PROF. JOSÉ LUIS PINILLOS DÍAZ: IN MEMORIAM

PROF. JOSÉ LUIS PINILLOS DÍAZ:
IN MEMORIAM


Boletín de la Real Academia Española
[BRAE · Tomo XCVI · Cuaderno CCCXIII · Enero-Junio de 2016]
http://revistas.rae.es/brae/article/view/145

«El Invisible» –por su discreción y sigilo–, «El inglés» –por su aspecto–, de la banda de Dick Turpin, ideó como tumbar una locomotora en el intercambiador de raíles giratorio de la estación de Santurce mediante una sencilla y meditada treta para bloquear el mecanismo por medio de la colocación adecuada de un banco de madera. Este muchacho, que se autodefinió siendo ya octogenario como joven travieso y que para la hazaña referida ya había tenido entrenamiento previo tales como algunos percances con el fotógrafo y el médico del pueblo, había nacido, según le dijeron, en un ático, sin ascensor, en cuya planta baja tenía su club el Atlético de Bilbao. Superó los primeros años a base de biberones preparados bajo receta del Dr. Areilza, padre del que fuera embajador. Superada esa etapa, se curtió en los campos de San Mamés y Las Arenas.

Entretuvo el tiempo durante los estudios iniciales oteando desde la ventana de su cuarto, ahora en Portugalete, las maniobras de los barcos para entrar a puerto, sobre todo con mal tiempo. Unas veces la marea empujaba a las embarcaciones hacia la playa de Algorta embarrancando en la arena y, otras, la corriente las llevaba hacia las rocas de la costa de Ciérvana.

Concluida la primera fase escolar y tras mudarse a Santurce fue a un colegio de monjas que hablaban francés. Pronto pudo decir «que ya sabía leer», aunque no era del todo cierto. El Blanco y Negro, revista que compraban sus padres, traía una novela por entregas que José Luis intentaba entender, La Isla de Verdemar de Víctor Bridges–«is ver mar», decía Pinillos– y en ella había un pasaje donde se decía que «el tiempo que pasa no vuelve más». Descubrimiento que le produjo una profunda impresión y cuya huella le quedó de por vida. Participó en funciones de teatro y siguió haciendo jugarretas que alguna bofetada le costó.

Por aquella época le tocó en una rifa benéfica un cine que funcionaba con las películas normales; el encargado de las proyecciones de cine de Santurce le regalaba recortes de filmes que empalmaba, aunque carecía de sentido al proceder de películas diferentes. También vio su primera película en color, una donde los protagonistas cantaban: «Solo una flor». A la vez de dominar el montaje audiovisual, se hizo un experto en el manejo de la linterna mágica. Poco después, a raíz de una cámara de fotos que su padre le trajo de Francia se volcó con la fotografía, afición que siempre conservó.

Pasado el tiempo llegó el momento de hacer el examen de ingreso en el Instituto de Bilbao. Una pregunta: «Por qué era importante el río Guadalquivir»; respuesta: «Porque es navegable hasta Sevilla». Así ingresó. El profesor que le examinó se apellidaba Espino; se matriculó en primero de bachillerato, pero resultó que no tenía la asignatura de gramática que aquel profesor explicaba, y que no figuraba en el currículo que cursó. Años después, en la RAE, Cela le contó que le había pasado lo mismo. Tras la guerra civil, teniendo que ocupar el puesto de maestro en Sestao, estudió la gramática de Andrés Bello.

No cabe duda que aprovechó los años del bachillerato; su afición por la Literatura, a pesar de la ausencia gramatical, le hizo un referente entre el alumnado, llegando a cobrar «una cincuenta» por trabajo encargado; beneficios que invertía en la compra de libros. Obtuvo matrícula de honor en la asignatura, pero también la indiferencia del profesor al confesar que también leía novelas de aventuras. Terminado el Bachillerato tenía el proyecto de ir a Valladolid a estudiar Filosofía y Letras; por aquel entonces su único contacto con la Psicología había sido un librito de un profesor de Valladolid que «creo –comenta Pinillos– se llamaba Alejandro Diez-Blanco».

Poco antes de las últimas vacaciones discutió con su amigo Alfonso del Pozo, luego farmacéutico, sobre lo que tendría más importancia política entonces. Alfonso creía que serían los separatismos; Pinillos, que sería el poder central. A la semana comenzaba el infierno. Ante los registros que sufrió su vivienda –su padre había sido concejal del Ayuntamiento– se especializó en construir refugios caseros indetectables; el que construyó en su casa quedó sin descubrir hasta después de la guerra.

Tras «tomar» el Ayuntamiento de Santurce en un acto de insensatez y tras días de confusión, con diecisiete años se alistó en la brigada italiana de Flechas Negras. Allí estuvo toda la guerra, en el Estado Mayor de la división. No vio ni un combate en los dos años largos que quedaban hasta el final de la contienda, cuando recibió la orden de trasladarse a Zaragoza. Viaje accidentado. Pararon, de camino, en Tormos, Huesca. Allí, inspirándose en su lago, escribieron entre Joaquín Muñoz Seca, Ángel Ruiz Ayúcar y Pinillos, una novela humorística titulada El Avaro del Lago. Un poco más allá, en Lucena del Cid, aprovechó su máquina de fotos recién cargada para tomar imágenes del cementerio. «Recuerdo –comenta Pinillos– que los huesos y calaveras andaban rodando por el suelo, y había fosas preparadas para engullir en su seno a los que yacían en los depósitos». En Mosqueruela cogió el tifus, siendo trasladado a un hospital de campaña en Zaragoza. Dado de alta se reincorporó a su puesto en el Estado Mayor. Una corta estancia en Lérida y vuelta a Zaragoza. Por fin la licencia en el ejército italiano. Al menos se iba con cuatro idiomas: español, vasco, francés e italiano.

Le dieron la posibilidad de ingresar en la Academia de Alféreces provisionales, en Valladolid. Una vez egresado tuvo que elegir entre maestro y policía. Escogida la primera opción y tras la oposición pertinente obtuvo la plaza en Sestao, pueblo que se encuentra entre Portugalete y Baracaldo. Allí, ya comenté, encontró a Andrés Bello.

Fue llamado de nuevo a filas al cabo de un año ante la amenaza de que las fuerzas americanas desembarcaran en las costas españolas, dedicándose a hacer nidos de ametralladoras en la costa de Santander, por Castro Urdiales. Allí conoció a Ataulfo Argenta, que entonces todavía no era director de orquesta sino pianista en la Orquesta Nacional, amistad que le sería de cierta ayuda años más tarde a la hora de hacer críticas musicales, a lo que Pinillos dedicó parte de su actividad periodística posterior en la poca conocida revista Finisterre.

