Divulgación y lexicología: Agustín González de Amezúa y su labor periodística

DIVULGACIÓN Y LEXICOLOGÍA: AGUSTÍN GONZÁLEZ DE AMEZÚA Y SU LABOR PERIODÍSTICA *


Boletín de la Real Academia Española
[BRAE · Tomo XCVI · Cuaderno CCCXIV · Julio-Septiembre de 2016]
http://revistas.rae.es/brae/article/view/158

Resumen: Desconocida casi por completo, la labor periodística de Agustín González de Amezúa representa una obra de divulgación que nos permite conocer en detalle la personalidad de un apasionado del Siglo de Oro en cuyos libros y artículos prácticamente nos descubre tan solo la amplia erudición y la capacidad de trabajo que tenía. Casi un centenar de artículos redactó Amezúa para las páginas de diarios como Abc y La Vanguardia en los últimos años de su vida. Como anticipo de la edición que acogerá estos escritos, reúno en este artículo aquellos que dedicó a ciertas cuestiones lexicológicas que, como académico, eran de su preocupación e interés.

Palabras clave: González de Amezúa; Real Academia Española; lexicología; neologismos; extranjerismos.

REPORTAGE AND LEXICOLOGY: AGUSTÍN GONZÁLEZ DE AMEZÚA AND HIS JOURNALISM

Abstract: Virtually unknown, Agustín González de Amezúa’s journalism represents a body of reportage that provides a detailed account of the personality of a Golden Age enthusiast whose books and articles reveal his vast knowledge and capacity for work. Amezúa wrote almost a hundred articles for newspapers like ABC and La Vanguardia in the final years of his life. In anticipation of the edition that will contain these writings, in this article I bring together those that he devoted to certain lexicological matters which were of his concern and interest as an academic.

Keywords: González de Amezúa; Real Academia Española; lexicology; neologisms; loan words.


En 1912 la Real Academia Española le concedió por voto unánime la Medalla de Oro a Agustín González de Amezúa y Mayo (1881-1956) por su monumental edición crítica de El casamiento engañoso y el coloquio de los perros de Cervantes1. Este trabajo de crítica y erudición representa a carta cabal la personalidad y el carácter de un estudioso que hasta ese momento solo había pergeñado y divulgado algunos apuntes cervantinos en El Siglo futuro, diario que dirigía su tío político Ramón de Nocedal. Formado en la jurisprudencia (si bien, tan solo ejerció la abogacía unos pocos años) y doctor en la Universidad Central con una Tesis sobre la Historia de la Paz y Tratado de los Pirineos, su verdadera inclinación vocacional sería la literatura y la historia, centradas ambas en el periodo que comprende el Siglo de Oro. Sin embargo, esta preferencia hacia los estudios de humanidades tuvo que compaginarla con su vida profesional, dedicada a asuntos de carácter financieros y políticos. Amezúa fue en su época (según su propia denominación) un hombre de acción: ocupó un alto cargo en una gran empresa ferroviaria y también en el Ayuntamiento de Madrid ejerció como concejal, enfrentándose a importantes proyectos urbanísticos como la construcción del canal de Isabel II.

Resulta sintomático que las primeras publicaciones de Amezúa de las que tengo noticia (firmadas con seudónimo: Zeuma, anagrama de su apellido) surgiesen a partir del tercer centenario del Quijote. El delirio cervantino que se estaba viviendo hizo que una «caterva menuda de críticos improvisados y atrevidos» publicasen escritos de todo jaez, sin conservar en muchos casos el respeto y la consideración a «la verdadera y seria escuela cervantista»2. Ante esta corriente de neocervantismo (o seudocervantismo), Amezúa mostró una crítica sarcástica e incisiva, vertiente que apenas resurgiría en sus trabajos posteriores, para embestir contra esa recua de eruditos a la violeta que pretendían encaramarse repentina e inconscientemente a lo más alto de la crítica filológica.

Por esos comedios en los que consiguió la distinción académica, Amezúa ingresó en otra institución afín a sus estudios universitarios y de doctorado, la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, en la que desempeñó labores como bibliotecario y formó varios catálogos de obras recibidas y algunos memoriales. El rigor y la pulcritud de sus trabajos, que abarcaban el ancho campo de los estudios histórico-literarios, y su constancia y labor mostradas tanto en la Real Academia de Jurisprudencia como en la Sociedad de Bibliófilos Españoles (de la que era miembro desde 1914), fueron las notables credenciales que hicieron que un sector de la Academia lo propusiese como nuevo miembro de número3. En esta institución Amezúa contaba con un entrañable amigo a quien siempre reconoció como distinguido maestro, Francisco Rodríguez Marín (que también encauzó su formación hacia los estudios de derecho, aunque fue un amante de la cultura popular, de la literatura áurea y particularmente de Cervantes y su obra), quien se encargó de contestar a Amezúa en su discurso de ingreso, cuyo acto de recepción se celebró el 24 de febrero de 1929. Este versó sobre la «novela cortesana», y podría considerarse como el plan inicial de un proyecto historiográfico sobre la novela del siglo xvii que dejó en papeletas y nunca llegó a culminar4.

Recién llegado a la corporación, en 1930 Amezúa se interesó por «revivir un proyecto» que la Real Academia «había acariciado» desde las últimas décadas del siglo xix: «recabar para ella la casa de Lope de Vega». Amezúa, en un emotivo artículo, relató con pormenor las vicisitudes por las que atravesó esta iniciativa suya, pues los trámites se dilataron en el tiempo y tuvieron que mediar factores de diferente índole para que sus planes llegasen a buen puerto. Narró Amezúa cómo su propietaria «la legó en su testamento con todos sus bienes con destino a una Fundación docente, dando amplias facultades a sus albaceas para constituirla». Uno de ellos, Leopoldo Matos, ministro en el gobierno de Dámaso Berenguer, era un gran amigo de Amezúa, y accedió a que «el Patronato de la nueva Fundación, y con ella la casa de Lope, se asignase a la Academia». Después fueron tres académicos, Pedro Muguruza, Francisco Javier Sánchez Cantón y el marqués de Moret quienes se encargaron de las labores de restauración de la casa, «alhajándola con muebles, cuadros, tapices y otros objetos de su época, algunos de los cuales habían pertenecido en vida al mismo Lope»5. La historia oficial de la casa de Lope que se ha difundido apenas ha puesto de relieve esta intervención de Amezúa durante los momentos precedentes a la adquisición. Pero su implicación en la restitución de la obra del dramaturgo no fue únicamente patrimonial; por aquellos años en los que gestionaba el traspaso de la casa, Amezúa impulsó la creación de un Centro de Estudios sobre el autor de El peregrino en su patria (que se fundaría auspiciado por el Patronato de la Real Academia Española), mientras que paralelamente trabajaba en la recuperación de su epistolario, cuya transmisión de los corpus manuscritos estudió y difundió en un admirable trabajo. Los dos tomos del epistolario de Lope (precedidos de otros dos con un monumental estudio bio-bibliográfico) aparecieron a lo largo de ocho años (1935-1943), interrupción editorial que se justifica por los desastres ocurridos a causa de la trágica Guerra Civil6. Finalmente, el Centro de Estudios sobre Lope de Vega fue una idea que tomó cuerpo y la labor de dirección recayó sobre Amezúa, aunque la magna empresa que proyectó el Ministerio de Educación en torno a la figura de Lope de Vega y el teatro no prosperó según sus expectativas iniciales7.

La inauguración de este Centro de Estudios nos sitúa en unas fechas en las que Amezúa desempeñó un papel más relevante en la Real Academia, de la que primero fue Tesorero y más tarde Secretario8. Como tal, se desplazó junto a otros miembros de la corporación en 1951 hasta Méjico, donde presidió la Comisión de la delegación española que se encargó de los preparativos que se hicieron con motivo de la celebración del I Congreso de Academias. Un nuevo viaje a este país dos años más tarde para continuar con las actividades interacadémicas sirvió de preliminar a la preparación del II Congreso de Academias celebrado en Madrid en la primavera de 1956, a la que se llegó con la encomienda de dotar de «unidad» y «pureza» nuestra lengua para «que 150 millones de hispano-hablantes sigan entendiéndose y comunicándose entre sí en todas las partes del mundo». La Real Academia Española «se obliga a que en adelante no adoptará acuerdo en materia grave de su Instituto sin la previa consulta a sus filiales correspondientes; lo que no obsta a que todas ellas también sigan acatando su magisterio y dirección». El empeño de Amezúa por divulgar entre sus coetáneos las actividades de la Academia hizo que días antes de su fallecimiento redactase este trabajo sobre los acontecimientos derivados de esta segunda reunión y las decisiones adoptadas. Cerró este artículo con un desiderátum que irremediablemente no pudo cumplir: «De los frutos copiosos que promete este Congreso, de sus consecuencias y resultados beneficiosos para ella, otro día trataré, para no alargar más este artículo»9.

En su intento por acercar los ocupaciones de los académicos y desenterrar algunas leyendas sobre estas instituciones, Amezúa publicó algunos años antes un suculento artículo en el que trazó un vivo retrato de las labores cotidianas de las academias y en el que explicaba desde el método de trabajo que se seguía en las sesiones semanales de la Real Academia Española para cuidar cada voz que iba a ser modificada o incorporada al diccionario, hasta «las comunicaciones que los numerarios» de la Real Academia de la Historia hacían «de sus trabajos» o los preparativos que se organizaron para conmemorar el segundo centenario de la fundación de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando10. Para Amezúa el hecho de que las academias trabajasen «recoleta y silenciosamente, lejos de todo bullicio», suponía en último término un alejamiento de la sociedad, que en definitiva es quien conforma los matices y los registros de la lengua que después van a reflejarse en el diccionario. En su compromiso por mostrar al pueblo las dedicaciones de los académicos, Amezúa hizo un gran ejercicio crítico, responsable y práctico. La solemnidad y el recogimiento de los actos académicos eran también entendidos como un blindaje sobre la sociedad. Para evitar este apartamiento, Amezúa se propuso no solo redactar estos artículos sobre las academias y sus labores, sino también –como reflejo de sus obligaciones en la Academia– compartir con los lectores su inquietudes lexicológicas, discutir la aceptación de algunas voces que se entrometían en nuestra lengua y proponer otras sustitutorias para evitarlas.

Habrá a quien le cueste reconocer al erudito, al comentador de Cervantes, al editor de Lope y estudioso de nuestra cultura histórico-literaria del Siglo de Oro, dedicado a estas menudencias periodísticas. Pero en los últimos años de su vida, la obra de Amezúa no se entiende sin el casi centenar de publicaciones que dos diarios de tirada nacional como Abc y La Vanguardia publicó de su puño y letra. Artículos que giran en torno a varios círculos concéntricos como sus memorias de Juan de La Cierva, su viaje a Méjico, algunas semblanzas, varias crónicas o las notas lexicológicas que ahora recojo en estas páginas. Esta actividad de divulgación hay que entenderla en muchos casos como apuntes marginales de sus grandes estudios, como notas sueltas que no tuvo ocasión de desarrollar en otros trabajos mayores o, en buena medida, como fragmentos de las memorias que nunca escribió11.

En aquellos escritos que dedicó a cuestiones de naturaleza lexicológica, Amezúa, por encima de todo, mostró fervientemente su férrea oposición al apadrinamiento de extranjerismos y rescató de nuestro patrimonio léxico voces «castizas y de buen cuño» que habían caído en desuso o que apenas eran conocidas, como ‘genolí’, ‘galde’, ‘broncino’, ‘verdeterra’, ‘pajizo’, ‘verdegay’ o ‘noguerado’. En algunos casos, tales términos podían sustituir a esos otros extranjerizantes que tantos adjetivos peyorativos le merecían (‘marrón’ le parecía un «galicismo odioso e insufrible», mientras que «horrendo», «inadmisible» y «torpe» eran los calificativos que enderezaba para los anglicismos ‘cock-tail’ y ‘jeep’)12. Cada artículo era cuidado por Amezúa para concienciar a los lectores de la importancia de proteger nuestro idioma y, de paso, repristinar alguna voz o crear una nueva si acaso era necesaria (respetando en estos casos las raíces léxicas de nuestro idioma y atendiendo a los valores etimológicos).

Amezúa protestaba, como lo hiciera Feijoo cuando censuró a aquellos «apasionados amantes de la lengua francesa» que «salpican la conversación» continuamente aunque estuviesen hablando «en castellano»13, de que «el fondo de nuestra conversación familiar» esté formado por innumerables «construcciones viciosas galicistas» que había que desterrar. No se oponía el académico a la «introducción de aquellas palabras inauditas» que respondiesen «a un descubrimiento o invención, que expresen nuevos matices psicológicos, recojan y traduzcan filológicamente el progreso de la vida», pero rechazaba la acomodación en nuestra lengua, por mera tendencia esnobista, de aquellos extranjerismos que designaban algo para lo que ya existían vocablos.

