucen con los risibles de Algarbe y Utrique. Don Quijote no se parará en barras, mezclando en la aventura de los rebaños a gentes de diversas naciones, que abarcan Arabia, la Capadocia y el Norte de África, juntando a persas y partos con etíopes, escitas y otros provenientes de infinitas naciones, al lado de los que viven orillas del Betis, el Tajo o los Pirineos.73

En el Quijote las conversaciones y las relaciones insertadas trascienden siempre el lugar en el que se sitúan, ya se trate de El curioso impertinente y la lejana Florencia o de la historia de Zoraida, donde las costas del Mediterráneo mostrarán la lucha contra los turcos, moros y alárabes de toda África. No me detendré en el diálogo de lenguas y en la mixtura que encarna esa mora en el traje y en el cuerpo, pero cristiana en el alma, ni en el mapa de los tres hermanos que nos lleva a Italia, Flandes, Argel y Constantinopla, sino en el hecho de que todo ello se supedite a una historia de cautivos con nombres propios, vinculada a la figura de Carlos V y a la toma de La Goleta, rubricando el heroísmo de quienes participaron en dicha gesta («fama que el mundo os da, y el cielo gloria»).74

En ese mundo de corsarios, Cervantes defiende el uso de las armas, gracias a las cuales se conservan los reinos y se guardan las ciudades, poniendo siempre en el horizonte de don Quijote las luchas en el Mediterráneo. Pero en este, como en la vida de cautiverio, se demuestra que hay gentes de bien en una y otra parte, al igual que ocurre con el rey de Argel, un calabrés de nación que trataba con mucha humanidad a los cautivos.75 Lejos de cualquier simplificación, la presencia del renegado arrepentido, llorando con un crucifijo en las manos, se cruza con la evolución de Zoraida a María y con la «mezcla de lenguas» que ella maneja.76

Cervantes ofrece así un sutil tejido vital en el que razas, culturas, religiones, espacios y tiempos se entrelazan, como cuando la referencia al puerto seguro de la Virgen María, a la que apela Zoraida, se cruza con la historia de la Cava, causante de la pérdida de España.77 Junto a esa devanadera del tiempo, la del espacio presentará la maldad de los franceses que roban al padre de Zoraida, mostrando, además, frente a la barbarie de los corsarios de Vélez Málaga, cómo la bella morisca reconoce en la iglesia a Lela Marién. Finalmente la historia del cautivo atará en anagnórisis la susodicha trenza compuesta por los tres hermanos, incluyendo la del que se va de oidor a Méjico y la del que se hizo rico en el Perú, como un paradigma de las repartidas y convulsas vivencias de los españoles de aquel tiempo.78

Pero, más allá de la aldea y de los caminos del mundo, don Quijote prosigue su andadura sin meta geográfica, situándose, ante el cura y el canónigo, en la ancha topografía caballeresca, por más que surja el interrogante de que, en ella, «hoy anochece en Lombardía y mañana amanezca en las tierras del Preste Juan de las Indias o en otras que ni las descubrió Tolomeo ni las vio Marco Polo», 79

Don Quijote no se separa, a lo largo de toda la primera parte, de una idea fija: la de alzarse no sólo como el mayor caballero andante entre los ficticios, sino como el mayor héroe entre los históricos, al igual que un Viriato en Lusitania o un conde Fernán González en Castilla, aspirando sobre todo a lo primero, aunque el canónigo sostenga que «no ha habido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otros caballeros de que las escrituras están llenas».80

Al final de la primera parte, la vuelta a casa de don Quijote con la prometida continuidad de sus hazañas en las justas de Zaragoza, vendrá seguida, como se sabe, de las poesías de los académicos de Argamasilla, que lo consagran en un epitafio como un héroe superior al Jasón de Creta y a los Amadises, Galaores y Belianises. Vale decir, al logro de una fama universal que pesará sobremanera en la segunda parte. De ahí que el Caprichoso suscriba las glorias de don Quijote, del que se preciaban, «más que Grecia, ni Gaula, la alta Mancha» (i, p. 651).

El Quijote de 1615 se sustentará, frente a las veleidades del apócrifo Avellaneda, en la fama alcanzada por el don Quijote verdadero de la primera parte, pero también, en la que el propio autor ha conseguido gracias a ello. Así lo certifica la aprobación de Valdivielso en los preliminares, considerando que «es obra muy digna de su grande ingenio, honra y lustre de nuestra nación y admiración y invidia de los estraños».81

Cervantes refrenda en el prólogo de 1615 su valía y la de sus obras, incluido el Persiles en marcha, afirmando que sus novelas tienen «de todo», como si la amplitud de las mismas corriera parejas con la de su propia fama. Ese afán de totalidad al que también aspira esa nueva obra, pues «ha de llegar al estremo de bondad posible» (ii, p. 679), ensancha hasta la China la proyección de un libro cuyo autor desdeña la lectura de un apócrifo que desgraciadamente también «se ha disfrazado y corrido por el orbe» (ii, p. 678). La cuestión no parece baladí, pues Cervantes enfrenta la buena fama a la popularidad infame de quien quiso hacerse dueño de su invención.

Pero centrándonos ya en los primeros capítulos de la Segunda Parte, saltan a la vistas las noticias que llegan a casa de don Quijote sobre la armada del turco y las provisiones de Su Majestad en las costas de Nápoles, Sicilia y Malta, probando una vez más la rapidez con la que corrían las noticias en aquel tiempo. Cervantes presentará de nuevo el ancho y belicoso mapa político de la monarquía española junto a la fidelidad de don Quijote a la caballería internacional, formada tanto por Amadís de Gaula o Felixmarte de Hircania, como por Roldán, Julio César o Alejandro Magno (ii, pp. 691 y 702). Su afán por devolver al mundo el orden caballeresco y el heroico aparece como un nuevo e inusitado arbitrio que fuera a solucionar los problemas de España frente al turco. En ese sentido, don Quijote no deja de representar la cara más graciosa e ingeniosa del arbitrismo al uso.

Pero lo más relevante sin duda es la marca de popularidad que Sansón Carrasco aduce sobre la historia de las grandezas de don Quijote, traducidas al vulgar castellano, y que cifra en haber sido escritas «para universal entretenimiento de las gentes» (ii, p.705). La reimpresión de la obra en España y fuera de ella, así como la popularidad del personaje, se proyectan en una misma dirección que consolida la búsqueda de la inmortalidad pretendida en la primera parte. Sobre todo cuando se añade, con sal profética, «que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzga» (ii, p. 706).