Llegó el momento de una decisión inesperada, ir a Rusia con la División Azul. En el verano de 1943 partió desde Logroño hacia Alemania. Fue un largo y pesado viaje en autobús hasta Hendaya; aquí hizo sus primeros pinitos con el alemán y tuvo un primer traspié, le cambiaron pesetas por marcos de acuerdo con un truco ancestral. Ya en tren hacia Burdeos, Angulema, Poitiers. Aquí le preguntaron si era voluntario. Posiblemente a nadie le entraba en la cabeza que en pleno año 43, cuando los reveses comenzaban a sacudir la maquinaria guerrera del Reich hubiese gente que abandonase una Arcadia feliz como España para ir a luchar al nefasto frente del este. «Pero Poitiers quedó atrás –comenta Pinillos– con sus oficiales y sus bañistas». Al llegar a Tours se acrecentó un rumor que había comenzado en Angulema; le habían oído hablar un idioma que se parecía vagamente al alemán, pero asumieron su dominio. Le nombraron intérprete oficial –con el tiempo sería su quinta lengua– y ascendió en el escalafón. Orleans y, por fin, tras cuatro días para atravesar Francia, Hamburgo. «De lo primero que me di cuenta –recuerda Pinillos– fue de que la gente nos contemplaba con simpatía. El ambiente era muy diferente al de Francia». De nuevo en el tren leyó unas letras blancas que destacaban en la locomotora: «las ruedas han de girar para la victoria». Aquello le dio pena y tristeza. «Alemania es verde –escribe– tan verde que parece que un sindicato de turismo acaba de pintar sus praderas y sus árboles». Por fin la despedida, un adiós sincero que vio después en Polonia, en los Países Bálticos, en Rusia, «en todas partes –recalca– menos en Francia», donde nadie les saludó; allí, solo rencor. Una parada en Worms con escaparates llenos de cosas que no se podían vender; artículos de propaganda destinados a producir una buena impresión. Intentó comprar un tomavistas, lo que no consiguió al carecer de un permiso especial del Ministerio de la Guerra; aunque el mismo efecto hubiera tenido un kilo de café.

En Hof, muy cerca de la frontera con la actual República Checa, conoció a alguien especial y a quién, ya en el frente, dedicó una poesía. Luego hacia Letonia, siendo destinado al Grupo de Exploración, en Pjselevo; después al escuadrón encargado a la instrucción y construcción de búnkeres y, finalmente, al «vértice de Slavianka» –para Pinillos, «el dedo de Slavianka»–, por cuya defensa le concedieron la Cruz de Hierro. Tuvo por ello un permiso para ir a Narva, una ciudad fronteriza muy bonita. Le llevaron en el coche de un oficial alemán; tuvieron que detenerse para que pasara una larga comitiva de personas, iban en fila de a tres. No le gustó lo que vio. Preguntó al conductor; «Juden!» fue la respuesta. A los tres días, tomando una cerveza en una zona de recreo para oficiales apareció un soldado alemán en una moto; al verle solo preguntó si podía sentarse a su lado. «Asentí» –comenta Pinillos–, a lo que el soldado respondió: «usted no sabe lo que está pasando aquí, pues yo se lo voy a contar». Tras oír el relato, sin pensarlo dos veces, acudió a hablar con el comandante de la División, quién, sorprendentemente, le firmó la autorización para regresar a España. «Y así termino mi aventura rusa», apostilla. Antonio Muñoz Molina, sin nombrarlo, ha recogido en Sefarad, esa experiencia juvenil que iba a llevar a Pinillos hacia actitudes más abiertas y liberales. Bastante tiempo después volvería comisionado por la UNESCO.

De vuelta a la tierra, en Vitoria, le comunicaron que podía ir a estudiar a Zaragoza, en cuya Universidad hizo los dos años comunes en uno. Luego tuvo que trasladarse a Madrid, el único sitio donde se podían cursar los tres años finales de Filosofía y Letras. Volvió a la Facultad con dos guerras a la espalda, escaldado de la política y habiendo perdido cuatro o cinco años de estudios, así que se dedicó a leer en la Biblioteca Nacional y en la del Ateneo, amén de asistir a los conciertos de la Orquesta Nacional en el Palacio de la Música y a los de la Sinfónica de Madrid en el Monumental. Poco amigo de los Colegios Mayores se alojó en una pensión en la calle de Zurbano.

Pero la guerra había acabado con las extraordinarias cotas alcanzadas en la Facultad de Filosofía de la Universidad Central gracias a la confluencia de Ortega, Manuel García Morente, José Gaos y Xavier Zubiri. Algunos más jóvenes empezaban a crecer en aquel entorno: Pedro Caravia, Julián Marías, Manuel Mindán, Antonio Rodríguez Huéscar o María Zambrano, entre otros. Una de las cátedras fue ocupada por el dominico Manuel Barbado, también director del Instituto de filosofía del CSIC. Tenía muy claro su papel: «Tratándose de España, ni que decir tiene que la doctrina que debe ser enseñada en las cátedras oficiales es la contenida en la filosofía tradicional. Mal se podrá regir el pensamiento de la nación, en lo que a los problemas filosóficos se refiere, si cada profesor tiene un sistema doctrinal propio», escribió Barbado. El escolasticismo tomista vino a extenderse por cátedras y seminarios, hasta convertirse en el pensamiento filosófico dominante.

«La guerra civil lo arrasó todo –escribiría Pinillos en España y la modernidad– y, tras un tragicómico revival del espíritu de la Contrarreforma, hubo que reemprender, por tercera vez, el camino que conducía a un mundo liderado, esta vez, por medio de una tecnología aún más nueva que la nueva ciencia. En ello estamos. La gran tragedia de la cuarta década del siglo veinte fue enfrentarnos sincrónicamente con lo que otros países lo habían hecho diacrónicamente: las revoluciones religiosa, política y social. La revolución científica me temo que aún sigue pendiente», concluye Pinillos.

Se encontró en la Facultad con que tenía «una cierta vocación filosófica», según sus palabras en una entrevista que le hizo José Luis Miralles –«Debo responder contestando la verdad; es decir, no toda la verdad: me reservo el derecho a dejar alguna cosa para el día del juicio final, en el que pienso se formará un gran revuelo y se nos dará una absolución general»–, pero la filosofía allí dominante, «un escolasticismo muy abstracto», confesó que «no le decía nada». Le interesaban mucho más los temas del pensamiento neokantiano, con su doble apertura hacia la ciencia y hacia la metafísica. Puede decirse que Pinillos llegó a la Psicología por exclusión, tal vez porque las únicas clases que le parecían atractivas eran las de Psicología impartidas por Luis Gil Fagoaga, que si bien explicaba una psicología introspeccionista, se apartaba de la ortodoxia y del clericalismo imperante.

En el último año de carrera recibió dos regalos: la supresión de los alféreces provisionales y un diamante y dinero por parte de su abuela paterna para acabar los estudios. Obtuvo el Premio Nacional Fin de Carrera y el Cátedra de Estética por un pequeño ensayo, Pensamiento y Música, que sería publicado en la Revista ARBOR, lo que le valió integrarse como redactor en el grupo que, en torno a Rafael Calvo Serer, elaboraba la citada publicación del CSIC. Para poder vivir escribió, al mismo tiempo, críticas musicales, cuentos y artículos de opinión. Corría el año 1946. En el verano del año siguiente y a raíz de aquel ensayo se encontraba preparando la Tesis doctoral que, con el título «El Concepto de Sabiduría, aportaciones para su esclarecimiento a la luz del Tomismo» y dirigida por José María Sánchez de Muniaín, presentó en 1949. También hizo por aquella época su primer viaje en avión, medio de transporte siempre asociado a algún percance.

