Francisco Umbral: discurso antinacionalista

FRANCISCO UMBRAL: DISCURSO ANTINACIONALISTA


Boletín de la Real Academia Española
[BRAE · Tomo XCVIII · Cuaderno CCCXVII · Julio-Diciembre de 2018]
http://revistas.rae.es/brae/article/view/152

Resumen: De la literatura de Francisco Umbral (1932-2007) se ha destacado con frecuencia su marcado carácter poético. Además, fue un escritor provocador, e hizo de ello un aspecto intrínseco de su estética, hasta el punto de jactarse de que la calumnia y el insulto eran su género literario propio. Entre lo lírico y lo provocador, aquí se van a analizar sus ataques contra los nacionalismos (dentro y fuera de España), en parte como introducción a su pensamiento político, de base izquierdista, pero sobre todo en lo que tiene que ver con su discurso, en dos sentidos: desde el punto de vista de los argumentos usados en sus ataques y remarcando especialmente la literariedad de ese discurso.

Palabras clave: Francisco Umbral; discurso; literalidad; nacionalismo; pensamiento político.

FRANCISCO UMBRAL: ANTINATIONALIST DISCOURSE

Abstract: It has often been pointed out that Francisco Umbral’s literature (1932-2007) is highly poetic. Also, as a writer, he was the sort of agitator that was proud of it and used it as an intrinsic part of his aesthetics, so that he purposely vindicated slander and insult as his idiosyncratic literary genre. Analysing lyricism and agitation, this article will address his attacks against nationalism (in Spain and other countries), partly as an introduction to his political ideas, left-wing based, but mostly in what has to do with his discourse, from two different points of view – both for the arguments used in his attacks and, most particularly, for the literariness of that discourse.

Keywords: Francisco Umbral; discourse; literariness; nationalism; political ideas.


Francisco Umbral (Madrid, 1932-2007) es uno de esos escritores que casi no requieren presentación. En parte, ello se debe a lo prolífico de su obra, con más de cien libros publicados, según la Fundación Francisco Umbral1, y con el abrumador afán de publicar un artículo periodístico al día, cuando no más, en medios de tanta repercusión como El País y El Mundo. Es fácil, pues, suponer que sus textos los leyeran incluso quienes no son lectores habituales de ningún tipo de escritura, siquiera fuera por casualidad y hasta sin querer. Además, Umbral fue un personaje público al pie del cañón, a través de la radio (donde comenzó su carrera2) y de la televisión (a pesar del «teleasco» que le profesaba3), de modo que incluso quienes no hayan leído su obra en absoluto podrán recordar vívidamente al autor. No en balde, Umbral se cuidó de que así fuera, gracias a una «estética de la provocación», según la expresión acuñada por François Pierré4. Cómo olvidar su intervención en el programa Queremos saber de Antena 3, con una Mercedes Milá ojiplática ante el grito de: «yo he venido aquí a hablar de mi libro»5.

La provocación en Umbral era una parte esencial de su forma de hacer literatura y hasta se puede hablar de que era para él un «recurso estilístico»6. También es característico en su quehacer literario el marcado tono lírico y/o poético de su prosa; por ejemplo, Miguel García Posada ha estudiado «El fenómeno poético en Francisco Umbral»7. De este modo, lirismo y provocación permean toda la obra de Umbral, entremezclándose con destreza. Por eso, entre sus maestros más admirados están tres autores que conjugaron genialmente lo satírico y mordaz con la belleza lírica:

Quevedo, Larra, Ramón Gómez de la Serna. De entre toda la literatura madrileña, copiosa, revuelta, caliente, habladora, esos tres nombres. Quevedo es el arrebato; Larra, la lucidez; Ramón, el lirismo. Con arrebato, lucidez y lirismo quisiéramos escribir, haber escrito de Madrid. Quevedescamente, larranianamente, ramonianamente.8

Así, lo que suele hacer Umbral es darle a su prosa un marcado tono poético, pero interrumpiéndolo de improviso con expresiones coloquiales, provocadoras e incluso soeces. Valga un ejemplo de Mortal y rosa (1975), su libro más importante y, también, el que más a menudo se define como poema en prosa. Después de una metafórica presentación del dormir como bosque/selva, se permite Umbral el exabrupto inesperado:

Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente contemplando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud.9

Algo parecido logra Umbral con la creación ingeniosa de neologismos. Era conocida su excéntrica manía de tirar a la piscina de su casa los libros que le parecían malos, como muestra clarísima de su actitud provocadora. En el siguiente caso, habla de ello con un lenguaje que está entre el lirismo y el neologismo zahiriente: «en el fondo de mi piscina duermen hoy, bajo las nieves de febrero, los angloaburridos y los neobercianos»10. Umbral, primero, presenta la escena líricamente, en este caso con una hermosa prosopopeya, a partir del verbo dormir, y con una fina sinestesia, gracias a la nieve. Luego, desprecia, de dos plumazos, tanto la literatura extranjera dominada por el inglés, como la redomadamente localista, a través de dos términos inventados que, de tan ingeniosos, a pesar de despectivos, no dejan de tener su ingrediente estético.

Junto a los escritores, Umbral atacaba a cuantos personajes públicos se le cruzaban, especialmente a los políticos, dada su pasión por la política: «la literatura, el sexo y la política son los flamantes colores, luces y sombras que resaltan y perfilan el esbozo de su vida, como temas obsesivos y pasiones arraigadas»11. Por ejemplo, en su artículo «Antología de tontas», de título suficientemente ilustrativo, Umbral mamporrera a mujeres políticas de derechas y de izquierdas, y, entre ellas, a Isabel Tocino: «la fraguista Tocino es tonta de Serrano, tonta/lotusse, tonta/Opel Vectra, tonta último modelo»12. El uso de la barra (/) es muy característico de la prosa umbraliana, como asalto provocador a las convenciones tipográficas, ya que, según el Diccionario panhispánico de dudas, es un ‘signo ortográfico auxiliar’ para expresiones muy puntuales.13 Umbral tiende a usarlo con funciones literarias, y aquí sirve para afianzar el carácter humorístico de su insulto, aunque sin renunciar a estructuras retóricas tradicionales, como la repetición anafórica de tonta, seguida de diferentes imágenes descriptivas. La estrategia recuerda a la sátira de Quevedo contra Góngora, con un érase anafórico y la nariz machaconamente repetida con diferentes imágenes: “érase el espolón de una galera, / érase una pirámide de Egipto, / los doce tribus de narices era”14.

Por lo agresivo de los insultos de Umbral, no es sorprendente que buena parte de los lectores se sintiera «ofendida por los dicterios de este virtuoso de la mala educación, este pugnaz apologista de la calumnia y del insulto», según Javier Mayoral15. Pero Umbral, cuando se le criticaba por estas cosas, en un alarde de provocar dentro de la provocación, solía responder que: «uno ha hecho de la calumnia y la injuria reiterada su género literario [] yo soy calumniador/injuriador nato. Es mi género»16.

Entre la provocación y el escándalo, entre la calumnia y el insulto, aquí se va a analizar el discurso antinacionalista de Umbral, en dos sentidos. Según la cuarta acepción del DLE, discurso se refiere a la dimensión formal de las ‘palabras y frases empleadas’, por lo que se estudiará la dimensión literaria de su prosa, entre la sátira y el lirismo. Además, atendiendo a la acepción de discurso como razonamiento argumentativo sobre un tema, se va a prestar atención a las ideas de Umbral contra el nacionalismo, o, para ser más preciso, los nacionalismos. Y es que, como se verá, Umbral fue contrario a todos los tipos de nacionalismo, desde postulados de izquierda.

No hay espacio ni justificación en un artículo filológico como este para hacer un retrato exhaustivo de las ideas políticas de Umbral, como tampoco para aportar bibliografía crítica sobre politología (socialismo, liberalismo, democracia, nacionalismo, identidad nacional, etc.). En todo caso, del pensamiento político de Umbral espero poder encargarme en el futuro, con la extensión apropiada del formato libro. Así que basten por ahora unas breves pinceladas sobre las ideas políticas de Umbral, limitadas sin más academicismos a sus propias palabras, como soporte para el análisis de las razones y formas con las que arremete contra los nacionalismos.

Contra el nacionalismo, por convicción de izquierdas

Hacia el final de su carrera, Umbral se había granjeado fama de intelectual de derechas, no solo por lo polémico de sus opiniones, sino por publicarlas en El Mundo, periódico considerado de centro-derecha. Por ejemplo, cuando se le concedió el Premio Cervantes en 2000, Juan Goytisolo tronó con ácida ironía contra «¡El autoproclamado escritor de izquierdas, e incluso rojo []17. O sea que, para Goytisolo, Umbral, a pesar de lo que él mismo sostenía, no era realmente un escritor de izquierdas.

Ahora bien, Umbral siempre fue fiel a una interpretación marxista de la sociedad. En los 70, con la sutileza de escribir entre líneas para sortear la censura, señalaba: «El capitalismo, dejado a su libre juego devorador y estúpido, como en este país, puede llegar a despedazar la vida, a ensombrecer la luz y a devorarse a sí mismo, como ya viera el otro, pero con un apetito que nadie hubiera podido prever»18. Aquí, «como ya viera el otro» pasa por frase idiomática característica del habla coloquial en muchas zonas de España, pero es evidente que encierra una referencia a Karl Marx, con su teoría del fin del capitalismo por sus contradicciones internas. Años más tarde, en 2001, todavía diagnosticaba Umbral la injusticia social con Marx de referente, ahora de manera explícita: «Mira, hay una cosa que subsiste (a ver si consigo que te aclares) que era fundamental para Marx: la explotación del hombre por el hombre»19.

Umbral solía defenderse de las críticas (como las de Goytisolo) sobre su posicionamiento ideológico con el argumento de que él era marxista de verdad, como implícitamente hace en su artículo «La hoz y la pizza». Valiéndose de rasgos de su estilo propio, Umbral critica el tipo de Estado de Bienestar pergeñado por el capitalismo, ya que lo considera un mero sucedáneo de justicia social basado en el consumismo. Para ilustrarlo, pone el ejemplo de la caída y transformación de la URSS: «Gorbachov anuncia pizzas en la televisión rusa. [] Se empieza renunciando a la hoz, empeñando el martillo, y se acaba uno convirtiendo en un spot publicitario de nuestras nauseabundas televisiones». Por eso, en España, arremete contra los «ex/socialdemócratas» (en referencia al PSOE de Felipe González), así como contra «liberales, democristianos, opusdeístas [] y otanistas», por aceptar este sistema. Solo con un prefijo (ex-), logra Umbral que en una palabra palpite con fuerza su acusación de que el PSOE, por su connivencia con el sistema, ha renunciado al socialismo de sus siglas. Y lo hace con la barra que tanto caracteriza su estilo, no normativa, claramente, para este uso, pero que sirve para remarcar la barrera que separa al partido con respecto de la ideología que debería defender. Asimismo, Umbral acuña neologismos para criticar a otras entidades religiosas y políticas que apoyan el consumismo capitalista (según su parecer, por naturaleza propia), como el Opus Dei y la OTAN. Por lo que respecta a su retrato de Gorbachov, Umbral se vale de la poeticidad satírica propia de un juego de palabras, hablando no ya de renunciar, sino de empeñar los ideales comunistas, simbolizados por la hoz y el martillo. Empeñar es una práctica usurera, aquí asociada con el capitalismo, que le permite a Umbral engarzar con la labor publicitaria a la que se ha vendido el líder soviético. Y ello, con una trasposición metonímica: por su participación en la campaña, Gorbachov es el spot publicitario. Por el contrario, se alaba a Julio Anguita, coordinador general en ese momento de la coalición Izquierda Unida en España, por su defensa del socialismo real: «El núcleo central de IU no parece decidido a promocionar la gran pizza de la sociedad de consumo para después de misa. Julio Anguita antes se retirará a Córdoba a meditar en la mezquita que pactar con el macdonalismo político de la pizza ideológica urgente y mala»20. Habiendo insistido de diferentes modos en el anuncio de la pizza a lo largo del artículo, en este final Umbral lo convierte, con hipérbole incluida, en símbolo del consumismo (la gran pizza), y defiende la integridad de Anguita a través de otro neologismo, en este caso a partir del nombre de la cadena de restaurantes de comida rápida McDonald’s.

Si marxista, Umbral también fue un demócrata convencido: «A eso se le llama democracia. Un pacto Pueblo-Estado que se está renovando siempre, que se está corrigiendo a sí mismo mediante la libertad de expresión y la emisión de votos»21. Por eso, según Umbral, el caso de la URSS nos enseña, además, «que el marxismo no debe convertirse en un sistema militarista, policíaco»22. Es por razones como esta por lo que Umbral frecuentemente desestima como fracasos los diferentes intentos de socialismo ofrecidos por la historia, como el mismo caso de la URSS: «Aquello estaba acabado porque era la herencia del stalinismo y Stalin fue un dictador como Hitler, mató mucha gente. No, no tiene nada que ver con el marxismo»23.