En este sentido, Amezúa manifestó su parecer sobre muchos términos que sus coetáneos estaban utilizando en sus conversaciones y que a menudo leía en los medios de comunicación escritos o incluso en libros, como ‘cock-tail’, ‘jersey’, ‘flirt’ o ‘christmas’. Sus provechosas lecturas de clásicos áureos le permitían acudir con la máxima autoridad a escritores del pasado para mostrar los parentescos que aquellos extranjerismos acogidos sin mayores recelos tenían con otros términos que el paso del tiempo había arrinconado impunemente. Cuando un amigo le envío un recetario de cócteles y Amezúa vio en su título postrado el término ‘cock-tail’, no pudo por menos que amonestarle por tal decisión, pues en nuestra lengua –le explicaba– se encontraba la voz ‘calabriada’, documentada en escritores «como Lope, Cabrera, Tirso de Molina y Castillo Solórzano», y que ya registraba Covarrubias «en su Tesoro diciendo que es la mezcla que se hace de un vino con otro, especialmente de blanco con tinto»; sobre otra voz que cada vez ganaba más terreno, ‘flirteo’ (derivada del inglés ‘flirt’) proponía la más castiza ‘florear’, ya localizada en «grandes hablistas como fray Antonio Álvarez, Mateo Alemán, Castillejo y Suárez de Figueroa, y dramáticos de la talla de Juan de la Cueva y Sánchez de Badajoz».

Cuando en nuestro acervo léxico no hallaba esa voz que se ajustaba al significado del extranjerismo, siempre entendía que era mejor la creación de un neologismo (a partir de formaciones analógicas) que tomar como préstamo una voz de otro idioma. Se despegaba, con este criterio, de las directrices de la Real Academia, hecho que con elegancia supo reconocer:

[] aunque disiente en mi modestia del criterio de la Academia, esta es reacia por extremo, al menos en estos tiempos, a crear palabras por sí sola, y prefiere que la nueva voz nazca como pueda, y cuando haya adquirido mucho uso y no quepa remedio alguno, por haber entrado en el lenguaje común, recibirla y prohijarla en su diccionario oficial, canonizando con su autoridad a veces un barbarismo más.

Amante del español castizo, cultivador de un estilo arcaizante, cuando algún término no encontraba refrendo en el español antiguo, como antes he referido, Amezúa se resistía a acoger por inercia y de forma inconsciente voces extranjeras. En cordialidad con la actitud noventayochista sostenida por ejemplo por Unamuno, quien no tuvo reparos en «crear un vocablo» cuando era necesario o intentar «componerlo» ateniéndose –según él mismo confesaba– a «los procederes espontáneos de la lengua»14, Amezúa sentía más simpatía por reflexionar sobre la lengua y si fuese necesario crear un nuevo término, concediéndole alguna cualidad autóctona. Para los ‘christmas’ navideños, voz que centró una conversación entre académicos, Amezúa planteó dos propuestas como ‘navideña’ o ‘navidal’ (sugerida esta última por un lector a un amigo suyo), y para ‘folk-clorismo’, cuya definición académica («ciencia que estudia las costumbres, tradiciones y arte populares») valoraba como «incompleta»15, presentó una alternativa, ‘populismo’, que a su parecer connotaba «otro aspecto o elemento suyo, acaso el más importante y principal de todos, que es el saber popular, el cual se manifiesta en dos formas distintas y valiosas en grado sumo: la copla y el refrán». En su afán por evitar «barbarismos», cuando a la Real Academia en ciertos casos tomó la «iniciativa» y se adelantó «al vulgo» para evitar la inserción de algún término ajeno a nuestra lengua (como en el caso de la creación de ‘amarar’, «posarse en el agua un hidroavión», introducida por primera vez en el diccionario manual en 1927 y a continuación en el de uso desde 1936), Amezúa celebraba como un feliz hallazgo esta capacidad de anticipación.

Ya sospechaba el académico por aquellas calendas que su empeño por tratar de estas materias en la prensa periódica y por plantearle a los lectores estas inquietudes y valoraciones sobre algunos extranjerismos, no iba a tener gran aceptación entre sus contemporáneos, siempre más pendientes de los exotismos que producen las pronunciaciones foráneas que de respetar y salvaguardar nuestro bagaje léxico. Adivinaba Amezúa cierta «resistencia pasiva, hija de la pereza, de la rutina y de los malos hábitos», que amparaba y protegía todos los extranjerismos. Pero no por ello se consolaba y rendía; según su concepción, el pueblo debía mostrar más carácter para preservar su vehículo de comunicación, su seña identitaria. En su escala de valores, la ideología de un pueblo también se reflejaba en la sumisión ante lo extranjerizante, y cuantos no custodian y cuidan con celo su lengua, ponen en riesgo su origen y su esencia:

Todo el pueblo que no defiende su lengua, procura evitar los contagios y no siente la pureza y casticismo del idioma en que aprendió a hablar, da muestras inequívocas de una patente y lastimosa declinación en su vigor espiritual, en su facultad creadora, en su poder genérico para nuevos, fecundos y necesarios acrecentamientos léxicos.

El tiempo ha confirmado sus sospechas, y prácticamente todas las palabras que él rechazó y que agriaban su sensibilidad fueron ahuecándose en nuestro idioma, como también lo hicieron tantas otras (como ‘catarro’, ‘sinfonía’ o ‘soez’) contra las que se querellaron escritores como Juan de Valdés o Juan de Jáuregui, y sobre las que a la altura del siglo xx no se mostraba extrañeza cuando se escuchaban o leían, como tampoco era una extravagancia para Amezúa emplear el término ‘coquetería’ (al escribir sobre el ‘flirt’), galicismo que en siglo xviii estaba en boga y había sido comentado con cierta sorna por Cadalso en la epístola lxxvi de sus Cartas marruecas. De igual forma, otras que a Amezúa irritaban, como ‘flirtear’, ‘marrón’, ‘jersey’ (todas incorporadas en el diccionario manual e ilustrado de 1927 y en su nueva edición de 1950, pero no registradas en el de uso hasta 1970) o ‘beige’ (consignada desde 1992, en cuyo texto también aparece españolizada como ‘beis’, aunque el extranjerismo aún hoy no ha sido desterrado), han terminado siendo aceptadas por los hablantes16. ‘Navidal’ es un término que, amén de no usarse, nunca ha sido registrado, mientras que ‘navideña’ solo se emplea como adjetivo; por su parte, ‘calabriada’ no ha gozado del favor de los hablantes y además es voz que en rarísima ocasión la encontraremos en textos escritos; ‘populismo’ en cambio se usa, pero en sentido diverso al que le quiso transmitir Amezúa.

Llama la atención, sin embargo, que Amezúa propusiese una adaptación para la voz ‘cocktail’, pues la Academia ya ajustó este anglicismo a nuestro sistema fónico y morfológico en su Diccionario manual de 1927 y registró el lema ‘coctel’, representación fonológica que es más precisa que la opción ofrecida por el académico: ‘cotel’ (al igual que las otras voces, esta también se incorporó al diccionario de 1970)17. Sin embargo, en el momento en el que escribe Amezúa, se seguía usando mayoritariamente (como prueba una búsqueda en CORDE) el extranjerismo y no su adaptación18. Otro anglicismo que desaprobó Amezúa fue ‘christmas’, voz que se consignó en 1989 y, aunque se adaptó (‘crismas’), la edición vigente del diccionario aún mantiene el extranjerismo, remitiendo a «tarjeta de Navidad».

Amezúa, sin embargo, frunciría el ceño al ver cómo en las últimas décadas hemos asimilado paulatinamente un importante número de extranjerismos, tales como ‘boutique’, ‘ranking’, ‘collage’, ‘dossier’, ‘blog’, ‘souvenir’ (todas estas lematizadas en cursiva) o ‘chef’, mientras que otros, como ‘spining’, no sería de extrañar que se incorporasen próximamente (como acaba de ocurrir con ‘chatear’, cuya acepción referente a la conversación mediante chats ha sido añadida en la última revisión del diccionario), respondiendo con ello al uso actual de la lengua19. Ya explicó Amezúa que la Real Academia daba «su parecer a las propuestas o consultas que [] se le hacen» sobre las «palabras nuevas», «o deja que el pueblo las cree por su cuenta. Luego, si están bien formadas, no repugnan al genio de la lengua, y, además, llegan a emplearse por uno o más buenos escritores que las sirvan de padrinos [], es cuando la Academia las admite primero; las define, después, y las incorpora, por último, a su Diccionario vulgar». Son numerosos prólogos de diferentes ediciones del diccionario los que pueden constatar este doble criterio (autoridades literarias y uso popular) a la hora de aceptar nuevas entradas.

La Real Academia continúa su laboriosa tarea de revisar con la máxima prudencia cada palabra y calibrar su estado actual, para evitar la incorporación de extranjerismos crudos, voces pasajeras que aún no han arraigado. El método de trabajo no ha variado desde entonces; si bien, Rodríguez Marín aportó recientemente un dato sustancioso sobre el criterio que maneja en la actualidad la corporación académica: «las normas internas en vigor establecen que, para proponer la inclusión de un neologismo, el Instituto de Lexicografía debe contar con testimonios (especialmente los procedentes del CREA) de, al menos, seis años»20. Durante años la Real Academia Española tomó diferentes decisiones sobre sus repertorios usual y manual en torno a los extranjerismos, también recientemente resultan sintomáticos, en este orden, los cambios de pareceres de una edición a otra, por ejemplo, con respecto a los anglicismos o galicismos21. Pero si aceptamos que la lengua está en incesante movimiento creador –siguiendo la interpretación humboldtiana del lenguaje como enérgeia–, toleraremos por tanto que el diccionario debe también asumir parte de esas agitaciones, pues su representación formal responde a la voluntad última de los hablantes:

La lengua es un cuerpo vivo y como tal reacciona. Pero la lengua no es una abstracción sino el instrumento del que todos nos valemos para podernos comunicar. La responsabilidad es de todos y poco conseguiríamos con hablar de los «neologismos en el Diccionario académico», si no tuviéramos una conciencia previa: el respeto del hablante por su propia lengua. Respeto es «miramiento, atención», pero también «acatamiento». Desde el Diccionario se ha dicho mil veces que el uso es la norma, pero uso dentro de lo que es la conservación de la historia. Sin embargo, no lo olvidemos, la lengua está viva, por tanto en continuo proceso de crecimiento y de evolución, por eso sus necesidades varían con el tiempo y exige que las satisfagamos22.

* * *

Los artículos de Amezúa que recupero suponen, además de la ponderación personal y la documentación contrastada en torno a los extranjerismos, la traslación al papel de conversaciones de pasillos o comidas celebrativas entre académicos sobre cuestiones palpitantes que eran objeto de deliberación, sesiones espontáneas en definitiva que surgían paralelas a las reuniones académicas semanales. Así, la consulta de Joaquín Calvo-Sotelo sobre la palabra ‘christmas’ fue comentada por «un grupo de académicos, antes de entrar en el salón» de la Academia. Uno de ellos (cuyo nombre es discretamente silenciado por Amezúa), fue quien trajo a las mientes de los demás el adjetivo ‘navideño’, que fue acogido y propuesto por el propio Amezúa. En otra ocasión, es una conversación con Menéndez Pidal (en la que el autor de estos artículos le comentó sus intentos en la prensa periódica por rescatar términos que previamente había rastreado en nuestro caudal léxico y que sustituían a otros que, «por desgracia», habían «adquirido ya carta de naturaleza en el habla común»), la que genera el marco para debatir la incorporación de algunos neologismos.

Por la serie de datos que he ido recogiendo, parece obvio que en torno al ecuador del siglo, cuando Amezúa está escribiendo estos ensayos, la obra lexicográfica que le está sirviendo de referencia es la segunda edición que la Real Academia ha difundido de su Diccionario manual e ilustrado de la lengua española (1950), un texto que se presentaba como resumen y suplemento del diccionario de uso. Con esta obra la institución pretendía abrirse a un público más amplio, así que esta versión supuso un importante esfuerzo por actualizar la lengua, eliminando acepciones o voces ya en desuso e incorporando otras nuevas para acercarse más a la lengua actual. Al valorar los extranjerismos contenidos en la letra ‘f’ de la primera versión de este repertorio lexicográfico (de 1927), Garriga y Rodríguez indican que estos representan «casi un 11% del total de novedades del corpus», de los cuales la amplia mayoría son galicismos (aquellos como ‘marrón’ o ‘flirtear’ contra los que clamaba Amezúa), estimando que «[s]i se extrapolan estos datos a toda la edición, la cantidad total de extranjerismos incorporados en el Diccionario manual (RAE 1927) puede situarse en torno a los 750»23.