Poco tiempo atrás, Julián Marías organizó, con algunos amigos, una modesta academia llamada Aula Nueva; preparaban los estudios del «examen de estado», y allí Marías dio a un reducido grupo, una serie de cursos de carácter universitario, sobre diversas cuestiones de Filosofía. «En uno de estos cursos apareció –escribe Marías– José Luis Pinillos, todavía muy joven», y ahí se inició su amistad. Pasados cuatro decenios Marías daba «la más cordial acogida en nombre de la Academia –de esta Casa–, a uno de mis mejores amigos», tras la lectura del discurso leído el 18 de diciembre de 1988 en su recepción pública, con el título El lenguaje de las ciencias humanas, en el que Pinillos escribe: «Si de verdad queremos que nuestra vida sea un movimiento de realización y no un mero proceso, deberíamos tratar de que las ciencias humanas no siguieran ignorando el lenguaje que permite poner sentido a lo que hacemos». Años más tarde Marías también apadrinaría el que fue, tal vez, el libro más humano y dramático de Pinillos: Psicopatología de la Vida Urbana. Pinillos ocuparía el sillón «s»; el azar hizo que su mentor ocupase el correspondiente a la «S». Con motivo de Al Pie de la Letra, Pinillos escribió: «Caí en la cuenta de que no eran las palabras y las cosas, sino las palabras y las letras lo que a mí me interesaba».

En el curso 1949-1950 obtuvo una beca para ir a ampliar estudios a Alemania durante un año. Estuvo en el Instituto de Psicología de la Universidad de Bonn, donde estudió técnicas de psicología; aprendió, entre otras, la de Rorschach y colaboró con profesores como Siegfried Behn, Aloys Müller o Erich Rothacker; y sobre todo con quién consideró su maestro, el Prof. Hans Grühle. Volvió al año siguiente con una nueva beca de otro año al Instituto Max Plank de Münich.

Ya de vuelta a España, Pinillos consiguió un contrato de colaborador en el CSIC trabajando como secretario de José María Albareda, Secretario general de la Institución, y es en una visita de José Germain a Albareda donde Pinillos conoce casualmente a la persona que estaba reconstruyendo la Psicología científica española tras la guerra civil. Interesado Pinillos en la personalidad como parte de la psicología humanista, Germain le aconsejó visitar a Hans J. Eysenck, en Londres, donde podría conciliar esta visión de la personalidad con su estudio científico.

«La psicología de los años cincuenta del pasado siglo, en sus líneas de vanguardia –escribe Heliodoro Carpintero en su ensayo «José Luis Pinillos, entre el humanismo y la ciencia»–, era principalmente conductista. En Norteamérica, punta de lanza de la investigación, el conductismo dominaba la escena psicológica; había impuesto un rigor científico a ultranza buscando una plena objetividad en sus conceptos. Se había producido la eliminación de la subjetividad que el estructuralismo wundtiano había orientado al estudio de la experiencia, la mente y la conciencia». En nombre de la ciencia, la nueva escuela americana expulsó la mente y la conciencia de la psicología; y con ello, como repetidamente advertirá Pinillos, vinieron a quedar fuera algunos de los aspectos centrales del ser humano, a los que él no estaba dispuesto a renunciar. «Dado que la ciencia, cuyo valor está fuera de duda, excluye ciertas cuestiones a las que el hombre no puede renunciar, hay que reconocer que como como conocimiento resulta insuficiente. Y en esta posición, creo yo –concluye Carpintero–, ha permanecido [Pinillos] situado de manera inalterada a lo largo de su vida». Sin duda, el interés por la ciencia y en particular el interés creciente por la psicología, fueron agitando sus convicciones filosóficas. Le resultaba imposible asumir el retorno a la Escolástica. La psicología era una ciencia positiva y no cabía desnaturalizarla convirtiéndola de nuevo en una mera inquisición filosófica. Pero como ciencia tampoco le bastaba al dejar de resolver cuestiones esenciales que no estaba dispuesto a ignorar. Estos saberes habían sido con frecuencia identificados con las «ciencias del espíritu», calificativo nada apropiado para Pinillos, así que reivindicó el concepto de «humanidades» que Ortega utilizó al presentar su Instituto de Humanidades, fundado por él y Julián Marías en 1948. En sus Apuntes en torno a las humanidades y las ciencias, Pinillos escribió allá por 1951: «Hay que abonar en el genio idiomático de Ortega la restauración de la espléndida palabra humanidades para designar las disciplinas todas que se ocupan de los hechos exclusivamente humanos». Promover y consolidar una ciencia, la psicología, sin perder de vista las inquietudes esenciales de la persona, las humanidades, fue un interés constante de quién hoy recordamos. Parece por ello perfectamente justificado hablar de su «humanismo científico», tal como lo hiciera hace años Moya y Valiente: «su obra nos ofrece una visión omnicomprensiva del ser humano».

Luego ya vendría una sucesión de metas y logros que han definido una carrera muy brillante de psicólogo y profesor universitario, acompañada de una inacabable serie de colaboraciones –con Arnold Toynbee y otros en Deutschland von aussen gesehen, en la monumental International Resources in Clinical Psychology editada por H.P. David, o con Juan Mayor el Tratado de Psicología General en doce volúmenes– y actividades en organismos internacionales, Universidades, academias, asociaciones científicas, conferencias, seminarios deben destacarse los de la Fundación Juan March, en 1979 [annus mirabilis de la Psicología española: ], y los impartidos en la UIMP, desde 2001, como Escuela de Psicología «José Germain»–, la grabación de una serie de vídeos divulgativos sobre temas culturales que fueron emitidos por Antena 3 TV en un programa patrocinado por el Colegio Libre de Eméritos –del que fue miembro fundador–, más de un centenar de tesis doctorales dirigidas y un sinnúmero de premios –cabe destacar el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en el año 1986, que recogió junto a los galardonados con el de las Letras, los también académicos de esta Casa, Mario Vargas Llosa y Rafael Lapesa Melgar– y distinciones a su labor, como la Medalla de Oro de la Villa y Corte. También es preciso recordar una brillante cadena de doctorados honoris causa –una docena de ellos– entre el de la Universidad Pontificia de Salamanca en 1987 y el de Murcia en 2002: Valencia, País Vasco, Santiago de Compostela, Oviedo, Comillas, UNED, Sevilla, La Laguna y Salamanca, sucesivamente. «Un grupo radical revienta el doctorado “honoris causa” de Pinillos en el País Vasco. Un bochornoso espectáculo», fue un titular de El País el 27 de abril de 1989. El acto se celebró dos horas después. Pinillos comentó en alguna ocasión con amargura el incidente, una vendetta porque no había salido el candidato local. Contaba que un antiguo amigo de la infancia, que disponía de información de primera mano del mundo abertzale, le recomendó que no volviera por allí porque podía resultar peligroso. Se tomó muy en serio el consejo y estuvo algunos años sin aparecer por su tierra. Años antes, como recuerda Rafael Fraguas de Pablo, el Gobierno de Subsecretarios, encabezado por Francisco Laína, acudió a Pinillos para pedirle consejo sobre cómo resolver el asunto del Golpe de Estado del 23 F.

Retomaré el hilo temporal. En el CSIC conoció a Elvira Laffon (Uchi), la que sería su primera esposa y madre de sus cinco hijos. Con ella marchó a Londres con otra beca concedida por el Consejo Británico. Estuvo haciendo prácticas de Psicología bajo el magisterio de Hans J. Eysenck –judío alemán emigrado a Gran Bretaña– en uno de los hospitales más importantes de Inglaterra en aquella época, el Maudsley, adscrito a la Universidad de Londres, durante tres años, entre 1951 y 1953. Allí se estableció una férrea amistad y surgió la teoría de Eysenk, consistente en ver la puntuación que obtenían los enfermos en una escala de introversión-extroversión para clasificarlos en esas dimensiones, y así consiguió también el dominio de media docena de lenguas, y un nivel aceptable de ruso.

