RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL, HISPANISTA

RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL, HISPANISTA

Aurora Egido

Secretaria de la Real Academia Española
Presidenta de Honor de la AIH


Boletín de información lingüística de la Real Academia Española
[BILRAE · 11 · Marzo de 2019]
http://revistas.rae.es/bilrae/article/view/279

 

«La voz ingenua, dejos asturianos de alzada,
las barbas siempre en flor, como en abril la jara,
y rosas las mejillas –sol de tardes románicas–,
aquí viene don Ramón y cuantos con él cantan»
                                                                               
Gerardo Diego
«Marza» a Don Ramón Menéndez Pidal

Permítanme que apele, en esta ocasión, al conocido verso del romancero «Alza tu voz, pregonero» para poner la mía al servicio del gran filólogo y polímata Ramón Menéndez Pidal, que sirvió durante tantos años a la Real Academia Española. Su poliédrica figura requiere sin duda que la afrontemos desde distintas perspectivas, dada su dedicación a la lingüística, la literatura, la historia y otros muchos afanes humanísticos; entre ellos, la de ser un nombre relevante en el hispanismo internacional desde sus comienzos.

Cuando en 2002 prologaba el número 8 del Boletín de la Asociación Internacional de Hispanistas, no podía por menos de recordar la figura de quien fue nombrado primer presidente de honor de dicha asociación, cuando esta celebró en Oxford su congreso fundacional durante los días 9 a 11 de septiembre. En esa ocasión, fue elegido Dámaso Alonso como presidente efectivo y Elias Rivers como secretario. Ambos hicieron lo indecible para que el congreso siguiente se celebrara en la Universidad de Nimega, pese a las calamidades económicas de los miembros de la Junta Directiva, pues, según el propio don Dámaso, eran «como el sastre de Campillo, que cosía de balde y ponía el hilo».

En el 40.º aniversario de la fundación de la AIH, Miguel Batllori, Alan Deyermond, Francisco López Estrada, Elias Rivers y Andrés Soria Ortega trazaron unas iluminadoras palabras en el mencionado Boletín recordando aquel primer encuentro, que se prefirió tuviera lugar fuera de España por motivos que no necesitan comentario. De hecho, el gobierno de España se ofreció a patrocinar el congreso, correr con todos los gastos y crear una sede permanente en Madrid. Pero, en aquellos años del franquismo, la aceptación de la oferta habría significado la pérdida de independencia de la nueva AIH y el congreso se celebró, por ello, en territorio británico.

Gracias al patrocinio de la UNESCO, el volumen de las Actas se publicó dos años más tarde por la editorial The Dolphin Book, dirigida por Joan Lluis Gili y lo prologaron Frank Pierce y Cyril A. Jones. Se iniciaba así un largo camino, que incluye la evolución del significado de las palabras hispanismo e hispanista, puntualmente analizadas por Juan Gutiérrez Cuadrado en un artículo de 2004 del mencionado Boletín, titulado «Hispanolimpio».

En el discurso «Observaciones críticas sobre las biografías de fray Bartolomé de las Casas», que don Ramón leyó en Oxford, se presentó ante los hispanistas como un doctor oxoniense honoris causa, que, al recordar la encaenia de 1922, cuando recibió ese título, no se olvidó de nombrar al profesor W. P. Ker, especialista en épica germánica, que le invitó a que hablara entonces sobre sus ideas en torno a la poesía popular. Él se consideraba entonces discípulo de Rufino José Cuervo, Carolina Michaelis, Morel-Fatio, Fitzmaurice-Kelly y Lidfors. Vale decir, de quienes habían recorrido con afán y rigor el árido camino de la Filología por el que sin embargo él quería avanzar pertrechado de nuevos métodos. Sus palabras dibujaban el proceso como si se tratara de una cadena formada por maestros y discípulos que necesitaba de continuidad permanente. Él hizo además una llamada a luchar contra la inferioridad en la que se hallaba, a la altura de 1962, el hispanismo.

Su discurso en Oxford, «Observaciones críticas sobre las biografías de fray Bartolomé de las Casas», suscitó un encendido debate, y, cada vez que se aproximaba don Ramón al borde de la tarima, los presentes esperaban lo peor, según dijo el mencionado profesor Deyermond, «haciéndonos temer que muriera a los 93 años cayendo, como Calisto (aunque por razones muy distintas)».