Estos escritos de Amezúa traslucen a su modo una réplica a la inclusión de estas voces extranjeras en el Diccionario manual y su rechazo para que no acabasen registrándose en el de uso. La prueba incontestable de que al escribir estos artículos tenía muy cerca la versión subsidiaria del diccionario académico, en la recién aparecida edición de 1950, es que cuando propuso el sustantivo ‘campero’ para referirse al ‘jeep’, concluyó que no veía inconveniente en añadir «una acepción más a las ocho que tiene ya en nuestro diccionario vulgar». Desde 1925 el «diccionario vulgar» tenía ya nueve acepciones; pero sin embargo, una de ellas («El que corría el campo para guardarlo», marcada como antigua) no entró en el manual de 1927 y tampoco se recogió en la segunda edición de 1950. En la Academia, en torno a los años previos a esta fecha, se tuvo que estar discutiendo sobre la pertinencia o no de recoger ciertos términos en ese nuevo diccionario que iban a sacar y Amezúa con estos artículos sancionó la aceptación de extranjerismos aunque fuesen en el diccionario manual.

Pero más allá de lo puramente lexicológico, en todos los escritos que giran en torno a este tema hay una reflexión continua sobre el lenguaje, sobre las hostilidades que se abren con ciertos términos y la familiaridad que se crea con otros: «Un léxico cualquiera es algo más que un inventario frío y escalonado de vocablos; es a la vez la historia y cronología de las ideas, sentimientos y actos de los naturales de un mismo país a lo largo del tiempo». Hay una voluntad y un intento por trasladar estas preocupaciones a la sociedad. En el carácter de estos escritos, también existe un espíritu personal que los aleja de la composición a partir de fuentes bibliográficas o de recuerdos personales. En esta serie de artículos sobre cuestiones léxicas nos situamos en un terreno de diferentes dimensiones. Más allá de las propias disquisiciones lexicológicas, que supone la fuerza motora de estos trabajos periodísticos, hay un intento de ensayismo, como lo demuestran sus razonamientos sobre la dimensión idiosincrática del folclore, las sensaciones humanas que transmite la variedad de colores en la naturaleza o sus sugerentes comentarios sobre la oposición entre el flirteo y el amor:

el ‘flirt’ es un juego que quiere ser amor, pero que anda muy lejos de él. Acaso alguna vez más bien rara, sirva de pórtico resbaladizo suyo; pero tanto en su respectiva naturaleza como en sus caracteres y matices, uno y otro se diferencian de modo radical. El amor es profundidad, lealtad, sufrimiento y constancia; el ‘flirt’, superficial, engaño, veleidad y diversión. El amor es impulsivo, fatal y ciego; el ‘flirt’, reflexivo, circunstancial y vidente. El amor vive del sacrificio, cuando no de la heroica enunciación; mientras que el ‘flirt’, intensamente egoísta, no mira más que a la propia satisfacción, al goce fugaz, al entretenimiento pasajero. El amor pide la vida toda; el ‘flirt’ se contenta con unas pocas horas.

La prudencia con la que elegía cada palabra en su demorada prosa, el miramiento con el que utilizaba giros o frases hechas, los largos periodos oracionales que se permitía a la hora de componer un trabajo, son fiel testigo del amor que le tenía a su lengua. Libre de dogmatismos, de la severidad que imponen los corpus lexicográficos, con sus rigideces en las definiciones y acepciones, Amezúa proclamó la revalorización de nuestro idioma desde el cariño y la pasión que sentía por este, desde «la hermosa libertad» que disfrutaba cuando no tenía que fundamentar en autoridades literarias ni remitir a trabajos de crítica literaria para apoyar sus ideas o sostener su discurso. El erudito que desde su sillón en la venerable institución se dedicaba semanalmente a revisar con denuedo cada palabra vieja y nueva para mantener el patrimonio de nuestro diccionario lo más cercano al uso de los hablantes, de vez en vez también escapaba de ese docto círculo de académicos para concederle a ciertas ideas suyas en torno a los neologismos la espontaneidad y la naturalidad que le impedían otro tipo de escritos.

La pertinencia de agavillar estos artículos formando una serie viene dada por el sentido de unidad que Amezúa les transmitió. El corpus de ensayos que aquí reúno descubre una especie de estructura encadenada que denota una homogeneidad en su composición. Las sutil ilación interna que los traban, en donde un artículo puede remitir a otro anterior o avanzar uno nuevo, es una muestra manifiesta de que su autor quiso otorgarles una esencia común. Así encontramos en repetidas ocasiones remisiones internas del tipo «[p]ero este tema, tan hondo y sugestivo, merece consideración singular, que espero concederle en breve en otro articulillo», o «dejo para otro próximo artículo, si al amable lector que me ha seguido hasta aquí no le cansan estas quisicosas de nuestro vernáculo lenguaje»; mientras que al tratar sobre la palabra ‘folk-clorismo’ anotaba que no era «la primera vez tampoco que hablo de ella». La agrupación que aquí hago responde a esa atención y cuidado que Amezúa puso en redactarlos, ordenarlos y editarlos en la prensa periódica. Al igual que terminaron haciendo otros compañeros suyos de la Academia como Julio Casares24, no hemos de extrañarnos que en algún momento hubiese pensado también Amezúa –como hizo con otro librito publicado en Castalia25– reunirlos formando un breve tomo y homenajear de esta forma tan popular a la Real Academia Española26.

[I]

Colores27

Dejemos a los físicos y filósofos que disputen cuanto quieran sobre qué es el color: si forma parte de la sustancia o entraña misma de las cosas y está como embebido en ellas, o se trata tan solo de una refracción de la luz, de un pigmento de su sobrehaz, pasajero y mudable como nuestras sensaciones todas; porque para nosotros, ayunos de tales ciencias, el color es ante todo el más rico y generoso don de la Naturaleza, como una emanación de aquella partícula de belleza que todas las cosas, aun las más humildes, llevan en sí, para manifestación gozosa de su vida. Porque ambos términos, color y vida, se abrazan y confunden en un solo concepto; hasta el punto de que la negación del color o el exclusivismo monocromo de uno cualquiera trae consigo la muerte; valgan, por ejemplos, el blanco níveo de las regiones polares, el amarillo arenoso de los desiertos africanos o el fondo negro de una sima, parajes todos de donde huye lo sensible, lo animado y vital. La frase famosa «per troppo variare Natura è bella» díjose seguramente mirando a los colores, que son las galas que la enriquecen y hermosean, proporcionando a la vez a nuestras retinas, con su rica diversidad, deleite y encanto. Y algo más aún: porque, en sentir de Lope, el estudio de los colores puede ser venero de profundos pensamientos, según dijo él en aquellos preciosos versos de una comedia suya:

Que libros son las hojas de las flores,
a donde hallar espero
altas filosofías
en la diversidad de los colores.

Es tan grande su valor ideológico, que ya desde muy antiguo se viene atribuyendo a cada uno una significación singular, un característico simbolismo. Cada color, en efecto, representa un estado del alma, un prefigurado paradigma: así el «blanco» denota pureza de fe; el «negro», tristeza y dolor; el «rojo», crueldad y venganza; el «verde», esperanza y alegría; el «azul», celos amorosos; el «amarillo», ira, desesperación y soberbia; el «limonado», tormento y deseos; el «castaño», gratitud; el «pardo», humildad; el «argentino», pasión insatisfecha, y el «dorado», poder, honra y amor. ¿Qué misteriosa correspondencia o extraña afinidad existe, pues, entre los colores y estos estados psíquicos para que cuando los ojos los perciben envíen a nuestras almas como unos secretos mensajeros, y en el fondo de ellas se levanten entonces de improviso los afectos y pasiones que cada uno simbolizan?

Esta teoría simbolista de los colores era cosa trivial en los pasados siglos, y de ella se servían poetas y dramaturgos para lucir su ingenio, o daba lugar a contiendas literarias en defensa de la supremacía y excelencia de ellas o de ellos (el verde y el azul eran los preferidos) sobre todos los demás, disputas recogidas después en librillos muy curiosos, hoy por extremo raros. El simbolismo de los colores hízose, pues, popular y trascendió a las costumbres, tanto que también Lope de Vega, en una de sus más lindas obras, Pastores de Belén, nos describe un juego muy ingenioso, perdido hoy, el juego del soldado, que se basaba en este valor alegórico de los colores. Reuníanse para el caso varias personas, mayores todas, de ordinario doncellas y galanes, y el llamado maestro o juez del juego asignaba primero a cada una un determinado color. Luego, y sobre el supuesto del conocimiento de su significación por todos los concurrentes, comenzaba a narrar aquel un cuento o relación, y cada vez que en su curso aludíase directa o veladamente a la pasión o afecto simbolizado por un color, el jugador que lo representaba tenía que cantarlo en seguida, sin vacilación alguna a menos de pagar una prenda o recibir un castigo, que, naturalmente, en la obra de Lope consistirá en improvisar un soneto u otra poética composición.

La Naturaleza, próvida y generosa, ha multiplicado en su reino casi hasta el infinito los matices, visos y cambiantes de los colores, con variedad profusa para regalo de los ojos. Mas el saber percibirlos todos en sus gradaciones y escalas es privilegio reservado a los grandes captadores de la luz, que son los pintores. Oí yo decir en cierta ocasión a uno de ellos, el insigne Gonzalo Bilbao, que en el breve jardinillo que circunda al Obelisco del Dos de Mayo, en el Prado madrileño, había distinguido él hasta veinte tonos diferentes de verde. Nuestra lengua castellana, tan liberal y copiosa, sabrá recogerlos después con eufónicas voces. No menos de doscientos nombres de colores registra Casares en su precioso Diccionario ideológico, y todavía cabría añadir algunos más, muy raros, perdidos en nuestros libros clásicos, como el «genolí», el «galde», el «broncino» y «verdeterra». Mas, ¿quién se acuerda hoy de ellos? ¿Quién se sirve del «pajizo», del «verdegay» o del «noguerado»? ¡Cuánta poesía y gracia juntamente no encierra aquel color «carne de doncella», con que unas veces se denominaba al encarnado bajo o rosa blanquecino, y otras al malva y morado claro, y que ya nadie usa!

En cambio, y en contraste doloroso, en nuestra habla vulgar han tomado torpemente carta de naturaleza dos nombres franceses de colores, con proscripción injusta de sus equivalentes castellanos. Yo rogaría a las lindas muchachas que en las mañanas recorren las tiendas para sus graciosos atavíos que, cuando en una de estas pidan una tela, nunca empleen para señalar su colorido la palabra «marrón», galicismo odioso e insufrible; y que si no quieren traer de nuevo al uso la voz castellana coincidente que es «leonado», tan castiza y expresiva, digan, cuando menos, color «castaña», que, a la verdad, no acierto a saber la diferencia que separa en cuanto al color a estos sabrosos frutos españoles de los franceses. Como asimismo va introduciéndose arteramente en nuestro lenguaje familiar otra palabra exótica de colores, el «beige», con la que en el país vecino se denomina al de la lana antes de lavarse, y que en buen castellano deberíamos llamar color «blancuzco», «encerado» o «barquillo», según la menor o mayor intensidad de su tono. Minucias y pequeñeces estas, ciertamente, pero que por afectar al idioma, patrimonio espiritual de todos, venimos todos también obligados a denunciar para conservarlo en su prístina pureza.

[II]

«Cock-Tail»28

A Perico Chicote

Días pasados agradecía a usted, en breves líneas, el amistoso envío de su libro Cock-tails mundiales, lindamente impreso, pero prometiéndole a la vez que volvería más adelante sobre este mismo tema, como tan gustoso y ameno. Ha acertado usted a hacer en su libro algo intrascendente y fútil a primera vista, pero que muchos sabios, con toda su ciencia, no lograrán jamás: alegrarnos la vida, encerrar mágicamente dentro de sus alcohólicas mixturas, con artes misteriosas de un viejo alquimista que buscase la piedra filosofal en sus alambiques y retortas, el secreto de olvidar las penas, de aventar las preocupaciones y de transformar las horas sombrías y tristes en jocundas y esperanzadoras. ¿Cabe piedra filosofal más rica ni codiciable? Porque si la vida no es alegría ni optimismo, ¿para qué sirve todo el oro del mundo? ¡Hermosa misión la suya, por cierto! Si los antiguos aseguraban que en el vino está la verdad, in vino veritas, ¡cuántas verdades rientes y consoladoras no nos da usted cuando, no en un mosto solo, sino mezclándolos y transfundiéndolos, nos brinda una copa (un velicomen hubiera dicho un pedantón) de líquido transparente, ora ambarino, ora verde, ora rosado, para que, disfrazados con sus colores, no sepamos de qué sortilegio y hechicerías se valió usted para lograr transmutaciones tan felices!