Cervantes ata en un mismo haz la fama del personaje y la del libro, ratificada no sólo por las reediciones y traducciones, sino por la aquiescencia de unos lectores implícitos a los que se dirige. Cabe tener en cuenta además que estos han convertido a sus personajes en entes vivos, tal y como dice Sansón Carrasco sobre una obra para todos como el Quijote:

Los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: «Allí va Rocinante».82

La fama, en el sentido canónico, y la popularidad correrán al unísono en toda la segunda parte, glorificándose una vez más, por boca de Garcilaso, el camino áspero que lleva «de la inmortalidad al alto asiento,/ do nunca arriba quien de allí declina» (ii, p. 738).

Claro que Sancho no se ata siempre a los predicamentos de su amo, y, a la par que confiesa ser cristiano y «enemigo mortal» de los judíos, confiesa que no se le da una higa verse puesto «en libros y andar por ese mundo de mano en mano» (i, p. 751). Cervantes distingue además entre la buena y la mala fama, esbozando un pequeño tratado respecto al tema lleno de fundamentos clásicos sobre quienes se sienten satisfechos «por verse con fama aunque infame».83 Don Quijote marca además la diferencia entre la gloria eterna que buscan los caballeros cristianos católicos y andantes, y «la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene un fin señalado».84

Pese a tales planteamientos sobre la vanidad de dicha fama, es evidente que don Quijote lo hace todo por ella, considerando «ser el caballero andante más valiente que tenía en aquella edad el mundo».85 Y es ese mundo el que sin duda desea circunvalar para conseguirla, siquiera con la imaginativa, como ocurre antes de la aventura del barco encantado, cuando dice a Sancho que de «los trescientos sesenta grados que contiene el globo del agua y de la tierra, según el cómputo de Ptolomeo, ya han recorrido la mitad».86 Por otro lado, el camino se abre tanto para los caballeros andantes como para los lectores cual vía de conocimiento, pues «el que lee mucho y anda mucho vee mucho y sabe mucho» (ii, p. 919).

Cervantes asume todos los materiales que conforman la comedia de la vida, pero situándola en el globo del mundo y prescindiendo del que Dios precisaría años más tarde en El gran teatro calderoniano. Y es esa visión de tejas abajo la que configura la humanidad de una novela en la que la rueda de la fortuna se mueve constantemente con altibajos. No obstante, y pese a los avatares por los que pasan los protagonistas, o precisamente por ellos, conforme la segunda parte avanza, don Quijote y Sancho se verán cada vez más reconocidos y leídos. Así ocurre en el episodio de los duques y hasta en sus epígrafes, aunque la evidencia del reconocimiento ajeno esté llena de sinsabores y amargura.87 El gozo de la celebridad forma ya parte de las esperanzas de un narrador que hace avanzar las líneas de la escritura a la par que las de la fama de don Quijote, Dulcinea y Sancho, deseando que «Todos juntos y cada uno de por sí viváis siglos infinitos para gusto y general pasatiempo de los vivientes» (ii, p. 1037), como así ha sido.

A su vez el vuelo de Clavileño, semejante al de Malambruno, que «hoy está aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí», se parece al de la creación literaria y al propiciado por el viaje de la lectura.88 Del mismo modo, Sancho acompañará a su amo por el aire, como lo hizo por tierra y agua, confesando entre lágrimas que le seguiría hasta las últimas partes del mundo, como harían los lectores de la obra.

Al igual que ocurriera tras ese vuelo fatuo, Sancho abandonará desengañado la ínsula en la que gobernó, dejando atrás las alas de la hormiga que lo levantaran circunstancialmente, y decidirá «andar por el suelo con pie llano» (ii, p. 1164), como quien regresa al mundo real. Y, en él, Ricote devolverá a la obra los conocidos resortes de una historia en la que se cruzan de nuevo lenguas, razas y religiones. El morisco, transformado en alemán o tudesco, chupando huesos de jamón y bebiendo vino, supondrá la otra cara, viva y real, del andante forzado por causa mayor. Ricote ejemplificará así la emigración de quien pasa por Francia e Italia buscando luego en Alemania una forma de «vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia».89

Encarnación de las penalidades y metamorfosis a las que se ve obligado, Ricote cristaliza en ese «no tanto» (ii, p. 1172) que se atribuye a sí mismo como medio cristiano, el trasfondo del complejo amor a una patria que sin embargo lo ha desterrado. El canto a la libertad que entona Cervantes conlleva no pocos pespuntes de amargura, pues las felices historias amorosas entre moros y cristianos como la de Ana Félix, que jalonan sus novelas y el teatro, se cortan fríamente ante la evidencia suscrita por el propio Ricote de que «las moriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos» (ii, p. 1175).

No me detendré en los episodios relacionados con el camino de ida y vuelta a Barcelona, ciudad en la que se intensifica el cruce de lenguas, razas y religiones desplegado en toda la obra; cosa, por otra parte, natural, pues culmina en un transitado mar Mediterráneo bien conocido por el autor.90. Pero querría subrayar que si las ideas lingüísticas expresadas por Aldrete en Del origen y principio de la lengua castellana (1606) coinciden con las expresadas en la primera parte del Quijote, la segunda corre en paralelo con sus Varias antigüedades de España, África y otras provincias, obra publicada en 1614.91 En estas, Aldrete asienta el plurilingüismo de África, incluido el latín, e identifica el nombre de Berberia o Barbaria con aquel que los griegos adjudicaron a todas las naciones, identificando al bárbaro con el extranjero, como también reiteraría el Persiles.92 Cervantes coincidirá además con Aldrete cuando habla de la expansión universal del castellano por la redondez de la tierra. Este, frente a la discordia de Babel, representaría «un lenguage escogido, una lengua aventajada», que llevaría por todo el mundo el estandarte de la cruz.93

Don Quijote asentará, una y otra vez, la universalidad de su nombre frente al de Avellaneda, y, pese a los sinsabores de la fama infame cuando es puesto en la picota de la risa por las calles de Barcelona, convertirá al apócrifo en un libro lleno de viento y borra con el que los demonios juegan a la pelota en el infierno, afirmando que «no hay otro yo en el mundo».94 Así podrá regresar al comienzo, habiendo alcanzado plenamente su objetivo, y podrá decir antes de irse de este mundo: «Yo soy don Quijote de la Macha, el mismo que dice la fama» (ii, p. 1320).