En la Memoria de la AIH (1962-2003), publicada, como el citado Boletín de la AIH por la Fundación Duques de Soria, Mariano de la Campa recogió abundante información sobre la correspondencia de Dámaso Alonso con Elias Rivers y otros socios de la AIH guardada en la Biblioteca de la Real Academia Española, señalando el aire fresco que representó, para nuestro país, la celebración de aquel primer congreso. Pero no es mi intención detenerme en los trabajos y los días de dicha asociación, puntualmente analizados por Frank Pierce y Lía Schwartz, entre otros, sino dejar constancia de aquella fecha señera de 1962, cuando se celebró su primer congreso. En él, se redactaron sus estatutos, se desarrollaron numerosas conferencias y debates, y el profesor Peter Russell organizó una magna exposición bibliográfica en la Bodleyana y en otras bibliotecas para ilustración de los trescientos hispanistas que acudieron al evento. Don Ramón supo ver entonces con meridiana claridad que aquello suponía «colocar la primera piedra de un edificio cuya necesidad antes no era sentida».

Durante aquellos días, la Universidad de Oxford abrió sus puertas a los hispanistas, permitiendo que vivieran en el Christ Church College, donde siglos antes residió el humanista Juan Luis Vives. Parece que don Ramón se divirtió tanto en aquella ocasión, que alguien comentó que parecía el más joven de los congresistas. Él mismo dijo: «algo positivo gana la vejez con la depuradora experiencia: ella enseña a no perderlo todo, si conserva viva la facultad de admirar a los nuevos maestros y mantiene la esperanza en la fortuna de la nueva juventud».

Según Francisco López Estrada, algo se barruntó entonces de que aquella primera convocatoria iba a echar raíces. Sobre todo, porque se contó con la presencia de hispanistas de 27 países que, a partir de entonces, se reunirían cada tres años en distintos lugares del mundo. Aquello fue además «como una nueva llamada del humanismo». Y así lo sintieron muchos otros, que se irían agavillando en torno al vocablo «hispanista» bajo la imagen señera de un nonagenario como don Ramón, que desembarcó en Oxford con sus alumnos y los alumnos de sus alumnos, muchos de ellos formados en las recordadas aulas de la República Española.

En estos aciagos tiempos del Brexit, convendría recordar que el deseo de crear la Asociación Internacional de Hispanistas surgió en el seno del comité de la Asociación de Hispanistas de Gran Bretaña e Irlanda en 1957, y que fraguó, como he dicho, en 1962, año en el que también surgió la Asociación de Hispanistas de Francia, seguida luego de las de Italia, Alemania, Suiza, Canadá y otras muchas establecidas hasta hoy por los cinco continentes.

En el mencionado número 8 del Boletín de la AIH, José Jesús de Bustos Tovar escribió una cumplida semblanza sobre don Ramón en la que encarecía su gusto por la palabra viva y su espíritu andariego, probado a lo largo del tiempo desde sus años pasiegos a su expedición a los Andes. Y no olvidaba, como es lógico, su vocación filológica y el espíritu científico de carácter regeneracionista que imprimió siempre a sus obras.

Hay que tener en cuenta además que Menéndez Pidal tuvo, desde muy tempranamente, un reconocimiento internacional, pues fue nombrado miembro de la Accademia dei Lincei (1913) y más tarde doctor honoris causa por la Universidad de Toulouse (1921) y por La Sorbona (1924).

En ese ámbito internacional, conviene recordar que su figura surgió en paralelo con la del científico Santiago Ramón y Cajal, que hablaba siempre de los tónicos de la voluntad a la hora de acometer las tareas de la investigación y de la docencia. Ambos convivieron en la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), piedra angular de la renovación investigadora de ese medio siglo de filología española, entre positivismo e idealismo, que estudiara con detención el profesor José Portolés Lázaro.

Don Ramón dio a lo largo de su vida una nueva idea de España y de su historia que tuvo mucho que ver con los afanes de los escritores del 98 y con los de las sucesivas generaciones del 14, del 27 y del 36, hasta convertirse en el maestro de la filología española por antonomasia y en espejo de los hispanistas, al abrigo del Centro de Estudios Históricos y de otras instituciones como la Real Academia Española, pese a cuanto supuso la ruptura de la Guerra Civil.

Su deseo de comunicarse con los centros de investigación extranjeros y de abrir España a las nuevas corrientes críticas fue constaste en él, y así se lo comunicó a Federico de Onís, mostrándole su afán por situar nuestro país a la altura de los más avanzados. Gracias a su seriedad científica, Menéndez Pidal logró que su escuela alcanzara la mayor consideración en la romanística internacional, pues no en vano, como dijo Rafael Lapesa, él fue el introductor de la lingüística moderna en España.