Mas, con ser tan grande su habilidad y maestría en componer «cock-tails» (no menos de 178 fórmulas trae su libro), le ha faltado a usted una cosa para completarlo: inventar a la vez una palabra castellana que supla y arrumbe a este horrendo e inadmisible anglicismo de «cock-tail», que hasta en su traducción literal resulta ridículo y risible: «cola de gallo». ¿Qué tendrán que ver los gallos y sus colas no solo con las deliciosas preparaciones suyas, sino también con esas reuniones mundanas, hoy tan en boga, así apellidadas, y que, contra la voluntad de sus corteses convidadores, son la mejor escuela y el lugar más propicio para tener que decir u oír forzosamente muchos lugares comunes y amables tonterías? Me dirá usted que para eso, para inventar palabras están la Academia y los académicos. Pero, aunque a usted le parezca ilógico y extraño, la Academia (contra mi modesta opinión) es por extremo refractaria a proponer palabras nuevas. La Academia se contenta con admitir y dar carta de naturaleza semántica a los neologismos que lo merecen creados por los escritores o por el pueblo, para que entren luego en la oficialidad del idioma. ¿Por qué el pueblo no ha ideado una voz eufónica, breve y castellana que destierra el antipático «cock-tail»? ¿Quizá por no ser bebida habitual suya, y casi exclusiva de las clases elegantes o adineradas? Acaso sea así; pero yo puedo asegurarle que si en los tiempos de esplendor de la lengua vernácula a algún bodegonero de la plaza de Santo Domingo, donde radicaban las más proveídas y famosas tabernas de la Corte, con su buen rótulo en la puerta y en él la postura y procedencia del vino, se le hubiera ocurrido el «cock-tail», habría creado ipso facto la oportuna palabrilla que diese nombre castizo a esta nueva bebida, bien adaptando por analogía otra existente ya, bien con la invención de una nueva, brava, flamante y sonora.

Pero me preguntará usted: ¿tan pobre es nuestro idioma que no cuenta en su opulento acervo con una voz castellana para bautizar al «cock-tail»? ¡Vaya si la tiene, y más de una! Por ejemplo, la voz «aloque», que significa mezcla de vino tinto y blanco, y con la cual cabría lógicamente denominarlo. Pero si a usted no le agrada el «aloque», por la confusión que podría original con su primera acepción académica «de color rojo claro» o con el «vino clarete», ahí tiene usted otra muy expresiva y eufónica, la voz «calabriada», de la que hicieron amplio uso con este mismo valor nuestros mejores hablistas, como Lope, Cabrera, Tirso de Molina y Castillo Solórzano, y que nuestro gran lexicógrafo Covarrubias registra y define ya en su Tesoro diciendo que es «la mezcla que se hace de un vino con otro, especialmente de blanco con tinto». Dice vino y no licores, porque, como usted sobradamente sabe, estos no se destilaban o componían todavía, y el mismo aguardiente no había salido aún de las tenebrosas cuevas de los alquimistas; pero en el fondo la idea y combinación de dos líquidos diferentes, espiritosos y bebestibles era la misma que en el moderno «cock-tail». Nuestros antepasados, pues, le hubieran llamado castizamente «calabriada», aunque tengo por seguro que no dejará usted de hacer un gesto de extrañeza, y con usted muchos, cuando oigan ahora por primera vez esta voz. ¿Por qué? Voy a explicárselo. Con las palabras nuevas para nosotros, aunque sean castizas o estén bien formadas, ocurre un fenómeno muy parecido al de esas presentaciones que, de improviso, nos hacen en el mundo de una persona de la que no teníamos noticia ni antecedente alguno, a saber, que, dentro de la obligada cortesía, las recibimos fríamente y con cierta prevención, recelo que desaparece cuando las tratamos después, las vemos con frecuencia y llegamos a trabar con ellas mutua y cordial amistad. Otro tanto pasa con las palabras vírgenes: de momento nos disuenan y extrañan, porque nuestros oídos no están habituados aún a ellas; pero, luego, el uso frecuente nos las hace familiares y las incorporamos a nuestro léxico. ¡Cuántas y cuántas voces hoy triviales y comunes no encontraron en un principio la misma resistencia o parecida hostilidad que hoy hallarían el aloque o la calabriada si nos resolviéramos a aceptarlas y a ponerlas en uso! ¿No tenía Jáuregui por viles y despreciables, voces como «monipodio», «catarro», «pelmazo» y «sinfonía», hoy vulgarísimas? ¿No condenaba Juan de Valdés, entre los neologismos de su tiempo, los de «henchir», «raudo», «soez» y «solaz»? Anímese usted, animémonos todos a proscribir y raer del habla común ese feo y mal sonante anglicismo de «cock-tail», que no debía haber salido nunca del vocabulario de gallinero. Mas, si a costa de nuestra independencia lingüística, no nos sentimos con bríos bastantes para desterrarlo del todo, cuando menos castellanicemos la palabreja diciendo «cotel», como «bajel», «vergel», «pastel» y tantos otros sustantivos castizos con igual desinencia y acentuación aguda. Aun en esta misma solución triste cosa sería y verdadero bochorno para con nosotros que más allá del Atlántico hayan venido los argentinos a darnos una lección de español: porque hasta ellos llegó también con ínfulas dominadoras y orgullosas el britano «cock-tail»: pero ellos, sin dejar de beberlo, no consintieron en modo alguno que entrase en su habla, y así, con un neologismo ágil, gracioso y feliz, decidieron llamarle «copetín». ¡Bien dicho!

Amigo Chicote: ¡venga un copetín de los maravillosos que usted compone, para comenzar alegremente el Año Nuevo y en defensa a la vez de nuestra hermosa lengua castellana!

[III]

Divagaciones en torno al «flirt»29

Otra palabreja forastera, que, como el exótico «cock-tail», nos sale al paso y ha ganado carta de naturaleza en nuestra habla común. En la lengua inglesa, de donde procede, tiene respetable ancianidad y rica solera, pues el diccionario de Oxford registra citas de excelentes escritores britanos, como Garrick, Buchan y otros, que emplearon ya esta palabra hace casi dos siglos con el mismo valor semántico que hoy la damos nosotros de «cortejo amoroso» y «coquetería femenina».

En España en cambio, es voz mucho más joven; probablemente no contará arriba de cincuenta o sesenta años de edad. Y lógicamente además. Un léxico cualquiera es algo más que un inventario frío y escalonado de vocablos; es a la vez la historia y cronología de las ideas, sentimientos y actos de los naturales de un mismo país a lo largo del tiempo. La palabra surge exigente y necesaria cuando tiene que expresar algo nuevo y desconocido hasta entonces, y el «flirt» en la botánica amorosa es planta y flor para nosotros muy moderna. Presupone, primero, cierta aptitud congénita en la mujer o temperamento conquistador en el hombre, y, a seguida, un ambiente social propicio para que nazca y se desarrolle, cosas estas privativas de nuestra época actual. El «flirt» es frivolidad, superficialidad y fútil pasatiempo, y nuestras bisabuelas daban a los lances de amor o aledaños a él mucha más importancia que, en general, las mujeres de hoy; tomábanlo o recibíanlo como cosa muy seria y nada de juego, y de ahí las pasiones arrebatadoras, delirantes y frenéticas de los tiempos románticos. Como Alfredo de Musset, no concebían que hubiera burlas con el amor, y, así, no las gastaban de ordinario con él.

El ambiente social es asimismo elemento indispensable en la gestación y vida del «flirt». Las relaciones de hombres y mujeres eran entonces mucho más breves y circunspectas que ahora, y todavía perduraba la influencia de aquel rigor moralista de los pasados siglos, que en los actos de la vida externa, iglesias, teatros y diversiones públicas, imponían la honesta y rígida separación de ambos sexos. Hoy, por el contrario, más desembarazadas las costumbres, su convivencia franca social es un hecho normal y admitido, creando con ello el clima favorable al «flirt». Añádase a todo esto los auxiliares y cómplices con que este astutamente cuenta, como son los «clubs», las fiestas mundanas, los «cock-tails» y, sobre todo, el teléfono, gran Galeotto suyo. El «flirt» es, por tanto, un producto semi-amoroso, genuinamente típico, de nuestra modernidad social, flor exótica, elegante y refinada, que el pueblo, más sencillo y veraz, no conoce.

Mas, ¿dónde está la esencia del «flirt»? Contra lo que algunos creen, no es un sentimiento sincero, ni una inclinación afectiva del ánimo, ni menos aún un latido del corazón; el «flirt» es un juego que quiere ser amor, pero que anda muy lejos de él. Acaso alguna vez más bien rara, sirva de pórtico resbaladizo suyo; pero tanto en su respectiva naturaleza como en sus caracteres y matices, uno y otro se diferencian de modo radical. El amor es profundidad, lealtad, sufrimiento y constancia; el «flirt», superficial, engaño, veleidad y diversión. El amor es impulsivo, fatal y ciego; el «flirt», reflexivo, circunstancial y vidente. El amor vive del sacrificio, cuando no de la heroica enunciación; mientras que el «flirt», intensamente egoísta, no mira más que a la propia satisfacción, al goce fugaz, al entretenimiento pasajero. El amor pide la vida toda; el «flirt» se contenta con unas pocas horas. Nace el «flirt» de una mutua y ocasional simpatía, de ciertas coincidencias someras en ideas y gustos; se recibe con agrado, porque no obliga a nada y puede dejarse a voluntad. Los lazos con que sujeta no son, en efecto, las garras del león, como en la pasión erótica, sino unas manos femeninas, suaves y blancas, de pintadas uñas, aunque, no por eso, algunas veces, felinamente, dejen de arañar. Pero por lo mismo que no ahonda en los senos del alma y sus raíces son pocas y a ras de tierra, cabe arrancarlas fácilmente, sin dejar huellas profundas ni causar los pavorosos estragos de todo rompimiento amoroso. Sus artes y recursos son muy conocidos; el empleo del mismo, del halago y de la coquetería; el deseo voladero del recíproco agrado…, con cautelosa prudencia; la complacencia recíproca en la comunicación y trato, con cierto culto fingido del hombre a la mujer; pero no esperamos más de él: porque cuando pidamos al «flirt» un sacrificio, un momento de abnegación, la constancia y fidelidad, dirá que eso no es cosa suya y se echará cobardemente atrás. Juego sentimental, en fin, ligero, intrascendente, morirá con tanta facilidad como nació; sus alas son más cortas para volar, alas de gallina, que no pueden batir y remontarse más allá del casero corral, y que envidiarán las plumas del águila de que se sirve el amor. En el «flirt» el papel de la mujer es siempre simpático y agradable, aunque no todas sean aptas para él; y así, de este juego están excluidas tanto la mujer que vale mucho, muy inteligente y de carácter, y la orgullosa, pagada de su belleza, posición o linaje, como la necia, porque el «flirt» requiere cierta vivacidad, listura y picardía para que el hombre se sienta sujeto por él.

En todo «flirt» hay un fondo de engaño y doblez, o cuando menos una intención secreta de cautelosa reserva e íntima contención, de medida de lo que se quiere dar; ambos «flirteadores» señalándose mentalmente un límite, una raya, de la cual deliberadamente no pasarán. No debe por eso confundirse el «flirt» con la coquetería, que es una propensión congénita en ciertas mujeres a dispersar su feminidad efímeramente; mientras que en el «flirt» hay una moderada insistencia, aunque a la postre sea transitorio también. El «flirt» es, pues, como una esgrima o deporte del amor, pero falso y fingido, sin la verdad y peligros del torneo, verdadero paradigma de este; su nota característica es la insinceridad; salvo en las muchachas que se valen del «flirt» para disfrazar un amor que comienzan a sentir por un hombre, pero que no se atreven a declarar ante la indecisión de él.