Eran los principios de los cincuenta, contaba treinta años. Una tarde tuvo una entrevista con un sacerdote español interesado en saber cómo andaba la psicología en Inglaterra; también de temas religiosos. «Dios no es un tema de convencimiento racional. Me gustaría que sí –escribe Pinillos–, me temo que no, no lo sé y usted tampoco, pero me queda la esperanza. Cuando me preguntan si la religión es fruto de la inseguridad, contesto: pues a lo mejor, pero no del todo». Al despedirse, el sacerdote le dijo que gracias a que era una persona mayor habían podido charlar de cuestiones que un estudiante no habría entendido. «El elogio –comenta Pinillos– me cayó como un jarro de agua fría [] máxime cuando estaba descubriendo en Inglaterra un mundo nuevo para mí». Un 11 de abril de 1969, al cumplir los cincuenta, sintió que era hora de hacer un alto en el camino y pensar en lo que iba a acontecer con su vida en el futuro. Trató de corregirse y en las recaídas usó como mecanismo de defensa ese fabuloso invento que es el adverbio de tiempo «todavía». Mal que bien se fue defendiendo año tras año, hasta que otro 11 de abril, esta vez de 1999, al cumplir los ochenta sus nietos tuvieron que ayudarle a apagar las velas de la tarta. Comprendió que «esta vez la llamada del tiempo había sonado en el rellano de la escalera y era un “ya no”, la hora de aceptarse a uno mismo tal como era», aunque todavía quedaban, al menos, una docena de años. «En mi caso –escribe Pinillos– la guerra civil y la posguerra frustraron de una forma tan inesperada y brutal mis ilusiones, que cuando se empezó a normalizar mi vida, el ansia de recuperar el tiempo perdido se convirtió en una verdadera obsesión. Una desventaja que nunca he llegado a superar del todo».

En el bloque de apartamentos a las afueras de Londres coincidió e hizo amistad con un exilado de la Guerra española y con Frank Ayres, uno de los fundadores del Partido Comunista inglés. En Londres le contactó un alto mando militar inglés para ofrecerle entrar en la masonería, lo que rehusó; una situación que volvió a repetirse en Barcelona primero y en México después. También rechazó la propuesta del Opus Dei.

Durante la etapa inglesa tuvo la oportunidad de asistir a los seminarios de Raymond Cattel, Anna (Anneri) Freud, Erwin Stengel, Clara Thompson o Nikolaas (Niko) Tinbergen, y establecer contacto con quienes, formándose en aquel hospital, serían grandes figuras de la psicología, como la estadounidense Francine Shapiro.

De regreso a España escribió un trabajo sobre Eysenk, un desconocido en nuestro entorno de aquel tiempo. «Hace treinta años, la idea de la psicología que prevalecía en la Universidad [española] era más bien filosófica o, por el contrario, se la identificaba con el entonces denostado psicoanálisis. Mis años junto a Eysenck me convencieron de que la psicología moderna debería disponer de un estatuto científico similar al de las demás ciencias positivas y juntamente con algunos otros compañeros me esforcé por difundir esa idea en los medios universitarios españoles».

En 1954 pasó a formar parte del Departamento de Psicología Experimental del CSIC, donde trabajó bajo la dirección del Dr. Germain y en colaboración con Mariano Yela, Miguel Siguán, Manuel Úbeda y Francisco Secadas, en problemas de psicología aeronáutica y en el montaje de dispositivos experimentales. Por aquel entonces el Ejército del Aire recibió unos test encaminados a seleccionar los nuevos pilotos de la aviación militar española. Tras el escepticismo inicial, el reconocimiento de la utilidad fue unánime. A la vez, fue nombrado profesor de Psicología Experimental en la recién fundada Escuela de Psicología y Psicotecnia en la Universidad Central, germen de las futuras Facultades de Psicología, y participó en el lanzamiento de la Revista de Psicología General y Aplicada.

En el año 1955, por su interés sobre qué es lo que pasaba realmente en la Universidad, en la que percibía descontento, se propuso realizar una encuesta entre los estudiantes. «Ni se te ocurra hacerlo», le aconsejaron dos catedráticos de confianza. Por su parte, un grupo de estudiantes a los que consultó le animó a realizarla. El grupo organizado logró distribuir la encuesta; bien pensada, duró hora y media. El resumen del informe que en su día preparó Pinillos comenzaba: «Con objeto de investigar la actitud de los estudiantes universitarios respecto al Estado, la Iglesia, el Ejército y la Universidad, se recogen los datos de cerca de 400 estudiantes de todas las Facultades, a través de cuestionarios anónimos y de entrevistas [] La situación puede resumirse diciendo que existe un difuso clima de disconformismo frente a las instituciones citadas [] Madrid, octubre de 1955». Ante las dificultades de difundir la encuesta, envió un ejemplar a su amigo Sánchez Mazas, que lo hizo llegar al The New York Times. El periódico lo publicó en la tercera página, a dos columnas, el día 4 de enero de 1956 con el título: «Estudiantes en España denuncian al Régimen. El totalitarismo de Franco rechazado por la mayoría en un cuestionario universitario»; lo firmaba Camille M. Cianfarra y transcribía traducidos fragmentos del informe sobre la encuesta. Al día siguiente Pinillos recibió una vociferante llamada telefónica. De la noche a la mañana se convirtió en un judío-masónico-rojo-separatista. «Se me dio una higa entonces», comenta Pinillos. La encuesta, en cualquier caso, tuvo repercusión; lo comentaron favorablemente personas tan diversas como el jesuita reformador que ofrecía su testimonio en el Pozo del Tío Raimundo, en el suburbio madrileño, José María de Llanos, o Indalecio Prieto, ministro de la República exilado en México. Vuelta a Londres a esperar que acampara la tormenta y de nuevo acogido por su maestro Eysenk.

Sus estancias en Inglaterra forjaron también amistad y colaboración con Johnannes Brengelmann, años más tarde director del Departamento de Psicología del Instituto Max-Plank de Munich, surgiendo una serie de artículos sobre un test de reconstrucción de figuras y la problemática entre velocidad de percepción y personalidades neuróticas o psicóticas. Ello representó una aproximación al estudio de la personalidad desde dimensiones perceptivas de laboratorio, un camino que luego no siguió, tal vez porque, como alguna vez ha dicho «la percepción requiere del laboratorio y es imposible vivir en España de un laboratorio»

Algo después fue invitado por la Universidad de Venezuela, le recibieron muy bien, pero no llegó al año cuando por roces con el gobierno decidió volver a España, donde se dedicó, nada más regresar, a dar un curso en la Escuela de Cine que funcionaba entonces en Madrid, enseñando psicología aplicada. Y comenzó la preparación de oposiciones a cátedra para Madrid. Se presentaron Pinillos y Mariano Yela, formado este en Bélgica, en Chicago y aquí en el departamento de estadística. Dos perfiles diferentes; Yela obtuvo la plaza. Corría el año 1957.

En esa época, entre los años 1954 y 1961, además de asistir a bastantes congresos y reuniones científicas en diversos países de Europa y en Estados Unidos de Norteamérica, se dedicó a desarrollar cursos de Relaciones Humanas en la Escuela de Organización Industrial de Madrid.