Analizar el asunto de la universalidad en el mapa europeo del Persiles nos llevaría demasiado lejos, ya que Cervantes incluye en él un septentrión y unos mares apenas vislumbrados en La española inglesa, a los que añade un amplio mapa por el centro y el sur de Europa, sin olvidar otras muchas referencias geográficas. Los cuatro puntos cardinales que lo conforman se orientan de nuevo por una brújula que tiene como norte espiritual a la religión católica y a Roma, lugar santo en el que confluyen gentes de distintos lugares.95 Pero ese complejo mundo aparece con fronteras tan difusas y confusas entre las personas como la que representa el simple enunciado del «bárbaro español»; un oxímoron que resume la paradoja del ser humano cuando se mezclan en él raza, cultura y religión.

A su vez la peregrinación amorosa y religiosa por mar y tierra de sus protagonistas establecerá una red de lenguas en contacto que tiene como denominador común la extendida lengua española. En el Persiles, los trabajos amorosos, sociales, culturales y religiosos discurren al unísono de los lingüísticos, presentando un polifónico mapa europeo que va desde las voces bárbaras a las palabras discretas, a veces entendidas gracias a la traducción.96

La ascensión en la cadena del ser también se lleva a cabo, con todos sus matices, en lo geográfico, pero sin determinismos absolutos que vinculen la virtud o la maldad a origen alguno, pues si el disfraz de bárbaro puede encubrir a cristianos piadosos (p. 182), también aparecen cristianos en Roma que no merecen el nombre de tales por sus actos, como ocurre con Bartolomé el Manchego o la castellana Luisa. A fin de cuentas, Periandro y Auristela son católicos nacidos en tierra de herejes, al igual que San Pablo fue apóstol de los gentiles.97 En el ancho mapa del Persiles, como en el resto de las obras de Cervantes, triunfa, en definitiva, la dignidad alcanzada libremente por el ser humano por encima de sus orígenes y de las miserias que le rodeen.98

No hará falta recordar que, en el contexto de un mundo globalizado y sin fronteras aparentes, la historia las erige cada día, asignando con la palabra extranjero a todo aquel que emigre por fuerza de su patria, identificándolo como bárbaro.

En el Mundo es ancho y ajeno del peruano Ciro Alegría, cuando el hacendado don Álvaro Amenábar dice a los indígenas. «Váyanse a otra parte, el mundo es ancho», comprobamos la capacidad de la literatura para hacer aflorar problemas tan eternos como globales al igual que los recreados por Miguel de Cervantes.

Aurora Egido

Real Academia Española


* Este trabajo se presentó en la conferencia inaugural del XXI Congreso de la Asociación Alemana de Hispanistas: Lugares del Hispanismo en un mundo globalizado, celebrado en la Ludwig-Maximilians-Universität München del 29 de marzo al 2 de abril, y organizado bajo la dirección de Bernhard Teuber y Sebastian Postlep.

  1. María Moliner, Diccionario de uso del español, añade a la acepción de «global, mundial» y a «globalizar, considerar o aparentar algo de forma global», la de «extender (se) algo mundialmente. Se refiere en especial a los fenómenos económicos, sociales o políticos, etc., a causa de la creciente comunicación e interdependencia de los distintos países». Sobre la influencia de dicho proceso económico-cultural a través de la informática e internet, véase Ramón Sarmiento y Fernando Vilches, Neologismos y sociedad del conocimiento. Funciones de la lengua en la era de la globalización, Madrid, Ariel, 2007, pp. 165-7.

  2. José Luis Sampedro, El mercado y la globalización, Barcelona, Destino, 2002, pp. 59 y 62ss., donde califica de antidemocrática la expansión mundial del poder financiero, abogando por un espacio más racional. Según Ricardo Robledo, el primer libro con ISBN que lleva en el título la palabra globalización es de 1992, incrementándose su uso a partir de 1998. Véase Luis Ángel Rojo, Vicente Donoso, Juan Luis Cebrián y Federico Mayor Zaragoza, Globalización y Sociedad, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2003, pp. 8-9.

  3. Antonio Domínguez Ortiz, «La España del Quijote», Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. de Francisco Rico, Joaquín Forradellas y Gonzalo Pontón, Madrid, RAE, 2015, vol. i, p. 140 (por la que citaremos, con indicación de la parte en números romanos) prefiere el término Monarquía (usual entonces) al de Imperio, con toda la unidad y variedad propia de sus dominios, dentro y fuera de la península.

  4. «Al globalizar e integrar se corre el riesgo de introducir una precaria simplificación», Félix Morales, Oscar Quíroz y Juan José Peña, Diccionario ejemplificado de chilenismos y de otros usos diferenciados del español de Chile, Valparaíso, Academia Superior de Ciencias Pedagógicas, 1984.

  5. En el CREA se documentan 1992 casos en 946 documentos entre 1997-2004; y en el CORPES, 4093 casos en 1907 documentos entre 2001-2005. Este período fue equivalente al de 2006-2015, ofreciendo un claro descenso. En cuanto a la distribución por temas, la política, la economía y la justicia se llevan la palma, seguidos por las ciencias y las artes. El ámbito de la divulgación sobrepasa al académico, según los datos contrastados que me ha facilitado la filóloga Silvia Fernández en la Real Academia Española.

  6. En el Catálogo de la Biblioteca Nacional de España, aparecen medio millar de publicaciones con el término globalización en el título; la gran mayoría de las cuales son de tema económico. Global sobrepasa los 5000. Universalización no llega a la docena de los libros publicados a finales del xx, en tanto que universal anda cercano a los 3400. Y véase, para lo dicho, Néstor Taboada Terán, Erasmo de Rotterdam, la globalización de la locura. Miguel de Cervantes Saavedra. La desnudez vencida, Cochabamba, Bolivia, Academia Boliviana de la Lengua, 2000, p. 8, quien traslada la locura erasmiana y quijotesca al mulato Simón Bolívar.

  7. Dinko Cvitanovic, Tradición americana y mundo global. Variaciones argentinas, Córdoba (Argentina), Ediciones del Copista, 2001, p. 231, plantea el asunto desde la crítica literaria global inaugurada por Curtius a partir de la Weltliteratur de Goethe. Borges sería «el intérprete ideal de la literatura en la época de la globalización, con sus historias eternas y universales». Y véase Francisco Gimeno-Menéndez, El español de América. Actas del VI Congreso de «El español de América» (Tordesillas, Valladolid, 25-9 de octubre, 2005), ed. de César Hernández Alonso y Leticia Castaneda, 2007, pp. 251-268; además de la introducción de Pedro Luis Barcia en III Congreso Internacional de la Lengua Española, Identidad Lingüística y globalización, Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 2006, pp. 13-20, donde lo plantea en relación con la identidad cultural y la expansión actual del español.