Umbral utiliza argumentos similares para atacar a los nacionalismos. En un artículo de título significativo, «Los “nazionalismos”» (que, por su z, reengancha con la práctica de neologismos satíricos, en este caso por fusionar lúdicamente nazi y nacionalismo), recuerda Umbral que «“nazi” viene de “nacionalsocialismo”, o sea fascismo []. El nacionalismo provoca sentimientos identitarios que si se ponen incandescentes llevan al fascismo». Asimismo, hace notar que «cuando Stalin se pronunció por el comunismo para un solo país, Rusia, [] el comunismo se había convertido en fascismo por la vía nacionalista». Y es que, para Umbral, por el contrario: «Los socialismos eran internacionalistas y antiestatalistas (Estado provisional con vistas a la desaparición del Estado)». Así, Umbral reflexiona:

Pero el georgiano [Stalin], con Estado fuerte y permanente y con la revolución inexportable, creaba un fascismo blanco (blanco sólo por la nieve) que es el que a la larga ha acabado con Rusia. Los hongos nacionalistas, que ignoran la Historia o la leen a su manera, van entrando en el vértigo nación/patria/raza, lengua/agravio/venganza.24

El ataque contra los nacionalismos es claro aquí por el insulto vegetal de los hongos, con el que Umbral sugiere que son una plaga que crece rápidamente y que se repite, como también se repiten los conceptos que enumera mediante (de nuevo) el uso de la barra. No queda tan claro, empero, lo que quiere decir Umbral con el adjetivo blanco, aunque parece referirse a la pretensión de Stalin de hacer un nacionalismo bueno, gracias al traje aparente del proletariado. Sea lo que sea, Umbral lo desmiente, con una lírica ironía, al reducir sinestésicamente esa presunta bondad al color de la nieve, que caracteriza a Rusia. Y es que, para Umbral, no puede haber nada de positivo en el nacionalismo ni en ningún tipo de reivindicación identitaria. Por ello, se mofa de la voz identitario/a, con argumentos que permiten ver su interés por los neologismos y, en particular, por hacerlos con criterio estético: «“Identitarios”, de identidad, es palabro que se han sacado los políticos. Yo lo escribí una vez, para ver cómo quedaba impreso, y parece cosa de dentistas: “identitarios”. Demasiadas “des” y demasiados dientes. No todos los neologismos valen». Como puede apreciarse, la burla se basa en la estructura fonológica de la palabra, por el predominio de dos fonemas oclusivos dentales: sordo, uno /t/; sonoro, otro /d/. Luego, explica Umbral que, en última instancia, la razón por la que ningún nacionalismo es aceptable, y mucho menos un nacionalismo de izquierdas, es que la cuestión de identidad colectiva lleva siempre a ocultar la cuestión social, asociada a la lucha de clases, en beneficio de la derecha:

Muchos de los nacionalistas no saben que están en el camino propicio al fascismo, sino que, muy al contrario, erigen mitos, marchamos y consignas de izquierdas, incluso comunistas, en dura contradicción e ignorancia de lo que el comunismo marxista postulaba: internacionalismo, expansión proletaria. Los ideales de pueblo, raza, lengua e Historia están aplazando lamentablemente los ideales de clase, lo que ya permite decir a la derecha que ha muerto la lucha de clases.25

Habla Umbral, en otro lado, de los nacionalismos como «Neofascismos», con una referencia al poema de T. S. Eliot La tierra baldía (1922). Hay que tener en cuenta que Eliot fue un escritor alineado con el conservadurismo y, en gran medida, con reivindicaciones, si no nacionalistas, sí de exaltación de sentimientos patrios26. Por eso, Umbral, aun admirando a Eliot como poeta, se vale de su obra para retomar la imagen vegetal de los nacionalismos (usada más arriba, como hongos) y criticarlos, además, por su naturaleza violenta, cuando los define como «la tierra baldía donde herborizar futuras violencias en nombre de unos mitos que tuvieron cierta vigencia en los años treinta –y hasta buena literatura–, pero hoy sólo podrían volver como destrucción del Estado democrático». Se deja ver, por tanto, el compromiso de Umbral con la democracia, y se asombra de lo absurdo del nacionalismo en pleno proceso de globalización, así como de su promoción del racismo. Para ello, va citando y comentando los mitos promovidos por la ideología nacionalista: patria, raza y lengua:

Patria. Se opta por la patria chica como respuesta a la globalización de la patria grande: miedo a la pérdida de identidad. Raza. El más desacreditado de los mitos, cuando la ciencia y el genoma acaban de decirnos que no hay razas en la humanidad, sino sólo diferencias externas. Los racistas, que no leen estas cosas, ni tampoco los antirracistas, se levantan aureolados de grandeza y anacronismo en nombre de una raza que sólo es un abuelo. Lengua. Nadie habría profetizado que en el Tercer Milenio alguien/nadie iba a luchar y morir o matar por un dialecto enemigo de los grandes idiomas que ahí siguen, como galeones, cargados de oro y de Shakespeare, de barroco y de Cervantes, de finesse y de Voltaire, de latines y virgilios, de griegos y presocráticos, de gótico y de Goethe.27

Como se ve, Umbral procede del siguiente modo: cada uno de los mitos nacionalistas es categorizado en una palabra, después de la cual se ofrece un comentario. La fórmula, que denota una organización textual bien pensada, gana en literariedad si se compara con la tradición. Además de las evidentes referencias a escritores clásicos, puede no ser aventurado suponer que hay ecos de la emblemática del Siglo de Oro, si no en el lenguaje, al menos sí como modelo retórico de estructuración textual.

Un emblema era una composición artística para transmitir un pensamiento, una enseñanza o una moraleja, mediante la combinación de una imagen y un texto que lo comentaba, de modo que texto e imagen se enriquecían mutuamente. El autor más representativo fue Andrea Alciato. He aquí un ejemplo:

imagen de un emblema de Alciato

Se trata de uno de Los emblemas de Alciato, en una edición traducida al castellano de 1549, disponible en la Biblioteca Digital del Siglo de Oro (BIDISO). Los emblemas solían estar encabezados por el llamado mote, frecuentemente una frase, aunque en ocasiones era meramente un sintagma nominal, como en este caso: “La envidia”. Los textos que comentaban la imagen solían estar en verso, como ocurre aquí (según la transcripción, adaptada a la ortografía actual, de BIDISO): “Por declarar la envidia y sus enojos / pintaron una vieja que comía / víboras, y con mal contino de ojos. / Su propio corazón muerde a porfía / y lleva un palo en la mano de abrojos / que le punzan las manos noche y día” 28.

Es verdad que en el texto de Umbral no hay imágenes, pero las tres palabras que epitomizan los mitos nacionalistas (patria, raza y lengua) equivalen a los motes de los emblemas. Así, es posible desmembrar el texto de Umbral en tres partes, cada una de las cuales funcionaría como un emblema: una palabra/mito nacionalista, equivalente al mote (aunque sin imagen), más un texto que lo comenta. En el siguiente esquema, se reorganiza el texto de Umbral en vertical, para resaltar con más claridad la semejanza:

PatriaRazaLengua
Se opta por la patria chica como respuesta a la globalización de la patria grande [...]. El más desacreditado de los mitos, cuando la ciencia y el genoma acaban de decirnos que [...]. Nadie habría profetizado que en el Tercer Milenio alguien/nadie iba a luchar y morir [...].

Hay que reconocer que, a diferencia de los emblemas, no está en verso ninguno de los tres comentarios con los que Umbral desarrolla cada uno de los mitos nacionalistas. Ahora bien, sí hay una clara voluntad de estilo, con ese uso tan personal de la barra (cuando escribe «alguien/nadie»), y, en todo caso, poseen un marcado tono poético. Ahí está la prosopopeya de las lenguas, que luchan, mueren y matan, y que son comparadas con galeones que transportan sinestéticamente el brillo (oro) de la cultura. Por cierto, hablar de galeones, como también de Shakespeare y Cervantes, puede no ser coincidencia, cuando estamos contrastando este texto de Umbral con literatura de los siglos xvi y xvii. Claro que, para la poeticidad de los comentarios de Umbral, el modelo más cercano no es el áureo, sino la literatura de vanguardia, en particular Gómez de la Serna, uno de sus autores admirados. Por ejemplo, Umbral escribe de los racistas que «se levantan aureolados de grandeza y anacronismo en nombre de una raza que sólo es un abuelo». Resuenan aquí greguerías ramonianas como esta: «El náufrago sale convertido en un mendigo al que regalaron un traje que le viene grande»29.

A todas luces, no puede trazarse un paralelismo perfecto entre los emblemas áureos y el fragmento citado de Umbral. Además, faltaría mostrar que Umbral leyó ese tipo de literatura y que, por tanto, pudo influirle (aunque, siendo el lector voraz que fue, no es inverosímil). Sin embargo, el paralelismo no deja de ser interesante. Haya o no influencia, el contraste con la emblemática permite ver que el texto de Umbral está sometido a un trabajo de composición retórica. Es esto lo que contribuye a la literariedad de su ataque, junto a otros aspectos más evidentes, como las referencias explícitas a algunos escritores o los ecos greguerescos de algunas descripciones.

En otro índice de cosas, Umbral, en España como invento, como el propio título indica, ataca a los nacionalismos porque: «Toda nación es un invento jurídico legítimo a partir de la ilegitimad originaria de la cartografía e incluso del planetario. Si está sin justificar el Universo (que ni siquiera sé si se merece esta mayúscula), ¿cómo va a estar justificado un pequeño país?»30. Umbral vuelve a echar mano de prácticas retóricas no poco conocidas, como la modestia, cuando se lamenta de no saber si es necesario el uso de mayúsculas, o la tradicional pregunta retórica, logrando así un marcado tono humorístico. En otro lado, la idea de que la nación es un invento se apoya en y se extiende a la Historia en general: «La Historia no existe: es una creación cultural como la novela o la geometría». Umbral reconoce que toda historia tiene cierto carácter sagrado, «porque es una manera que el hombre ha tenido de descifrar el tiempo, o al menos de cifrarlo», y, por eso, debemos asumirla, porque: «Nuestra historia nos explica». A pesar de ello, la Historia, «como el Misterio de la Santísima Trinidad o la Dormición de la Virgen», es solo «una suposición», y, aunque nos explica: «Hay que conservar la Historia sin ser conservador». Es decir, Umbral considera que la Historia, a diferencia de la religión, ofrece una «hipótesis racional», pero debe ser aceptada sin intransigencias, porque, en última instancia, como la religión y a pesar de su mayor racionalidad, es un relato construido por el ser humano sobre retazos del pasado:

Lo que hay son unos fragmentos de pasado, unos jirones de vidas lejanas o cercanas, unas ruinas de tiempo o del tiempo, y hasta alguna ruina arqueológica. Con todo eso, una civilización reconstruye las anteriores, un país se escribe a sí mismo, unos especialistas –los historiadores, sí– le ponen argumento a todo eso, le fabrican asunto, lo urden y le dan sentido.31

Tal vez hay aquí una referencia implícita a Jorge Luis Borges, a quien tanto admiraba Umbral32, por su cuento «Las ruinas circulares» (recogido en el libro Ficciones de 1944). Y es que, como en las hermosas metáforas usadas por Umbral para describir el pasado, el relato del argentino incluye la palabra ruinas en el título y habla de «jirones de fuego» en las últimas líneas33. Además, el tema que plantea Borges en su cuento es, entre otros, el del tiempo como «la imagen ilusoria de la eternidad, una imagen que se repite, fragmentada continuamente por el olvido»34. De manera parecida, en su descripción de la Historia, Umbral habla de fragmentos del pasado. Sobre esta premisa, el relato que resulta es, como la religión, «humo». De ahí el ataque contra los nacionalismos: «La Historia no tiene la entidad tectónica y corpórea que quieren adjudicarle los nacionalistas»35. De este modo, junto a la presunta referencia a Borges, la literariedad se refuerza por una antítesis sinestética: la historia como humo, que no se puede tocar, frente a la verdad tectónica en que creen los nacionalismos.

Conviene recordar que la idea moderna de nación y, con ella, el nacionalismo hunden sus raíces en el Romanticismo36. Por eso, Umbral ridiculiza las pretensiones nacionalistas como si fueran un cuadro de costumbres atildado, con los clichés asumidos desde las revoluciones decimonónicas. Así, arremete contra «El viejo Senado, con lo que tiene de Casino belle époque, estucado de Historia, enjalbegado en oro», porque es un espacio «con el fervor mininacionalista» en el que «los viejos senadores con leontina, cabriolé y entretenida allá por los altos de Goya, le daban muchas vueltas retóricas a eso de la Patria, la Nación y otras decorativas mayúsculas». Umbral sostiene que la cuestión nacionalista sirve para aparcar los problemas sociales y enterrar la causa socialista: «La patria del obrero es su trabajo. Estas otras patrias retóricas son sólo cosa de señoritos elocuentes. Han conseguido acabar con el socialismo internacionalista y hasta con “La Internacional”». Y concluye Umbral:

Y entonces es cuando la derecha democrática y mundial, empresaria y cínica, puede ponerse otra vez a hablar de nacionalismos en sus Casinos, sus Círculos, sus Senados, sus Ministerios, sus saraos, que es un tema sutil, hipócrita y mondain para la sobremesa caníbal con champán rosa. Como si no hubiera Ruanda, como si no hubiera Haití, como si no hubiera miles, millones de parados en el mundo, y casi medio millón en España, como si no hubiera peste, como si no hubiera hambre, antropofagia, dictaduras, miedo atómico, racismo incendiario, como si no hubiera las tres plagas bíblicas del sida, la droga y el cáncer. A los paisitos les importa más su bandera, un percal, que la realidad humana del mundo, donde los perros comen vomitona de niño muerto.37

El nacionalismo, por tanto, es una herramienta de la derecha y es, además, una frivolidad, epitomizada en el champán rosa, porque se prefiere hablar de banderas, y no de los problemas reales. Por eso, Umbral ofrece, por contraste, lo que, fuera del contexto del periódico, podría tomarse como un poema social en prosa. Se trata de la enumeración de desgracias mundiales, con un fuerte tono emotivo y un ritmo marcado, gracias al uso de figuras de repetición, como el asíndeton («hambre, antropofagia, dictaduras, miedo atómico, racismo incendiario») y la anáfora de la locución conjuntiva como si. Por rasgos de este tipo, no es aventurado suponer que en este fragmento hay ecos de los Hijos de la ira (1944) de Dámaso Alonso. No en vano, Umbral fue un gran admirador del 2738, mientras que los perros comiendo vómito de niño y los «miles, millones de parados en el mundo, y casi medio millón en España» se hacen eco del famoso poema de Dámaso Alonso, «Insomnio»:

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,

y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,

por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,

por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.39

Otra crítica que suele hacer Umbral en sus artículos es el carácter elitista del nacionalismo, definido como «la aristocracia de los pobres. El nacionalismo es la nobleza de los sin nobilitate». Para ello, describe el prototipo de líder nacionalista, que mueve a las masas, en comparación, poéticamente, con el Dios deseado y deseante (1948-1949), de su admirado Juan Ramón Jiménez40. En particular, se refiere a Slobodan Milošević, en el contexto del genocidio por él orquestado en la antigua Yugoslavia en la década de 1990, y reflexiona Umbral, entre filosófico y lírico, que:

El tirano es un dios deseado con el que sólo nos identificamos muriendo. Hoy, la grandeza de Milosevic sólo la tiene un cadáver. El hombre es un dios deseante porque no le basta con tener una Creación a su alcance, sino que necesita destruir la del vecino. Alguien desea ser como alguien, siempre, y alguien desea ser deseado/a.41

Umbral reafirma la relación entre nacionalismo y elitismo con otra referencia a Juan Ramón, en particular la aspiración de este de ser un poeta accesible solo a la minoría: «El nacionalismo, aunque no lo diga, es también, como el viejo poeta, una vocación de minoría selecta y unánime», con la pretensión de lograr «la depuración de otra patria más íntima, más orfeónica, más independiente y más triunfal». Sin embargo, Umbral pone de manifiesto el vacío intelectual de esta aspiración, así como su lamentable apego a la violencia. Es interesante resaltar la comparación con El coloso de Francisco de Goya, de modo que la literariedad de sus reflexiones se logra, además de con la literatura, por relación intertextual con la pintura:

El nacionalismo es un elitismo provinciano, un minoritarismo estático y un militarismo improvisado, sin la grandeza del Coloso triste. La inmensa minoría de todo nacionalismo no esconde otra cosa que una voluntad de poder renacida de las aguas estancadas y palúdicas de la monotonía provinciana. Dijo Azaña que el nacionalismo es como el dominó de Valladolid, o sea que nace del aburrimiento. Este aburrimiento se reviste con tópicos patriotísimos, sin plantearse siquiera que París o Londres no hablarán nunca el valenciano acatalanado de las Fallas.42

Aquí, el tono filosófico de las primeras líneas, con una mención a la voluntad de poder de Nietzsche, da paso al lírico, con la descripción metafórica y sinestésica de la vida de provincias como agua estancada y palúdica. Aunque hermosa, es una imagen despectiva, por lo que sirve de transición al tono satírico con que describe la estrechez intelectual del nacionalismo, como aburrimiento provinciano de dominó y Fallas. Con la misma mordacidad, Umbral ataca en otro artículo al nacionalismo por ser «palurdismo cursi» de El Bierzo (la misma localidad que le sirvió en una cita más arriba para atacar a los escritores localistas): «está entoñando por Ponferrada un nacionalismo berciano lleno de ingenuas y gloriosas pasiones revolucionarias. Todo nacionalismo exasperado acaba en bercianismo». Así, Umbral se mofa de:

un joven berciano [regionalista] que dice no saber lo que significa la bandera con leones y castillos que les han impuesto, o sea que este héroe del bercianismo, además de ignorar el alfabeto, ignora la ideografía, porque está bien claro que los leones se refieren al reino de León y los castillos al de Castilla. Y es que los nacionalismos, cuanto más pequeños y aldeanos, más pronto llevan al analfabetismo y la castañuela.

Al final, más cáustico aún, ridiculiza Umbral el aspecto violento del nacionalismo, por si es que «piensan [los bercianos] pasar a la lucha armada, como los etarras, y hacer terrorismo en Madrid con bombas de pimientos morrones y goma/2 de la huerta, matando a la gente en plan vegetariano»43.

Frente a esto, Umbral reivindica la paz sin nacionalismos, a los que ataca con ácido humor, en relación con el comunismo soviético y con EEUU:

el ciudadano postlunar, en el mundo entero, quiere al fin vivir en paz y ha descubierto la ironía: lo de los nacionalismos está muy bien, pero el caso es pasar la tarde. Pasar la vida. Y a ser posible en paz. El comunismo fue un proyecto internacionalista, pero Stalin, con el comunismo para un solo país, se cargó el invento y a la larga cayó el muro. Con la caída de este gran nacionalismo, rebrotaron, como respuesta casi botánica, los nacionalismos provincianos, que ahí están, dándole más guerra a Clinton que toda una promoción de becarias en ardor.44

Claramente, la postura de Umbral está cargada de ironía. En efecto, él prefiere la paz descrita a la violencia derivada de las reivindicaciones nacionalistas. Sin embargo, subyace también una crítica a la posmodernidad.

Como se desprende de libros suyos como Guía de la posmodernidad (1987), a Umbral le fascinó esta estética, con sus aspectos positivos y negativos. Una de las críticas que se le suele hacer a la posmodernidad es la superficialidad y hasta vacuidad del pensamiento y la cultura contemporáneas. Así lo explica Gilles Lipovetsky (a quien Umbral leyó45) de manera muy sugerente en una larga nómina de ensayos, el primero de los cuales tiene un título autoexplicativo: La era del vacío (1983). Por eso, la paz postlunar que describe Umbral, jugando con el prefijo pos(t)- de la posmodernidad, es una paz sin enjundia: «Pasar la tarde».

Además, la posmodernidad tiene que ver con el fin de los grandes relatos de pensamiento, que habían intentado dar una respuesta sistematizada de la historia y la existencia, según estudia Jean-François Lyotard en libros canónicos como La condición posmoderna: Informe sobre el saber (1979). En efecto, en el artículo anterior, Umbral (que leyó a Lyotard46) se lamenta de la «caída» de uno de estos relatos, el comunismo, tras el fin de la URSS. En este sentido, parece darle más crédito al nacionalismo soviético, porque, aunque lo critica como a todo nacionalismo y en particular por ser la causa del fin del comunismo, al menos está inserto en una narrativa con empaque: es un «gran nacionalismo». Por el contrario, los nacionalismos de nuevo cuño, a los que describe de nuevo con una imagen «botánica», son mucho más pequeños y, por ello, están solo a la altura de los cotilleos banales de la prensa rosa. Se refiere Umbral al problema de gestionar la independencia de las antiguas repúblicas soviéticas, con sus emergentes nacionalismos, durante el mandato de Bill Clinton en la Casa Blanca (1993-2001), insinuando que puede serle más complicado que el escándalo de sus relaciones con la becaria Monica Lewinsky. Es una línea de minusvaloración de los nuevos nacionalismos, por su pequeñez, que continúa Umbral en «Los pueblos sin historia», con una referencia precisamente al filósofo francés: «La gran Historia se ha hecho a costa de los pequeños pueblos, y ahora que no hay gran Historia –las Grandes Narrativas de Lyotard–, esos pueblos despiertan y erigen sus nacionalismos»47.

Para Umbral, los nacionalismos son más grotescos cuanto más pequeños. Así se puede ver en su artículo sobre «Unidad Alavesa», que sirve, por lo demás, de resumen de lo que se ha analizado hasta ahora. En efecto, se repiten aquí los problemas que Umbral le achaca a todo nacionalismo, pero sobredimensionados hasta lo histriónico, a causa de la diferenciación extrema de lo nacional en compartimentos cada vez más diminutos. Por eso, Umbral habla del enfrentamiento violento, pero implícitamente risible: «Por el camino de los segregacionismos se puede llegar hasta la guerra civil entre Pinto y Valdemoro, entre Málaga y Malagón». El nacionalismo, así concebido, «tiene más de curiosidad botánica que de rigor histórico». Umbral, pues, reutiliza la caricatura vegetal de los nacionalismos, y lo hace con una referencia que trae a la mente sus reflexiones sobre el concepto de Historia. Aunque Umbral advertía de que la Historia era tan constructo cultural como la religión, recomendaba asumirla, aun con reticencias, porque constituye una ordenación y explicación racionales del pasado. En el marco de esta racionalización, para Umbral no tiene sentido negar la evidencia histórica, máxime si ello supone un atentado contra la lógica de los tiempos modernos hacia la integración de los territorios en unidades políticas superiores: «uno piensa que las nacionalidades, las regiones, las gentes, están distribuidas hace mucho y hoy en trance de asunción hacia unidades superiores, como la Europa única». Así, aprovecha para criticar al nacionalismo por su provincianismo: «Hay una contradicción, muy de nuestro tiempo, entre la voluntad folklórica y pedánea de autoafirmación y la tendencia política, económica y ecuménica (y no estoy jugando con las palabras) de la tecnología, la informática, la ciencia y la traducción simultánea». En este sentido, pone dos ejemplos:

Tiene gracia y encanto que a la sombra de las grandes magnitudes europeas de Bruselas y Estrasburgo, una cosa tan vasca como Vitoria, una cosa tan europea como Inglaterra, sigan tejiendo el macramé local y colorista de sus singularidades y cultivando la pequeña diferencia, dentro o fuera del Mercado Común.48

La aspiración de diferenciación del Reino Unido respecto de Europa se confirmó en el referéndum de junio de 2016, en el que los británicos votaron salir de la UE. Por lo que respecta a Álava, con su capital en Vitoria, se ha considerado tradicionalmente la provincia vasca más españolista49, y, de hecho, en 1989 se fundó Unidad Alavesa, como escisión del Partido Popular, para reivindicar su españolidad, argumentando que los alavenses no son parte de Euskadi y pidiendo convertirse en un territorio independiente, con fueros semejantes a los de Navarra, dentro de España50. Para Umbral, empero, estas reivindicaciones son un empeño cerril de negación de la realidad: «La cosa tiene más encanto que realidad histórica y política». De ahí, la vinculación, de nuevo, con el romanticismo: «Son los últimos románticos de los nacionalismos, los últimos fanáticos de los localismos tan entrañables como inoperantes»51.

Dado que Umbral critica esta forma de diferencia identitaria y reivindica la convergencia de las regiones en unidades políticas superiores, podría parecer que se contenta con la homogeneización cultural propia de la globalización. Y como este es un aspecto que la izquierda suele atacar como una consecuencia nefasta del capitalismo, podría servir para confirmar que en el fondo Umbral era un intelectual de derechas. Sin embargo, Umbral esgrime sus argumentos izquierdistas habituales: «La justicia, la libertad y la democracia deben ser igual para todos, pero la maceta de la ventana, el perro y el olor del guiso está bien que sean distintos en cada casa. Lo importante es no vender la Historia común por un plato de lentejas que sepa distinto del de la vecina». O sea que Umbral, partiendo seguramente de su visión internacionalista del socialismo, reivindica ciertas causas políticas y sociales, con carácter de igualdad universal para todos, y se lamenta de que se sacrifique esto por razones de diferenciación cultural nacionalista, sobre todo cuando se trata de algo tan banal, en comparación, como el sabor de un plato gastronómico popular. Y es que Umbral no rechaza la diversidad cultural de las identidades nacionales, sino los excesos ridículos de, por ejemplo, Unidad Alavesa, «que pueden convertir España en unos coros y danzas como los de aquella Sección Femenina». Además, para Umbral, esta exaltación identitaria:

se corresponde con el culto a la privacidad y el creciente individualismo de la sociedad y de la vida. Todos vemos la misma televisión, compramos en el mismo híper, nos vestimos en el mismo «Corte Inglés», asistimos al mismo fútbol y escuchamos a la misma Madonna, pero cada uno dentro de su casa, solitario, en familia, aislado, hermético. Es la respuesta del individuo a la masificación.52

Umbral, como se ve, equipara las aspiraciones identitarias de los nacionalismos con los desmanes de la sociedad contemporánea, incluidos el individualismo y el consumismo, de modo que, bien visto, su discurso antinacionalista, lejos de ser un alegato en favor de la globalización, tiene mucho de ataque al capitalismo desenfrenado.

En todo caso, resuenan, de nuevo, las ideas de Lipovetsky sobre la posmodernidad, ya que su libro La era del vacío es un ensayo «sobre el individualismo contemporáneo», según se apunta en el subtítulo, dentro del marco del consumismo voraz. En efecto, lo que Umbral viene a decir en el fragmento citado es que triunfa hoy «la existencia a la carta»: la configuración del yo a partir de una «gama de productos expuestos en los centros comerciales e hipermercados tentaculares, en los almacenes o restaurantes especializados»53. Se trata de sentirse más uno mismo por la camiseta que mejor sienta, por el peinado que se ha decidido llevar, por el gimnasio al que se va. Sin embargo, todo esto encierra una falacia, porque, en última instancia, la consecuencia de este «individualismo no reside en una independencia soberana asocial», es decir, la diferenciación anhelada no lleva a que todos y cada uno de los ciudadanos sea realmente un individuo de idiosincrasia irrepetible, sin nada que ver con los demás. Por el contrario, como apunta Umbral, todos consumimos lo mismo. Y lo hacemos en familia, tal vez en referencia a la teoría de Lipovetsky de que se han consolidados en nuestras sociedades «ramificaciones y conexiones en colectivos con intereses miniaturizados, hiperespecializados: aprupaciones de viudos, de padres de hijos homosexuales, de alcohólicos, de tartamudos, de madres lesbianas»54. O sea que, en realidad, cada individuo siempre forma parte de un grupo con una identidad común, y es la pertenencia a ese grupo lo que paradójicamente refuerza en cada uno la sensación de que posee una identidad individual diferenciada.

Contra el nacionalismo españolista, de base franquista

Dada la oposición de Umbral a los nacionalismos desde postulados de izquierda, no es sorprendente que la primera víctima de sus ataques sea el nacionalismo español conservador, que él liga al franquismo. Como cabría esperar, estos ataques son especialmente abundantes en los artículos de los 70, todavía durante los años de la dictadura. Se trata de retratos burlescos, con los que, estando ya el régimen renqueante, Umbral contribuye a la sátira de la identidad nacional y, por tanto, a su transformación, en el proceso de Transición a la democracia.

Siguiendo la «estrategia irónica para sortear humorísticamente algunos asuntos que podrían resultar conflictivos con la censura»55, Umbral finge adoptar la visión de la España franquista para criticarla con sorna. En este sentido, varias colecciones de artículos de esta época incluyen las palabras España, español/a o nacional, como Museo nacional del mal gusto (1974), Las españolas (1974), Diario de un español cansado (1975), Suspiros de España (1975) y España cañí (1975). De un simple vistazo, la reiteración léxica pudiera parecer una exaltación del nacionalismo franquista, por semejanza con títulos de libros filofranquistas como Genio de España. Exaltaciones a una resurrección nacional y del mundo (1932), de Ernesto Giménez Caballero, Defensa de la Hispanidad (1934), de Ramiro de Maeztu, y todavía años más tarde Reflexiones sobre España (1975), de José Antonio Girón. Sin embargo, es evidente que los títulos de Umbral están cargados de ironía, por la asociación de lo español con el mal gusto y el cansancio, o al centrarse –de manera heterodoxa en el marco del nacional-catolicismo– en las españolas, y no en los españoles.