Más adelante salieron dos plazas de Psicología de nueva creación, una en Barcelona y otra en Valencia. Pinillos obtuvo la de Barcelona, pero el presidente del tribunal, Juan Zaragüeta y Bengoechea, le pidió que dejara la plaza al profesor Miguel Siguán, que era de allí. José Luis Pinillos marchó a Valencia en 1962. Le daba lo mismo y estaba más cerca de Madrid, apuntaría. Se alojó en un Colegio Mayor que dirigía López Piñero; nada más llegar, los colegiales pintaron en la puerta de su habitación unas esvásticas. Los malos entendidos se zanjaron en unos pocos días.

Dedicó los años siguientes a organizar la cátedra y dejar una biblioteca en condiciones aceptables y que el proyecto tuviera continuidad. Leyó y estudió bastante e incluso hizo alguna película con sus colegas Vicente Pelechano y Julio Seoane –comentó. También publicó una serie de trabajos que presentan instrumentos de intervención y diagnóstico psicológico y que responden a la necesidad de producir medios idóneos de trabajo para nuestros especialistas. El primero desarrolla sus experiencias con Eysenk, el Cuestionario de personalidad CEP (control-extraversión-paranoidismo). El segundo se refiere al estudio de la escala «F» de Theodor Adorno vertida y analizada en muestras de población española y utilizada reiteradamente en las décadas pasadas para determinar la compleja estructura mental de lo que, desde los estudios de Adorno, se ha dado en llamar «mentalidad autoritaria». Finalmente, en este grupo de trabajos de índole instrumental, se cuenta un análisis de las respuestas españolas al test de Kent y Rosanoff, una prueba de asociación auditiva.

De 1962 es su Introducción a la Psicología Contemporánea, una versión pulida y retocada de lo que había sido su previa Memoria de oposición, cuyo resultado fue el primer libro escrito por un español después de la Guerra civil que presenta una visión histórica de la evolución de la psicología y de sus raíces en la filosofía, la ciencia natural y las ciencias sociales hechas desde una concepción realmente actual de la ciencia. El texto representaba, sin duda, un salto cualitativo respecto a la literatura psicológica nacional existente en nuestro país hasta aquel momento. «Con todo –escribe Carpintero– no es un libro al uso. No hay más que observar que su índice no se cerraba en el círculo de la psicología, sino que abocaba a unos temas filosóficos, no usuales en este tipo de introducciones por esas fechas. Recuérdese que, en el desarrollo de la psicología positiva, hubo desde su iniciación con Wilhelm Wundt un expreso y deliberado propósito de separar la nueva ciencia de la filosofía [] Pinillos, formado en la filosofía y luego volcado a la psicología, había percibido las limitaciones de la nueva ciencia reaccionando contra toda simplificación. Se ve en un capítulo que enlaza las ideas sobre antropología con el cuerpo general de conocimientos psicológicos, un capítulo que tituló “La deshumanización de la psicología”». En palabras de Pinillos: «La trascendencia, la unicidad, el carácter unitario de la persona, su libertad, los grandes temas de la existencia del hombre, desaparecen del planteamiento psicológico positivo», lo que llama «la secularización del saber psicológico». De ahí que piense que esa psicología necesita reivindicar explícitamente el apoyo intelectual de la antropología.

Tras la jubilación del catedrático en Madrid, en 1966, Pinillos pasó a ocupar la cátedra de Psicología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid. Alquiló un piso en la calle de Arapiles, al lado del local donde impartía sus conferencias Xavier Zubiri, cuyo texto Naturaleza, Historia, Dios siempre consideró una obra de referencia.

Al año siguiente, poco antes de las vacaciones de verano de 1968 recibió una llamada telefónica de José Ortega Spottorno. Fue a verle y tras los saludos de obligada cortesía, D. José le preguntó si estaría dispuesto a escribir un pequeño libro sobre la mente humana. Sin pensarlo dos veces José Luis asintió y respecto al título Pinillos apuntó: «como tú mismo has dicho, la mente humana». Firmado el contrato la familia partió de vacaciones para Santander. Allí ocupó una casa cerca del Sardinero, alquilada antes por el Prof. José Antonio Maravall Casesnoves, donde escribió el manuscrito, «el monstruo de la obra» según le había comentado alguien en el Café Gijón –donde coincidía con Cunqueiro, Blanco Tobío o Cela–; las ilustraciones las haría una hija suya, de catorce años, que se inspiró discretamente en las de algunos textos serios –diría Pinillos–, cuando volvieron a Madrid. Dos o tres meses para pulir el texto y entregarlo. «Para sorpresa mía –escribe-, para antes de la primavera del año siguiente el libro estaba ya en las librerías y quioscos». Apareció con el número 41 de la serie Libros RTV - Biblioteca Básica Salvat. Se vendió como rosquillas», hasta más de un millón de ejemplares en diferentes reimpresiones y reediciones, y terminó por llamarle «la mente divina», porque le permitió comprarse un piso, en la calle de San Martín de Porres, en Puerta de Hierro, donde vivió la familia hasta la muerte de Uchi, en el año 1990. Luego se casaría en segundas nupcias con D.a Ilia Colón, con la que vivió en la calle de Luisa Fernanda, en Argüelles, hasta su fallecimiento. El libro fue considerado en la Universidad de Harvard como prototípico de organización discursiva en la argumentación.

Hizo dos regalos especiales del exitoso libro. Uno a Zubiri, que aunque nada le comentó, supo por José Luis Alemán, el editor del libro, que lo había leído, releído y anotado; y un segundo ejemplar al limpia de la cafetería de enfrente a la casa de Arapiles que, con tal motivo, le introdujo en el mundo de los Testigos de Jehová.

No es fácil condensar la visión filosófica y antropológica que reclamaba Pinillos y que subtiende el periodo más largo de su carrera intelectual. Hay, no obstante, ciertos puntos que pueden ayudarnos a entender sus líneas de pensamiento. «Me referiré –apunta Carpintero– a los siguientes: la influencia evolucionista, el nuevo lugar de la conciencia e introspección, el emergentismo, el camino posible de la psicohistoria, el interés hacia la modificación de la conducta y, en sexto lugar, la postmodernidad».

En el planteamiento de la Introducción escrita en su primer año en Valencia apenas presta atención al evolucionismo. Media docena de años después, casi recién trasladado a Madrid, en La Mente Humana, la introducción a la primera parte –«El origen de la mente»– comienza: «En el orden natural, procede de algo. La mente humana no escapa tampoco al dictado de esta férrea ley a que está sometida la realidad entera», dedicando algunas páginas al proceso de hominización que no es más que un proceso de cerebración evolutiva. En el mismo año, 1970, publica una Biografía Completa de Charles Darwin, que escribió para una serie de grandes figuras históricas. Y cinco años después, el primer capítulo –«Origen y evolución de la mente»– de su obra Principios de Psicología, comienza: «La mente humana no ha caído del cielo [] Hasta llegar al hombre la vida ha tenido que construir laboriosísimamente una pirámide de especies. La psicología no debe olvidar que la mente humana procede de un psiquismo animal». Es a través de la evolución como cabe entender la aparición de la conciencia en el ámbito general de la vida biológica.

La noción de psicología científica de Pinillos no empezaba por el método, ni se aferraba a él, sino que empezaba por el objeto –comenta Marino Pérez Álvarez. De hecho lo que le preocupaba era el objeto de la psicología como ciencia. Lo del método era lo de menos, no por carecer de importancia, sino porque estaría al servicio del objeto. Basta repasar el «Epílogo» de su magna obra, y lástima que no publicara el libro prometido sobre de Historia y Método de la Psicología.