  8. Arno Borst, Der Turmbau von Babel: Geschichte der Meinungen über Ursprung und Vielfalt der Sprachen und Völker, Stutgart, Hiersemann, 1957-1963; y Umberto Eco, La búsqueda de la lengua perfecta en la cultura europea, Barcelona, Crítica, 1996.

  9. Véase Aurora Egido, «Erasmo y la torre de Babel. La búsqueda de la lengua perfecta», España y América en una perspectiva humanística. Homenaje a Marcel Bataillon, Madrid, Casa de Velázquez, 1998, pp. 11-36, y otros estudios recogidos en El diálogo de las lenguas y Miguel de Cervantes, en prensa.

  10. Pedro Luis Barcia, opus cit., p. 15

  11. Elvezio Canonica, «Apollo polyglotus. Visión del plurilingüismo poético en la Metamétrica (1663) de Juan Caramuel», Bulletin Hispanique, 115-1, 2013, pp. 75-95. Capítulo aparte es el de las utópicas lenguas imaginarias, como las estudiadas por Alessandro Bausani, Le lingue inventate. Linguaggi artificiali. Linguaggi universali, Roma, Ubaldini, 1974; y la curiosa propuesta ante el gobierno norteamericano de Robert L. Owen, The Global Alphabet, Washington, United States Government Printing Office, 1943.

  12. Miguel Navarro, Libro muy útil y provechoso para aprender la latinidad (1595), Madrid, Luis Sánchez, 1626. Escrito en castellano para niños y principiantes, ofrecía vocablos sobre el hombre y el mundo, junto a una gramática espacio-temporal.

  13. Véase la introducción a Juan Andrés, «Furia». Disertación sobre una inscripción romana, ed. de Pedro Aullón de Haro y Davide Monbelli, Madrid, Instituto Juan Andrés de Comparatística y Globalización, 2017, p. 10, donde se analiza su proyección universalista, negada por la Enciclopedia francesa. Y, del mismo Aullón, La Escuela Universalista Española del siglo xviii. Una introducción, Madrid, Sequitur, 2016, p. 87. El abate Andrés, como veremos, fue más allá del interés humanista por la cultura grecolatina, al aplicarse a la egipcia, escandinava, africana, asiática y arábiga. Y véase el Católogo de la Exposición Juan Andrés y la Escuela Universalista Española (18 de enero- 16 de junio de 2017), Madrid, Biblioteca Histórica de la UCM, 2017, de próxima aparición

  14. P. Aullón de Haro, La escuela universalista, p. 73. Juan Andrés, Origen, progresos y estado actual de toda la literatura, Madrid, Antonio de Sancha, 1785, vol. i, fue pionero en la tesis arabista sobre los orígenes de la lírica, luego ampliada por Julián Ribera y otros, aunque él no se olvidó de los trabajos de Pocok y Herbelot a la hora de valorar el peso de la cultura árabe. Y véase Juan Andrés, Origen progresos y estado actual de toda literatura, Alicante, Instituto de Cultura «Juan Gil Albert», 1995. Tarea de los lingüistas será establecer la ligazón de las ideas de los universalistas como Hervás en Andrés Bello, más allá de las mantenidas por este con Schlegel, Humboldt y el orientalismo londinense. Sobre lo último, Francisco Javier Pérez, Estudios sobre nuevos temas de lingüística bellista, Valencia, Aduana vieja, 2016, p. 62. Y véanse pp. 73ss., para las fuentes de su orientalismo. El poema de Goethe, recogido por Pérez, «… en el Oriente/ tiene el libro su comienzo,/ y en el Poniente ahora alcanza/ como los astros su término», no deja de estar cerca, a nuestro juicio, de los planteamientos del abate Andrés y de Hervás.

  15. Antonio Eximeno, Apología de Miguel de Cervantes sobre los yerros que se le han notado en el «Quijote», Madrid, Imprenta de la Administración del Real Arbitrio, 1806, arremete en su sátira contra los supuestos fallos espacio-temporales que se achacaran a dicha obra, partiendo de una concepción libre de lo que se entiende por fábula.

  16. Véase Juan Andrés, Origen, i, pp. xv- xvii y xix, donde se muestra deudor de la Biblioteca arabico-hispana escurialensis de Casiri, destacando las aportaciones científicas de los árabes. En los capp. ii y iv, habla de la universalidad de la cultura de los griegos, que, aunque posteriores a los egipcios, lograron un gran esplendor.

  17. Ib., capp. i, viii y x. Y véase Manuel Garrido Palazón, Historia, Literatura, Enciclopedia y Ciencia en el literato jesuita Juan Andrés: en torno a «Del origen, progresos y estado actual de toda literatura, Alicante, Instituto de Cultura «Juan Gil Albert», 1995.

  18. Lorenzo Hervás, Historia de la vida del hombre. Concepción. Nacimiento, infancia y niñez del hombre, Madrid, Imprenta de Aznar, 1789, vol. i, pp. 2ss., 11, 14 y 267ss., Y véase Aurora Egido, Humanidades y dignidad del hombre en Baltasar Gracián, Universidad de Salamanca, 2000.

  19. A propósito de su obra Agentes del Imperio, Barcelona, Galaxia, 2016, Noel Malcolm ha señalado que «hay que corregir y detener el mal uso de la Historia», El País, 13-febrero, 2016, y superar la simplificación entre el Islam y Occidente, mostrando los enlaces familiares entre gentes de distinta fe; cosa que, por cierto, ya hizo Cervantes.

  20. Sobre el afán unificador de Cervantes respecto a la realidad del Imperio Otomano frente al español en el Mediterráneo, patente en La Gran Sultana, «alegato a favor de la tolerancia», Giuseppe Grilli, Literatura y compromiso. Moradas de los siglos áureos, Madrid, Atenea, 2015, cap. iii, pp. 1 y 78.

