BONIFACIO CHAMORRO, TRADUCTOR DE HORACIO Y BIBLIOTECARIO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Introducción

Publicamos, en esta ocasión, un trabajo de Daniel Martín Mayorga, gerente de la Real Academia Española, sobre la figura de Bonifacio Chamorro, traductor de Horacio, y que fue bibliotecario de dicha Institución.

Como pórtico al artículo hemos creído oportuno añadir un extracto de la obra de Alonso Zamora Vicente, Historia de la Real Academia Española, Madrid, Espasa, 1999, pp. 411-417. En él se han añadido los nombres de quienes han ejercido la labor de Académico Bibliotecario desde 1989 hasta la fecha.

Asimismo, incluimos un retrato de don Bonifacio publicado en internet por la Asociación de antiguos alumnos del Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, donde él fue profesor de latín.


Boletín de información lingüística de la Real Academia Española
[BILRAE · 9 · Junio de 2018]
http://revistas.rae.es/bilrae/article/view/232






LA BIBLIOTECA
DE LA
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Alonso Zamora Vicente

El siguiente texto ha sido extraído del libro de Alonso Zamora Vicente Historia de la Real Academia Española, Madrid, Espasa, 1999.

En los comienzos de su trabajo, la Academia no sintió la necesidad de poseer una biblioteca: disponía de la librería privada del marqués de Villena, en cuyo palacio se celebraban las reuniones. Lo mismo ocurrió hasta la muerte del cuarto director, don Juan López Pacheco, nieto del primero (1751). Al encontrarse la Academia sin local fijo, hasta su llegada a la Casa del Tesoro, en 1754, la conciencia de poseer unos instrumentos de trabajo propios se colocó en el punto de mira de sus deseos. Ya había habido algún intento de «buscar libros», y quizá ahora se veía, además, la urgencia de separar los de los particulares de los Villena. El primer intento de adquisición de fondos fue la compra de los libros de Gonzalo Machado, en 1733, al que siguió el destacado de la compra de la biblioteca particular del primer secretario, Vicencio Squarzafigo (1737). La Academia acordó comprar esta biblioteca, unos mil volúmenes (sin duda, de los más manejados en la preparación de Autoridades). Blas Nasarre y Vicente García de la Huerta fueron los encargados de llevar a buen término la compra. Parece que se valoró en «quince mil reales». Pero lo más sustancioso del hecho, fue que, a partir de ese instante, la Academia fijó una cantidad en sus presupuestos para adquisición de libros: es decir, veían ya los académicos la inexcusable obligación de ensanchar ese fondo, a la vez que se eliminaba todo rastro de empleo de propiedades ajenas o privadas. Se decidió destinar trescientos ducados anuales a tal fin. Y, a la vez, se redactó el primer reglamento para la organización y vida de la biblioteca.

Hasta 1794, ya trasladada la Corporación a la calle de Valverde, el secretario estaba al cargo de la custodia de los libros. Es en ese año, con la tranquilidad que produce el disponer de locales apropiados, cuando la Academia nombra el primer bibliotecario académico: Juan Crisóstomo Ramírez Alamanzón, quien renunció a su cargo en 1808, indudablemente por las circunstancias políticas, que no pudo eludir por ser, a la vez, bibliotecario real. Le sucedió Joaquín Lorenzo Villanueva, clérigo de múltiples actividades, persona muy inquieta y discutida. Que no debió de hacer cosa señalada por la biblioteca: esta se cerró, ante el desasosiego general provocado por la guerra. Terminada la contienda, a Villanueva le esperaban la cárcel primero, el destierro después. Exilio en un principio en el país y finalmente en Inglaterra e Irlanda, donde murió en 1837.

La Academia, sin embargo, no esperó a que el problema de Villanueva se solucionase. Los vientos políticos no parecían favorables al regreso de los numerosos exiliados, y la Corporación necesitaba seguir con su actividad. Nombró un bibliotecario nuevo. Primero intentó salvar el escollo con un interino: Manuel Abella, en 1814, año difícil para la Academia. Pero también Abella, al año siguiente, tuvo que abandonar y ausentarse. Entonces, la Academia eligió, ya en propiedad, a un gran bibliotecario, hombre empeñoso, dedicado con fervor a sus tareas: Martín Fernández Navarrete, quien desempeñó el cargo entre 1817 y 1844. Navarrete dio un gran empujón a la biblioteca académica. Redactó el primer catálogo, completó series mutiladas, adquirió muchos volúmenes que redondeaban los fondos, incorporó al fondo general las bibliotecas privadas de varios académicos exiliados (Villanueva, Martínez de la Rosa...). Intervino muy activamente en ediciones, etc. En un período en que los libros españoles se vendían o se subastaban en todas partes, Navarrete supo salvar e incrementar la biblioteca académica con éxito extraordinario.