Si en 1975, Pinillos había cerrado sus Principios, con un epílogo «Sobre el objeto de la Psicología», un capítulo de reflexión ontológica en el que se aboga por la recuperación de la conciencia como digno asunto de investigación psicológica, en su trabajo de 1978 –Lo físico y lo mental– retoma la discusión acerca de las posibilidades futuras de la psicología en función de que siga por la senda exclusiva de lo físico –conductismo– o, por el contrario, se incluya también lo psíquico –cognitivismo– en sus disquisiciones. « ¿Lo físico y lo mental? ¿Por qué comenzar la serie de Ensayos –Fundación Juan March, 1978-1979– levantando la liebre del dualismo? –pregunta Juan Antonio Vera– ¿En qué lugar teórico se encontraba la psicología internacional como para correr el riesgo de concitar al viejo fantasma cartesiano? De algún modo, lo que Pinillos está haciendo –continúa Vera– en esta primera entrega es advertir a los potenciales lectores de la serie que se iban a encontrar ante una psicología un tanto extraña, una psicología que habla de la conciencia, y aún del inconsciente, pero que no es psicoanálisis; una psicología que se quiere científica, pero que no es conductismo». «A qué llamamos conciencia –pregunta Pinillos en Las Funciones de la Conciencia–; la conciencia es algo esquiva –responde». En Los Principios de Psicología comenta un episodio de una conversación mantenida entre Herbert Feigl y Albert Einstein, allá por 1954, en Princeton: «Yo le pregunté –nos dice Feigl– si en una representación física cuatridimensional del universo, idealmente perfecta, tendrían cabida las cualidades de la experiencia inmediata. Einstein, con su humor habitual respondió: “Mire, si no fuera por esa iluminación interior, el mundo no sería sino un montón de basura”».

Propondría que junto a la idea de un vector de cerebración creciente, que han acuñado los antropólogos, se tenga en cuenta otro vector de concienciación, que también se iniciaría débil y tímidamente en algunas especies superiores de mamíferos y cobraría plenitud en la especie humana haciéndole posible una evolución cultural y técnica. La conciencia, dice Pinillos, abre a la realidad y sintetiza grandes cantidades de información, haciendo posible la sucesiva serie de decisiones y elecciones que dan cuerpo a la vida biográfica, y con ello a la plena constitución de una realidad personal, propositiva, que tiende a metas personales y ajusta la conducta a los fines que se propone. «La conciencia –leía en una conferencia dictada en la Universidad de Valencia– no lo es todo en la vida del hombre ni en la ciencia psicológica, pero es uno de sus elementos esenciales. Para ser personas no basta con vivir, hay que saber que se vive, ser conscientes del propio existir. En el ámbito de la evolución, la aparición de la conciencia adquiere caracteres de una gran innovación adaptativa, de valor biológico decisivo».

El evento mental, la «representación» es, para Pinillos, un efecto, un «epifenómeno», un momento de desconexión entre los eslabones que dan lugar a la cadena causal y mecanicista en la que se encerraría todo comportamiento de no mediar dicho epifenómeno. Pero el de Pinillos no es un epifenómeno reduccionista sin posibilidad de reobrar sobre el funcionamiento del sistema. «El epifenómeno de Pinillos –insiste Vera–, en definitiva, se niega a asumir el papel del inútil en la escenografía de la vida mental, quedando capacitado para forzar un alto en la marcha del estímulo hacia la respuesta. Si se admite esta propuesta «emergentista», como quiere Pinillos, donde los niveles superiores se entiende que son capaces de reobrar sobre los inferiores, entonces la representación mental puede reanudar la causación transitoriamente interrumpida y dirigir la actividad cerebral hacia una respuesta efectiva, quizás adaptativa, pero no determinada directamente por la estimulación».

La conciencia abre la vida al tiempo de la biografía y de la historia. Este campo de la historicidad también ha merecido largamente su atención. «El reconocimiento de que la cultura ejerce una influencia efectiva sobre la ciencia, especialmente en el campo de las ciencias humanas y sociales, implica una ruptura con el paradigma psicológico actualmente en curso», escribió en 1992. «La ciencia de la modernidad tenía como objetivos prioritarios la universalidad y unidad del conocimiento, la precisión y, por supuesto, la objetividad. Bertrand Russell dijo en una ocasión, apunta Pinillos, que la imprecisión de lo real se hacía patente sobre todo a los que pretendían ser precisos. Pues bien, esto parece ser lo que ha ocurrido. La sociedad actual lleva camino de institucionalizar aquellos rasgos como el pluralismo, la ambigüedad, la fragmentación o la subjetividad del conocimiento, que la modernidad había tratado de marginar. La ambigüedad de lo real no había tenido acceso al horizonte intelectual de las ciencias humanas hasta que ha hecho crisis el espíritu de modernidad: es ahora cuando la epistemología comienza a hacerse histórica. Tal vez sea un buen momento para que las ciencias del hombre dirijan su mirada hacia ese reflejo de la vida que, con todas sus miserias y grandezas, es la historia de la humanidad». Así termina el discurso Historicismo y objetividad en las ciencias del hombre pronunciado con motivo de su investidura como Doctor honoris causa por la Universidad de Sevilla. «No se trata de una conversión al paradigma historicista; lo que le importa –apunta Carpintero–, desde sus tiempos iniciales, es abrir barreras y permitir un acercamiento riguroso pero flexible a la realidad humana. Se trata de renunciar a aplicar un “lecho de Procusto” en que se corten y eliminen las dimensiones proyectivas, responsivas, finalistas y creadoras de la persona en su existencia real, a la vez social e histórica, en vista de que tales dimensiones exceden los límites de un cerrado naturalismo determinista». Su interés por la naciente psicohistoria, en la que la historicidad de la conciencia y de las mentalidades colectivas cobra la primacía teórica queda plasmado en su libro Psicología y Psicohistoria, de 1988, donde se decanta por la historia psicológica y la historia de las mentalidades frente a la psicobiografía.

Pinillos nunca ha sido «hombre de un solo libro» –escribe Carpintero. La conversión a la nueva psicología de la mente y de la historia no le hizo olvidar algunos de los grandes logros del paradigma conductual anterior. La psicología conductista se orientó hacia la construcción de una doctrina teórica sobre la conducta y hacia la intervención práctica destinada a ejercer un control técnico sobre los comportamientos que había estudiado como objetos teóricos. Ambas dimensiones estaban interconectadas. El saber de la ciencia natural buscó entender y también explicar, predecir y controlar. Desde los años finales de la década de 1950 varias corrientes conductuales comenzaron a desarrollar programas de intervención. Se trataba de modificar determinados hábitos de respuesta que eran personal o socialmente inadecuados e incluso patológicos. La creación de la carrera de Psicología, en 1979, fue un factor decisivo que acentuó el interés por las técnicas comportamentales, y la modificación de la conducta se convirtió en la herramienta más eficaz al servicio de los profesionales ofreciendo diversas posibilidades de aplicación en ambientes educativos, profesionales y clínicos. Aprovechó seminarios y conferencia para difundir el valor y sentido de las técnicas conductuales siguiendo los pasos de su maestro Hans J. Eysenck que fue uno de los más decididos promotores. Pero no pudo despreocuparse del problema que le asediaba: «¿acerca o aleja esta psicología en relación con la persona misma? ¿Humanizan o deshumanizan las técnicas conductuales que ahora se nos ofrecen como instrumentos privilegiados?, se lee en El riesgo de las manipulaciones y su crítica. De suerte –escribía–, el empleo de técnicas que potencian la vida de la persona en su mundo histórico, antes que manipulación, habría de ser visto como actividad emancipatoria y liberadora de la persona a la que con aquellas se trata».