Mas, se preguntará el lector, ¿a qué vienen todas esas triviales disquisiciones sobre el «flirt»? Pues a que siendo más poderoso que nosotros, pues triunfa y campea por esos mundo elegantes a su antojo, será bueno, cuando menos, buscarle un nombre castizo que lo sustituya y españolice. Cosa en verdad nada ardua, porque en nuestro opulento idioma no faltaron nunca palabras apropiadas para haberlo podido bautizar (si admite, que lo dudo, las aguas de cristiano) cuando hizo su galante aparición. Por ejemplo, ahí están las de «devaneo», que el diccionario académico define con acierto «amorío pasajero», y la misma de «amorío», con que, un tanto impropiamente, cabría asimismo apellidarlo. Pero, sobre estos vocablos, hay uno más, preciso y musical, por desgracia caído en desuso en nuestra habla familiar, lindo y galano por extremo, con que podríamos llamar castellanamente al «flirt», a saber, la voz «floreo». Aparte las acepciones privativas que tiene en el juego de naipes (trampa o fullería) y en el baile (paso o movimiento de él), nuestros escritores clásicos la empleaban muy frecuentemente en el sentido, bien de «conversación vana y de pasatiempo», bien de «adorno de lenguaje», bien de «entretenimiento, recreo o acción divertida», para halagar o lisonjear al oyente, aunque siempre somero y superficial, en consonancia con la índole del «flirt». Así lo hicieron grandes hablistas como fray Antonio Álvarez, Mateo Alemán, Castillejo y Suárez de Figueroa, y dramáticos de la talla de Juan de la Cueva y Sánchez de Badajoz, en textos que tengo a la vista y la falta de espacio me veda transcribir. Mas sobre esta acepción general de «floreo», acompañada de su precioso verbo «florear», muy usado por ellos también, hay una más por extremo curiosa, de «diversión amorosa», de «cortejo pasajero», en suma, la equivalencia castiza española de nuestro moderno «flirt». Tirso de Molina, tan conocedor del corazón y lenguaje femeninos, en su comedia La venganza de Thamar (acto iii, escena xiii), al pintar en un coloquio la pasión incestuosa de Amon por su hermana, a quien, disfrazada, no conoce, viendo que esta tiene unas violetas en sus manos, dícela después de requebrarla: «Serrana, yo os quiero bien, / dadme una flor», contestándole ella: «Buen “floreo” os traéis». Más patente aún y probatorio es otro texto de Cervantes, en su comedia Pedro de Urdemalas, donde, quejándose a esta de un su amigo de que Clemencia, la hija de su amo, a la cual corteja, de propicia y amorosa se ha vuelto esquiva y zahareña pregúntale Urdemalas:

¿Han llegado tus deseos
a más que dulces «floreos»,
o has tocado en el lugar
donde Amor suele fundar
el centro de sus empleos?
(Acto i, escena )

No cabe equivalencia semántica más perfecta del castizo «floreo» con el moderno «flirt». Por eso se dijo siempre en castellano que «irse todo en flores» es «no tener cosa de sustancia», y se llamaron «flores» también las palabras agudas que deleitan y agradan, como ocurre, asimismo, con el «flirt». ¿No sería, por tanto, más acertado que, proscribiendo el uso de las feísimas voces de «flirt» y «flirtear», que hasta los modernos lexicógrafos como Ricardo J. Alfaro, en su recientísimo Diccionario de anglicismos, condenan por innecesarias, adoptásemos, incorporándolas al habla común, las voces castellanas equivalentes de «floreo» y «florear», y que cuando en una reunión mundana viéramos, valga por caso, a una pareja juvenil… o madura, que de todo suele haber, entregada al dulce juego del «flirt», pudiéramos decir al confidente o confidenta vecino nuestro: «¿Has visto cómo fulana y mengano están floreando? ¡Vaya un floreo que se traen!». Pero presumo, escarmentado ya, que ni la pareja feliz ni mis amables lectoras me van a hacer caso ninguno y que a la postre este articulillo y mi propuesta habrán de quedar reducidos a lo que también y esencialmente es el «flirt»: un pasatiempo más.

[IV]

Contornos del idioma30

La frasecilla, muy vieja ya, con cerca de 500 años de existencia, había permanecido sepultada durante siglos enteros, sin que nadie la citase, en un librillo de 68 páginas tan solo, un rarísimo incunable, la Gramática castellana de Antonio de Nebrija, impresa en 1492, fecha memorable también en los fastos de España; hasta que hace muy pocos lustros, asomó la cabeza, sacudiose el polvo secular y salió de nuevo a luz para mostrarnos su verdad. Porque verdad grande y profunda era, en efecto, la que contenía aquella aguda y profética observación del inmortal lexicógrafo, cuando al volver él los ojos a la Historia advirtió un hecho singular y significativo por extremo, a saber: la estrecha relación y recíproca correspondencia que en todo pueblo han tenido siempre el idioma vernáculo y el poderío nacional, fenómeno cierto y comprobado que Nebrija había sabido compendiar en su famosa y centenaria frasecilla: «siempre la Lengua fue compañera del Imperio, e de tal manera lo siguió, que juntamente comenzaron, crecieron e florecieron, e después junta la caída de entrambos». Los siglos que sucedieron al insigne gramático se encargarían de probar la exactitud de su sentencia. Porque pocos años después, España conquistaba el imperio del mundo, y al par y equivalencia suya, nuestra lengua castellana adquiría la opulencia y majestad que ostentan la mayoría de las obras de nuestro Siglo de Oro. Y para que se viesen cumplidas en un todo las predicciones de Nebrija a la inversa, cuando a mediados del siglo xvii se inicia la decadencia española, la lengua castellana la seguirá también en su caída, y nuestro idioma pierde gran parte de su lozanía y vigor, y se despeña por los derrumbaderos del mal gusto, para contaminarse al fin en sintaxis y vocabulario con el idioma francés. Hoy, triste es decirlo, aunque por un lado parece recobrar su esplendor en las plumas de no pocos excelentes prosistas, que con nuevos y elegantes modos de decir la hermosean y enriquecen, por otro, son tantas las voces exóticas que se están adueñando del habla común, que nuestro mismo diccionario académico ha tenido que aceptar cantidad considerable de extranjerismos, impuestos por el uso, que Juan de Valdés y el maestro Ambrosio de Morales, tan celosos de su pureza y lustre condenarían abiertamente si ahora reviviesen. ¡Cuántas y cuántas construcciones viciosas galicistas no constituyen hoy el fondo de nuestra conversación familiar! ¡Qué número cada vez más copioso de palabras intrusas han tomado carta de naturaleza en el castellano! Si relacionáramos estos hechos con la frase del maestro Nebrija, tendríamos que convenir en que tales descuidos y lunares obedecen a las claras a falta, o debilitación cuando menos, de nuestro patriotismo. Porque menosprecio o descaecimiento suyo es, a no dudarlo, el abandono de la defensa del idioma vernáculo, sin comprender que en él radica la porción más noble y valiosa de nuestro patrimonio espiritual. Nada hacemos por evitar la invasión de las palabras forasteras, y lo que es peor aún, siempre o casi siempre suelen caer en el vacío las sugestiones y propuestas que los amantes de la lengua española apuntan para sustituir aquellas voces bárbaras por otras castizas y de buen cuño. Nadie ha de oponerse ciertamente a la introducción de aquellas palabras inauditas que sean necesarias, que respondan a un descubrimiento o invención, que expresen nuevos matices psicológicos, recojan y traduzcan filológicamente el progreso de la vida. La lengua se ha comparado siempre con acierto a un gran río, a cuya corriente afluyen tanto las aguas serenas y límpidas de los puros manantiales, como las turbias y revueltas de las grandes avenidas; pero pasadas estas, conviene también que se serenen y clarifiquen. Esta es la misión de los filólogos y de nuestra Real Academia Española, laboriosa y secular. Recientemente admitió esta sin dificultad alguna la palabra «ambivalencia», admirablemente definida por mi compañero el doctor Marañón. Mas cuando consideramos que en nuestros libros antiguos yacen olvidadas y muertas centenares y centenares de palabras que deberían exhumarse, bien en su sentido estricto, bien para adaptarlas a cosas y usos modernos, ¿no es doloroso que sigan preteridas, y que cuando alguien intenta revivirlas e incorporarlas a la corriente del habla, se reciba su propuesta con hostilidad, cuando no con burlas y chanzas? La voz «coleto», por ejemplo, podría sustituir ventajosa y adecuadamente al horrendo «jersey». Yo he insinuado asimismo la adopción de las voces «calabriada» o «copetín» para desterrar el empleo del no menos odioso «cock-tail», sin eficacia alguna, no obstante haber recorrido periodísticamente mi artículo más de media España. Lindas por extremo, eufónicas y graciosas son las palabras «floreo» y «florear», que asimismo evoqué, con el propósito de que fueran desterradas los anglicismos «flirt» y «flirtear», incrustados como lapas en nuestra conversación vulgar. Fue también inútil; hay como una resistencia pasiva, hija de la pereza, de la rutina y de los malos hábitos, que ampara y protege aquellos barbarismos. El síntoma, repito, no es consolador. Todo el pueblo que no defiende su lengua, procura evitar los contagios y no siente la pureza y casticismo del idioma en que aprendió a hablar, da muestras inequívocas de una patente y lastimosa declinación en su vigor espiritual, en su facultad creadora, en su poder genérico para nuevos, fecundos y necesarios acrecentamientos léxicos. Pero este es tema no menos sabroso y sugestivo, que merece consideración aparte y del que otro día trataré.

[V]

Navideña o Navidal31

Hace unos días, en estas mismas columnas, y en uno de sus excelentes artículos, discutía amenamente don Joaquín Calvo-Sotelo sobre la nueva costumbre, ya muy arraigada, de enviar felicitaciones de Pascuas y Año Nuevo por medio de los llamados «Christmas», y al dolerse de la viciosa extensión que iba tomando esta exótica voz, exclamaba: «¡Ah! ¡Si la Academia, que limpia, fija y da esplendor, me buscara la palabra con que arrinconar este vocablo empecatado!». Pero es el caso que, contra su justo y acertado deseo, la Academia tiene y practica el firme criterio (criterio que yo, en mi modestia, no comparto, aunque sumisamente lo acate) de no inventar nunca palabras nuevas; limítase a dar su parecer a las propuestas o consultas que en este orden se le hacen, o deja que el pueblo las cree por su cuenta. Luego, si están bien formadas, no repugnan al genio de la lengua, y, además, llegan a emplearse por uno o más buenos escritores que las sirvan de padrinos (en otros tiempos exigíanse tres autoridades, cuando menos), es cuando la Academia las admite primero; las define, después, y las incorpora, por último, a su diccionario vulgar. Con todo eso, estimo que la petición del señor Calvo-Sotelo está muy en su punto, y que hay que buscar una salida a su generoso propósito. ¿Por qué hemos de ensuciar nuestro idioma, que hablan en el mundo 150 millones de seres humanos, con palabras foráneas, cuando no es difícil, a la verdad, hallar o acomodar alguna castiza dentro de nuestro opulento léxico, que ocupe en el habla y a gusto de todos el lugar usurpado por el «Christmas» inglés?

En los siglos de su glorioso esplendor, cuando se veía enriquecida y hermoseada por las plumas de Nebrija, Valdés, Granada, León, Cervantes y tantos otros clásicos ingenios, que en tan cimero grado la pusieron, casi nunca se introducían voces de idiomas extraños en el nuestro vernáculo, primero, porque eran contadísimos los españoles que las conocían, y luego, porque tampoco tenían necesidad de ello. Las únicas lenguas a las que la castellana rendía vasallaje eran el latín y el griego, y cuando por nuestras universales relaciones con el mundo había que pronunciar o escribir una palabra extranjera, singularmente de lugar o geográfica, el pueblo, por sí mismo, y con él los escritores, todos las acomodaban al castellano, con las más graciosas y a veces inverosímiles adaptaciones. Cientos de ejemplos cabría presentar de esta vigorosa reacción idiomática de nuestros mayores, harto sabidos también. Entonces en España no eran precisas Academias ninguna que defendiesen su lengua, porque el pueblo, que es quien la crea, conservaba vivo y fecundo su poder genético para plasmar cuantas palabras exigían los adelantos materiales y las nuevas formas de la vida; hecho felicísimo y síntoma revelador de la robustez y sanidad de la raza. ¿Quién sino el pueblo fue el anónimo autor de nuestro incomparable Refranero, único en el mundo por su abundancia y sabiduría?