En años posteriores fueron bibliotecarios, ya con clara visión de lo que la biblioteca era o debía ser, José Duaso (1844-1849); Eusebio María del Valle (1849-1867); Antonio Ferrer del Río (1867-1872); Aureliano Fernández Guerra (1872-1894); Mariano Catalina (1898-1899); padre Miguel Mir (1899-1912); Emilio Cotarelo Mori (1913, en interinidad); Jacinto Octavio Picón (1913-1923); Francisco Rodríguez Marín (1923-1941); Joaquín Álvarez Quintero (1941-1943); Ricardo León, quien murió a los pocos días de ser elegido, dejando paso a Vicente García de Diego (1943-1978); Alfonso García Valdecasas (1979-1986); José García Nieto (1986-1989); Gregorio Salvador (1989-1998); Emilio Lledó (1998-2006); José Manuel Sánchez Ron (2006-2014). En la actualidad, desempeña este cargo Pedro Álvarez de Miranda, elegido en 2014.

La importancia de la biblioteca académica quedó reconocida ya a finales del siglo xix, cuando un Real Decreto (25 de febrero de 1894, al hacer el traslado a la nueva casa, residencia actual), incorporó la colección al cuidado del Cuerpo Facultativo de Archivos, Bibliotecas y Museos, dotando una plaza para ella. Se dio la casualidad de que, antes, en 1867, había sido designado académico bibliotecario Antonio Ferrer del Río, quien pertenecía al flamante Cuerpo (había sido creado en 1858). Ferrer murió en 1872, antes de la incorporación oficial. De la biblioteca se han encargado varios bibliotecarios distinguidos. Luis García Rives estuvo en la casa entre 1919 y 1948, fecha esta última en que pasó a ser director del Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores. García Rives organizó numerosas exposiciones de libros españoles dentro y fuera de España, y redactó los oportunos catálogos. Fue autor de un Vocabulario medieval, premiado por la Academia (premio Cartagena, 1945). No publicado, fue incluido en el fichero general. A Luis García Rives le sucedió Bonifacio Chamorro Luis, latinista, entusiasta traductor de Horacio y profesor de lengua latina, historiador de la biblioteca de Jovellanos, etc., trabajo este último muy valioso (Revista de Bibliografía Hispánica, Madrid, 1944). Chamorro estuvo a cargo de la Biblioteca académica entre 1949 y 1955. Su hueco se cubrió con la personalidad de Jaime Moll Roqueta, quien permaneció en la Casa hasta 1988, en que obtuvo la cátedra de Bibliología de la Universidad de Madrid. Aparte de su dedicación a los viejos libros, reflejada en numerosos artículos, Moll es destacado musicólogo y ha dado fin a esclarecedores trabajos sobre esta materia. Vino a sucederle, en 1988, Luz González López, excelente colaboradora, gran conocedora de los problemas que hoy rodean a las bibliotecas históricas y desvelada por la buena marcha de la Institución. Dos auxiliares colaboran eficazmente al servicio de lectura. La biblioteca académica, a pesar de estar concebida para el uso de la Corporación, se abre a toda persona que necesite manejar sus fondos, previas unas mínimas condiciones. Los fondos sobrepasan ya los cien mil volúmenes.

Se destinó a biblioteca el ala sur del edificio de Felipe IV, en la planta principal. A pesar de su amplitud, ha sido necesario ir ensanchando el espacio destinado al depósito. Primero se habilitó el ancho hueco correspondiente al frontón del edificio (antes, se había habilitado el ala norte, simétrica a la biblioteca, para seminario y lugar de redacción de diccionarios, y allí se trasladaron numerosísimos volúmenes, los más frecuentemente manejados). Hacia 1960 y siguientes, la mitad del ala sur fue reformada y casi cuadruplicada su capacidad al habilitarse estanterías metálicas y de dos pisos; lo mismo se hizo en el hueco del frontón. También se aumentó, con estos arreglos, la seguridad del depósito y de sus contenidos. Durante varios años, entre 1970 y 1989, se han ido cambiando, en todo el edificio, los elementos combustibles, decorados, zócalos, etc., del siglo xix por otros más modernos. Solamente se ha respetado la mitad del ala sur, tal y como se concibió al construir el edificio, como testimonio de una época y de una forma de ver la biblioteca. Finalmente, hacia 1980 y con la colaboración de la dirección general de Bibliotecas del Ministerio de Cultura, se ha construido una cámara acorazada para protección de los libros preciosos... Hoy, la biblioteca es modelo de funcionamiento y de amor por los libros.