Igualmente, Umbral suele asumir irónicamente la perspectiva de un ultra, según se conocía coloquialmente a la persona de extrema derecha durante el franquismo, por esa forma de recuerdo orgulloso del pasado imperial, que palpita en el lema Plus Ultra del escudo de España, heredado de Carlos V56. Así, de «Mi amigo el ultra» señala Umbral con sorna que «ir vestido de armadura en un invierno tan cálido como éste, en que las mujeres van casi desnudas, no deja de ser un ejemplo de laconismo imperial de nuestro estilo». Y: «Mi amigo el ultra cree más bien en la aristocracia agraria, las peluconas en el desván, el oro en el calcetín y el rosario en familia, con los criados en torno, al atardecer»57.

También tienen su enjundia los ataques de Umbral a través de la tradición musical popular58. Por ejemplo, liga con ironía la zarzuela «a eso tan bonito de la unidad de los hombres y las tierras de España» y al «triunfalismo», de todo lo cual hacía gala el franquismo, por su reivindicación de unidad frente a los nacionalismos periféricos y por la pompa dada a los presuntos éxitos de sus propias políticas. Frente a estas cacareadas glorias, Umbral arremete contra el régimen, con una velada referencia a la llamada democracia orgánica, y contra la identidad nacional promovida por sus mandatarios, a través indirectamente de un análisis personal de este género musical. Y es que, lejos de ser una bonita y triunfal representación de lo español: «La zarzuela comporta una visión falsa, paternalista, superficial y tontorrona de nuestro pueblo; la zarzuela es una visión orgánica y de derechas de la realidad nacional, que no ha cambiado mucho desde los tiempos en que se escribieron las grandes zarzuelas». O sea que, según Umbral, las zarzuelas siempre han ofrecido un retrato particular de la identidad española, pero el franquismo lo ha fagocitado. Así, el éxito del género, a pesar de que queda lejos la calidad de las grandes obras de antaño, sirve como herramienta para impedir una forma real de democracia. Por eso, Umbral le da la razón irónicamente a los dirigentes franquistas: «porque un país que está tan maduro para la zarzuela, evidentemente no está maduro para la democracia»59.

En una línea semejante, Umbral grita, de nuevo con sarcasmo, «Que viva España», para atacar el nacionalismo franquista a través de la canción de Manolo Escobar (1931-2013). Umbral argumenta socarronamente que con su canción Escobar está haciendo política «constructiva, con la Giralda, la Torre del Oro, el Pilar y que viva España», o sea, perfilando una identidad nacional en torno a unos clichés. Por esta senda, llega Umbral al retrato caricaturesco de lo español, así como de las políticas franquistas que lo promovieron con el conocido eslogan de Spain is different: «Ya dijo un poeta que España es un sabor. ¿Pero un sabor a qué? Yo diría que un sabor a gambas al ajillo. Es a lo que más sabe España. El Spain is different ministerial y turístico, Escobar lo ha puesto en cristiano y verso romance». Finalmente, Umbral se queja de que el viva España es, en el fondo, una estrategia nacionalista que «tiene algo de vivan las cadenas», es decir, de inculcar en los ciudadanos un gusto por la dictadura, haciéndose eco de los vítores con los que, según la tradición popular, las gentes recibieron a Fernando VII tras la Guerra de la Independencia, como forma de apoyo al absolutismo. En todo caso, según Umbral, en un nuevo giro irónico, la canción de Escobar es autocomplaciente, porque se contenta con que: «“España es la mejor”, remata el tío». Y es que, para Umbral, ácidamente sarcástico, Escobar es «un optimista. ¿Y todos esos rojos que andan sueltos por ahí []? No hay que callarse lo malo, Escobar, oiga, que usted sólo quiere ver lo bueno: el turismo y las verbenas»60.

Umbral también se burla en los 70 de la españolidad cimentada por el franquismo en la iconografía urbana. A raíz de un «concurso para cambiar la estética, la imagen y el estilo de los estancos españoles», Umbral argumenta su rechazo sarcásticamente, señalando que en el estanco «se estanca la esencia misma de la tradición, el légamo espeso de la raza». La sonoridad de la frase y la sinestesia de lo espeso pueden parecer una alabanza. Sin embargo, ocultan la burla de la raza como lodo, mientras que el ridículo juego de palabras del estanco que se estanca (como el lodo, precisamente) socava toda pretensión de grandeza. No es, por lo demás, una burla cualquiera, sino que es posible suponer una referencia a Raza (1941), la película basada en un argumento escrito por el propio Franco (con el seudónimo de Jaime de Andrade). De este modo, lo que se caricaturiza son los valores del buen español propugnados por el franquismo. Por eso, con una ironía basada en la hipérbole, Umbral añade:

A los estancos más vale no tocarlos, como no tocamos la Giralda, la historia de España, el teatro de los Quintero o la jota. Son cosas que nacieron así, enteras y españolas, de una pieza, y sólo los historiadores de la desmitificación y la anti-España, como Américo Castro, se atrevieron a quitarles el polvo y descubrirles debajo un perfil árabe o judío.61

La forma tan exagerada en que defiende la inviolabilidad de estos iconos de identidad nacional es suficiente para comprender que Umbral no comparte este punto de vista, y en todo caso se sabe que no era en absoluto admirador del teatro de los hermanos Álvarez Quintero62. Sin embargo, finge indignarse Contra la antiEspaña (1954), por poner el título del libro de Tomas Borrás. Así que no solo satiriza Umbral la naturaleza misma de la españolidad, sino también las estrategias de propaganda del franquismo. Y es que uno de los marchamos más jaleados fue el de la existencia de una conjura de intelectuales no alineados con el régimen que, según la paranoia franquista, ponían en tela de juicio la identidad y grandeza de España con sus ideas y sus críticas a las políticas implementadas. Por ello, eran acusados de antiespañoles, como Américo Castro, cuyo estudio sobre España en su historia: cristianos, moros y judíos (1948) es el que posiblemente tiene Umbral en mente en su cita.

En España cañí (1975), Umbral incluye un artículo sobre «Cristo y los mercaderes», que es un retrato satírico de la extrema derecha en lo que se refiere a la religión, a tenor de la película Jesucristo superstar (1973). Umbral se mofa de que «es una película elogiada por el Papa. Pero los superpapistas madrileños –unos cientos de beatas, sobre todo– han hecho una cruzada». Con su ironía característica, que funciona por la adopción exagerada del punto de vista criticado, Umbral aplaude este fervor religioso, por su españolidad, que retrotrae a iconos del conservadurismo filofranquista: «Y es que los católicos ultras no respetan ni al Papa, porque al fin y al cabo ellos son españoles, y el Papa no es español, y no siendo español, ya se sabe, no puedes fiarte. Por algo era español don Marcelino Menéndez y Pelayo. Por algo han sido españoles Donoso Cortés, Vázquez de Mella y el padre Damián». Así, concluye Umbral, sarcástico: «No basta con ser cristiano, católico. Conviene ser español para salvarse»63. Nótese que la mención a Menéndez Pelayo, uno de los intelectuales conservadores cuya visión de España y su cultura alabó el régimen, puede oponerse en el otro artículo a la de Américo Castro, vilipendiado por el franquismo.

Varios de los textos humorísticos publicados por Umbral en la revista Hermano Lobo durante los 70 reinciden en esta parodia de la identidad española pergeñada por el conservadurismo radical. Escribiendo como si se tratara de una noticia de verdad, Umbral titula: «España gana a la ONU en la Copa de Europa». La elección del fútbol como motivo de parodia no es casual, ya que este deporte fue usado por el régimen con fines políticos claros64 y como manera de proyectar un modelo de masculinidad española65. Con un subtítulo significativo para su falsa noticia, Umbral hace notar que la españolidad franquista rechaza los valores de la democracia liberal: «Camino de los cuartos de final, el equipo de la ONU, todo de oriundos, queda en la cuneta del liberalismo trasnochado». Luego, Umbral pasa a describir a estos oriundos de la ONU como «delegados del Tercer Mundo», ante los cuales, con evidente ironía, está el héroe/macho español: «la superioridad, la clase y las primas de nuestros muchachos». Caricaturizando cada vez más la escena, los jugadores españoles salen «al campo vistiendo las tradicionales galas falleras», con lo que ridiculiza Umbral los motivos de identidad regional promovidos por el régimen dentro de la identidad española común, en este caso la fiesta valenciana de las Fallas. Además, buscando ya el chiste desternillante, Umbral relata en su falsa noticia que al final del partido se sirve «una sustanciosa paella, completamente adulterada, para acabar de una vez con los masones infiltrados en la organización internacional». En cierto sentido, lo que se describe es una suerte de chapuza de inteligencia militar a la manera de los agentes secretos Mortadelo y Filemón, serie de cómics creada por Francisco Ibáñez en 1958 y que Umbral debía de conocer. En todo caso, se hace burla de la conocida paranoia de Franco sobre el contubernio judeo-masónico-comunista66. No en vano, Umbral sueña irónicamente con que España se encumbre a «la cabeza de la Tercera Regional en el concierto de las naciones», pero se queja de que «la conspiración internacional» lo hace imposible. Frente a esto, según Umbral, con guasa: «sólo cabe la unidad de los hombres y las tierras de España, la integración patriótica y voluntaria en un sindicato único». De este modo, Umbral presenta cómicamente a los jugadores de fútbol como servidores de la patria en el marco de la Organización Sindical Española (OSE), comúnmente conocida como Sindicato Vertical. Para rematar su alocada noticia, Umbral se jacta sarcásticamente de que: «España seguirá siendo la mejor, porque en España la vida tiene otro sabor, como canta nuestro pueblo con su habitual descoco»67, de nuevo en referencia implícita a Manolo Escobar.

Es interesante hacer notar que este tipo de ataques contra el españolismo franquista se perpetúa con los mismos motivos hasta el final de su carrera, a pesar de la Transición y la democracia, porque para Umbral: «El franquismo sería ya siempre una inflación de la idea de España»68. Como, según Umbral, la españolidad está irremediablemente teñida de franquismo, cualquier crítica a lo español se vincula con el régimen de Franco. En este sentido, no es sorprendente que relacione el franquismo con la derecha española posterior. Preguntado por el conflicto del País Vasco, Umbral acusa a José María Aznar, Presidente del Gobierno por el Partido Popular (1996-2004), de que «no quiere resolver el problema vasco, [sino que] quiere salvar a España. Es decir, lo que él pone en juego, y por eso está tan enérgico y tan duro, es la unidad de España, que es lo propio de la derecha»69. O sea, Umbral acusa a Aznar de centrar su interés por España en la defensa de la unidad nacional, como el franquismo. Igualmente, en 1997, a tenor de la reforma educativa promovida por Esperanza Aguirre como Ministra de Educación, Umbral da el salto al pasado de «El tebeo» de la época franquista. Como se ve, repite en los 90 una estrategia de los 70, esto es, la comparación con un cómic. Entonces era, presumiblemente, Mortadelo y Filemón. En esta ocasión, Umbral explícitamente razona con ironía que: «Esperanza Aguirre tenía que haber metido al Guerrero del Antifaz en sus Humanidades, pues como le iban a rechazar el proyecto de todos modos, por lo menos le habría bacilado [sic] un poco a la izquierda y los nacionalistas con aquel superespañol que algo tenía de Supermán de catequesis». De este modo, Umbral liga a la derecha de los 90 con el franquismo a partir de una noción de españolidad nacionalista epitomizada en un cómic:

porque aquella especie de Cid Campeador con antifaz y novia mora no era sino lo que hoy llamaríamos un travestón del Cid. Pero el Guerrero, como todos los héroes populares de por entonces, era imperial, españolista, combatía al moro y se beneficiaba a la mora, trámite sin el cual un español de antaño no era nadie. El Guerrero, más que salir de la Reconquista parecía salir de la guerra del 36, hablaba como un legionario o como un divisionario de la División Azul, de modo que todo en él era disfraz para comunicarnos el mensaje del poder: España una, grande y libre.70

Un año después de este artículo, Umbral recupera otro motivo caricaturesco de sus textos de los 70 contra la españolidad franquista: la paella. Titulado «El paellómetro», en el artículo, con ese tipo de ironía basado en la exageración y el chascarrillo, Umbral explica que:

La paella, aunque valenciana, dicen, es en realidad el gran plato español, la metáfora culinaria del entendimiento nacional, la alta ocasión en que todos nos ponemos de acuerdo para añadirle un percebe o un chorrito de aceite al arroz. Pues los nacionales sólo nos ponemos de acuerdo para hacer una paella o una guerra civil.71

El mismo año, Umbral también rescata, de sus artículos de los 70, la relación entre españolidad y fútbol. Es verdad que ahora usa esta idea para criticar la violencia derivada de una noticia de actualidad muy concreta, en el marco de la nueva sociedad democrática: las celebraciones por la conquista del Real Madrid de la séptima Copa de Europa. Sin embargo, Umbral no duda en vincular la noticia con Franco: «lo que mayormente ha resultado caudillista, como digo, fundamentalista, talibán en franquista, retardado y de un nacionalismo abochornante, es el clamor y la gamberrada con que se ha acogido aquí la victoria», así como «la expresión del entusiasmo mediante las agresiones a [las estatuas de] Neptuno y Cibeles». Vinculando todo esto de manera directa con el entusiasmo nacionalista, Umbral valora que: «El patriotismo como agresión es ya nacionalismo irredento»72.