  21. Pedro Simón Abril, De lingua latina vel de arte grammatica, Tudela, Thomas Porralis, 1573 (la 1.ª es de Zaragoza, 1568), dijo que «el uso de la lengua consiste lo primero en el leer buenos autores, elegantes y approvados», encareciendo el uso, el ejemplo de los modelos y la autoridad. Y véase William Thomas, Principal rules of the Italian grammar: with a dictionarie for the better understandyng of Boccace, Petrarca and Dante, Londres, H. VVykes, 1567. Aparte cabría considerar la convivencia de lenguas y el plurilingüismo de los estudios humanísticos de las «Tres linguae principes», griego, hebreo y latín, en Giacomo Pontano, Progymnasmatum ad usus scholarum humaniorum, Venecia, Aldum, 1590, presentes en el Quijote. Y véanse los vocabularios en español, alemán e italiano de Nicolas Mez de Braidenbach, Gramática o Instrucción española, y alemana..., Viena, Casa de Susana Rickefini, 1666, con refranes, dísticos, cartas y elogios a la monarquía austriaca.

  22. Granada, Juan Varela de Salamanca, 1505. El tratado, dirigido al arzobispo de Granada fray Hernando de Talavera, está plagado de religiosidad cristiana.

  23. Fernán Pérez de Oliva, Cosmografía nueva, ed. de Cirilo Flórez, Pablo García del Castillo et alii, Universidad de Salamanca, 1985, pp. 69ss.; y Francisco Sánchez de las Brozas, Sphera Mundi, Salamanca, Ildefonso Ferrande, 1579. Y véase Félix Schmelzer, «‘Tratar del universo todo’. La dimensión cosmológico-astronómica del Quijote», Visiones y revisiones cervantinas, ed. de Christoph Stroseztki, Alcalá, Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 855-65, para la idea de universo copernicano en proceso de cambio, a caballo entre la cosmografía antigua y la moderna.

  24. Cirilo Flórez, en Fernán Pérez de Oliva, opus cit., pp. 12-25, señala cómo Pedro Ciruelo en su Uberrimum Spherae Mundi Comentum, París, Guido Mercatoris, 1498, planteó las cuestiones relativas a la esfericidad de la tierra, apoyada por la experiencia de los navegantes y ampliada por otros como Pedro Margallo. La idea de una esfera uniforme, que imbricaba la unión del agua y la tierra, fue compartida por Pérez de Oliva. Téngase en cuenta además la edición que Ambrosio de Morales hizo de Las Obras del Maestro Fernán Pérez de Oliva, Córdoba, Gabriel Ramos Bejarano, 1586. Y véase Aurora Egido, «Descubrimientos y Humanismo. El almirante Pedro Porter de Casanate», Edad de Oro, 1991, pp. 71-86.

  25. Tomo la cita de José Luis Fuentes Herreros, «Pérez de Oliva: reconstrucción biográfica», en Fernán Pérez de Oliva, opus cit., p. 31. Este cree que tales tierras «serán siempre obedientes a España que por madre ternán todo bien». Oliva fue rector de la Universidad de Salamanca, donde los estatutos de 1529 propiciaron una nueva jerarquía de los saberes en la que el hombre era su centro.

  26. Theatrum Orbis Terrarum, Amberes, Sielis Coppens van Tiest, 1570; y Theatro del orbe de la tierra, Amberes, Juan Bautista Vrintio, Imprenta Plantiniana, 1602. Ortelio, al que Felipe II nombró en 1575 cosmógrafo real, muestra ya las tierras descubiertas del Nuevo Mundo. Y véase Theatro de la tierra universal, Amberes, Christoval Plantino, 1588. Sobre ello, R. A. Skelton, ed., The Theater of the Whole World, Amsterdam, Theatrum Orbis Terrarum, 1968. Sobre la idea del mundo en el Siglo de Oro, véase nuestro estudio El gran teatro de Calderón: personajes, temas, escenografía, Kassel, Reichenberger, 1995, cap. i.

  27. Madrid, Espasa, 1944, cap. i, viii, ix y pp. 73 y 121. Se trataba de una Universitas Christiana, como la que Erasmo dibujó a Juan de Valdés en 1529.

  28. Ib., p. 221. Véanse pp., 223-4, sobre Cristóbal de Virués y los romances que reclamaban ese gobierno universal de Felipe II, a la sazón gobernador de Italia, Flandes, las provincias de África, Méjico, Filipinas, etc.; y pp. 281ss., y cap. xi, sobre el papel de la épica en dicho proceso de universalización. Para Cervantes, pp. 286ss.; y 299ss., para Lope.

  29. Véase la síntesis de José Martínez Millán, «Reflexiones en torno a los escritos políticos e históricos de Quevedo», La Perinola 18, 2014, pp. 103-14; y, del mismo y C. Morales (dirs.): Felipe II (1527-1598). La configuración de la Monarquía hispana, Valladolid, Junta de Castilla y León, 1998.

  30. Miguel de Cervantes, La Galatea, ed. de Francisco Escobar y Flavia Gherardi, Madrid, RAE, 2014, p. 396. Al final del «Canto de Calíope» (pp. 529-30), Telesio encarecerá la calidad de los muchos ingenios que viven en España.

  31. Los poemas, junto a la referencia a las «mil bárbaras naciones» y «negras Indias» que prestaban vasallaje a Felipe II, en Aurelio Miró Quesada S., Cervantes, Tirso y el Perú, Lima, Huascarán, 1948, p. 13.

  32. La Galatea, p. 17

  33. Aurora Egido, Cervantes y las puertas del sueño. Estudios sobre «La Galatea», el «Quijote» y el «Persiles», Barcelona PPU, 1994, cap. i

  34. La Galatea, pp. 363ss. En el «Canto», Cervantes elogia la Araucana de Ercilla, que «cantó las guerras y el valor de España», p. 364. Entre el centenar de autores, no se olvidó del canario Cairasco de Figueroa. Respecto a Francisco Campuzano, dice que nos descubre «un mundo nuevo», añadiendo que «De tan mejores Indias y excelencias /cuánto mejor que el oro son las ciencias». Cervantes trataba de emular a Sannazaro y no dudó en dedicar la obra a Ascanio Antonio Colonna, que estuvo en la batalla de Lepanto.

  35. Desde Francisco Rodríguez Marín, «El Quijote y Don Quijote en América», Estudios Cervantinos, Madrid, Atlas, 1947, a los trabajos recogidos por Antonio Frago, «El Quijote y primicias lingüísticas en México hacia la independencia», NRFH, lxiv, julio-diciembre 2016, pp. 385-402, hay una abundante bibliografía al respecto.

