RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL Y LA HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL
Y LA HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

Inés Fernández-Ordóñez

Real Academia Española
Fundación Ramón Menéndez Pidal


Boletín de información lingüística de la Real Academia Española
[BILRAE · 11 · Marzo de 2019]
http://revistas.rae.es/bilrae/article/view/281


En la Fundación Ramón Menéndez Pidal, en la que fue casa y lugar de investigación del fundador de la filología española, se conservan todos los materiales que don Ramón redactó, clasificó y almacenó desde finales del siglo xix hasta poco antes de su muerte en 1968. De ellos se nutrieron todas sus obras de perfil lingüístico, como el Manual de gramática histórica española (1904), el Dialecto leonés (1906), la Gramática y el Vocabulario de su edición del Poema del Cid (1908-1911), los Documentos lingüísticos de España (1919), la magistral Orígenes del español (1926,19503) o los estudios incluidos en Toponimia prerrománica hispana (1952). En el primer tercio del siglo pasado estas investigaciones introdujeron la lingüística histórica y la dialectología en el panorama nacional con hipótesis y metodologías antes desconocidas, y elevaron esas disciplinas a la altura que habían alcanzado fuera de España. No en vano estimamos hoy que la labor de Menéndez Pidal levantó los cimientos de la filología en España, no solo por las contribuciones concretas, sino porque fue capaz de formar una amplia y devota escuela que continuó y completó los surcos por él abiertos. Pero, hasta cierto punto, las obras mencionadas, de consulta aún hoy necesaria, también contribuyeron a dar una imagen algo sesgada de los intereses de don Ramón. De sus títulos se deduce que Pidal habría sido un filólogo fundamentalmente centrado en la investigación de los orígenes remotos y medievales de nuestra lengua, y no tanto en el devenir de los cambios acaecidos en su historia moderna y contemporánea. Esa falsa imagen engañó al ilustre romanista norteamericano Yakov Malkiel y autor de una de las mejores semblanzas –precisamente por no estar libre de observaciones críticas– de la obra lingüística de Menéndez Pidal, semblanza que, junto a otros trabajos, será reeditada precisamente este año por el Centro para la Edición de los Clásicos Españoles1. El ritmo menor de publicaciones hizo pensar a Malkiel que, desde la Guerra Civil, la lingüística no había tenido un lugar destacado en las preocupaciones de don Ramón. En realidad, nada menos cierto. Durante 50 años Pidal trabajó en un plan, concebido hacia 1900, de escribir una Historia extensa de la lengua española. Para él reunió minuciosa y calladamente, sin prisa alguna por publicar, todo tipo de anotaciones y materiales durante más de medio siglo. Los trabajos lingüísticos que se fueron publicando hasta la Guerra Civil se concibieron solo como los aperitivos o primeros platos de ese gran proyecto, el basamento del templo o catedral que pensaba erigir. Todos ellos estaban primariamente destinados a proporcionar los ingredientes necesarios para el banquete de la Historia de la lengua, convite que, sin embargo, su autor no llegó a celebrar en vida. De la Historia solo dio a conocer algunos adelantos parciales y, abandonada en estado incompleto, fue dada a la imprenta póstumamente, y con todo rigor editorial y generosidad por su nieto, Diego Catalán Menéndez Pidal, en 20052.

La publicación tardía de la Historia de la lengua ha sustraído a la filología española la posibilidad de valorar su altísima importancia y radical novedad conceptual para el momento en que fue preparada y redactada. El grueso de la Historia de la lengua fue escrito precisamente durante la Guerra Civil y en la década inmediatamente posterior, periodo en que suele suponerse a Pidal ya despreocupado de la lingüística. Aunque la redacción solo alcanza las postrimerías del siglo xvii (1680), los materiales conservados en la Fundación permiten asegurar que planeaba incluir todo el período moderno, incluyendo la primera mitad del siglo xx, y nos dejan conocer de primera mano las ideas del autor, sus reflexiones, las versiones y reelaboraciones de su pensamiento. La parte fundamental del legado se conserva en cerca de 80.000 papeletas almacenadas en dos archivadores originales, de roble y de nogal, pero también disperso en cajones de cartón y en otros muebles3.