Ya desde época franquista venía Umbral atacando algunos de los aspectos de la sociedad postmoderna, en particular las tesis de Marshall McLuhan en torno al fin de la cultura del papel, o La Galaxia Gutenberg (1962), y su proclamación de que El medio es el mensaje (1967), que implica la superioridad de lo audiovisual. Umbral, por el contrario, aplaudía la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451 (1953) porque era «una crítica profunda y total de la llamada cultura de la imagen, con la televisión por delante, y un canto estremecido y melancólico al libro, a la Galaxia Gutenberg, que el señor McLuhan y otros reaccionarios a la canadiense dan por muerta»73. Y es que Umbral se quejaba de que la cultura audiovisual fomentaba la banalidad:

Ha dicho McLuhan [] que el mensaje es el medio. Y Umberto Eco, llegando más lejos, afirma que el mensaje es la electricidad. Pues bien, nuestra televisión, que es la más ortodoxa del mundo, en cuanto que es la más fiel a McLuhan, el profeta canadiense de los «mass-media», se limita a transmitirnos eso, electricidad sin contenido, mensajes sin mensaje, el puro medio audiovisual.74

En última instancia, lo que criticaba Umbral era el inicio de La sociedad del espectáculo (1967), por tomar el título del libro de Guy Debord, que está en la base del retrato de la postmodernidad de Lipovertsky, estudiado más arriba.

Años más tarde, Umbral ha de tener en cuenta estos mismos planteamientos a la hora de analizar lo español en el marco de la postmodernidad plena que se asienta con la democracia. Así, se lamenta del impacto mediático de «La boda» de Eugenia Martínez de Irujo con Fran Rivera, retransmitida por TVE: «La boda de una joven noble, casi tan noble como las infantas, con un torero de moda, es cosa que los nacionales no podemos perdernos». Y critica la banalidad de los intereses de las gentes: «me parece que si se tratase del Debate sobre el estado de la Nación, o de unas elecciones generales, nadie se disputaría nada y todos cumplirían lo peor posible». En concreto, Umbral apunta a la idiosincrasia española: «Se sabe ya que, tal día a tal hora, toda España se verá a sí misma, o sea que verá la boda, porque a España le gusta mucho mirarse en todos los espejos castizos, barrocos o embrujados». O sea que, además del problema de los mass media, está la natural inclinación de los españoles por «las folklóricas y los toreros»: «ahí está la corroboración de nuestras esencias, la clave de nuestro tronío y la flor de nuestra raza». Y estas esencias se identifican con lo andaluz: «Ni socialistas ni centristas ni de derechas ni de izquierdas: lo que somos los españoles es andaluces»75. Por tanto, Umbral ataca la configuración de lo español a partir de unos clichés regionales insustanciales, magnificados en el espectáculo de los medios de comunicación.

Ahora bien, esto no quiere decir que Umbral desprecie Andalucía y su cultura, como tampoco hay menosprecio en las referencias a las Fallas y la paella en otros artículos analizados más arriba. Lo que le molesta a Umbral es cierta forma de banalización de la cultura y, en particular, de la identidad española a partir de clichés regionales. En este sentido, cabe destacar que Umbral fue un gran admirador de Lorca, como muestra su temprano ensayo de Lorca, poeta maldito (1968). Sin embargo, se lamenta de que «Federico García Lorca, en su centenario, ha sido sometido a un reduccionismo; nos hemos quedado con el adolescente jondo y de ahí no ha pasado nadie, unos por incultura, otros por mal regusto falsamente flamenco, otros por mala fe». Umbral reconoce que este Lorca sirve para vender a España en el extranjero, pero recuerda que el poeta granadino fue mucho más que el Romancero gitano y otros libros del estilo. Y explica: «Entiendo por vender España el ser muy español a la hora de escribir, como Dickens vende Londres, Mailer vende Nueva York y sus guerras, Baudelaire vende París, Proust vende fin de siglo». En efecto, Umbral está de acuerdo en parte con el deseo de vender país a través de la literatura. Pero advierte de que esto «suele ser involuntario en el artista» y que suele llevar «al localismo y el buhonero, sólo que los buhoneros de España nos salieron geniales». O sea, para Umbral, en la intención de vender España a través de la literatura hay un grado de provincianismo (algo que criticaba de los nacionalismos en general, según se dijo más arriba) que solo la genialidad de autores como Lorca ha evitado. Sin esta genialidad, lo que queda es españolear a base de tópicos, como hiciera, según él, García Sanchiz, quien «daba por el mundo, mayormente Hispanoamérica, unas conferencias con aleación de plomo, sobre todos los tópicos nacionales. “Vender España” no es españolear sino ganarse la universalidad»76. Eso es lo que admira Umbral de Lorca, más allá de la lectura españolista, reducida a lo flamenco y lo andaluz: alcanzar lo universal a partir de lo particular; partir de lo flamenco, para trascenderlo y hallar lo universal. Y esta es, de hecho, una de las bases de la estética umbraliana. Y es que Umbral hace de Madrid uno de sus objetos literarios fundamentales y reiterados. Pero no por su particularidad, sino que «los espacios urbanos madrileños se convierten en idioma del mundo [] a partir de la piedra local erige un análisis de la realidad española, de la civilización europea e incluso del ser de lo existente»77.

Contra los nacionalismos periféricos de España

Dada la compleja organización territorial de España, no puede resultar sorprendente que Umbral se enfrente con frecuencia a los llamados nacionalismos periféricos. Su ataque es más virulento cuando se trata de Cataluña y País Vasco, seguramente porque allí las reivindicaciones nacionalistas tienen un arraigo muy fuerte, aunque no son pocas las veces que habla de Galicia y otras identidades regionales, como Andalucía, a la que sin ir más lejos se refería al final del epígrafe anterior.

Siguiendo precisamente el mismo razonamiento de entonces en torno a Lorca, Umbral aplaude al escultor Eduardo Chillida (1924-2002) por trascender lo local (en este caso, lo vasco) y darle significación universal, gracias a su genialidad: «El arte de Chillida era y es la expresión universal de un localismo, incluso de una individualidad. La singularidad del genio está en que expresándose a sí mismo expresa el mundo. [] Lo íntimo, lo local, lo general, lo universal». Por eso, Umbral ofrece este hermoso y lírico retrato de Chillida: «gran perfil de gerifalte y poderosa mano que crea un alfabeto de piedra para explicarse ante el mundo». Aquí, la técnica escultórica es descrita metafóricamente como un alfabeto, esto es, como un lenguaje de proyección ecuménica, y la sinestesia de la piedra le otorga una gran cantidad de connotaciones. Remite, por supuesto, al material usado por Chillida para moldear sus obras, y es también una forma de remarcar la fuerza de su lenguaje artístico. Además, sirve para darle empaque ancestral, como el del euskera, toda vez que es esta una lengua preindoeuropea y el lenguaje escultórico de Chillida puede ponerse en relación con la Edad de Piedra. Y es que, para Umbral, la significación universal de la escultura de Chillida entronca con una «verdad primigenia», que expresa, además de con piedra, con otros materiales que apuntan asimismo a la Edad de los Metales: «es un escultor vasco indubitable con grande y sobria elocuencia para decir con piedra y madera, con hierro y acero, su verdad primigenia, su raíz en el viento, su aposentado vivir en lo originario». Así, el arte de Chillida es un lenguaje que logra comunicar al mundo una verdad profunda y universal a partir de lo vasco, con su idiosincrasia ancestral, como la del euskera.

Sin embargo, según Umbral, los vascos de a pie «no han llegado a la esencia de lo vasco, que no se detiene en la nostalgia de caserío, en la fiesta violenta ni en la paz cardenalicia de los bueyes morados de crepúsculo, que mueven grandes piedras como desenterrando los dioses incógnitos de la patria». Con esta poética reflexión, Umbral sugiere que los vascos, a diferencia de Chillida, solo se quedan de su cultura ancestral con los aspectos superficiales, sin trascenderla ni trascender sus propias fronteras. El caserío vasco (o Baserri), con una historia de unos 1500 años78, es una construcción arquitectónica para labores de granjería, hoy en desuso, que solo serviría, a ojos de Umbral, para la nostalgia lugareña. Y el arrastre de piedras con bueyes, deporte vinculado a este tipo de vida rural, se describe como una suerte de superstición o ritual religioso, lo que se hace que suene a sociedades prehistóricas, en el sentido despectivo de atrasadas. Umbral establece así un contraste paralelístico entre, por un lado, el retorno a la remota historia vasca de Chillida, como camino hacia lo universal y en comunicación con el resto del mundo, y, por otro, la obcecada supervivencia de antiguallas de la cultura, que dan una visión aldeana y superficial de lo vasco, y, además, con problemas de nuevo cuño. Y es que, en el retrato de Umbral, las fiestas populares heredadas de ese pasado están marcadas en la actualidad por la violencia, en referencia seguramente al condicionamiento a que se ven sometidas por las reivindicaciones del nacionalismo abertzale79. Y la paz que puede conseguirse con actividades tradicionales no marcadas por la violencia, como el arrastre de piedra, Umbral la presenta pintada por la influencia de la Iglesia católica, al tachar metafóricamente de cardenalicio el color en apariencia morado de los bueyes bajo la luz crepuscular del sol. En efecto, el nacionalismo vasco ha sido tradicionalmente católico y la Iglesia ha tenido un papel muy activo80. Por sus convicciones laicas, esto no podía ser del agrado de Umbral. Así, frente a la violencia y sin la huella de la religión, la obra de Chillida no solo consigue trascender lo vasco hasta lo universal, sino que lo revela como un hecho de paz:

Llegaríamos antes a la paz, llegaríamos antes a la verdad, en caso de que queramos llegar, leyendo en las figuras y constelaciones pétreas del donostiarra todo lo que tiene que decir esa tierra callada y tan elocuente. He aquí cómo un artista, un escultor alimentado de su paisaje y de su cielo nos hace sentir lo vasco como una efigie de cosmos y de paz.81

Como se ve, lo que Umbral condena en este artículo, frente a la actitud de Chillida, es cierta manera provinciana de reivindicar la cultura vasca, aunque lo hace con un hermoso tono lírico y sin explícito desprecio. No se refiere al caserío como folklore rancio ni al arrastre de piedra con bueyes como propio de sociedades atrasadas. Pero son acusaciones que están implícitas. Y es que el provincianismo es una de las críticas que le hace a los nacionalismos y los regionalismos en general, como ya se vio más arriba, con las referencias, en España, a Unidad Alavesa y El Bierzo. Además, hay ocasiones en las que Umbral habla sin tapujos de los nacionalismos periféricos como culturas tribales, e incluso sugiere que se encuentran en un estadio evolutivo anterior a los homínidos: «En el ápice del resurgir o regurgitar las tribus peninsulares como origen impetuoso de una nacionalidad, el Bloque Nacionalista Gallego ha dicho que ellos lo son desde que algunas de estas tribus, en este caso los suevos, vándalos y alanos, pusieron la mano donde el hombre jamás había puesto el pie». Ahora bien, también defiende aquí la identidad nacional/regional, en este caso gallega, en lo que tiene que ver, precisamente, con su aspiración a la universalidad: «Uno diría que Galicia es quizá la zona peninsular de más ferviente identidad, tanto por la tierra como por la lengua, los poetas, la dialéctica tan propia, el humor tan personal, el espíritu viajero y la tendencia a procrear nuevos islotes de galleguismo cuando andan todos por el ancho mundo». El problema de Galicia viene cuando se encierra en su provincianismo, al incorporarse el Bloque Nacionalista Gallego «a los nacionalismos terruñeros e inmovilistas que andan por España». Y este problema lo explica Umbral como una reacción ante el anterior españolismo de Franco, o sea que Galicia se hace nacionalista provinciana a causa del nacionalismo franquista: «una secuela lamentable de la Guerra Civil y de los muchos años de caudillismo fanáticamente nacionalista. Estamos todavía pagándole la cuenta a Franco por el caudillaje que impuso a todas las regiones de España»82.

Esta es también una de las críticas que le suele hacer Umbral al nacionalismo catalán. Así, arremete contra Jordi Pujol (Presidente de la Generalidad de Cataluña entre 1980 y 2003), porque, para poder afianzar su nacionalismo, necesita de Franco: «El señor Pujol está en malos momentos, [] el señor Pujol se va quedando en bolas y entonces se envuelve en la bandera catalana, como hacía frente a Franco, sólo que ahora en España no hay Franco, por desgracia para él»83.

En el fondo de esta crítica, subyace la consideración de que los nacionalismos español y catalán, en tanto que nacionalismos, son lo mismo. En este sentido, Umbral se mofa de que el nacionalismo de Pujol es una burda imitación del español, porque: «Aluden mucho al “hecho diferencial”, pero luego resulta que no quieren diferenciarse en nada de nosotros, sino hacer lo mismo, sólo que en pequeñito». Umbral se refiere en particular a las iniciativas de que haya una selección de fútbol catalana y unos premios de literatura en catalán, a semejanza de la selección española de fútbol y del Premio Nacional de Literatura. Por eso, Umbral se burla, con irónico tono poético, porque «lo que uno espera, ya digo, de algo tan ambicioso como reflotar una nación, es la emergencia de la Atlántida, un estilo nuevo, una civilización inédita, borgiana, una aportación salvadora para todos». Como en otros ejemplos ya analizados, la frase, con toda su grandiosidad, pudiera parecer una alabanza. Sin embargo, lo que Umbral señala es que Cataluña, copiando los mismos dejes del nacionalismo español, está lejos de ese tipo de grandeza, y, en todo caso, es algo imposible, como mitológica es la Atlántida. E, incluso si la renacida nación catalana pudiera cobrar forma, sería una entidad borgiana, con todas las connotaciones de entelequia intelectual que ello conlleva, a la manera de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. En este cuento, recopilado en Ficciones (1944), Borges habla de Tlön, un planeta imaginario en el que las naciones «son –congénitamente– idealistas» y para las que el mundo «no es un concurso de objetos en el espacio», sino que es «sucesivo, temporal, no espacial»84, entre otras rarezas. Así, lejos de alcanzar una grandeza basada en la utopía, en Cataluña, según Umbral, se están multiplicando los errores del nacionalismo español, de modo que su ataque antinacionalista alcanza a todos los nacionalismos sin distinción. Para reforzarlo, se vale, muy a su manera, de su estudiado estilo coloquial, en este caso con un arcaísmo (acollonar85), juegos de palabras (con el nombre de Madrid) y expresiones vulgares (follón y copón):

Lo que vemos con desolación es que los países periféricos no emergen con una nueva filosofía política, sino que su mayor y más urgente exigencia es imitar a Madrid. Desde el momento en que Madrid es un mal modelo, un caótico modelo, me acollona esa multiplicación de madrides administrativos que anda ahora. Vamos hacia una madrileñería antimadrileña que es el follón y el copón.86