Entre los libros antiguos, relativamente abundantes, debemos recordar el códice del siglo xv con las obras de Gonzalo de Berceo. Parte de ellas (el códice, procedente del monasterio de San Millán, en La Rioja, fue fragmentado cuando la exclaustración del siglo xix) había sido comprada por el hispanista norteamericano Caroll Marden, quien la donó a la Academia (1925). Otra gran parte fue adquirida en el comercio anticuario por la Academia a principios de siglo. Hoy existe una excelente edición facsímil del códice (1983), ordenado, y con los folios que están en propiedad particular todavía. También se ha editado en facsímil (1992) muy cuidado el Códice Puñonrostro (siglo xv), con las obras de don Juan Manuel. Fue adquirido por la Academia Española, a principios de siglo, al librero Krapf (mil pesetas, en 1904). Tesoro inestimable es el códice del Libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita, del siglo xiv. El códice llegó a la biblioteca en 1802, en que lo donó el director, don Pedro de Silva Sarmiento, albacea del anterior propietario, Tomás Antonio Sánchez. Es el llamado Códice Gayoso, por haber pertenecido a este erudito (Benito Martínez Gayoso). Después de haber pasado por Francisco de Santiago Palomares, este se lo regaló a Tomás Antonio Sánchez en 1787. También existe edición facsimilar (1974).

Varios son los manuscritos dignos de mención aparte que se guardan en la biblioteca académica: las Etimologías de San Isidoro, del siglo xii; el Fuero Juzgo, del siglo xiii, que perteneció a Campomanes (hay varios manuscritos de los siglos xiv y xvi), el Fuero Real (siglo xv). Abundan documentos de autores del siglo xvii, de gran interés (Góngora, Quevedo, Cervantes: de este último, el proceso con motivo de la muerte de Gaspar de Ezpeleta, Valladolid, 1605, amén de otros muchos que Pérez Pastor dejó). Es muy importante el grupo de documentos sobre pragmáticas, noticias bibliográficas diversas, ventas, etc. Un lugar de excepción ocupan los numerosos autógrafos del siglo xix (y algunos del xx) (marqués de Molins, Nicomedes Pastor Díaz, Bretón de los Herreros, Ventura de la Vega, Alarcón, Hartzenbusch, García Gutiérrez, Zorrilla, etc.). Uno de los últimos ingresos en este apartado, en la biblioteca, ha sido una donación de papeles referentes a Simón Bolívar, hecha por Salvador de Madariaga en 1972. Ya en el siglo xx se han incorporado numerosos autógrafos de los hermanos Álvarez Quintero, regalo de su hermana María Luisa, y el poeta Jesús Lizano depositó en la biblioteca su obra poética (1986).

Los incunables que ennoblecen la biblioteca académica se acercan hoy a los cuarenta. Entre ellos cabe recordar las Partidas, de Alfonso X (Sevilla, 1491); el Doctrinal de caballeros, de Alonso de Cartagena (Burgos, 1487); Cancionero de Juan del Encina (Salamanca, 1496); Lilio de Medicina, de Bernardo Gordonio (Sevilla, 1495); San Isidoro, Liber Etimologiarum (Venecia, 1483); Nebrija, Dictionarium ex sermone latino in hispaniensem (Salamanca, 1492); Universal Vocabulario en latín y en romance, de Alfonso de Palencia (1490); Diego Rodríguez de Almella, Valerio de las Historias (Murcia, 1487); Enrique de Aragón, Los doce trabajos de Hércules (Burgos, 1499); Vicente de Beauvais, Speculum Historiale, 1473... Existen varios tomos de Séneca, Cayo Itálico, Gil de Roma, Plutarco, etc. Para los libros más distinguidos, la Corporación dispuso un salón en la planta baja de Felipe IV, para exponerlos en vitrinas (las estanterías de las paredes contienen las publicaciones académicas). Con alteraciones temporales, aún pueden contemplarse, en compañía de manuscritos y otros recuerdos de escritores.

Son más abundantes los impresos de los siglos xvi y xvii, en los que la selección para enumerarlos aquí se rodea de dificultades. Citaremos las varias impresiones de San Agustín (Valladolid, 1511; Toledo, 1538); Cosmografía, de Pedro Apiano (Amberes, 1548); Cancionero General (Toledo, 1527; otra edición de 1557). Son varios los ejemplares cervantinos (Quijote, Madrid, 1605; 1610; Bruselas, 1611-1616; Lisboa, 1617, etc.). La Galatea (Alcalá, 1585); Pedro Ciruelo, Reprovación de las supersticiones y hechicerías (Salamanca, 1556); Libro de Albeytería, de Manuel Díaz (Toledo, 1507); Belianís de Grecia, de Gerónimo Fernández (Burgos, 1579; 1587); Rodrigo de Santaella, Vocabularium Ecclesiasticum (Estella, 1546); varios Fueros entre 1528 y 1592; El pastor de Fílida, de Gálvez de Montalvo (Madrid, 1582); Sumario de las maravillas y espantosas cosas que en el mundo han acontescido, de Álvaro Gutiérrez de Toledo (Toledo, 1524); Cancionero de López Maldonado (Madrid, 1586); Gramática castellana, de Antonio de Nebrija (Salamanca, 1492); Coloquios, de Pero Mexía (Zaragoza, 1547); Nicolás Monardes, Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias occidentales, primera y segunda y tercera parte (Sevilla, 1574); Romancero General (Madrid, 1604-1605); Miguel de Salinas, Retórica en lengua castellana (Alcalá, 1541); Boccaccio, Ilustres mujeres (Sevilla, 1528); Caída de príncipes (Toledo, 1511); Juan de Mena, Las CCC (Sevilla, 1512; Alcalá, 1566), etc. Hay abundantes tomos de Partes de comedias, distintas ediciones, y ediciones príncipe de Vicente Espinel, Lope de Vega, Las Casas, Diego de Salazar, etc. Sería enfadoso ensanchar esta relación, que no llevaría más que a demostrar lo que ya está demostrado: la riqueza de la colección académica.