De haberse publicado en vida de su autor, la Historia de la lengua hubiera proyectado una idea muy diferente de las contribuciones de Menéndez Pidal a la historia de la filología española y hubiera matizado mucho algunas generalizaciones sobre sus ideas. Por ejemplo, la visión de Menéndez Pidal como lingüista fundamentalmente interesado en vestigios arqueológicos o remotos, en la reconstrucción de los orígenes lingüísticos, queda desmantelada en su Historia de la lengua. A la historia de la lengua literaria, desde el siglo xiii hasta el siglo xx, se dedica en la obra tanto o más espacio que a la evolución lingüística general. Y en ella se abona no solo el terreno predilecto de la poesía tradicional –la lírica, la épica o el romancero–, sino también el vasto campo de toda la literatura culta española, desde el mester de clerecía hasta el modernismo y la generación del 27. En segundo lugar, descubrimos también una meditada y original reflexión sobre la periodización histórica de la lengua literaria, sin paralelo en cualquier otro tratadista de la historia de la lengua o de la literatura españolas. Rechazando la fragmentación basada en los siglos, en los reinados, en épocas determinadas políticamente o en las generaciones –entonces tan en boga–, Pidal propone límites cronológicos absolutamente singulares construidos sobre el examen minucioso de las fechas de nacimiento y muerte de todos los autores literarios activos en un periodo, a los que agrupa sumando varias generaciones que comparten preocupaciones intelectuales y tendencias estilísticas.

No menos novedosa es la teorización sobre las fuerzas evolutivas que determinan el cambio del idioma. Algunas ideas se habían expuesto en Orígenes cuando diserta sobre la evolución lingüística como resultado de la lucha entre la tradición y la innovación. Lo interesante es que estas ideas del cambio como fruto de la contienda de contrarios se extienden al análisis de la lengua literaria como constantes evolutivas que se reproducen una y otra vez a lo largo de los tiempos. Son dos las tendencias que operan en la evolución de los estilos literarios. La tendencia a la naturalidad en el lenguaje es conservadora y busca la eficiencia comunicativa con el oyente o lector. Característica de esta tendencia es la proximidad de la lengua literaria a la lengua hablada, predominante, por ejemplo, en el Renacimiento, Lope o Cervantes. A ella se opone la tendencia a la artificiosidad, que es innovadora y resulta de la expresión subjetiva del hablante o escritor. Se singulariza porque la lengua literaria busca renovarse y distanciarse de la hablada, como sucede en el Barroco, en Juan de Mena o Góngora. Aunque las dos tendencias conviven en cada período, siempre hay una que prevalece en la estilística colectiva. En la visión de Menéndez Pidal la historia de la lengua literaria debe fragmentarse en grandes edades, de unos dos siglos y medio cada una, que se caracterizan por una primera época en que prima la naturalidad, seguida de un segundo periodo de artificiosidad, antes de un tercero y final de decadencia, que suele denominar «marasmo», para volver a comenzar un nuevo ciclo. Estas ideas pidalinas, expuestas sucintamente en la introducción a su Historia de la lengua, se reflejan claramente en el texto y en la organización de las numerosas papeletas que preparó para escribirla.

De todas ellas, las más novedosas son las que contienen el borrador de la Historia de la lengua de los siglos xviii al xx, la sección que no llegó a redactar. El planteamiento ambicioso de su trabajo se revela en que toma notas sobre su mundo estrictamente contemporáneo y llega incluso a reseñar su propia aportación a los trabajos de esta Academia. La cédula, elaborada seguramente alrededor de 1939, resulta premonitoria sobre la actividad posterior de esta casa y reza así:

Tomé posesión en 1902, director 1925-1936, terminada mi reelección en 1938. Hago que se quiten los acentos de las partículas átonas a, e. Que la Gramática se redacte prefiriendo ejemplos auténticos de escritores a los inventados. Que en el Diccionario se eviten las remisiones en seco de una palabra a otra que se da por sinónima; aún quedan muchas. Que las etimologías se rectifiquen y al menos se omitan las malas. Muchas quedan aún malas. Que la comisión de Academias Americanas no sea nominal e inactiva sino que dirija preguntas a los correspondientes buscando en ellas ilustración y luz para los americanismos, considerados generalmente como arcaísmos o como formas sancionadas en la literatura americana. Que las elecciones no recaigan en figurones de la política sin más méritos. Conteniendo el servilismo de los que ofrecían su voto lo mismo a Primo de Rivera que a Azaña. Disgustos. Elección de Alcalá Zamora planteada cuando la dictadura y consumada cuando la república, siempre inoportuna.