Pero volviendo ahora al muy justo empeño del señor Calvo-Sotelo, y ya que la Academia no pueda entrar oficialmente en su merecido cumplimiento, esto no quita que, compartiendo la justa preocupación léxica del aplaudido comediógrafo, hace muy pocas noches, un grupo de académicos, antes de entrar en el salón de nuestras juntas semanales, habláramos del caso. Había, sí, que buscar una voz castellana que desterrara al anglicismo «Christmas». Mas ¿cómo? Inventarla era poco acertado, porque todo invento culto lingüístico nace poco menos que muerto. El tino estaba en hallar una ya existente, que tuviese relación y recordara la época del año en que los «Christmas» se envían, o sea, la Navidad. En esto convinimos todos. Entonces, uno de nosotros, maestro doctísimo en filología y conocedor como pocos de la lengua castellana, nos recordó que, junto al sustantivo «Navidad», nuestro diccionario registra ya el adjetivo «navideño», como «perteneciente al tiempo de Navidad o propio de él». Ahora bien; cuando decimos «Christmas» para designar al tarjetón o plieguecillo, más o menos primorosamente iluminado, que enviamos a nuestros amigos para desearles unas felices Pascuas y Año Nuevo, ¿hablamos con propiedad? No; su verdadera y correcta denominación inglesa es «Christmas-card», «tarjeta de Navidad», pues si el «Christmas-card» es una «felicitación navideña», de la que hemos eliminado la voz «card», ¿por qué no hemos de hacer lo mismo en castellano, y a la felicitación navideña suprimirle su primera parte, la voz «felicitación», para que quede sola la segunda, la palabra «navideña», en sustitución del «Christmas» inglés? Con ello no haríamos sino repetir un procedimiento semántico muy corriente, a saber: que un adjetivo se convierte en sustantivo por la omisión del sustantivo que le precede, por ejemplo, cuando decimos un «acorazado» por un «buque acorazado». Harto sé que es empresa poco menos que quimérica el desterrar una palabra exótica que ha corrido poco o mucho, ya que la fuerza de la inercia en todo tiene un poder casi invencible, y que seguiremos diciendo «christmas, cock-tail, jersey, marrón» y otras lindezas lingüísticas parecidas; pero tampoco debemos cerrar los oídos cuando un amante de la pureza de nuestro idioma da la voz de alarma y acaso sea tiempo todavía para atajar el mal. Para responder, pues, al generoso deseo de mi buen amigo el señor Calvo-Sotelo, sin autoridad filológica alguna por mi parte, escribo ahora estas líneas, que no tienen más valor que sacar a la luz del día la charla que tuvimos hace noches unos cuantos académicos. Sea lo que fuere, ahí va la palabra «navideña», a cambio del anfibológico «Christmas» inglés, para que se gane la vida. Que los manes de nuestra lengua la amparen en su carrera, y en día no lejano pueda llamar, alborozada y triunfante, a las puertas de la Academia, para ser recibida en ella, como creo que merece.

P.S.–Me dice Calvo-Sotelo que ha recibido una carta de cierto lector suyo, en la que le propone la voz «navidal» en equivalencia del «Christmas». Paréceme acertada también, y aún con ventajas acaso sobre la palabra «navideña», pues, aceptándola como sustantivo, salva la anfibología del adjetivo «navideña». «A i posteri…».

[VI]

Campero32

Aquella frase, tan graciosa y popular, de uno de los personajes de La verbena de la Paloma

Hoy las ciencias adelantan
que es una barbaridad,

encerraba no solo una gran verdad para su tiempo, sino que resultó profética en el futuro. En efecto, cada día la ciencia moderna, tanto en lo material de la vida, como en lo psíquico, arroja sobre el mundo cosas y conceptos nuevos de todo orden a los que hay que dar un nombre apropiado y nuevo también, para individuarlos en el habla común. Y aquí es donde las ciencias callan y el idioma comienza a padecer. Porque para dar esta nueva denominación al objeto inventado, o al mismo fenómeno anímico, que hasta ahora yacía en el misterio de lo subconsciente del alma humana, y la psicología moderna adivina, hay dos procedimientos o sistemas filológicos; uno, primero, que es copiar más o menos bárbaramente, con daño de los sentidos, ojos y oídos el vocablo foráneo, de modo servil, sin tomarse siquiera el trabajo de castellanizarlo; y otro, segundo, que consiste en buscar en el inmenso tesoro de nuestro léxico vernáculo una voz que pueda servir para el caso, bien por sí misma, bien acomodando la extranjera al genio del idioma. Ya sé yo que para ello sería lo mejor que la Real Academia Española, a la que secularmente está encomendada la defensa de la pureza de aquel, y de acuerdo con el segundo cometido de su famoso lema Limpia, fija y da esplendor, tomase cartas en el asunto tan pronto como se presente la necesidad verbal de dar un nombre bien formado a un descubrimiento o invención; pero, como ya tengo dicho en otra ocasión, y aunque disiente en mi modestia del criterio de la Academia, esta es reacia por extremo, al menos en estos tiempos, a crear palabras por sí sola, y prefiere que la nueva voz nazca como pueda, y cuando haya adquirido mucho uso y no quepa remedio alguno, por haber entrado en el lenguaje común, recibirla y prohijarla en su diccionario oficial, canonizando con su autoridad a veces un barbarismo más. Y es el caso que cuando la Academia, apartándose de este criterio, se ha decidido a tomar la iniciativa y adelantarse al vulgo, le ha acompañado la inspiración, con muy felices aciertos; valga, por ejemplo, entre otros que ahora recuerdo, las voces de amarar y parrilla, en equivalencia esta última de grill-room, hoy adoptada en muchos sitios.

Me he permitido hacer estas consideraciones previas y personales mías ante la necesidad de buscar hoy y cuanto antes un nombre español a un vehículo llamado a tener mucha vida y empleo. Me refiero al automóvil conocido en la lengua inglesa con la palabra «jeep». Creado y construido primeramente en Norteamérica, podría definirse diciendo que es un «automóvil fabricado con materiales bastos, pero muy resistentes, generalmente descubierto y sin puerta, propio para andar por malos caminos y terrenos abruptos». Apareció en la última guerra mundial con fines exclusivamente militares; pero hoy parece que su uso se va extendiendo al orden civil, y se emplea ya en las fincas de campo, donde además hace oficios supletorios de camioneta. No ha mucho que subí a uno de ellos, muy moderno, lo cual me permitió conocer de visu y prácticamente estas típicas modalidades suyas.

Ya tenemos, pues, al jeep americano señoreando los andeles y vericuetos de España (andel, amable lector, no está en el diccionario; pero en Castilla llaman así, castizamente, al camino que trazan las huellas de un carro a campo traviesa). Hay por tanto que bautizar al jeep americano, encontrando para él un nombre nuevo español, propio, sonoro y significativo de su empleo. ¿Podríamos hallarlo bien en la adopción fonética de su pronunciación inglesa, chip, o bien en la correspondencia española a la palabra exótica? Lo primero parece disparatado, por bárbaro y contrario a la índole de nuestro idioma. Y en cuando a lo segundo, tampoco cabe. La voz inglesa jeep es arbitraria; nació caprichosamente de este curioso modo. Según me informa el muy docto profesor Walter Starkie, director del Instituto Británico en España, y a cuyo saber y buena amistad he acudido para esclarecer este voquible, en el diccionario abreviado de Oxfor figura ya la voz jeep, que define diciendo que es un «small utility motor vehiclee for general purposes», o sea, en castellano, «auto pequeño con motor para usos generales». Ahora bien, con la tendencia a la contracción y siglas de las palabras que hay en Norteamérica, de las dos inglesas, «general purposses», se tomaron las letras iniciales de cada una g, p, las cuales en esta lengua se pronuncian ji pi, y de ellas se formó el actual jeep. No tiene, ciertamente, un origen muy filológico esta vez, ni arroja luz alguna para nuestro caso.

No queda, pues, otra solución a este problema lexicológico que buscarla lógicamente en el mismo castellano, adoptando una palabra española que sustituya al jeep inglés. Hay muchas en nuestro idioma que han nacido, ora por sus causas, ora por sus efectos, ora por su mismo empleo; y así, por ejemplo, en este mismo orden automovilístico hoy llamamos un taxímetro o simplemente un taxi, por apócope, al automóvil destinado al servicio público, en referencia al aparato automático que lleva y marca la distancia recorrida y la cantidad devengada. Asimismo, la prensa cada día denomina «un turismo» al automóvil particular de formas elegantes y cuidada presentación, hábil para practicar este seudodeporte. Ahora bien: si el jeep americano, bien en su uso primitivo militar, bien en su aplicación civil más moderna, tuvo y tiene la característica de estar destinado principalmente al campo y a sus buenos o malos caminos, ¿por qué no le podríamos llamar campero, un campero, sustantivando este adjetivo tan castellano, y con la adición de una acepción más a las ocho que tiene ya en nuestro diccionario vulgar? Una de ellas, la sexta, aplícase a la persona que es muy práctica en faenas de campo. Otro tanto cabría decir del automóvil campero, con el proyecto de definición que antes me atreví a hacer. En abono suyo, y no olvidando mi escasa competencia lingüística, añadiré, para tranquilidad del lector escéptico o desconfiado, que no ha mucho que, departiendo yo sobre este caso lexicológico del jeep con mi insigne director don Ramón Menéndez Pidal, que la tiene suprema y magistral en materia del lenguaje, y la viabilidad posible y acierto verbal de la voz campero, que nos librase para lo futuro de un torpe e inadmisible anglicismo más, le pareció excelente mi propuesta, bien buscada y digna de entrar esta voz con esta nueva acepción en nuestro diccionario oficial. Y algo más y muy sustancioso sobre este mismo tema de los neologismos extranjeros añadió don Ramón, que, falto ya de espacio, dejo para otro próximo artículo, si al amable lector que me ha seguido hasta aquí no le cansan estas quisicosas de nuestro vernáculo lenguaje.

[VII]

Neologismos33

Por haber cumplido recientemente don Ramón Menéndez Pidal el medio siglo de su ingreso en la Real Academia Española, longevidad académica tan solo alcanzada desde su fundación por cinco miembros de ella, don Miguel Pérez Pastor, don Juan Curiel, el duque de Montellano, el conde de Cheste y el segundo duque de Rivas, acordamos sus compañeros festejar suceso tan fausto con una comida íntima en su honor, que tuvo lugar el pasado mes de junio, y a la que concurrimos todos los académicos estantes a la sazón en Madrid. Ofreció el sentido homenaje el doctor Marañón, leyendo a los postres unas cuartillas, deliciosas como suyas, que comunicaron una mayor cordialidad al acto que celebrábamos. Por mi antigüedad en la casa, me tocó estar al lado de don Ramón, proporcionándome con ello coyuntura propicia para departir con él, una vez más y gratamente, sobre diferentes cuestiones relacionadas con la Academia y la lengua española encomendada a su custodia. Y fue entonces cuando, según adelanté hace pocos días a mis lectores de La Vanguardia, hube de pedirle su parecer autorizado y magistral sobre la introducción de la voz «campero» para sustituir a la inglesa «jeep», en denominación castiza del nuevo tipo de automóvil. Contestome el insigne filólogo que la voz «campero» le parecía bien, acertadamente escogida, propia, significativa y oportuna para desterrar en lo futuro del habla común aquel feo anglicismo. Y añadió a continuación: «Es lastimosa, ciertamente, la ligereza e inconsciencia con que en España acogemos las palabras extranjeras, sin percatarnos del gran daño que con ello infligimos a nuestro lenguaje nativo. Usted sabe bien cuán reacios eran nuestros antepasados a prohijarlas, haciendo toda clase de graciosas transmutaciones de ellas para acomodarlas al castellano, en aquellos casos en que no cabía su íntegra admisión». Yo le recordé entonces que, con motivo de la reciente coronación de la reina de Inglaterra, había sonado mucho el nombre del duque de Norfolk, como gran Maestre de ceremonias de aquella Corte, y que los españoles del Siglo de Oro, a quienes se hacía repugnante o muy difícil la pronunciación de este título nobiliario, lo habían transformado en «Norfolia», y en esta forma figura en bastantes libros de aquel tiempo. «Exacto –repuso don Ramón, y prosiguió diciendo–. Sabe usted también que era tanta la profusión de tales conversiones filológicas entonces, que nuestra Academia tiene abierto actualmente un concurso para premiar la obra en que se recojan todos esos neologismos geográficos o adaptaciones al castellano de los nombres de lugar, como Aquisgrán, Basilea, Burdeos y otros muchos. Compare usted –añadió– nuestra conducta en este particular, tan importante, con la de los italianos. En Italia se resisten sistemáticamente y tesoneramente a que entren en su vocabulario palabras extranjeras, y para ello, como nosotros hacíamos antaño, acuden también a ingeniosas combinaciones verbales para quitar a aquellas su cuño original y convertirlas en italianas». Así me habló el glorioso maestro en comentario a la nueva acepción de la voz «campero» que le había propuesto. Ello dio lugar, además, a que yo le recordara entonces otros similares intentos míos en algunos artículos periodísticos en busca de voces españolas que pudieran sustituir y desterrar a las de «flirt», «cocktail», «christmas» y otras británicas, que por desgracia han adquirido ya carta de naturaleza en el habla común. Y tenía fundamento mi propuesta, porque, verbigracia, en lo que toca al «flirt», conozco algunos textos clásicos castellanos en donde se emplean las palabras «floreo» y «florear» en equivalencia del «flirt» y «flirtear». Con ocasión de un artículo mío en que recogía la propuesta de don Joaquín Calvo Sotelo para llamar «navideña» al «christmas-card», recibí yo numerosas cartas brindándome otras similares y castellanas que hiciesen innecesario aquel anglicismo. Del mismo modo podíamos llamar hoy con propiedad «coleto» al «jersey», «almilla» al «sweater» y a la «interview», «intervista», distinguiéndola así de la simple «entrevista». Y al igual de estos casos, podrían proponerse otros muchos más.