La biblioteca crece constantemente, por intercambios, donativos aislados o compras. Se ha completado últimamente la riquísima colección de revistas especializadas en lengua y literatura. La llegada de la escuela pidaliana a la Academia se refleja vivamente en el aumento de los fondos. Entre los donativos que han enriquecido la biblioteca, figuran el del marqués de San Gregorio (1878), autógrafo de El bastardo Mudarra, de Lope de Vega; el del marqués de San Román (carta cervantina, 1888) 8. La viuda de Joaquín F. Pacheco, doña Sara Castillo, donó el Catálogo de los manuscritos de escritores españoles y portugueses existentes en siete bibliotecas insignes de Roma (I: Angélica. II: Barberini. III: Casatenense IV: Corsini. V: Jesuítica. VI: Vallicellana. VII: Zelada, obra de Lorenzo Hervás y Panduro. El catálogo está dirigido al duque de Alcudia, M. Godoy. (Véase Aguilar Piñal, Bibliografía de autores españoles del siglo xviii, iv, Madrid, 1986, pág. 454. Parece que no se publicó por la oposición de Pérez Bayer, según dice José Fernández Sánchez, Historia de la bibliografía española, Madrid, El Museo Universal, 1987, pág. 125.) Eloy García de Quevedo entregó a la Academia (1945), un manuscrito del Fuero Juzgo, del siglo xiii manuscrito que contiene además, las Sumas del maestro Jacobo y el Fuero de Zamora. Por legado llegaron a la Academia las bibliotecas de Antonio Romero López (1873) y del duque de Arcos (1935, cerca de cinco mil volúmenes), entregada por Virginia Woodbury, duquesa del mismo título. Descendientes de académicos y escritores han donado autógrafos o papeles de los archivos respectivos. Así lo hicieron, por ejemplo, herederos de Pedro Antonio de Alarcón (a la vez que el retrato del novelista, obra de Suárez de Llanos, 1980), de Eulogio Florentino Sanz (1940), de Gutiérrez Gamero (1941), etc. Los descendientes de Manuel Rico Sinobas dejaron a la Academia los riquísimos materiales que Rico tenía a medio elaborar para su proyectada y en marcha Historia del Libro 10. También legaron a la biblioteca académica papeles personales o libros Severo Catalina, Manuel Tamayo y Baus, Antonio Tovar. Importantes sobremanera fueron los legados de Melchor Fernández Almagro y de Agustín González de Amezúa. Fernández Almagro, que desempeñó durante largos años la crítica literaria en periódicos madrileños, ha dejado una riquísima colección de cartas de diversos escritores y personalidades de su tiempo. Y en el legado de Amezúa, entre papeles, notas, etc., para sus estudios lopescos o sobre la novela cortesana, destacan las cartas de Emilia Pardo Bazán a Benito Pérez Galdós (1989). En los momentos de cerrar estas líneas llega a la Academia, por disposición testamentaria, la riquísima biblioteca personal de Antonio Rodríguez Moñino 12 (véase pág. 564). Se espera igualmente, y por igual camino, la entrada de los libros de Dámaso Alonso.






Bonifacio Chamorro Luis, disponible en https://antalumccm.files.wordpress.com/2017/01/75-1953-1954-027-d-bonifacio-chamorro-luis.jpg?w=232.
Bonifacio Chamorro Luis, disponible en https://antalumccm.files.wordpress.com/2017/01/75-1953-1954-027-d-bonifacio-chamorro-luis.jpg?w=232.