Que el Dicc[ionario] y Gram[ática] se llame de la lengua española, contra el voto de Picón, Ortega Munilla y otros castellanistas. Que se comunique con el público, con la prensa proponiendo normas. Un ensayo amarar, oposición. Queda reducido a notas en el boletín.

Y aunque muchas de las orientaciones que él introdujo se fueron consolidando después y hoy se dan casi por supuestas, el que fue director de la Real Academia durante 32 años termina su anotación, con humildad reveladora de su talla personal, apuntando: «[De otra tinta] Me faltó la persistencia, la consagración».

El dilatado proceso de reflexión sobre el hecho lingüístico y literario que revela la larga gestación de la Historia de la lengua aumenta, si cabe aun más, la figura de Menéndez Pidal. Alejado de la prisa por alcanzar notoriedad, preocupado por erigir un edificio que no pudiera ser derribado por la fragilidad de sus cimientos, acopiando datos articulados sobre sus ideas pero sin traicionar la objetividad, trabajó silenciosamente durante la mitad de su vida para crear lo que es, sin duda, un monumento tan original y de tanta relevancia como la que se ha considerado tradicionalmente su obra maestra en lingüística, los Orígenes del español. Tal como en Orígenes, don Ramón es capaz de integrar historia de la lengua y dialectología, historia general con movimientos culturales y políticos, lengua hablada y lengua escrita, pero a esos logros se añade, en la Historia de la lengua, la capacidad de armonizar todo ello con la historia de la literatura española y de sus escritores más ilustres.

Quiero terminar mi intervención citando otras palabras inéditas de don Ramón. Se conservan en una de las cédulas que escribió para el prólogo de su Historia y reflejan bien, en mi opinión, la magnitud de su honestidad intelectual y personal, valores siempre tan escasos. Con independencia de la ambición investigadora de su empresa vital y los inmensos logros obtenidos, a pesar de la profunda originalidad de su obra, son precisamente esos valores los que explican que su figura haya transcendido a su presente y que hoy, en este bienio que ahora comienza, le rindamos homenaje. Dicen así:

No buscaré la ruina de ninguna teoría o sistema anterior. No ambicionaré el escándalo y la gloria del revolucionario. El deseo de la novedad en la ciencia debe ceder al de la objetiva exactitud, no debe anteponérsele como hoy se hace en estos tiempos de hiperestesia del sentido de la individualidad. Atenderé, sí, a dar lisa y llanamente mis ideas, mi articulación de la materia []. No discutiré con nadie, no pulverizaré enemigos, tarea más lucida que fecunda, aunque se invente al maniqueo para pulverizarle. Suele exagerarse aquello en que diferimos del enemigo, suele ocultarse aquello que él ya dijo como nosotros, para dar a nuestro pensamiento novedad extrema que de ningún modo tiene. []

Para servir a la ciencia hay que desdeñar las actitudes ruidosas, odiar el escándalo innovatorio. No adoptaré actitudes extremas. Diré llana y templadamente mi opinión, que no diferirá mucho de las de los demás, pero que aspira a enjuiciar en buena armonía y lealmente las afirmaciones extremas y llamativas para reducirlas a términos firmes y seguros4.

Muchas gracias por su atención.


NOTAS
  1. Yakov Malkiel, «Era omne esencial…», Romance Philology, xxiii:4 (1970), págs. 371-411.

  2. Ramón Menéndez Pidal, Historia de la lengua española, 2 vols., Madrid, Fundación Ramón Menéndez Pidal y Real Academia Española, 2005.

  3. El proyecto de «Digitalización y catálogo del fichero de Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal» permite ya el libre acceso a los investigadores de parte de esos materiales en el Repositorio digital de la Universidad Autónoma de Madrid <https://repositorio.uam.es/handle/10486/681913>.

  4. Ideas semejantes aparecieron publicadas en su ensayo «Novedad y alcibiadismo» (1953), reproducido en Non omnis moriar. Dos lecciones de Ramón Menéndez Pidal, Madrid, Seminario Menéndez Pidal, 1969.

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