Pero donde el mal hablar se ha hecho crónico y deplorable por extremo es en lo tocante a las voces de colores. Tenemos en nuestro castellano una riqueza opulenta de ellas, con nombres peregrinos y musicales, hoy perdidos y olvidados, por desdicha. ¿Quién, fuera de algún escritor castizo o preciosista, se acuerda del color «carne doncella», con que asimismo se distingue una clase de manzanas que muestran en su piel un tono rosado claro, lindo por extremos? Pues en vez de servirse de este nombre y de otros no menos preciosos, no ya en la literatura, sino en la misma habla familiar, como «carmesí», «coralino», «bermejo», «rosicler», «rufo» (rubio), «verdegay» (verde claro), «brasilado» (escarnado), «opalino» (blanco azulado con reflejos irisados) y otros muchos más, hoy las gentes todas en las ciudades dicen «marrón», cuando en castellano tenemos las voces olvidadas de «leonado», «adatilado», «melado» y «habano», que expresan lo mismo en sus diversos matices; o bastaría aplicar simplemente las de «castaña» o «café» para darle el pasaporte que está pidiendo al odioso «marrón». Y otro tanto digo del francés «beige», que a la sombra y amparo del dichoso «marrón» va introduciéndose también fraudulentamente en nuestro lenguaje vulgar, con olvido de otros nombres castizos como el de «jalde» para el amarillo subido, y el de «pajizo» para el de matiz más bajo en este mismo tono, con que nuestros mayores lo distinguían. Se dirá por algunos que todas estas quejas e iniciativas son minucias, exageraciones académicas, fruslerías lingüísticas, que no tienen importancia ni valor, y que por tanto no merecen que se haga caso de ellas; y con efecto, no ha mucho que en estas mismas columnas, y con la hermosa libertad que La Vanguardia concede a todos sus colaboradores para escribir en materias opinables, aquellas que Dios entregó a las discusiones de los hombres, un admirado amigo mío, pluma docta y excelente, defendía la libre admisión de los neologismos extranjeros. Yo lamento, ciertamente, disentir de su reconocida autoridad, tan grande en otras graves materias, y creo en cambio que hay pocas que encierren la importancia y trascendencia que las referentes al lenguaje vernáculo. Y prueba del gran interés que provocan y con el que el público las sigue son las muchas cartas que recibimos de anónimos o desconocidos lectores todos cuantos en las columnas de un periódico diario tratamos de ellas. Síntoma feliz y consolador, a la verdad, que revela que el alma nacional vibra, rebulle y se despereza todavía, al sentir que le tocan en lo más vivo y entrañable de ella, que es su lenguaje. Pero este tema, tan hondo y sugestivo, merece consideración singular, que espero concederle en breve en otro articulillo.

[VIII]

Popularismo34

No sienta extrañeza el lector ante la novedad de esta palabra, que muy probablemente no habrá oído nunca; pero, con todo eso, créela necesaria y precisa de todo punto. Porque con ella cabría sustituir a otra extranjera, que, hace ya poco menos de un siglo, viene sirviendo para designar todo lo concerniente al saber, artes y costumbres del pueblo: la voz «folk-clorismo». Todo este largo tiempo ha pasado desde que se importó de Inglaterra; mas, a pesar de ello, todavía no hemos tenido el arranque, el acierto y el interés de crear una nueva, o adaptar otra castellana que con perfecto derecho desterrase a la foránea. Poco bueno, ciertamente, dice esta pereza en pro de nuestra genética lingüística. No es la primera vez tampoco que hablo de ella y la propongo con tal propósito, hasta en los mismos medios académicos; pero sin éxito. Prefieren, sin duda, los doctos que sigamos empleando ese insufrible barbarismo, que hiere los oídos de cualquiera que guste y ame nuestro hermoso idioma español.

Si con los anglicismos folk-clore y folk-clorismo se ha querido definir y comprender todo lo que el pueblo crea con su ingenio, con su sabiduría sentenciosa y con sus costumbres típicas, ¿no expresa todo esto cabalmente la palabra «popularismo», ya que, aunque sea nueva, es eufónica, está bien formada, no repugna al genio de la lengua, y cumple y acata las normas de la lexicografía, con su raíz latina («populus», el «pueblo»), con su adjetivación española («popular»), y su desinencia («ismo»), común a todo lo que tiene carácter general o colectivo?

¡Y cuán necesaria e indispensable –como digo– es esta voz! Si lográramos que prosperase (no me hago, empero, ilusión alguna de ello), dejaríamos relegado el odioso folk-clore a esos espectáculos teatrales, tan en boga estos años, manidos ya, y deformaciones muchas veces de lo genuino regional, y quedaría entonces el flamante «popularismo» para las verdaderas manifestaciones del pueblo en sus actividades literarias, artísticas y costumbristas. Harto sé yo cuán difícil, por no decir que impasible, es desarraigar y expulsar del uso una palabra que ha logrado introducirse en él. Hay en esta resistencia como una rutina, una pereza, que nos hace aferrarnos a ella, por bárbara o estúpida que sea. ¡Lástima, en verdad, que cuando la cosa tenía fácil remedio, en los comienzos del empleo de esta voz por tantos y tan insignes cultivadores como tuvo el folk-clorismo español, no hubiese uno a quien se le ocurriera buscar otra castiza, evitando con ello su ilegítima naturalización!

En general, los anglicismos tienen muy difícil adaptación al castellano, por no ser el inglés una lengua romance, como el italiano, el rumano y el francés, idiomas en los cuales estas adaptaciones son hacederas y admisibles. Recuerdo ahora, en prueba de ello, que hallándose el gran duque de Alba, en 1565, en la Conferencia de Bayona, con Catalina de Médicis, al dar cuenta a Felipe II en uno de sus despachos de una magna reunión celebrada con ella y sus ministros, le decía: «Aquí hemos tenido una “samblea”, como ellos dicen», y, en verdad, del «assemblée» francés, a la «asamblea» española, hay tan poca distancia, que fácilmente se recorre. Pero con los anglicismos es diferente, y así, cuando traemos a España una palabra inglesa expresiva de un deporte (el «foot-ball», el «tennis», el «golf», el «cricket», etc.), o una modalidad nueva… o vieja en las costumbres sociales (el «cock-tail», el «flirt»), nos vemos obligados a recibirla y prohijarla en su integridad fonética o verbal, porque la mayoría de ellas no admiten una normal castellanización.

Sabido es también que, en los tiempos gloriosos de la grandeza de España, esta grandeza no se limitaba a descubrir mundos nuevos, o a conquistar los ya conocidos, sino que se manifestaba también, fecundamente, en su poder creador lingüístico. El español de entonces sentía verdadera repugnancia en servirse de voces de lenguas extrañas, porque, además de no saberlas, la suya vernácula le bastaba para recorrer medio mundo y que le entendieran todos. Y cuando se veía en el trance de tener que emplear un término extranjero, lo acomodaba invariablemente al castellano, sobre todo, en las denominaciones de ciudades y pueblos. Así nacieron los nombres de Aquisgrán, de Basilea, de Brujas, de Bruselas, Colonia, Florencia, Tolosa y otros muchos más; tantos y tantos, que actualmente la R. Academia Española tiene abierto un concurso para premiar la obra en que se recojan la mayoría posible de ellas. Otras veces, contentábase el español de antaño con darlas una formación castellana graciosa y primitiva. De tales adaptaciones al español de nombres geográficos, están llenas las crónicas e historias que relatan la breve estancia de Felipe II en Inglaterra como rey y esposo de María Tudor. Estos fenómenos lingüísticos no eran esporádicos ni caprichosos, sino clara y magnífica expresión del poder creador de nuestra raza, de su fecunda vitalidad y hasta, si se quiere, del orgullo nacional, que no admitía ancas de nadie. Caímos después en nuestro predominio político, y entonces cumpliose triste y fatalmente la honda y profética predicción del primero de nuestros lexicógrafos, Antonio de Nebrija, cuando dijo: «la lengua es compañera del imperio».

Pero con estas consideraciones y recuerdos del pasado, que tampoco creo sean impertinentes y vanos, me he alejado un tanto del «popularismo», no solo como voz española y precisa, sino como una realidad viva de nuestro pueblo. La Academia dice que el folk-clorismo es la «ciencia que estudia las costumbres, tradiciones y arte populares». Paréceme que la definición es incompleta, pues, además de estas cosas, hay en él otro aspecto o elemento suyo, acaso el más importante y principal de todos, que es el saber popular, el cual se manifiesta en dos formas distintas y valiosas en grado sumo: la copla y el refrán. Pero de ambos hablaré otro día (el tema es vastísimo y sugestivo por demás) si al discreto lector que me ha seguido hasta ahora no le aburre que lo trate.

David González Ramírez

Universidad de Jaén


* Este trabajo se inscribe en el marco del proyecto de investigación «Recepción y Canon de la Literatura Española en el siglo xx» (MICINN. Plan Nacional I+D+i. FFI2013-43451-P), coordinado por José Lara Garrido (Universidad de Málaga). Agradezco a los colegas Águeda Moreno y Francisco Carriscondo que me hayan ayudado a resolver algunas cuestiones relacionadas con este trabajo; las posibles deficiencias que pueda tener, más allá del lugar común, caen sin lugar a dudas bajo mi responsabilidad.

  1. Miguel de Cervantes Saavedra, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros, edición crítica con introducción y notas por Agustín G. de Amezúa y Mayo, Madrid, Bailly-Bailliere e Hijos, 1912.

  2. A. González de Amezúa, «Anti-cervantismo», El Siglo Futuro, 6 de mayo de 1905.

  3. Hasta el momento de su ingreso en la RAE, Amezúa publicó en esta Sociedad de Bibliófilos la Epístola a Don Francisco R. de Uhagón, Marqués de Laurencín, secretario de la misma sociedad (1920), una carta con la que intentó remediar la caída en picado de la Sociedad y en la que proponía un plan de regeneración, que fue aceptado con tal de evitar la extinción que parecía el fin irremediable; desde este momento, se abrió una nueva etapa, que el mismo Amezúa se encargó de inaugurar con la edición de Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso de Juan Rufo (1923). Resulta muy interesante para calibrar estos avatares la entrevista que Amezúa concedió a La Gaceta Literaria en 1927, «La Sociedad de Bibliófilos Españoles», ii, 27, 1 de febrero de 1928, págs. 1-2. Muy posteriormente, continuó rescatando algunas obras clásicas del Siglo de Oro para esta fundación, como el Jardín de flores curiosas de Antonio de Torquemada (1943), el Tratado de las supersticiones y hechicería de Martín de Castañeda (1946), la colección de novelas de Juan Pérez de Montalbán Sucesos y prodigios de amor (1949) y la Agricultura de jardines de Gregorio de los Ríos (1951).

  4. A. González de Amezúa, Formación y elementos de la novela cortesana, Madrid, Tipografía de Archivos, 1929. Este discurso estaba en un principio ideado para formar parte de la introducción de la edición de una novela de Salas Barbadillo que nunca llegó a ver la luz. De sus lecturas de novelas del siglo xvii surgió un nutridísimo volumen de papeletas (casi ) que sus herederos legaron a la Real Academia, donde hoy se depositan y pueden consultarse.