BONIFACIO CHAMORRO,
TRADUCTOR DE HORACIO Y
BIBLIOTECARIO DE LA
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Daniel Martín Mayorga

Introducción

Aunque don Marcelino Menéndez Pelayo, en su Bibliografía Hispano-Latina, afirma que siempre ha habido abundancia editorial de Horacio, ya que «la difusión de sus obras ha sido superior a la de todos los libros humanos, puesto que la Biblia no lo es», el lector en castellano que quisiera hacerse con una buena traducción en los años 50, 60 y hasta principios de los 70 del pasado siglo tenía verdaderamente poco donde elegir. Acaso, la de mosén Lorenzo Riber en los distintos formatos de Aguilar… y también, por supuesto, la de Bonifacio Chamorro que hace el número 643 en la benemérita colección Austral de Espasa-Calpe.

Para los que en aquellas épocas estábamos despertando a la lectura de los clásicos, el austral gris de Horacio era una referencia. Barato, fácil de encontrar –como fondo editorial, y también en librerías de lance–, su sobria y elegante traducción en verso es cuanto se podía desear. Y el tiempo no le ha perjudicado: muchos otros han venido después, con ediciones indudablemente más exactas y atentas al canon filológico, pero quizá con distinto encanto. En una época en la que el concepto de divulgación no estaba tan presente, esta versión abrió la puerta de la poesía latina al público no especialista. Un libro más para lectores que para estudiosos. Bonifacio Chamorro bien podría decir, como el genio de Venusia, exegi monumentum

Nuestra simpatía por este traductor, y la coincidencia de que ejerciera de bibliotecario facultativo de la Real Academia Española media docena de años, los últimos de su vida laboral, era motivación suficiente para aplicarse a redactar, en su recuerdo, estas breves líneas. Sin embargo, lo que finalmente nos determinó a ello fue descubrir en la biblioteca académica catorce volúmenes que documentan su peripecia vital y literaria: recortes de artículos de prensa, originales manuscritos de las traducciones, reseñas, correspondencia personal… Todo está ahí, cuidadosamente recogido, ordenado y clasificado por su viuda, y después encuadernado con primor en tomos parejos que parecen murmurar, de nuevo, con cadencia horaciana: non omnis moriar… Qué menos, darlos a conocer.

Datos biográficos

La poca información que hemos podido reunir sobre Bonifacio Chamorro, además de en la solapa de uno de sus libros, nos la encontramos, paradójicamente, espigando en las varias necrológicas que le dedicaron.

Nace en Villalube (Zamora) el 14 de septiembre de 1884. La siguiente referencia ya lo sitúa en Arenas de San Pedro, pueblo abulense donde aparentemente pasó su infancia y al que se vinculó toda la vida. Estudia en la preceptoría de los Franciscanos, a la vez que publica en Diario de Ávila donde, desde la temprana fecha de 1903, «comenzó a romper lanzas en literarias lides su bien cortada pluma». Y a Ávila se traslada finalmente para incorporarse a la redacción y completar sus estudios primarios.

Ya en Madrid, obtiene la licenciatura y doctorado en Filosofía y Letras, facultad en la que posteriormente daría clase en uno de los cursos comunes de Lengua Latina. Ingresó en el cuerpo de archiveros del Estado (1915) y se le destina a Asturias. Sucesivos azares lo sitúan de bibliotecario en el Real Instituto de Jovellanos de Gijón, colaborando en el diario El Comercio y, de vuelta a la capital, enseñando latín en los institutos San Isidro y Cardenal Cisneros. Obtiene plaza de catedrático en la Universidad Central y de archivero-bibliotecario en la facultad de Filosofía y Letras.

Ahí precisamente lo encuentra la guerra civil, cuando ocurre el penoso suceso de la utilización, como parapeto, de los libros de la entonces magnífica biblioteca de esa facultad. Tras los primeros días de la contienda, y una vez estabilizado el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid, pudo organizarse un plan de recuperación de los volúmenes más valiosos en el que participaron los facultativos disponibles, entre los que se encontraba Bonifacio Chamorro, entonces a cargo de la biblioteca de la facultad de Derecho1.

Finalizada la guerra siguió vinculado a la facultad de Filosofía y Letras como bibliotecario y profesor de latín, ocupando a partir de 1942 la plaza de director interino de la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid. Su último destino es la Real Academia Española, de la que fue bibliotecario titular desde 1949, jubilándose en 1955. Falleció el 29 de enero de 1964.

Obra publicada

Además de dos poemarios, uno de ellos póstumo2 y los artículos periodísticos espaciados con bastante regularidad a lo largo de toda su vida, la obra de Bonifacio Chamorro consiste en una serie acumulativa de traducciones horacianas exclusivamente centradas en las Odas, Epodos y (una única vez) el Canto Secular. Las Sátiras, las Epístolas y el Arte Poética nunca fueron objeto de su atención. La relación cronológica de publicaciones es la siguiente:

  1. Veinte odas de Horacio puestas en verso castellano. (Madrid, Gráfica Universal, 1935). Separata de Anales de la Universidad de Madrid, tomo iv (Letras), Fascículos 1 y 3. En esta primera ocasión en que da a la imprenta sus versiones, se incluyen, tras un breve preámbulo, las siguientes odas:

  • Libro i: 5, 8, 9, 11, 13, 19, 23, 25, 30, 33.