En otro lado, Umbral arremete contra «Pujol, españolista» por llamar la atención sobre el problema del «bajo índice de natalidad en España» y reclamar que «hay que fornifollar más. Lo mismo que pedía Franco. Pero Franco nos daba premios de natalidad y puntos. Pujol no manda ni Viagra contrabandeada en Andorra, el jodío honorable». Umbral logra aquí su característico tono entre coloquial y soez gracias a varios recursos bien planeados: el verbo fornifollar (neologismo de creación propia que utiliza en sus textos con mucha frecuencia87), el insulto malsonante y paradójico de jodío honorable (elidiendo la -d- intervocálica de participio) y el chiste de la Viagra (el conocido fármaco contra la impotencia sexual masculina). De este modo, además, consigue desviar la atención de la construcción sofística que le sirve de acicate. Y es que Umbral acusa a Pujol, líder catalanista, de inconsistencia ideológica por pedir, como Franco, líder españolista, el fomento de la natalidad, dando por hecho falazmente que se trata de una reivindicación franquista solo porque los premios de natalidad fueron una de las políticas jaleadas por el régimen como uno de sus logros88. En una línea retórica parecida, se hace después Umbral la siguiente pregunta, con la que pretende minar aún más la postura del mandatario catalanista: «Y si los españoles somos extranjeros, ¿para qué quiere Pujol que nos reproduzcamos más: para tener más enemigos, más bota militar de Castilla jodiéndole la cosa, más personal en Barcelona hablando el idioma de Valladolid?». Todavía con tono burlesco, Umbral se responde a sí mismo con razones similares a las que ha venido usando para atacar a los nacionalismos de todo tipo. Por un lado, sugiere que sea un maquiavélico plan para que aumente el número de españoles, y así fomentar el enfrentamiento violento propio de todo nacionalismo, como manera de mantenerlo vivo: «Quizá Pujol se crece ante el enemigo y necesita verlo aumentar». Por otro, Umbral esboza las razones económicas que subyacen:

uno cree que lo que quiere Pujol, en realidad, son más murcianos para el pico y la pala, surtidos con algún albaceteño. Necesitan mano de obra barata y extranjera, y para eso es necesario que los españoles pobres [] se multipliquen y se mueran de hambre, que acabarán pidiendo limosna en la California mediterránea y gótica de Pujol, o sea barriendo las calles y picando hasta las entrañas de la tierra, o hilando calcetines de Terrasa [sic] por un jornal que Aznar tolera mirando para otro lado.89

Desde postulados de izquierdas, Umbral argumenta aquí con un humor cargado de rabiosa poeticidad. Se refiere, por ejemplo, a Cataluña metafóricamente como California, tal vez por la riqueza de ambas regiones, o porque la inmigración desde el resto de España que recibe Cataluña como mano de obra barata se hace equivalente a la inmigración latina en California desde México u otros países hispanos. En todo caso, Umbral vuelve a esgrimir la idea de que el nacionalismo es siempre una ideología de derechas que sirve para la explotación del proletariado. Y ahí está, según él, el punto de encuentro de todos los nacionalismos, sea cual sea la identidad nacional a que representan. Por eso José María Aznar, Presidente del Gobierno de España (1996-2004) por el Partido Popular, de centro-derecha, toleraría la injusticia laboral propiciada en Cataluña por Pujol, cuyo partido, a pesar de las diferencias catalanistas, se encuadra en la misma órbita ideológica.

No en balde, como recuerda Umbral en otro artículo, Aznar pactó el apoyo del partido de Pujol en el Congreso de los Diputados para ser investido Presidente del Gobierno en 1996. A pesar de todo, Umbral no puede evitar sorprenderse, porque, desde el prisma de las identidades nacionales, el nacionalismo catalanista de Pujol debería ser incompatible con el españolismo de Aznar. Para argumentarlo, Umbral aprovecha, con su habitual tono burlesco, para vincular, como en otras ocasiones, a la derecha democrática españolista con el franquismo, a través de su lema de España como Una, grande y libre y en una larga cadena histórica que se retrotrae a los Reyes Católicos:

detrás de Aznarín lo que hay son los Reyes Católicos, como los gigantones de feria de su/mi Valladolid (él sería, bajito, el cabezudo). Y detrás de los Reyes Católicos, el cardenal Cisneros, la Biblia Políglota, el copón, la unidad de los hombres y las tierras de España, Onésimo Redondo, Quintanilla, Labajos, Urraca Pastor, el nacimiento del fascismo en la España profunda, una grande y libre. ¿Qué rayos, entonces, van a negociar el nacionalista catalán y mistraliano con el nacionalista español, españista, centralista, joseantoniano?

Umbral intenta comprender esta contradicción suponiendo que, aunque de distintas marcas, los dos políticos son igualmente nacionalistas. Y reduce esta compatibilidad a un rasgo caricaturesco: «De bajito a bajito, yo creo que se van a entender bien, de todo modos, de nacionalista a nacionalista»90. Por eso, Umbral arremete contra Pujol como si fuera un comerciante sin escrúpulos (en relación con el tópico del catalán mercante y avaricioso): por su capacidad de adaptar con flexibilidad su catalanismo al españolismo, y así administrar los intereses de toda España desde Cataluña en provecho propio. Para ello, Umbral describe a Pujol en un fragmento que funciona como los retratos antipoéticos breves de políticos, que he estudiado en otro lado91:

Este penúltimo pirata del Mediterráneo, este judío de la cuenca latina, este vendedor de galeones hundidos, el que gestiona patrias con mano de pesar el bacalao o la butifarra, este católico de los otros latines, los de Verdaguer, este banquero de las esencias catalanas, el amigo de Javi Rosa, este emperador del Grand Tibidabo (Lerroux lo fue del Paralelo), este antifranquista de derechas, parece dispuesto a gobernar España desde una esquina, chiquito pero matón, y con quien sea.92

Como se recordará, otra de las cuestiones que suele reprocharle Umbral a los nacionalismos es su naturaleza racista. Por eso se ensaña, por ejemplo, contra Xabier Arzallus, presidente del Partido Nacionalista Vasco entre 1985 y 2004, a tenor de las polémicas declaraciones sobre la presunta existencia de una configuración genética particular de una supuesta raza vasca, según la teoría del Rh negativo de Arthur E. Mourant (1949). En este sentido, también recupera Umbral la idea de que el nacionalismo es una forma de fascismo. Reconociendo a Nietzsche como fuente de inspiración de Hitler, dice Umbral: «Al señor Arzalluz le voy a mandar yo, hombre, los preciosos párrafos de Nietzsche sobre “lo ario puro”». Luego, retrotrae la crítica a la Edad Media española, con manifiesto sarcasmo: «No molesta este señor por nacionalista, separatista, racista o independentista, que todo eso es normal y entra en el juego. Molesta por antiguo. El argumento de la sangre yo creo que ya no se usa –“pureza de sangre”– desde los Reyes Católicos. [] el factor RH está muy pasado de moda como argumento político, social, revolucionario»93.

Por su parte, la lengua es un argumento que Umbral esgrime para atacar, en particular, a los nacionalismos periféricos, aunque lo pone en relación con las cuestiones más amplias del provincianismo y el racismo de todo nacionalismo. En un artículo de título explícito, «Lengua y nacionalismo», Umbral explica que, en manos del nacionalismo catalán: «El idioma deja de ser medio de comunicación y se convierte en símbolo de identidad nacional, de afirmación cultural, de integración hacia dentro y segregación hacia fuera. Adquiere una comunicabilidad empequeñecida y cautelosa. Se convierte en lenguaje críptico, restringido, reservado para los cofrades». Esta es la acusación de provincianismo, de modo que «el catalán no se engrandece, sino que se empequeñece», fomentando, así «el odio al “extranjero”»94.

Umbral arremete, particularmente, contra las políticas de educación en catalán. Por ejemplo, se sorprende de que los colegios de la Generalitat enseñen el castellano en catalán, porque «no aprenderán así ni español ni catalán, sino una suerte de “espatalán” (español/catalán) que no les servirá para nada en la vida y les va a crear muchos problemas de comunicación». El neologismo espatalán carga de humor el ataque, y sobre esa base monta Umbral un discurso hilarante y mordaz, como en este fragmento:

Enseñar castellano en catalán es como enseñar equitación con una jirafa o enseñar a tocar el piano con una gaita gallega. Músicos del idioma no van a salir, ni en verso ni en prosa, de esa asignatura machihembrada, anfibia, mixta y desastrosa. Pero a lo mejor sale un novelista en espatalán y gana el Planeta y vende un huevo y difunde una nueva lengua y aprendemos todos –en las novelas se folla mucho últimamente– cómo hacérnoslo en espatalán. Después de todo, el castellano es un argot del latín. El espatalán puede ser un argot que use Pujol para entenderse con Aznar.95

La composición retórica está aquí muy conseguida y favorece la caricatura. Y es que se trata de un razonamiento silogístico hilado con ritmo (por el polisíndeton de la conjunción y) y con juegos conceptistas e imágenes atrevidas (como el quiebro argumentativo por el que se relaciona el éxito literario con la actividad sexual o la comparación del espatalán con actividades tan absurdas como la equitación con jirafa). Además, no olvida Umbral referirse a la actualidad de su tiempo, cuando en la última frase se burla de las pretensiones de Aznar en los 90 de hablar catalán en la intimidad96.

En otro lado, Umbral relaciona el problema de la lengua con la cuestión de la violencia de todo nacionalismo. Según él, el euskera parece tener, aunque no sea cierto (nótese la puntualización), un componente de violencia consustancial (tal vez porque, según el cliché popular, tiene una naturaleza fonética brusca, aunque esto Umbral no lo aclara), de modo que favorece la lucha armada: «Aunque no sea cierto (virgilianismo de la Vasconia profunda), el euskera de las pintadas [callejeras proetarras] parece o es ya en sí mismo un lenguaje de guerra. Y la implícita beligerancia del euskera ayuda mucho, previamente, a la autoconvicción de los jóvenes en cuanto la causa a seguir en aquel país». Por lo que respecta al gallego, Umbral es más comprensivo, pero tremendamente despectivo cuando se trata de los usos que le da el nacionalismo:

La lengua galaica, mucho más afín al latín y al castellano, no es hoy –todavía– una lengua beligerante, aunque se haya tenido la ocurrencia de representar el teatro de Valle-Inclán en gallego, ignorando que el perfume galaico va implícito en el castellano tan musical de Valle, que lo quiso así y jugó su juego con ambas lenguas. Traducirle al gallego en crudo no es un acto de fidelidad, sino una prevaricación que nace más de la ignorancia que de la intención.97

Hasta aquí, la mayoría de citas en las que ataca Umbral a los nacionalismos periféricos de España se han tomado de los años 90 y 2000, lo cual es lógico, ya que es entonces cuando cobran fuerza, tras la muerte de Franco. Sin embargo, pueden rastrearse críticas de este tipo desde el comienzo de su carrera, en especial cuando se trata de ETA, en su relación con el nacionalismo vasco. No hay espacio para abundar en el tema del terrorismo en Umbral, pero valga de ejemplo un artículo de principios de los ochenta, que es ilustrativo del cuidado estilístico a la hora de arremeter contra el nacionalismo. Metrificado entero en endecasílabos, el artículo es un verdadero poema en prosa que llora la brutalidad de un atentado de ETA, descrito metafóricamente como «el golpe de Estado del ciruelo» por coincidir con la primavera. Umbral repite en el artículo ideas que se han venido analizando en torno al nacionalismo, como el provincianismo (y el aburrimiento), el enfrentamiento violento y el atentado contra la democracia (aquí se han añadido barras, para marcar la métrica oculta en la prosa):

Estamos aún en guerras fronterizas, / en fanatismos de color de aldea, / ignoramos por siempre que la tierra / da ciruelos, magnolios, lentos sauces, / el patriotismo natural del aire / y la coloración de los cultivos. / [] Democracia del aire, roussoniana [sic], / tipografía de flores, ley del mundo: / sólo unos hombres tristes, que se aburren, / forrados por el oro como muelas / (ay la muela aburrida en cárcel de oro) / patrocinan la muerte y su retórica, / promocionan España contra España.98

Por último, el ataque de Umbral no se contenta con los nacionalismos e identidades regionales, sino que se extiende al Estado de las Autonomías, nacido de la Transición como intento de solución a las reivindicaciones nacionalistas de las periferias. Tampoco hay espacio aquí para desarrollar este punto, por lo que basten un par de ejemplos representativos.

Ya en 1989, al poco de echar a andar, Umbral considera que el sistema autonómico desacredita la labor política como un juego sucio de intereses clientelares, según ilustra con el ejemplo de Canarias, cuyo Estatuto de Autonomía se había publicado solo unos años antes, en 198299. Umbral reflexiona sobre el acercamiento de Felipe González a Luis Mardones, dirigente del partido regionalista canario, para pedirle su apoyo en la investidura como Presidente del Gobierno100, y critica el poder de extorsión que ello facilita. Y es que, a cambio de ese apoyo: «El señor Mardones tiene la gloria y ventaja, y sobre todo la coartada, de haber conseguido favores sustanciales para su tierra». Parafraseando a Bécquer, Umbral reconoce que González «había relegado, del salón en el ángulo oscuro, los problemas canarios». Sin embargo, las negociaciones para conseguir mejoras en la región son, para Umbral, una forma de política chapucera, que caricaturiza con un juego de palabras en torno al plátano (el producto fundamental de la economía canaria): «La política bananera se ha hecho, tautológicamente, con bananas, y esto es un solecismo parlamentario que da así como asco glosar». Asimismo, Umbral considera que se trata de una modernización del antiguo caciquismo:

El mardonismo no es sino el viejo caciquismo que ahora se chalanea a ojos vistas y con la televisión recogiendo en largo travelling la secuencia del plátano y la rosa, el plátano/revólver y la rosa/money que de pronto se tornan blandos, como los relojes de Dalí, empiezan a gotear dulces mentiras y el cámara, por ética profesional, cambia de plano, enfoca a cualquier diputado alpujarreño que estaba haciendo el damero maldito en ese momento.101

De nuevo, los recursos estilísticos de Umbral son agudísimos. Describe las negociaciones como un espectáculo televisivo, lo que tiene que ver con su rechazo de la posmodernidad, según se vio más arriba. Cada partido es reducido, metonímicamente, al plátano, por contigüidad con la fruta canaria, y a la rosa, por la flor del puño socialista. Con su uso característico de las barras, compara Umbral el plátano con un revolver, para simbolizar la extorsión del partido regionalista, y a la rosa con el money, por el dinero que el Gobierno de Felipe González decide darle a cambio de su apoyo político. Y todo eso se describe como un juego de mentiras que, por su podredumbre moral, se deshace con una sinestesia líquida, como la pintura surrealista de Salvador Dalí.