A Pinillos le preocupó, cuando orientó su vida hacia los problemas de la mente humana, encontrar que la psicología dominada por el mecanicismo había ido perdiendo subjetividad. De acuerdo con su personal visión, la psicología habría estado muy influida por las peculiares condiciones de la modernidad. «Una corrección de los desequilibrios mencionados lo representaba –apunta Carpintero– la emergencia del nuevo paradigma cognitivista que restauraba el papel de la mente y la conciencia. Otra, las orientaciones historicistas y, en general, el movimiento de la psicohistoria». Pero aún ha habido más. En determinados círculos se produjo un movimiento de reacción contra el espíritu modernista y la búsqueda de un modelo nuevo: la postmodernidad. Esa crisis de la modernidad que abría la puerta a un horizonte nuevo interesó a Pinillos en su etapa de mayor madurez, carrada ya su época de profesor activo en la Universidad. Son muchos los escritos donde vuelve una y otra vez sobre el tema de la postmodernidad y con frecuencia sus palabras no están exentas de cierto reproche a sus contemporáneos colegas y académicos en quienes no ve una sensibilidad para la nueva época que a sus ojos avanza, inexorable, y que va a condicionar en gran medida los saberes sobre la persona. Esto serían, en su opinión, algunos aspectos del postmodernismo que pueden influir o condicionar la nueva situación: rechazo de la idea de la totalidad, exaltación del pluralismo frente al imperio monista de la totalidad, he aquí la mejor receta contra los totalitarismos: animar a otros a ser lo que quieran ser y nunca imponer; escepticismo ponderado; deconstrucción de los dogmas y los sistemas establecidos; aprobación al caos y la complejidad; exclusión de las élites y de la normativa universalista, intertextualidad; desconfianza del cientifismo; inconmesurabilidad de los juegos lingüísticos; actitud posthistórica, supresión del concepto de historia universal heredado de la ilustración, y nihilismo lúcido. Resulta chocante que sus reflexiones puedan considerarse coincidentes con las de uno de los paladines del conductismo, Burrhus Frederic Skinner, en el prólogo a su Walden Dos: «No considere nada inmutable. Cambie y esté dispuesto a volver a cambiar. No acepte ninguna verdad como eterna. Experimente». En cualquier caso, Pinillos defendió la autonomía personal para, ante todo, proponerse fines, lejos de la autocensura, generalmente por miedo, imperante.

Dando por buenos tales rasgos, sintetizados después de una inmersión larga y profunda en los textos postmodernistas y postestructuralistas como Jean-François Lyotard, autor de La Condición Postmoderna, Jean Baudrillard, Gilles Deleuze, Jacques Derrida, Steiner Kvale o Pauline Rosenau, de donde ha salido su último libro, El Corazón del Laberinto. Crónica del Fin de una Época, «resulta evidente que, desde su perspectiva de psicólogo atento a los nuevos vientos culturales no podía menos de inquietarle los que veía soplar sobre la mente contemporánea: la razón humana se ha decantado hacia la mercaduría, hacia intereses bastardos, y ha dejado de lado el logos», concluía.

«Decir adiós a un miembro de esta Academia, que ha sido un maestro para tantos de nosotros, es siempre triste, pero a la vez, una buena ocasión para recordar con agradecimiento tanto su legado personal como su legado científico. José Luis Pinillos perteneció a ese grupo excepcional de académicos españoles que, después de la guerra civil, abrió caminos nuevos a la investigación y la docencia, con un admirable espíritu de innovación y de responsabilidad –valor fundamental para la conciencia y conducta humana, para Pinillos–, haciendo posible que nuestro país emprendiera una línea de progreso, que ojalá continuara». Son palabras de Adela Cortina Orts en la sesión in memorian celebrada en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Perteneció a un conjunto de académicos excelentes, en ese sentido del término «excelencia» que cabe degustar en los poemas homéricos, pero trasladado a nuestro tiempo: personalidades con una inteligencia y capacidad de trabajo fuera de lo común, con un bagaje cultural extraordinario, que saben poner su saber y su hacer al servicio de una sociedad necesitada de ellos. Precisamente porque fueron excelentes de este modo, seguimos viviendo en muy buena medida de su contribución y les recordamos con profundo agradecimiento.

Intentar cambiar de perspectiva metodológica en el campo del saber, y hacerlo con un sano equilibrio, exige siempre eludir el doble riesgo que acecha a cualquier conversión: o bien el converso sigue profesando en realidad su antigua fe, en este caso la filosófica, y sólo aparentemente ingresa en la nueva comunidad, la científica; o bien abjura sin contemplaciones de la fe antigua, practica una radical metánoia, y se convierte en un abanderado integrista del nuevo método.

José Luis Pinillos tuvo el mérito de elaborar una psicología científica rigurosa, pero no reductivamente cientificista; una psicología positiva, pero no positivista –una concepción postpositivista, seguramente tipo patrones de conocimiento, donde las observaciones cobran sentido a la luz de las explicaciones–; una psicología pertrechada de un sujeto y de un sentido humanos, pero tampoco humanista, si es que por tal se entiende una investigación que renuncia al rigor teórico y se centra en la experiencia personal. En cualquier caso, comenta Pinillos que no creó psicología propia; fue un integrador de lo que se forjaba fuera de nuestro entorno que nos estaba vetado y lo puso a disposición de los que aquí quisieran avanzar en el campo; fue lo que le tocó, no lo que él hubiera querido hacer. Fue, eso sí, psicólogo pero sin fanatismo. «Uno de los méritos que con mayor justicia puede atribuirse a José Luis Pinillos –apuntan Gallego y Bandrés– es haber introducido la psicología moderna en la Universidad». Habría que añadir otro apuntado por Julián Marías: «ha rehuido las visiones simplistas que dejan fuera parte de la realidad y renuncian, por eso mismo, a la posibilidad de las soluciones».

Al final de Las Funciones de la Conciencia escribe: «Ser consciente del propio fin es la última función de la conciencia, no la menos importante, hacer presente al hombre su finitud. Es entonces, como nos recuerda Marías en su Antropología Metafísica, cuando hay que preguntarse qué cosas interesan de verdad en esta vida, cuáles son las que en realidad valen la pena, aquellas por las que tiene sentido desvivirse. La conciencia de la propia finitud es la suprema función de la conciencia de la persona».

Termino. A la plenitud humana, a la de José Luis Pinillos, no se llega por la inercia de la cantidad. Freud dijo en una ocasión que la misión del aparato psíquico era proteger al hombre de la cantidad. Con esa misma pretensión les he hecho esta breve semblanza de nuestro compañero. Termino con palabras machaconamente repetidas por Pinillos: «aurrera beti, seguir adelante, siempre, con el corazón abierto y la esperanza en la frente. El signo de la vitalidad no es durar, sino renacer y adaptarse».

Paz y Bien.

Pedro R. García Barreno

Real Academia Española


Autobiografía y Currículum vítae

José Luis Pinillos Díaz. «Currículum vítae et studiorum», Revista de Psicología General y Aplicada, 1999; 52 (1): 27-41.