  • Libro ii: 3, 4, 8, 10, 16, 18.

  • Libro iii: 9, 15, 28

  • Libro iv: 13

  1. Sesenta odas de Horacio con su traducción en verso castellano. (Madrid, Editorial Pueyo S.L., 1940). Se incorpora el texto original latino en páginas enfrentadas con su traslación. Una cita de Fray Luis de León hace de prólogo, y también se añade la relación de los poemas en función del metro utilizado. Contiene:

  • Odas Libro i: 3, 4, 5, 8, 9, 10, 13, 14, 17 19, 22, 23, 25, 29, 30, 31, 33, 36, 38.

  • Libro ii: 3, 4, 5, 6, 8, 9, 10, 11, 12, 14, 16, 17, 18, 20.

  • Libro iii: 7, 8, 9, 10, 12, 13, 15, 16, 18, 19, 20, 21, 23, 28, 30.

  • Libro iv: 1, 3, 7, 11, 12, 13.

  • Epodos: 3, 6, 7, 10, 14, 15.

  1. Odas. Noventa odas traducidas a verso castellano. (Buenos Aires, Espasa-Calpe Argentina, 1946). Incluye completos los libros i, ii y iii de las Odas más los Epodos 1 y 2. No se adjunta el texto latino original. El traductor prologa el libro e incluye un poema propio a manera de epílogo.

  2. Odas y Epodos. (Madrid, CSIC, 1951). Sobre la base de la edición anterior, añade el libro iv de las Odas y el resto de Epodos, menos los famosos epodos eróticos viii y xii que quedan sin traducir –siguiendo, cabe suponer, el ejemplo de Marcelino Menéndez Pelayo– «por su extremada obscenidad, que llega hasta lo soez y tabernario». Incluye también –y es el único de sus libros en que aparece– el Canto Secular, así como un prólogo nuevo. El texto latino original vuelve a estar presente, y se añaden profusión de notas, a tono con el nivel científico de la institución que lo edita.

  3. Odas-Epodos. (Madrid, Espasa-Calpe, 1967). La misma selección que en la edición del C.S.I.C., exceptuando el Canto Secular, y sin los textos originales ni las notas. Incluye un prólogo nuevo así como el poema de epílogo que anteriormente utilizó, pero sin la cuarteta final.

Bonifacio Chamorro en la Real Academia Española

El libro La Real Academia Española (Madrid, Espasa, 1999) de Alonso Zamora Vicente nos da información puntual de la vinculación de Chamorro con la Docta Casa:

(…) A Luis García Rives le sucedió Bonifacio Chamorro Luis, latinista, entusiasta traductor de Horacio y profesor de lengua latina, historiador de la biblioteca de Jovellanos, trabajo este último muy valioso. Chamorro estuvo a cargo de la Biblioteca académica entre 1949 y 1955.

Tras una revisión quizá superficial, no hemos encontrado referencias directas de Chamorro en los libros de actas donde se recogen las sesiones del Pleno Académico. En cambio, sí aparece en los registros de la Comisión Administrativa (equivalente a lo que hoy sería la Junta de Gobierno), aunque por asuntos menores, con excepción de la siguiente nota:

Sesión del 24 de junio de 1954

Enterada la Comisión Administrativa de que en el próximo mes de septiembre cumplirá la edad de jubilación el Bibliotecario facultativo, D. Bonifacio Chamorro, y deseando dicha Comisión seguir utilizando los excelentes servicios de este funcionario, que ha dado pruebas de una dedicación tan inteligente como eficaz al mejoramiento de la Biblioteca de la Corporación, acordó rogarle que continúe prestando servicio hasta nueva orden y que mientras tanto se le abone la misma cantidad que venía percibiendo a cargo del presupuesto de la Academia.

La sorpresa saltó cuando, en el intento de seguir el rastro del paso de Chamorro por la Casa, acudimos a la Biblioteca Académica y preguntamos por su referencia, sin esperar otra cosa que encontrar las versiones de Horacio y, con suerte, leer en ellas alguna dedicatoria interesante. Sin embargo, lo que recibimos fueron los ya mencionados catorce tomos de sus recuerdos editados –en el más completo sentido de la palabra– por su viuda. Y, a partir de ahí, aparecieron más documentos:

  1. Carta manuscrita de doña Laura del Valle, viuda de Chamorro, en la que solicita a la Real Academia acepte para su biblioteca los volúmenes por ella preparados (va sin fecha)

    Madrid

    Sr. Don

    Académico Secretario de la Academia Española

    … vuelvo sobre estos recuerdos, los ordeno y tengo el atrevimiento de enviárselo a Vd. juntamente con los volúmenes que contienen con todo lo que escribió como literatura periodística de la época y los originales de las varias ediciones que se han publicado de sus traducciones de las Odas de Horacio.