De manera parecida y por las mismas fechas, formula Umbral la «Teoría del bajalato» en torno a Andalucía, que había visto aprobado su Estatuto de Autonomía en 1981102. Con bajalato, Umbral crea, a su manera, un neologismo. Es verdad que bajalato es una palabra que existe, según el DLE, con el significado de ‘Territorio bajo el mandato de un bajá’. Sin embargo, Umbral le da lúdica y satíricamente otro sentido, sabedor de que el lector tiene probablemente en mente el término califato, asociado en el imaginario colectivo a la Andalucía árabomusulmana de al-Ándalus. De este modo, lo que quiere es criticar el inmenso poder del PSOE en la administración andaluza (mayoritario ininterrumpidamente desde 1978, en los tiempos de la Junta Preautonómica), como si fuera un régimen de fuerza y herencia califal, pero con las connotaciones de bajeza política derivadas de la forma léxica del término bajalato. En particular, Umbral describe la inmensidad de este poder con una metáfora lingüística: «una mayoría que es un pleonasmo político». Y satiriza la manipulación de tópicos culturales como forma de mantenerse el PSOE en el poder:

los líderes como Macarenas laicas, con Juan Guerra de Cristo de los Gitanos, tiranía del caciquismo burocrático, paternalismo a la turca y carismatización persa de los ritos y ritmos de la tribu. Todos los tristes trópicos andaluces cruzando su Semana Santa roja por el Puente de Triana.

Lo que parece un batiburrillo precipitado de iconos culturales es, en realidad, una cuidada estrategia retórica para criticar sutilmente varias cuestiones, la primera de las cuales es la de que, frente a la pretendida formulación identitaria promovida por los políticos socialistas, no existe una identidad andaluza como tal, al menos no de manera homogénea, sino la herencia de una compleja historia que se remonta a Persia (y aquí hay que recordar las reflexiones de Umbral en torno a la Historia). Asimismo, está la crítica de provincianismo y retraso cultural, taras propias, según Umbral, de todo nacionalismo, con una mención directa a la tribu. Está también la apropiación de la religión por parte de la izquierda (Semana Santa roja), lo que para un comunista manifiestamente laico como Umbral no puede ser sino una aberración. Está, claramente, la mención al caso de corrupción de Juan Guerra103. Y, por último, está el reproche de tiranía y caciquismo que todo esto encierra, lo cual explica Umbral acusando al PSOE de comprar en Andalucía «votos tácitamente mediante la oferta de trabajo»104.

Los nacionalismos de Umbral: retrato antipoético

Partiendo de la doble acepción de discurso, como argumentación de ideas y como formulación de las mismas en palabras, en este artículo se ha querido estudiar, a la vez, tanto los ataques de Umbral contra los nacionalismos, como los recursos lingüísticos y, en particular, literarios, empleados para ello. En un autor tan literario como Umbral, de quien los estudiosos resaltan la naturaleza poética de su obra, y a la vez tan provocador y crítico, con una marcada pasión por la política, era inevitable realizar un análisis de estas dos caras de su discurso antinacionalista.

Por lo que respecta a la dimensión formal, ha quedado patente que el discurso de Umbral, aunque aparentemente espontáneo, está muy cuidado, e incluso se ha sugerido que pueda servirse de modelos retóricos de composición textual tan elaborados como el de la emblemática del Siglo de Oro. Este mismo modelo, que es un género poético, ofrece una de las bases de la literariedad del discurso antinacionalista de Umbral. Asimismo, está el refuerzo de las relaciones intertextuales con la poesía, la literatura y el arte en general, a partir de las referencias a autores y corrientes estéticas, como el romanticismo, la posmodernidad, Juan Ramón Jiménez, Borges, T. S. Eliot o Francisco de Goya. De hecho, se ha visto cómo un fragmento de uno de los artículos analizados recuerda a un poema de Dámaso Alonso en Hijos de la ira. Y un artículo sobre la violencia nacionalista de ETA era, en sí mismo, un poema en prosa encubierto, ya que está metrificado enteramente en endecasílabos. En este sentido, cabe destacar la capacidad de Umbral para atacar con belleza lírica, echando mano de metáforas e imágenes, metonimias y sinestesias, pero también figuras de repetición, que le dan ritmo a la prosa. Finalmente, la literariedad del discurso se basa en la combinación de lo lírico con lo satírico, siguiendo una tradición que en España incluye a Quevedo, Larra, Gómez de la Serna. Por eso, es frecuente que el tono lírico se vea interrumpido brusca pero calculadamente por el humor, lo coloquial y hasta lo soez. Para ello, es muy característico de su estilo el uso de neologismos atrevidos de creación propia, así como juegos de palabras ingeniosos o chistes fáciles. Y tiene especial importancia la ironía, como en la falsa alabanza de lo español y lo nacional, asumiendo el punto de vista del franquismo españolista criticado y con la técnica de la hipérbole ridícula.

A la luz de estas estrategias discursivas, puede concluirse que, en sus ataques contra los nacionalismos, Umbral procede a menudo de la misma manera que en sus retratos antipoéticos de políticos, según yo mismo lo he estudiado en otro lado105. Un retrato antipoético sería aquel texto en que se describe y ataca a un/a político/a con rasgos poéticos de vario tipo, desde los más hermosamente líricos hasta los más cruelmente satíricos. Se trataría de un retrato antipoético autónomo cuando el texto está dedicado por entero a atacar a un político en exclusiva y con rasgos poéticos (líricos y/o satíricos) constantes. En cambio, un retrato antipoético breve sería la pincelada poética (lírica y/o satírica) con la que se ataca a un político dentro de un texto más amplio. Así, el artículo en prosa metrificada contra ETA sería un retrato antipoético autónomo de tono lírico, mientras que pueden tomarse como retratos antipoéticos breves de literariedad satírica las numerosísimas pinceladas mordaces que intercala Umbral en los textos en los que reflexiona sobre los nacionalismos. De hecho, se ha vista que Umbral, para atacar en una ocasión al nacionalismo catalán, incluye un retrato antipoético breve de Jordi Pujol.

No es sorprendente el tratamiento estético del discurso en los ataques de Umbral contra el nacionalismo, si se considera el argumento de la lengua. Para Umbral, la lengua es una de las herramientas fundamentales de los nacionalismos, e incluso reconoce que son capaces de producir buena literatura. Del mismo modo, Umbral se vale de la lengua con cuidado formal y calidad literaria para atacar a los nacionalismos. Ahora bien, Umbral critica que el nacionalismo use la lengua para encerrarse en su propia cultura, cayendo así en el provincianismo y fomentando el enfrentamiento violento contra el otro. Por el contrario, Umbral considera que la lengua es un medio de comunicación con el mundo. Así, aplaude las manifestaciones artísticas que, como cualquier forma de lenguaje, asumen su capacidad de comunicación universal, como Lorca (en literatura) y Chillida (en escultura). El acierto de estos autores es que, con su obra, parten de lo local (lo andaluz, lo vasco) y logran trascenderlo hasta alcanzar una proyección ecuménica, mucho más verdadera que la visión cerrada de las identidades culturales que ofrecen los nacionalismos y los regionalismos. En el caso de Chillida, además, su visión universal de lo vasco permite superar la violencia, en favor de la paz.

Umbral se opone a los nacionalismos desde postulados de izquierdas, como comunista declarado que fue. Con el argumento de que las ideologías socialistas se sustentan en el principio marxista de internacionalismo, rechaza que el nacionalismo pueda ser de izquierdas y argumenta que es inevitablemente de derechas. En el mejor de los casos, el interés por la nación, cuya existencia niega como un mero invento, sería un entreteniendo banal de las clases de poder para pasar el rato con banderas y escudos, aparcando los verdaderos problemas de la sociedad. En el peor, el nacionalismo es contrario a la democracia y la justicia social, y es, incluso, fascista, en tanto que estrategia para consolidar el poder de las clases dominantes y apretar su opresión sobre las desfavorecidas y trabajadoras, gracias al señuelo de la identidad colectiva. Umbral, con estos planteamientos, arremete contra nacionalismos de todo el mundo, entre los cuales ataca con especial virulencia la deriva nacionalista de Stalin, por considerarlo una traición al comunismo verdadero. En particular, ataca Umbral al nacionalismo españolista, que él liga con el franquismo, y pone en cuestión la españolidad pergeñada por el régimen, mediante la caricatura y la crítica de sus señas de identidad, desde la zarzuela hasta el fútbol, pasando por la masculinidad sexista. Finalmente, arremete contra los nacionalismos periféricos de España (Cataluña, País Vasco y Galicia) y otras identidades regionales (como Andalucía y Canarias), acusándolos de ser reacciones en pequeño al españolismo, igualmente detestables y con las mismas lacras.

A pesar de lo extenso de este estudio, no ha sido posible profundizar en ciertas cuestiones, como las ideas de Umbral sobre el sistema de las Autonomías o sobre el terrorismo de ETA, tan relacionadas con el tema de los nacionalismos periféricos en España. Tampoco ha habido tiempo de traer a colación el aparato crítico y bibliográfico que habría sido tan útil para sustentar el análisis politológico, aunque para ello se ha echado mano de las propias explicaciones de Umbral. En todo caso, es algo que no es esencial en un estudio filológico como este y que espero poder ofrecer en otro lado. Finalmente, los ataques de Umbral contra los nacionalismos requerirían un estudio de sus ideas sobre España, la defensa de su unidad y su exaltación como nación, explicando todo ello, con sus aparentes contradicciones, desde los mismos postulados de izquierdas con que ataca el nacionalismo. Sin embargo, esto será también materia para otra investigación, con la extensión que una cuestión compleja como esta requiere.

Guillermo Laín Corona

Universidad Nacional de Educación a Distancia


  1. Bibliografía recopilada en http://fundacionfranciscoumbral.es/bibliografia.php?id=1 [23/09/2016]

  2. Véanse sus crónicas radiofónicas en La voz de León (1958-1961): Diario de un noctámbulo, ed. Isabel Martínez Moreno y prólogo de Luis Mateo Díez, Barcelona, Planeta, 2015.

  3. Francisco Umbral, «La teleasco», El Mundo (12/09/97). Todas las referencias a los artículos de Umbral en El Mundo están tomadas de la hemeroteca digital de la Fundación: http://fundacionfranciscoumbral.es/articulos-el-mundo.php [23/09/2016]

  4. François Pierré, «Francisco Umbral o la estética de la provocación», en Carlos X. Ardavín, ed., Valoración de Francisco Umbral. Ensayos críticos en torno a su obra, Gijón, Libros del Pexe, 2003, págs. 278-298.

  5. Véase https://www.youtube.com/watch?v=wU8T-TytjW4&t=111s [23/09/2016]

  6. Rosa María Navarro Romero, «La provocación como recurso estilístico», en Bénédicte de Buron-Brun, ed., Francisco Umbral. Verdades y contraverdades del Cuarto Poder, Sevilla, Renacimiento, 2015, págs. 270-282.

  7. Miguel García Posada, «El fenómeno poético en Francisco Umbral», en Santos Sanz Villanueva, ed., Francisco Umbral y su tiempo, Valladolid, Ayuntamiento de Valladolid-Fundación Francisco Umbral, 2009, págs. 61-82.

  8. Francisco Umbral, Amar en Madrid, Barcelona, Destino, 1977, pág. 9.

  9. Francisco Umbral, Mortal y rosa, ed. Miguel García Posada, Madrid, Cátedra-Destino, 1995, pág. 53.

  10. Francisco Umbral, «Haro Ibars», El Mundo (22/02/1992).

  11. Mercedes Rodríguez Pequeño, «Francisco Umbral: la creación de un personaje», en María Pilar Celma, ed., Francisco Umbral, Valladolid, Universidad de Valladolid-Junta de Castilla y León, 2003, págs. 27-46 (pág. 34).

  12. Francisco Umbral, «Antología de tontas», El Mundo (15/09/1990).

  13. Véase la entrada dedicada a la barra: http://lema.rae.es/dpd/?key=barra [23/09/2016]

  14. Francisco de Quevedo, «A un hombre de gran nariz (Soneto)», en Poesía satírico burlesca de Quevedo, ed. Ignacio Arellano Ayuso, Madrid-Frankfurt am Main, Iberoamericana-Vervuert, 2003, pág. 376.

  15. Javier Mayoral, Transgresión, insolencia y creatividad en la prosa diaria de Francisco Umbral: 1976-1994, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2009, pág. 46.

  16. Francisco Umbral, «Prensa y Gobierno», El País (24/10/83). Disponible en http://elpais.com/diario/1983/10/24/sociedad/435798011_850215.html [23/09/2016]

  17. Juan Goytisolo, «Vamos a menos», El País (10/01/01). Disponible en http://elpais.com/diario/2001/01/10/opinion/979081208_850215.html [23/09/2016]

  18. Francisco Umbral, La guapa gente de derechas, Barcelona, Caralt, 1975, pág. 88.

  19. Cfr. Eduardo Martínez Rico, Umbral: vida, obra y pecados. Conversaciones, Madrid, Foca, 2001, pág. 223.

  20. Francisco Umbral, «La hoz y la pizza», El Mundo (06/12/97).

  21. Francisco Umbral, «Matrimonios abiertos», en Crónicas postfranquistas, Madrid, AQ Ediciones, 1976, págs. 183-186 (pág. 185). En su defensa de la democracia, Umbral vio en el periodismo libre una herramienta fundamental, según explico en mi artículo: Guillermo Laín Corona, «Umbral o la rosa rilkeana del periodismo», en B. de Buron-Brun, ed., Francisco Umbral. Verdades…, op. cit., págs. 336-366.