Pero yo desearía resaltar, en esta ocasión, su tesis sobre la unidad del idioma español, que él apoyó siempre y a la que dedican todo su esfuerzo las 23 academias que componen actualmente la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), incluida, claro está, la Real Academia Española. En ella ingresó don Ramón, el más joven de los académicos, de la mano del más viejo, don Marcelino Menéndez Pelayo, un 19 de octubre de 1902, como si aquel día supusiera, en cierto modo, la entrega de un testigo que simbolizaba a la vez un cambio de métodos de investigación y de siglo.

Menéndez Pidal fue un humanista en el sentido clásico del término, pues consagró sus trabajos y sus días a resaltar la dignidad de las Humanidades, comenzando por la dignidad de la lengua, gracias a la cual accedemos al resto de los saberes. Para él, la lengua era además inseparable de su literatura, y así lo demostró desde su trabajo de 1896 sobre La leyenda de los Infantes de Lara, y a ella dedicó estudios fundamentales, como los relativos al Cantar de Mío Cid, la poesía juglaresca, La Celestina, el Quijote y tantos otros trabajos sobre novela, teatro o poesía. Pero sobre todo creó escuela; una escuela abierta incluso a los adversarios, con quienes lidió en campo abierto (pienso en su obra La Chanson de Roland y el neotradicionalismo, opuesta a las teorías de Joseph Bédier). Maestro de filólogos, como ha señalado José Ignacio Pérez Pascual, don Ramón fue un auténtico pionero en la historia del pensamiento científico español aplicado a la filología, más allá del tradicional individualismo estéril, contra el que luchó solidariamente.

Menéndez Pidal perteneció a la saga de los humanistas del Renacimiento y a la de los universalistas del siglo xviii, caso del abate Andrés, José Celestino Mutis o Antonio José Cabanilles. Me refiero a quienes entendieron que la cultura carece de fronteras y que las lenguas, como las leyendas, son un venero constante de riqueza cultural. Sus estudios se adelantaron además a las teorías modernas sobre oralidad y escritura, y su tesis sobre la literatura que vive en variantes, tantas veces aplicada por él a la épica y a la lírica, ofrece un sinfín de posibilidades críticas. Sobre todo, si la aplicamos el teatro del Siglo de Oro, que él calificó ingeniosamente de «cinedrama».

En ese y otros sentidos, me remito a su discurso de entrada en la Real Academia Española, donde mostró las raíces cuentísticas de El condenado por desconfiado de Tirso de Molina, que apenas había sido estudiado desde la perspectiva teológica centrada en el problema de la predestinación. Don Ramón supo ver en la obra una fusión de las culturas cristiana, hebrea y árabe, probando que el drama remitía a una leyenda del Mahabharata, que llegó hasta el Calila e Dimna y otros textos medievales a través de muchas variantes; entre ellas, la de la literatura pelvi en la Persia sasánida. Ese discurso académico no sólo confirmaba la riqueza supuesta por el contacto de civilizaciones, sino la lección de una obra como la de Tirso, que representaba ideas tan valiosas como las de humanidad y altruismo, que fueron curiosamente santo y seña en la escuela pidaliana.

Don Ramón –todo hay que decirlo– tuvo además la fortuna de disfrutar de un entorno familiar con ilusiones compartidas. Bastará aludir a su esposa, María Goyri, cuya dedicación filológica merecería consideración aparte, al igual que la de otros miembros de la saga filológica por ellos generada.

Gustav Siebenmann consideró en 1983 los estudios hispánicos como una tarea internacional que abarcaba tanto los estudios de la lengua como los de la literatura y de la cultura de los países de habla hispana. Y, en ese y otros aspectos, el hispanismo tiene, con Ramón Menéndez Pidal, una deuda impagable, que cada uno debe restituir en la medida de sus posibilidades. El Boletín de la Real Academia Española y el Boletín de Información Lingüística han ido publicando diferentes trabajos dedicados a él durante el presente año y así lo seguirán haciendo a lo largo de 2019, como tributo a quien fundara en 1914, con tanto acierto, la Revista de Filología Española, de fecunda trayectoria.

Para terminar, recordaré unas palabras de don Ramón en el discurso oxoniense de 1962:

Desde la atalaya de mis muchos años, repito la eterna voz de alerta: la mies es mucha, los obreros aún pocos, y la cosecha muy difícil. Pero no quiero ser aquí la voz de la gruñona vejez, esa vejez cuyas ventajas parecen, diga lo que diga Cicerón, las de un trágico ganapierde final de la vida.

Aferrándose a la esperanza en la nueva juventud, Menéndez Pidal, gracias a su actitud generosa y al rigor de sus trabajos, sembró mucho y logró una buena cosecha filológica que crece día a día. Él fue profeta y fedatario de un hispanismo sin fronteras, del que sigue siendo uno de sus mejores pregoneros.

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