  5. A. González de Amezúa, «Mi 18 de julio de 1936», La Vanguardia Española, 18 de julio de 1954. Sobre la Casa de Lope de Vega se han publicado numerosos escritos de carácter informativo. Me permito destacar aquí uno de C. Jiménez Sanz (que ha sido probablemente quien más ha trabajado en los últimos años por descubrir detalles de la casa de Lope), en el que se aglutina la bibliografía más relevante en torno a este tema: «El Museo Lope de Vega cumple 75 años (1935-2010)», en ICOM Digital España, 1, 2010, págs. 28-35 [http://www.icom-ce.org/recursos/ICOM_CE_Digital/01/ICOMCEDigital01.pdf En línea. Fecha de consulta: 3 de octubre de 2015].

  6. Los cuatro volúmenes del Epistolario de Lope de Vega Carpio se publicaron en diferentes casas editoriales de Madrid. Aunque Amezúa tenía la esperanza de ver publicado el primer tomo en 1927, hubo de esperar hasta 1935 para verlo en letra de molde, salido de la Tipografía de Archivos; en 1940 se retomó el proyecto y el siguiente volumen apareció en Escelicer; los dos últimos fueron editados por las prensas de Artes Gráficas «Aldus», en 1941 y 1943 respectivamente.

  7. Fundado en 1941 y reconocido por el Ministerio de Educación Nacional, en el documento oficial publicado («Un Centro de Estudios sobre Lope de Vega», Revista nacional de educación, 1941, 11, págs. 109-111) y firmado por Ibáñez Martín se designaban las competencias directivas del Centro, se mostraba un compromiso por sostener sus presupuestos y se definía la «misión literaria» que este debía emprender: «Reconstituir la librería del gran poeta» con «todas las obras que [] poseyó en vida»; crear «una biblioteca especialista lupiana»; «continuar la publicación [] de las obras completas de Lope de Vega» iniciada por Menéndez Pelayo; «contribuir a la vulgarización» de su «obra literaria»; «fundar una revista» con artículos dedicados a Lope y en la que se recogiese «toda la bibliografía referente a la literatura dramática española»; «abrir certámenes y concursos sobre temas relacionados» con el autor de La Dorotea; y finalmente secundar todos los «trabajos o publicaciones que contribuyan al mejor y más profundo conocimiento» de su vida y obra. Sin embargo, lo que prometía ser un gran proyecto cultural se redujo a una parte minúscula de lo prometido, pues según mis calicatas tan solo se llegó a publicar el opúsculo del propio Amezúa Una colección manuscrita y desconocida de comedias (1944), la edición de El castigo sin venganza cuidada por J. de Entrambasaguas (1944) y el Ensayo de una bibliografía de las obras y artículos sobre la vida y escritos de Lope de Vega Carpio de J. Simón Díaz y J. de J. Prades (1955).

  8. Sobre la labor de Amezúa durante los años de la Guerra Civil, véase las notas aportadas por H. Thomas en su artículo «Los triunfos de la Academia en la España del siglo xx», en J. M. Sánchez Ron y C. Iglesias, La lengua y la palabra. Trescientos años de la Real Academia española, Madrid, Real Academia Española, 2013, págs. 189-192.

  9. A. González de Amezúa, «El Congreso de Academias», La Vanguardia Española, 19 de mayo de 1956. Sobre el origen y progreso de esta Asociación y sus congresos, es preciso atender a dos trabajos recientes que abordan complementariamente los primeros pasos de esta institución: H. López Morales, «La Asociación de Academias de la Lengua española», en J. M. Sánchez Ron y C. Iglesias, op. cit., págs. 145-150, y V. García de la Concha, «Nace la Asociación de Academias de la lengua españolas», en su monografía La Real Academia Española. Vida e historia, Madrid, Espasa, 2014, págs. 301-312. Al clausurarse el I Congreso, según el documento que extracta García de la Concha, se leyó en la sesión final un «elogio y agradecimiento unánime por la labor de don Agustín González de Amezúa», en el que se decía, entre otras cosas, que el académico español había sabido ver «con meridiana claridad los problemas que en materia de lenguaje han surgido en los países americanos, y con plausible amplitud de criterio ha procurado que ellos sean resueltos con un amplio espíritu de concordia y conjuntamente por la Real Academia []. Al agradecer, pues, a la Real Academia el nombramiento de tan ilustre representante, la Comisión agradece a este también su admirable cooperación para llevar adelante los altos fines del Primer Congreso de Academias de la Lengua Española», op. cit., pág. 309.

  10. A. González de Amezúa, «La vida académica», La Vanguardia Española, 1 de enero de 1953.

  11. Actualmente preparo la edición de estos artículos, que he reunido junto a otros escritos sueltos de carácter parejo y que corren el riesgo de quedar sepultados en las páginas de diarios poco accesibles en algunos casos; el volumen aparecerá próximamente en los anejos de Analecta Malacitana. La bibliografía completa de Amezúa puede ahora consultarse en mi trabajo «Trayectoria bibliográfica de un estudioso del Siglo de Oro: Agustín G. de Amezúa y Mayo», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, lxxxvii, 2011, págs. 221-240.

  12. En adelante, al citar los artículos de Amezúa en torno a cuestiones lexicológicas, evitaré remitir en nota al pie a sus fuentes, todas editadas en este trabajo.

  13. B. J. Feijoo, «Paralelo de las lenguas castellana y francesa», en Teatro crítico universal, i (Discurso xv), 1726 [En línea: http://www.filosofia.org/bjf/bjft115.htm. Fecha de consulta: 15 de enero de 2016].

  14. A partir de un texto de crítica lexicográfica de Unamuno sobre una obra de Ricardo Palma (Dos mil setecientas voces que hacen falta en el Diccionario académico, 1903), F. M. Carriscondo Esquivel ha analizado la aportación neológica del autor de Niebla en su estudio «La crítica lexicográfica y la labor neológica de Miguel de Unamuno (a la luz de los comentarios de Ricardo Palma)», Cuadernos de la cátedra de Miguel de Unamuno, 40, 2005, págs. 13-29. Las palabras entresacadas pertenecen a la pág. 19.

  15. En realidad Amezúa partía de una definición no totalmente exacta del lema ‘folklore’ (que en 1936 se definía como «Ciencia que estudia estas materias [tradiciones, creencias y costumbres de las clases populares]»), pues ‘folclorismo’ (admitido también como ‘folklorismo’) no aparece en ninguno de los diccionarios de NTLLE, aunque sí está registrado en la edición vigente.

  16. Con el término ‘marrón’ se designaba –y así podemos localizarlo en textos del Siglo de Oro– a la «piedra con que se juega al marro»; entre los coetáneos de Amezúa se extendió el uso de esta voz con el mismo sentido en el que hoy la empleamos y que ya registró la Real Academia: «Galicismo por castaño, de color de castaña».

  17. De este término también la RAE, desde 1983, admitió la pronunciación llana y así es como está extendida en el español peninsular. En América, sin embargo, sí es más frecuente oír la forma aguda de esta voz, por lo que nuestro diccionario actual admite el doblete.

  18. ‘Copetín’ en cambio tarda más en introducirse en el diccionario; no lo hace hasta 1970, y siempre advirtiendo que es voz usada en América (con el significado de «aperitivo, trago de licor») y en Argentina (como sinónimo de ‘coctel’).

  19. La difusión de los medios de comunicación y principalmente el efecto globalizador de internet permiten que los hablantes estén en permanente contacto con términos de diferentes lenguas, especialmente del inglés, y las filtren en demasiadas ocasiones a troche y moche. La Academia es más reservada a la hora de convertir tales voces extranjeras en palabras propias.

  20. Rafael Rodríguez Marín, «Los neologismos en el DRAE», en E. Tomás Montoro del Arco y R. Almela Pérez (coords.), Neologismo y morfología, Universidad de Murcia, 2008, págs. 107-119. Resulta sumamente ilustrativo este trabajo, en el que se atiende a los diferentes criterios adoptados por la Academia a lo largo de su historia en torno a los neologismos. Por su parte, la creación del Diccionario panhispánico de dudas ha surgido como un instrumento utilísimo para poner en cuarentena aquellos neologismos que aún no estén consagrados en nuestro idioma y contentar a los dos sectores enfrentados que guardan opiniones diferentes sobre este particular (a aquellos que quieren reservar nuestro diccionario del contagio de tales términos se les da el placer de no verlos recogidos inmediatamente, mientras que a los que le reprochan a la Academia su lentitud por insertarlos tan tardíamente, se les acalla haciéndoles entender que el término está siendo considerado y que en el debate abierto es la sociedad, con su admisión o rechazo, quien sanciona). En relación a este planteamiento, recientemente la Academia acaba de presentar una publicación electrónica, Boletín de Información Lingüística de la Real Academia Española (BILRAE), cuyo espíritu está fundado en recoger periódicamente «informes y artículos relacionados con el buen uso de la lengua española en distintos ámbitos de la sociedad». A través de este proyecto electrónico la Real Academia ha querido crear un espacio de reflexión y diálogo en el que sus miembros puedan opinar sobre el estado actual de la lengua. El número de marzo de 2013 ha sido dedicado precisamente a los Tecnicismos, neologismos y extranjerismos en el español.

  21. Para valorar las fluctuaciones de unos y otros en el diccionario, téngase en cuenta los trabajos de A. Pedrero González, «Tipología de los anglicismos léxicos en el DRAE: del extranjerismo al préstamo y del préstamo al extranjerismo», en P. Cano López (coord.), Actas del VI Congreso de Lingüística General, ii, 2, 2007, págs. 2677-2688, y de D. Corbella Díaz y A. María Real Cairós, «Los galicismos en la última edición del DRAE», en A. Delgado (coord.), Asociación de Profesores de Francés de la Universidad Española. IV Coloquio: Centenario de François Rabelais, 1997, págs. 211-218.

  22. M. Alvar, «Los diccionarios académicos y el problema de los neologismos», en El neologismo necesario, Madrid, Fundación EFE, 1992, págs. 51-70. Reflejo de este crecimiento es que la actual versión de nuestro repertorio académico tiene incorporados más del doble de artículos que el Diccionario de Autoridades (1726-1739), que sobrepasaba mínimamente los . Una muestra de la tendencia aperturista que actualmente defiende la Academia es la creación de la Unidad Interactiva del DRAE en la que reciben sugerencias y propuestas de todos los campos, principalmente del científico y tecnológico.

  23. C. Garriga Escribano y F. Rodríguez Ortiz, «1925-1927 del Diccionario usual y del Diccionario manual», Boletín de la Real Academia Española, lxxxvii, 296, 2007, págs. 239-317; las citas se encuentran en la pág. 295 y n. 118. Es muy sugerente también la lectura de otro artículo de los mismos autores: «Notas al Diccionario manual e ilustrado de la lengua española (RAE, 1927)», en D. Azorín Fernández (dir.), El diccionario como puente entre las lenguas y culturas del mundo. Actas del II Congreso Internacional de Lexicografía Hispánica, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, págs. 96-105 [En línea: http://www.cervantesvirtual.com/obra/notas-al-diccionario-manual-e-ilustrado-de-la-lengua-espaola--rae-1927-0/. Fecha de consulta: 15 de enero de 2016].

  24. Me refiero a dos libros en los que reunió, poco después del fallecimiento de Amezúa, un buen manojo de artículos que había publicado en diarios de tirada nacional como Abc o La Nación: Cosas del lenguaje. Etimología, lexicología, semántica, Madrid, Espasa-Calpe, 1961, y Novedades en el Diccionario académico: la academia española trabaja, Madrid, Aguilar, 1963.

  25. Soledad. Las tres crisis del hombre. La amistad, Valencia, Castalia, 1953.

  26. Los artículos han sido acomodados a las normas ortográficas actuales, y cuando he tenido que intervenir para corregir alguna errata o para revisar cierta puntuación que no respetaba el sentido oracional, lo he hecho sin previo aviso. Salvo estas mínimas y puntuales –pero sin embargo exigidas– intervenciones, la edición de los textos respeta stricto sensu los originales.

  27. ABC, 14 de junio de 1949.

  28. ABC, 17 de enero de 1950.

  29. ABC, 30 de abril de 1950.

  30. La Vanguardia Española, 29 de octubre de 1950.

  31. ABC, 10 de febrero de 1953.

  32. La Vanguardia Española, 12 de agosto de 1953.

  33. La Vanguardia Española, 26 de agosto de 1953.

  34. La Vanguardia Española, 20 de agosto de 1954.

Enlaces entrantes

  • No hay ningún enlace entrante.


Edición impresa: ISSN 210-4822
Edición en línea: ISSN 2445-0898
http://revistas.rae.es/brae
 
© Real Academia Española. Aviso legal - Política de cookies - OJS y otros