  22. F. Umbral, «La hoz…», loc. cit.

  23. Cfr. E. Martínez Rico, Umbral…, op. cit., pág. 223.

  24. Francisco Umbral, «Los “nazionalismos”», El Mundo (10/02/99).

  25. Ibíd.

  26. Russell Kirk, The Conservative Mind. From Burke to Eliot, Chicago, Regnery, 1960.

  27. Francisco Umbral, «Neofascismos», El Mundo (06/09/2000).

  28. Pueden verse Los emblemas de Alciato, en su edición de 1549, en el siguiente enlace de la BIDISO: http://www.bidiso.es/EmblematicaHispanica/ [23/09/2016]
  29. Ramón Gómez de la Serna, Greguerías, ed. Antonio Gómez Yebra, Madrid, Castalia, 1994, pág. 139.

  30. Francisco Umbral, España como invento, Madrid, Ediciones Libertarias, 1984, pág. 15.

  31. Francisco Umbral, «Hacer Historia», El Mundo (19/11/1997).

  32. Por ejemplo, Francisco Umbral, «Borges», El Mundo (16/06/2006), con motivo del centenario de su muerte, y «Borges 100», La Revista de El Mundo (22/08/99), a tenor del centenario del nacimiento.

  33. Jorge Luis Borges, «Las ruinas circulares», en Ficciones, Madrid, Alianza, 1972, págs. 61-69 (pág. 69).

  34. Marta Gallo, «El Tiempo en “Las ruinas circulares” de Jorge Luis Borges», Revista Iberoamericana, 36.73, 1970, págs. 559-578 (pág. 578)

  35. Francisco Umbral, «Hacer…», loc. cit.

  36. Entre tanta bibliografía posible, puede verse José Luis Abellán, Historia crítica del pensamiento español, iv: Liberalismo y Romanticismo (1808-1874), Madrid, Espasa-Calpe, 1984, especialmente el capítulo xxvii, «La cuestión nacional: del nacionalismo a las nacionalidades», págs. 649-671.

  37. Francisco Umbral, «El Senado», El Mundo (28/09/94).

  38. Marina Casado Hernández estudia, en particular, «La memoria literaria de la Generación del 27 en Trilogía de Madrid», en Bénédicte de Buron-Brun, ed., Francisco Umbral. Memoria(s): entre mentiras y verdades, Sevilla, Renacimiento, 2014, págs. 193-216.

  39. Dámaso Alonso, «Insomnio», en Hijos de la ira, ed. Miguel Flys, Madrid, Castalia, 1988, págs. 73-74.

  40. Sirva de ejemplo este artículo de Francisco Umbral, «Juan Ramón y ellos», El Mundo (13/05/2006).

  41. Francisco Umbral, «Aristocracias», El Mundo (05/04/99).

  42. Francisco Umbral, «A la inmensa minoría», en Amado siglo xx, Barcelona, Planeta, 2007, págs. 179-185 (págs. 184 y 185).

  43. Francisco Umbral, «Nacionalismos», El Mundo (28/03/93).

  44. Francisco Umbral, «La templanza», El Mundo (27/10/98).

  45. Francisco Umbral cita a Lipovetsky, por ejemplo, en «El suicidio», El Mundo (25/02/94).

  46. Francisco Umbral cita a Lyotard, por ejemplo, en «El recado de Clinton», El Mundo (05/05/97).

  47. Francisco Umbral, «Los pueblos sin historia», El Mundo (27/10/2000).

  48. Francisco Umbral, «Unidad Alavesa», El Mundo (01/11/90).

  49. Isabel G. Martínez, «El ejemplo de Álava», El País (07/05/2000). Disponible en http://elpais.com/diario/2000/05/07/espana/957650414_850215.html [23/09/2016]

  50. Anónimo, «Unidad Alavesa, una escisión del PP», El País (29/10/90). Disponible en http://elpais.com/diario/1990/10/29/espana/657154822_850215.html [23/09/2016]

  51. F. Umbral, «Unidad…», loc. cit.

  52. F. Umbral, «Unidad…», loc. cit.

  53. Gilles Lipovetsky, La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, trad. Joan Vinyoli y Michèle Pendanx, Barcelona, Anagrama, 2000, p. 19.

  54. Ibíd., p. 13.

  55. Carlos Peinado Elliot, «Francisco Umbral, defensor del Franquismo: el ethos irónico en el periodismo umbraliano (1972-1975)», en B. de Buron-Brun, ed., Francisco Umbral. Verdades…, op. cit., págs. 235-269 (pág. 235).

  56. Víctor Mínguez, Los reyes solares: Iconografía astral de la monarquía hispánica, Castelló de la Plana, Publicacions de la Universitat Jaume I, 2001, págs. 92-93.

  57. Francisco Umbral, «Mi amigo el ultra», en Suspiros de España, Madrid, Felmar, 1975, págs. 321-324 (pág. 322).

  58. Para la música en Umbral, véase por ejemplo Marina Casado Hernández, «“Con Franco bailábamos mejor”. Música y sociedad en los artículos de Francisco Umbral durante su etapa en El País», en B. de Buron-Brun, ed., Francisco Umbral. Verdades…, op. cit., págs. 391-406, y Emilio Blanco, «“De la música solo me quedaban las canciones populares”: el intertexto musical en el memorialismo umbraliano», en B. de Buron-Brun, ed., Francisco Umbral. Memoria(s)…, op. cit., págs. 443-466.

  59. Francisco Umbral, «Sábado zarzuelero», en Suspiros…, op. cit., págs. 37-39 (pág. 38).

  60. Francisco Umbral, «Que viva España», en Los políticos, Madrid, Sedmay, 1976, págs. 66-67.

  61. Francisco Umbral, «Los estancos», en Crónicas antiparlamentarias, Madrid, Júcar, 1974, págs. 28-30 (pág. 28 y 29).

  62. Véase, por ejemplo, Francisco Umbral, «María José Cantudo», El Mundo (23/09/99): «A uno, en cambio, le parece que los Quintero han hecho mucho daño en España».

  63. Francisco Umbral, «Cristo y los mercaderes», en España cañí, Barcelona, Plaza&Janés, 1976, págs. 24-26 (pág. 24)

  64. Carlos Fernández Santander, El fútbol durante la Guerra Civil y el franquismo, Madrid, San Martín, 1990.

  65. Juan Antonio Simón Sanjurjo, «Fútbol y cine en el franquismo: la utilización política del héroe deportivo en la España de Franco», Historia y Comunicación Social, 17, 2012, págs. 69-84.

  66. Véase, por ejemplo, José Antonio Ferrer Benimeli, El contubernio judeo-masónico-comunista: del satanismo al escándalo de la P-2, Madrid, Istmo, 1982.

  67. Francisco Umbral, «España gana a la ONU en la Copa de Europa», en Cabecitas locas, boquitas pintadas y corazones solitarios, Madrid, Ediciones 99, 1975, pág. 124.

  68. Francisco Umbral, Del 98 a Don Juan Carlos, Barcelona, Planeta, 1992, pág. 210.

  69. Cfr. E. Martínez Rico, Umbral…, op. cit., pág. 229.

  70. Francisco Umbral, «El tebeo», El Mundo (26/12/97).

  71. Francisco Umbral, «El paellómetro», El Mundo (14/07/98).

  72. Francisco Umbral, «La Copa nacionalista», El Mundo (23/05/98).

  73. Francisco Umbral, «Fahrenheit», en La guapa gente…, op. cit., pp. 175-176 (p. 175).

  74. Francisco Umbral, «El telediario», en Spleen de Madrid, Madrid, Organización Sala Editorial, 1972, págs. 103-105 (pág. 104).

  75. Francisco Umbral, «La boda», El Mundo (23/10/98).

  76. Francisco Umbral, «Vender España», El Mundo (16/06/98).

  77. Carlos Peinado Elliot, «Lugares y contramodernidad: los espacios urbanos en el último periodismo de Umbral», en Bénédicte de Buron-Brun, ed., Francisco Umbral: Una identidad plural, Pau, Université de Pau et des Pays de l’Adour-Editions Utriusque Vasconiae, 2009, págs. 95-121 (pág. 95).

  78. Aunque meramente divulgativo y algo autocomplaciente, véase el artículo de Kepa Oliden, «Cuando los vascos inventaron el caserío», El Diario Vasco (18/05/14). Disponible en http://www.diariovasco.com/alto-deba/201405/18/cuando-vascos-inventaron-caserio-20140518001250-v.html?ns_campaign=WC_MS&ns_source=BT&ns_linkname=Scroll&ns_fee=0&ns_mchannel=FB [23/09/2016]

  79. Aunque filtrado por la subjetividad de la columna de opinión, la violenta politización nacionalista de las fiestas populares vascas desde la Transición queda ilustrada en un artículo sobre el lema de ‘Fiestas y Lucha’, en su traducción al castellano, de Manuel Montero, «Jaiak eta Borroka», El País (21/08/07). Disponible en http://elpais.com/diario/2007/08/21/paisvasco/1187725205_850215.html [23/09/2016]

  80. Aunque ya algo antiguo, es ilustrativo el libro de Juan Pablo Fusi, Política, nacionalidad e Iglesia en el País Vasco, San Sebastián, Txertoa, 1988. Más actual es el libro de Alfonso Pérez-Agote, Las raíces sociales del nacionalismo vasco, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, 2008, especialmente capítulo 4, sección iii, «El papel de la Iglesia en la reproducción de la lengua, de la cultura y del nacionalismo» (págs. 145-157). Téngase en cuenta que el lema que los hermanos Sabino y Luis Arana le dieron al nacionalismo vasco y, en particular, al Partido Nacionalista Vasco, es el de «Jaun-Goikua Eta Lagi-zarra», que se traduce como ‘Dios y Ley Vieja’, según puede verse en la entrada correspondiente de la Auñamendi Eusko Entziklopedia: http://www.euskomedia.org/aunamendi/63746?idi=es [23/09/16]

  81. Francisco Umbral, «Chillida y lo vasco», El Mundo (03/09/02).

  82. Francisco Umbral, «Suevos, vándalos y alanos», El Mundo (16/01/2006).

  83. Francisco Umbral, «España y Pujol», El Mundo (09/10/98).

  84. J. L. Borges, «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», en Ficciones, op. cit., págs. 13-36 (pág. 21).

  85. Umbral solía explicar que acollonar era un arcaísmo recuperado para el español actual por Luis María Anson. Véase, por ejemplo, su artículo sobre «Las palabras», El Mundo (19/02/98).

  86. Francisco Umbral, «Nacionalismos y cosas», El Mundo (14/11/96).

  87. Por ejemplo, «El ajuste duro», El Mundo (04/09/90) y «Hombre de buen dejo», El Mundo (25/01/06).

  88. Para los premios de natalidad, puede consultarse uno de los folletos preparados por el Ministerio de Trabajo de entonces, con la información y las bases de solicitud, archivado en la Biblioteca Virtual del Instituto Nacional de Gestión Sanitaria (INGESA) en este enlace: http://bvingesa.msc.es/bvingesa/es/catalogo_imagenes/grupo.cmd?path=1002097&responsabilidad_civil=on [23/09/2016]. Por lo demás, es evidente que la natalidad es un problema que cualquier gobierno, de cualquier signo, debe abordar, y de hecho en la España democrática el gabinete socialista de José Luis Rodríguez Zapatero ofreció una prestación económica de ayuda al nacimiento o adopción de niños en territorio español, conocida popularmente como cheque bebé: «Ley 35/2007, de 15 de noviembre», Boletín Oficial del Estado, 275 (16/11/2007), págs. 46987-46991. Disponible en https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2007-19745 [23/09/2016]

  89. Francisco Umbral, «Pujol, españolista», El Mundo (22/09/98).

  90. Francisco Umbral, «Pujol», El Mundo (19/02/95).

  91. Guillermo Laín Corona, «Los políticos de Umbral: retratos poéticos y antipoéticos», Arbor, 191.774, 2015, a252. Disponible en http://dx.doi.org/10.3989/arbor.2015.774n4007 [23/09/16]

  92. Francisco Umbral, «Pujol», El Mundo (19/02/95).

  93. Francisco Umbral, «Arzallus», El Mundo (02/02/93).

  94. Francisco Umbral, «Lengua y nacionalismo», El Mundo (10/12/98).

  95. Francisco Umbral, «El espatalán», El Mundo (08/07/98).

  96. Por ejemplo, estas declaraciones en TV3: https://www.youtube.com/watch?v=9Sgty4Cey08 [23/09/16]

  97. F. Umbral, «El espatalán», loc. cit.

  98. Francisco Umbral, «La primavera», en Spleen de Madrid/2, Barcelona, Destino, 1982, págs. 151-152 (pág. 151).

  99. «Ley Orgánica 10/1982, de 10 de agosto», Boletín Oficial del Estado, 195, 16 de agosto de 1982. Disponible en https://www.boe.es/buscar/doc.php?id=BOE-A-1982-20821 [23/09/2016]

  100. «González necesitó el voto del canario Mardones para lograr la investidura», El País (06/12/89). Disponible en http://elpais.com/diario/1989/12/06/portada/628902002_850215.html [23/09/2016]

  101. Francisco Umbral, «Mardones», El Mundo (02/12/89).

  102. «Ley Orgánica 6/1981, de 30 de diciembre», Boletín Oficial del Estado, 9, 11 de enero de 1982. Disponible en https://www.boe.es/buscar/doc.php?id=BOE-A-1982-633 [23/09/2016]

  103. Juan Guerra es hermano de Alfonso Guerra, quien fuera Vicepresidente (1982-1991) del Gobierno de Felipe González. Para la polémica en torno a Juan Guerra, puede verse «Confirmada la pena de dos años para Juan Guerra por delito fiscal», El País (15/01/97). Disponible en http://elpais.com/diario/1997/01/15/espana/853282821_850215.html [23/09/2016]

  104. Francisco Umbral, «Teoría del bajalato», El Mundo (24/06/90).

  105. G. Laín Corona, «Los políticos de Umbral…», loc. cit.

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Edición impresa: ISSN 210-4822
Edición en línea: ISSN 2445-0898
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