José Luis Pinillos. «Entrevista autobiográfica [con José Luis Miralles]», Revista de Historia de la Psicología, 1982; 3 (3): 185-207.

José Luis Pinillos. «Entrevista [con Helio Carpintero]», Papeles del Colegio de Psicólogos, 1987; 28 y 29: 51-54. http://www.papelesdelpsicologo.es/vernumero.asp?id=311 (acceso: 17 agosto 2015).

José Luis Pinillos. Epílogo, Una Producción de Igeldo-Maradentro C.B. / Canal + España ©, 2005.

José Luis Pinillos. Memorias [inéditas] dedicadas «a mis padres, que me dieron la posibilidad de escribirlas, y a mis hijos y a mis nietos, que tendrán la posibilidad de leerlas».

Trabajos sobre «José Luis Pinillos Díaz»

Abellán, J. L. «José Luis Pinillos, la institucionalización científica de la psicología», El País, 12 nov. 2013; http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/12/actualidad/1384294254_793954.html (acceso: 17 agosto 2015).

Begazo Arenas, Y. F. «In Memoriam. José Luis Pinillos», Revista de Psicología (Arequipa. Universidad Católica San Pablo), 2014; 4 (4): 123-124; http://ucsp.edu.pe/investigacion/psicologia/wp-content/uploads/2015/03/Necrolog%C3%ADa-Jos%C3%A9-Luis-Pinillos.pdf (acceso: 17 agosto 2014).

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Gonzalo-Blanco García, E. «Diferencias de organización discursiva en la argumentación [La Mente Humana, J. L. Pinillos], el diálogo y el relato. Análisis de un conjunto de textos de distinta naturaleza», TONOS-Revista Electrónica de Estudios Filológicos, 2007; 13 (13): https://www.um.es/tonosdigital/znum13/secciones/estudios_LL_organiza_discursiva.htm (acceso: 17 agosto 2015).

Infocop Online-Revista de Psicología, 2013. Serie de artículos en torno a la figura de José Luis Pinillos con motivo de su fallecimiento: 1) Infocop, «Fallece José Luis Pinillos, uno de los padres de la Psicología empírica española», 05/11; http://www.infocop.es/view_article.asp?id=4816. 2) Pérez Álvarez, M., «Recordando a Pinillos con gratitud», 19/11; http://www.infocop.es/view_article.asp?id=4837. 3) Fuentes. J., «Mi recuerdo personal de la figura universitaria y humana de José Luis Pinillos», 27/11; http://www.infocop.es/view_article.asp?id=4842. 4) Carpintero Capell, H., «Adiós a José Luis Pinillos», 03/12; http://www.infocop.es/view_article.asp?id=4869. 5) Gallego, C., Bandrés, J., «Pinillos supo conciliar la preocupación por el hombre con el rigor científico y académico», 11/12; http://www.infocop.es/view_article.asp?id=4885 (acceso: 17 agosto 2015).

Laudatio académica, «Investidura como Doctor Honoris Causa del Excmo. Sr. José Luis Pinillos Díaz»: Vázquez Fernández, A., Universidad Pontificia de Salamanca, 1987. Carpintero, H., Universitat de València, 1988. Freijo Balsabre, E., Universidad del País Vasco, 1989. Serrano Martínez, G., Universidade de Santiago de Compostela, 1990. Alemany Briz, C., Universidad Pontificia de Comillas, 1993. Lemos Giráldez, S., Universidad de Oviedo, 1995. Maciá Antón, M.a A., Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1996. Blanco Picabia, A., Universidad de Sevilla, 1997. Pelechano Barberá, V., Universidad de La Laguna, 2000. Quiñones Vidal, E., Universidad de Murcia, 2001. Vega Vega, J. L., Universidad de Salamanca, 2002.

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Valiente, P. El Humanismo Científico de José Luis Pinillos. Tesis Doctoral. Director: Luis García Vega; Madrid: Facultad de Psicología, Universidad Complutense, 1992. http://biblioteca.ucm.es/tesis/19911996/S/4/S4004001.pdf (acceso: 17 agosto 2015). El trabajo, exhaustivo, se estructura en: Introducción [pg. 1-12]; trece Capítulos articulados en varios apartados –cap. 1: Panorama de la psicología española: contexto para la formación y desarrollo del pensamiento de José Luis Pinillos [pg. 14-62]. cap. 2: Semblante de José Luis Pinillos [pg. 63-136]. cap. 3: En busca de la sabiduría [pg. 137-172]. cap. 4: El contacto de José Luis Pinillos con la ciencia empírica [pg. 173-194]. cap. 5: José Luis Pinillos y el estudio científico de la personalidad [pg. 195-244]. cap. 6: José Luis Pinillos y la selección de personal [245-301]. cap. 7: Estudios de José Luis Pinillos sobre inteligencia [302-323]. cap. 8: Investigaciones de José Luis Pinillos en psicología social [pg. 324-374]. cap. 9: El modelo de ciencia psicológica de José Luis Pinillos [pg. 375-418]. cap. 10: La presencia de Freud en el modelo de ciencia psicológica de José Luis Pinillos [pg. 419-436]. cap. 11: La deshumanización de las tecnoestructuras [pg. 437-490]. cap. 12: La recuperación de la conciencia en el pensamiento de José Luis Pinillos [pg. 491-530]. cap. 13: José Luis Pinillos y los estudios en psicohistoria [pg. 531-605]–; Conclusiones [pg. 606-620], y Bibliografía [pg- 621-661]. Representa, sin duda, la obra de referencia sobre la obra de José Luis Pinillos Díaz.

Valiente, P. «Importancia de la conciencia en el sistema psicológico de J. L. Pinillos», Revista de Historia de la Psicología, 1993; 14 (3-4): 163.178; http://www.revistahistoriapsicologia.es/app/download/5972089911/16.+VALIENTE.pdf?t=1392330278 (acceso: 17 agosto 2015).

Vázquez Fernández, A., González Mateos, M.a S., ed. Temas de Psicología (II): Estudios de Homenaje a José Luis Pinillos, Colección Bibliotheca Salmanticensis 82, Universidad Pontificia de Salamanca, 1986.

Vera Ferrándiz, J. A. «1979. Un año para recordar en la historia de la psicología española», Revista de Historia de la Psicología, 2005; 26 (4): 213-242; http://sfcb11628de7748e1.jimcontent.com/download/version/1364982622/module/5854357711/name/09.%20VERA.pdf (acceso: 17 agosto 2015).

Vera Ferrándiz, J. A. «1979 y la psicología española, treinta años después», Revista de Historia de la Psicología, 2009; 30 (2-3): 393-401. http://www.revistahistoriapsicologia.es/app/download/5838407811/44+VERA.pdf?t=1362393973 (acceso: 17 agosto 2015).

Yela Granizo, M. «Discurso de contestación» al de recepción de J. L. Pinillos, Las Funciones de la Conciencia, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Madrid, 1983; http://www.racmyp.es/R/racmyp/docs/discursos/D54.pdf (acceso: 17 agosto 2015).


Agradecimiento

Mi gratitud a D. Octavio Pinillos Laffon por las amenas e instructivas conversaciones y la información facilitada sobre el Prof. J. L. Pinillos.

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Edición impresa: ISSN 210-4822
Edición en línea: ISSN 2445-0898
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