    Sería para mi una gran satisfacción que, todo ello, pudiera reposar definitivamente, en las estanterías de la noble Biblioteca de la Academia Española, en la que mi esposo, Bonifacio Chamorro (q.e.p.d.) terminó su vida activa como Bibliotecario Facultativo.

    Perdone mi súplica. Comprendo que su concesión sería un gran honor para su nombre y él, dada su modestia, próxima a la humildad franciscana, desde ‘ese más allá’ purificador de las almas, tendrá una sonrisa de comprensión para mi súplica, y otra sonrisa de gratitud como una oración, para todos los hombres sabios y nobles, que trabajan con amor en esa Casa por la cultura de España

    Suyo affma

    Laura del Valle

    Vd.ª de Chamorro

  2. Nueva nota manuscrita de doña Laura del Valle donde comunica la incorporación de la correspondencia personal a los documentos seleccionados:

    Después de reunir las críticas y juicios publicados en periódicos y revistas varias, sobre las traducciones de Horacio de mi esposo, Bonifacio Chamorro, tomo en mis manos esta carpeta de correspondencia dirigida al mismo y sobre lo mismo, con el propósito de destruirla. Pero ante las firmas y juicios que contiene me falta valor para hacerlo… lo dejo; y el Señor, que todo lo sabe, dispondrá de ello como sea su Voluntad.

    Madrid, 2 de abril de 1968

    Laura del Valle

  3. Otra nota a continuación, igualmente de su puño y letra, detalla los volúmenes que se envían como donación a la biblioteca de la Academia, hasta un total de catorce. Concluye de la siguiente manera:

    Nota: Ruego encarecidamente no se crean obligados a admitir aquello que no sea digno o conveniente para esa Biblioteca y sus catálogos. Sólo suplico tengan la bondad de comunicármelo para ir a recogerlo. Gracias,

    Laura

  4. Acuse de recibo del secretario de la Corporación:

    La Real Academia Española aceptó complacida su ofrecimiento de las obras de su esposo, don Bonifacio Chamorro, ilustre Bibliotecario Facultativo que fue de esta Corporación, y acordó dar a V.S. las más expresivas gracias por su donación. Dichas obras, de acuerdo con sus deseos, ya han sido incorporadas a la Biblioteca de este Cuerpo literario.

    Lo que tengo la honra de comunicar a V.S. , cuya vida guarde Dios muchos años.

    Madrid 28 de octubre de 1969,

    El secretario

  5. A lo que, en otra nota manuscrita, respondió la viuda:

    Madrid, 5 de Noviembre, 1969

    Sr. D. Rafael Lapesa, Secretario Perpetuo de la Real Academia Española

    Muy Señor mío: He recibido su grata noticia de la aceptación por la Real Academia Española de las obras de mi esposo, Bonifacio Chamorro (q.e.p.d.) y, verdaderamente emocionada, ruego a Vd. haga presente a su digna Corporación mi gratitud y reconocimiento.

    Que el Señor bendiga a todos los hombres de saber y buena voluntad que forman dicha Corporación , cuyo docto y paciente trabajo sirve de guía en el hablar y en el decir, a todos los españoles.

    Gracias, gracias de todo corazón

    Laura del Valle, Vd.ª de Chamorro.

La ficha de la biblioteca académica donde aparecen estos volúmenes es la siguiente:

TITN: 100701

Chamorro, Bonifacio (1884-)

[Documentos relativos a la obra de Bonifacio Chamorro] [Manuscrito]. -- [1900-1963]

14 piezas ; 29 x 23 cm

Manuscritos y h. mecanografiadas

Contiene: Piezas 1-2: Originales manuscritos y copias corregidas de las obras en verso y prosa de Bonifacio Chamorro (137 ; 232 h.).-- Pieza 3 : Recortes de prensa de artículos escritos por Bonifacio Chamorro, y publicados entre 1903 y 1913 (xvii, 2-135 h.).-- Pieza 4: Recortes de prensa de artículos escritos por Bonifacio Chamorro, y publicados entre 1936 y 1963 (90 h.).-- Pieza 5: Cuadernillos y separatas de las revistas en las que se publicaron las traducciones realizadas por el autor entre 1935 y 1949.-- Piezas 6 y 7: Aire de Castilla (472 h.).-- Pieza 8: 60 odas de Horacio / con su traducción en verso castellano por Bonifacio Chamorro [Ejemplar original presentado al Registro de la Propiedad Intelectual] (205 h.).-- Pieza 9: 90 odas de Horacio / traducidas a verso castellano [Ejemplar ordenado con las composiciones manuscritas y mecanografiadas que sirvieron de original al libro ; su distribución y posible paginación del texto] (176, [26] h.).-- Pieza 10 y 11: Traducción de Odas y epodos de Horacio (270 ; 271-474 h.).-- Pieza 12: Críticas aparecidas en la prensa sobre las traducciones de Bonifacio Chamorro, entre 1936 y 1950 (54 h.).-- Pieza 13 y 14: Correspondencia de Bonifacio Chamorro, relativa a la traducción de la obra Odas y epodos de Horacio (145 ; 133 h.)