  36. Según Jorge Campos, «Presencia de América en la obra de Cervantes», Revista de Indias, 28-29 (1947), pp. 371-404, «la vida en Indias era tan integrante del conjunto nacional como la que se hacía en la Mancha».

  37. «Cervantes precursor de la etnografía comparada», Madrid, Investigación y progreso, 1932, p. 136. Y véase en particular Luis Correa- Díaz, Cervantes y América/ Cervantes en las Américas: mapa de campo y ensayo de una bibliografía razonada, Barcelona, Reichenberger, 2006.

  38. El espejo enterrado, México, Fondo de Cultura Económica, 1992, pp. 202-3.

  39. Miguel de Cervantes, Viaje del Parnaso y poesías sueltas, ed. de José Montero y Fernando Romo con la colaboración de Macarena Cuiñas, Madrid, RAE, 2016, pp. 99, 147ss., 203 ss. Y véase, en p. 215, el soneto al libro de Cristóbal Mosquera sobre la jornada en las Azores. Más complicadas son las coplas a la muerte de Felipe II, pp. 222ss., no exentas de ironía.

  40. Ib., pp. 221 y 223-4.

  41. Ib., pp. 257ss.

  42. Ib., pp. 20-1, vv. 220-2. Mercurio dirá: «Tus obras los rincones de la tierra/ (llevándolas en grupa Rocinante)/ descubren y a la envidia mueven guerra».

  43. Ib., vv. 232-4.

  44. Ib., pp. 601 y 134-5.

  45. Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, Madrid, RAE, pp. 325. Y véase Ángel Rodríguez, «Cervantes y América: del sueño a la realidad», Actas del VI Congreso Internacional «El Español en América» (Tordesillas, 25-29 de octubre de 2005), Valladolid, Diputación de Valladolid, 2007, pp. 141-8.

  46. Novelas ejemplares, p. 259. La visión positiva de un turco bueno, que no es delator, contrasta con la negativa que los turcos presentan en el Quijote y en el Persiles. También es benigno con ellos en El amante liberal, a pesar de su barbarie, Ib., p. 119. Cervantes traza además, en esa obra, dos mapas sobre los vinos italianos y españoles.

  47. Ib., p. 275. El detalle de su paso por los lugares de España e Italia: Málaga, Antequera, Nápoles, Palermo, Milán, Gante, Bruselas, aumenta ese sentido de movimiento constante que luego desarrollaría en el Persiles, junto a la constatación del plurilingüismo.

  48. Ib., p. 269.

  49. Ib., p. 274. Ulises prudente aparece como paradigma del que anda muchas tierras y se comunica con gentes de diversas naciones en el Coloquio de los perros, p. 584. Y véase Aurora Egido, El discreto encanto de Cervantes y el crisol de la prudencia, Vigo, Academia del Hispanismo, 2011.

  50. Diana de Armas Wilson, Cervantes, The Novel and the New World, Oxford, Oxford University Press, 2000, capp. i y iv; y Julio Vélez-Sainz y Nieves Romero Díaz, Cervantes and/ on/ in the new world, Newark, Delaware, Juan de la Cuesta, 2007.

  51. Novelas ejemplares, pp. 104ss. El género de la bizantina se cruza con el de los cautivos, propiciando viajes sin cuento por un ancho Mediterráneo histórico (Chipre, Sicilia, Trípoli, Biserta, Trápani, Palermo…, El Cairo, Constantinola, Alejandría, Anatolia…), que tiene como fondo las luchas contra los turcos y las miserias del cautiverio. Ricardo recordará la toma de Túnez por Carlos V, cuando estuvo bajo Barbarroja.

  52. Ib., pp. 161ss. Como es bien sabido, en la encrucijada de caminos se encuentran los personajes Rinconete y Cortado, al igual que ocurre tantas veces en el Quijote o en el Persiles, incluido su prólogo. Y véase la encrucijada en La ilustre fregona, pp. 382-4.

  53. Ib., pp. 303ss., en el Toledo de La ilustre fregona, además de la referencia a otros lugares como Valladolid y Burgos, presenta a la señora peregrina en romería hacia la Virgen de Guadalupe.

  54. Ib., p. 443. Y véase la aparición de un mozo que va de Sevilla a Italia, pasando por Barcelona, p. 445.

  55. Ib., pp. P. 482. Al final el círculo se cierra y vuelven a España, como ocurre en El licenciado.

  56. Ib., pp. 539ss. El estatismo topográfico se entrevera con la mención a otros lugares, ya desde El casamiento engañoso, que le sirve de pórtico, a la posterior mención de los negros de Guinea con los que mercadean los portugueses (p. 572), o la de un bretón (p. 574).

  57. Ib., p. 586. No faltan, en este caso, referencias negativas a los gitanos como ladrones, p. 606, y a «la morisca canalla», a la que critica duramente, aprobando la expulsión (pp. 610-1).

  58. Miguel de Cervantes, Comedias y tragedias, ed. coord. por Luis Gómez Canseco, Madrid, RAE, 2015, pp. 9ss. Y véase Alberto Blecua, «Cervantes, historiador de la literatura», Cervantes, el «Quijote» y Barcelona, ed. de Carmen Riera y Guillermo Serés, Barcelona, La Caixa, 2007, pp. 37-47.

  59. Miguel de Cervantes, Comedias y tragedias, ii, p. 48. Así opinan Antonio Rey Hazas y Luis Gómez Canseco.

  60. Ib., ii, p. 54, donde se hace hincapié en la autoafirmación nacional y en la denuncia de los maltratados cautivos. Gómez Canseco aduce que «las comedias de ambiente berberisco reflejan la pugna religiosa y militar que tenía entonces lugar en el Mediterráneo entre turcos, venecianos y españoles». Alfredo Baras (pp. 84ss. y p. 95) señala a su vez que España aparece como el nuevo pueblo elegido por Dios, no existiendo ambigüedad alguna respecto a la visión de la crueldad de los argelinos con los cautivos.

  61. En Ib., ii, pp. 73ss, Sergio Fernández López analiza, en La casa, las huellas del Orlando furioso, donde Cervantes comprobó que las pasiones son fuente y motor de vida. Y véase en ii, pp. 135ss., el detalle de calles y edificios señalado por Ignacio Aguilar en La entretenida.

  62. Ib., ii, pp. 170ss. Y véase ii, p. 178, donde se destaca su providencialismo; además de David H. Darst, «Numancia: nuestra historia», Bulletin of the Comediantes 56, 1, 2004, pp. 45-54.

  63. Comedias y tragedias, ii, p. 167. Aparte habría que considerar La conquista de Jerusalén Ib., ii, pp. 182ss., atribuida a Cervantes por Stefano Arata, Héctor Brioso y Fausta Antonucci, entre otros, también nutrida con el cruce amoroso de cristianos y musulmanes.

  64. Así lo apunta Alfredo Baras, Ib., ii, p. 178, mostrando las referencias históricas a la política española entre 1568 y 1574. La obra alcanzó un éxito evidente en el siglo xix, tanto en Inglaterra como en Polonia y Francia, mostrando la universalidad de su mensaje.

  65. Isabel Soler, Miguel de Cervantes: los años de Argel, Barcelona, Acantilado, 2016, p. 12, señala cómo «El turco fue el mayor problema al que se enfrentó Felipe II nada más iniciar su reinado». Su lucha contra la herejía implicaba la necesidad de catolizar el Norte de Europa, el Mediterráneo y América. Y véase fray Diego de Haedo, Topografía e historia general de Argel, Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1927, 3 vols.

  66. Téngase en cuenta el significado en el DRAE de «catolicidad, universalidad de la Iglesia romana».

  67. La Topografía, vol. 2, pp. 4ss., muestra la historia mundial de los cautivos en un contexto que trasciende lo argelino, considerado el más cruel del mundo por su barbarie, Ib., ii, p.216. Las conversaciones entre Antonio de Sosa y Amud son, en buena parte, un diálogo entre lenguas y religiones que se remonta a la época de la Reconquista, Ib., iii, pp. 203ss.

  68. Para el tema, Guillermo Serés, «La translatio como traducción y traslado al Nuevo Mundo», Clásicos para un nuevo mundo. Estudios sobre la tradición clásica en la América de los siglos xvi y xvii., ed. de Laura Fernández, Bernat Garí, Alex Gómez y Christian Soroey, Barcelona, CECE, 2016, pp. 433-463.

  69. Isabel de Riquer, Historia literaria del Infante Enrique de Castilla (1230-1303), Barcelona, Reial Academia de Bones Lletres, 2016. Los trovadores cantaron sus gestas en latín y en vulgar. Don Enrique estuvo en Italia veintitrés años cautivo del conde de Anjou y llegó a ser embajador, ante Jaime II de Aragón, del emir Abu Hafs. Como dice José Enrique Ruiz-Doménec, Ib., pp. 168-9, en su respuesta académica, nos las habemos con un caballero andante que ilumina la política internacional de su tiempo.

  70. Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. cit., i, pp. 16-8. Mientras don Quijote se cruza con unos mercaderes que van a Murcia, él recuerda al Marqués de Mantua y a los Once Pares de Francia.

  71. i, pp. 18-9 y 41 y 43.

  72. i, p. 916.

  73. i, p. 210. La rechifla de Sancho se deja sentir, asombrado de cuántas naciones había nombrado su amo. La referencia a lugares lejanos por parte de don Quijote es constante, como cuando alude a las Sierras de Armenia (i, p. 395), mostrando lo mucho que había viajado por los libros.

  74. i, pp. 501-4. Los sonetos de i, p. 503-4, santifican a los vencidos en la lucha contra el turco, no muy bien parado en la figura del «renegado tiñoso» Uchalí Fartax (i, p. 505).

  75. i, p. 506. Cervantes prueba que a los cautivos se les trataba de distinta manera según los lugares de procedencia, mostrando la obsesión de todos ellos por verse libres: «El gozo de la libertad alcanzada y el temor de no volver a perderla les borraba de la memoria todas las obligaciones del mundo» (i, p. 515).

  76. i, p. 521. El padre de Zoraida hace de intérprete del árabe, como buen ladino que conoce la lengua franca.

  77. i, pp. 530-1. El padre de Zoraida no cree, a bote pronto, en la aparente liberalidad de los cristianos y hasta maldecirá a su hija.

  78. i, p. 543.

  79. i, p. 600. En ese episodio, el canónigo mezclará un catálogo de héroes de la Antigüedad de diferentes tiempos y lugares, desde Ulises y Eneas a Aquiles, Alejandro o César, seguido del catálogo nacional con Viriato o Fernán González.

  80. i, p. 617. La conversación con el canónigo se centra en la caballería internacional, tanto histórica como ficticia, incluida la relativa a Alemania y Austria, o a la configurada por caballeros franceses y españoles. La historia posterior de Vicente Roca, venido de las Italias y de otras partes del mundo como miles gloriosus, agranda nuevamente el marco geográfico.

  81. ii, p. 668 (a partir de ahora indicaremos así la segunda parte). Francisco Márquez habla de que los escritos de Cervantes han sido aplaudidos en España, Francia, Italia, Alemania y Flandes, añadiendo la conocida anécdota del embajador de Francia, que encareció la estimación de sus obras en su tierra y en las colindantes. El hecho de que Márquez mencione el Quijote, las Ejemplares y la pintura del autor como un viejo soldado, hidalgo y pobre, hace pensar si esas líneas no fueron escritas o suscritas por el propio Cervantes, como ocurre tantas veces con los preliminares de la época.

  82. ii, p. 711. Carrasco atenúa poco después la frase, hablando de la dificultad de que un libro «satisfaga y contente a todos los que le leyeren» (ii, p. 713). Sobre esta y otras frases similares, Luis Martínez Kleiser, «La universalidad externa e interna del Quijote», BRAE, xxvii, octubre 1947-abril 1948, pp. 123-142. Aparte habría que considerar la idea del mundo como libro. Véase Carlos Brito, «Cervantes al pie de la letra. Don Quijote a lomos del libro del mundo», Bulletin of the Cervantes Society of America xix, 2 (Fall 1999), pp. 37-54.

  83. ii, pp. 752-3. A tal fin, recoge el efecto de Eróstrato, que quemó el templo de Diana para que los siglos venideros hablaran de él, con otros como el de Horacio arrojándose al Tíber, o Mucio Scévola cortándose la mano. También se habla de la fama que impulsó a Hernán Cortes y a muchos caballeros en el Nuevo Mundo apelando claramente al logro de la inmortalidad por los hechos. Poco después aparecerá un referente americano en la alusión a los diestros mejicanos a la jineta (ii, p. 792).

  84. ii, p. 754. La lección ética que don Quijote da a Sancho sobre la buena fama luego se hace sinónimo de santidad en los religiosos. Y veáse E. C. Riley, «La singularidad de la fama de don Quijote», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America 22, 1, 2002, pp. 22-41.

  85. ii, p. 817. Más adelante, tras la aventura de los leones, querrá que esta sea conocida por el mismo rey (ii, p. 838). Las afirmaciones sobre la fama suelen aparecer trastocadas después de sus supuestas victorias. No obstante, don Quijote se aferrará a la pertinaz idea de que «el andante caballero busque los rincones del mundo, éntrese en los más intrincados laberintos, acometa a cada paso lo imposible» (ii, p. 839-40).

  86. ii, p. 951. A ello añade una lección de geografía sobre los que se embarcan en Cádiz para ir a las Indias Orientales, y que saben que han pasado el equinoccio porque se les mueren los piojos.

  87. ii, p. 979. Recordemos cómo la duquesa dice que la historia de don Quijote «de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo con general aplauso de las gentes» (Ib.). Por otro lado, don Quijote muestra su voluntad de que Dulcinea «sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las partes del mundo» (ii, p. 980). El título del capítulo xxxiiii de esta segunda parte apela al desencanto de dicha dama, matizando «que es una de las aventuras más famosas deste libro» (ii, p. 996). En la farsa preparada por los duques, la «muerta viva» dice que don Quijote es «de la Mancha esplendor, de España estrella» (ii, p. 1008). También en el título del capítulo xlviii se dice: «con otros acontecimientos dignos de escritura y memoria eterna» (ii, p. 1107). Esa perspectiva se ha ido alimentado paso a paso, al considerar en el capítulo xl a Cide Hamete como «autor celebérrimo» y a Dulcinea como famosa (ii, p. 1037). Altisidora aludirá también a ello en un romance (ii, p. 1079).

  88. ii, p. 1039. Y véanse ii, pp. 1050-1, sobre la concepción ptoloméica del universo en relación con las cuatro partes del mundo.

  89. ii, p. 1171. Se trata de un viaje de ida y vuelta, pues regresa a España desde Ausburgo, acompañado de unos peregrinos pícaros que viven de lo que sacan. Luego deseará, como se sabe, ir a su pueblo para desenterrar un tesoro escondido, embarcándose desde Valencia a Argel, donde estaba su familia, para llevarla a un puerto francés y desde allí a Alemania.

  90. Así lo expusimos en «Alba y albergue de don Quijote en Barcelona», Cervantes, el «Quijote» y Barcelona, ed. de Carmen Riera y Guillermo Serés. Barcelona, La Caixa, 2007, pp. 91-132.

  91. Bernardo Aldrete, Del origen y principios de la lengua castellana, ed. de Lidio Nieto Madrid, Visor, 1993, cuyo prólogo señala la muestra del proceso totalizador de la romanización política y lingüística de España.

  92. Varias antigüedades de España, África y otras provincias, Amberes, Juan Hafrey, 1614, p. 444; y véanse pp. 450ss.

  93. Aldrete, Ib., p. 4, no olvida el plurilingüismo de los apóstoles en Pentecostés. Así lo expresa en el prólogo a Felipe III, donde habla de la unión de la lengua latina y de su hija la castellana, extendidas hasta los últimos confines del orbe: «Tantos i tan grandes son los Reinos, i Señoríos de V. Magestad, que sus límites y términos son los mismos, que los de la redondez de la tierra». El poliglotismo, incluido el de los reyes, desde Mitrídates, se sustanció numerosas veces, como muestra el prólogo de Ambrosio de Salazar, Espejo General de Gramática en diálogos para saber perfectamente la lengua castellana, Rouen, Adrian Morront, 1623; y véanse pp. 23 y 31 en particular.

  94. ii, pp. 1305-6; y véase ii, p. 1223, donde afirma ser «aquel que de sus hazañas tiene lleno todo el orbe».

  95. Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Historia Septentrional, ed. de Carlos Romero, Madrid, Cátedra, 2002, por la que citaremos. Sobre el viaje histórico y cósmico de la obra, véase Manuel García Blanco, Cervantes y «El Persiles». Un aspecto de la difusión de esta novela, Valencia, Mediterráneo, 1950, pp. 4ss.; Isabel Lozano Renieblas, Cervantes y el mundo del «Persiles», Alcalá, CEC, 1998; Aurora Egido, En el camino de Roma. Cervantes y Gracián ante la novela bizantina, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 2005, y Michael Nerlich, «El Persiles», descodificado. La «Divina Comedia» de Cervantes, Madrid, Hiperión, 2005, pp. 109ss.y 149ss., con amplia bibliografía.

  96. Aurora Egido, Las voces del «Persiles», ¿«¡Bon compaño, jura Dí!»?: el encuentro de moros, judíos y cristianos en la obra cervantina, ed. de Caroline Schmauser y Monika Walker, Madrid, Vervuert, 1998, pp. 107-134. Jean-Marc Pelorson, El desafío del «Persiles», Toulouse, Presses Uniersitaires du Mirail, 2003, cap. iii, lo calificó de «novela internacional», atendiendo a los aspectos lingüísticos e ideológicos, pp. 41ss. Y véase Ottmar Hegyi, «Algerian Babel reflected in Persiles», «Ingeniosa invención». Essays on Golden Age Spanish Literature for Geofrey Stagg, ed. de Ellen Anderson y Amy R. Williamsen, Newark, Juan de la Cuesta, 1999, pp. 225-39. Como recordaba Antonio Vilanova, «El peregrino andante en el Persiles de Cervantes», Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, xxii, 1949, pp. 101-2, peregrino era no sólo el viajero que recorría tierras extrañas, sino el extranjero que estaba fuera de su patria.

  97. Los trabajos, p. 707. Sobre el paulinismo y la oposición en las dos primeras partes y las dos últimas entre Antiguo y Nuevo Testamento, Alicia Parodi, Para leer a Cervantes ii. Las «Ejemplares», el «Persiles», Buenos Aires, Eudeba, 2002, pp. 223ss.

  98. Sobre ello y la proyección del Persiles hacia Oriente, véase nuestro trabajo en prensa «El cielo de Lisboa y Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Congreso Internacional «Cervantes y los mares» 16, 17 y 18 de noviembre de 2017, Lisboa, Universidade Nova de Lisboa, en prensa.

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Edición en línea: ISSN 2445-0898
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