Revisar este material aparecido de tan inopinada manera ha sido una melancólica experiencia. De la cuna a la sepultura, toda la vida de Bonifacio Chamorro se nos presenta clasificada: el tomo inicial se abre con un artículo periodístico publicado en la adolescencia, y el final concluye con la media docena de necrológicas que le fueron dedicadas. Y no puede menos que admirarse el cariño y la pulcritud con el que doña Laura, totus in illis, preparó los volúmenes, organizando los temas, plegando y pegando recortes, cartas y manuscritos para insertarlos simulando páginas de un libro, dejándolos listos para la encuadernación.

Del conjunto, qué decir, sino que algún repulgo da asomarse a tanta intimidad. Pero lo hacemos con gusto, como un homenaje al trabajo coordinado de ambos esposos.

Abrimos primero el volumen que recopila los recortes de prensa. Son colaboraciones aparecidas en el Diario de Ávila, enviadas desde Arenas de San Pedro, desde la propia ciudad amurallada o, más tarde, desde Madrid. El primer artículo, fechado el 1 de octubre de 1904, tiene como título De todo un poco. Se hace ver que es una columna periódica, y no la primera que le publicaron. Firma, en mayúsculas, CHAMORRO. El siguiente está extraído del mismo rotativo el día 31 de ese mes y, en este caso, se trata de un poema más o menos autobiográfico de nombre Orfandad. Y así va mezclando crónica y poesía, con cabeceras como Epístola, Palabras de un mundano, Apuntes madrileños; firmando alternativamente Boni, Bonifacio, B. CHAMORRO DE LUIS… Los textos tienen ese aire tan propio de la prensa de provincias –que, en cierto modo, ha perdurado en el tiempo– y los temas oscilan de lo social a lo lacrimógeno. Una serie de notas cambia el sesgo, y por primera vez le sentimos del todo periodista relatando las cruciales elecciones del Ateneo de Madrid en 1913, con Cajal y Azaña involucrados.

Un segundo tomo de recortes comienza con dos poemas, uno de ellos publicado en el primer número de la revista Prisma de la Facultad de Filosofía y Letras de la Ciudad Universitaria de Madrid (enero, 1935). Luego se entra en un comprensible vacío entre 1935 y 1941, cuando vuelven las crónicas para el Diario de Ávila. En este volumen se incluye también un apartado denominado Juicios y Críticas, donde aparecen referencias a los escritos de Chamorro, reseñas de su primer libro de poemas y, finalmente, necrológicas.

Otros volúmenes recogen las sucesivas traducciones de Horacio, bien en papeles sueltos y frecuentemente manuscritos, bien pasadas a máquina y preparadas como para la imprenta. Uno de ellos –que contiene la versión de Odas y Epodos y luce una encuadernación particularmente hermosa– lo encabeza una nota a mano de la viuda donde se dice «ordenadas y encuadernadas para que no se pierdan del todo» y firma «Laura, mayo de 1966».

Un tomo más contiene lo que sería el poemario póstumo Aire de Castilla, con prólogo manuscrito de su esposa, fechado «ix, 1965» seguido por los versos, normalmente anotados a mano, algunos mecanografiados, clasificados por temas (Amor, Pueblo y Ciudad, Aula y Poesía…), numerados e indexados.

En otro de los volúmenes con mayor interés se agrupan medio centenar de reseñas y comentarios aparecidos con motivo de las sucesivas ediciones de las traducciones horacianas de Chamorro. Son recortes de prensa y, en algún caso, trascripciones mecanografiadas. La primera, de Blanco y Negro, está fechada el 17 de mayo de 1936. El juicio de sus contemporáneos es francamente cariñoso, lo que se deja ver en comentarios como el siguiente:

Hemos oído a Horacio hablar en castellano no como extranjero y advenedizo, sino como si hubiese nacido dentro del solar Hispano (El Debate, 1936)

Las palabras que más repiten estos críticos son sobriedad y elegancia. Y frecuentemente se alude también a la fidelidad guardada al texto y a las posibilidades que abre al gran público para acceder a la poesía clásica.

Y, finalmente, también relacionado con la obra publicada, un volumen da cuenta de las notas y cartas personales de agradecimiento de aquellos a los que, bien la editorial o, más probable, el autor, han remitido ejemplares. José María de Cossío, Valentín García Yebra, Julio Casares, Alonso Zamora Vicente, Enrique Basabe… y muchos otros intelectuales de la época se dirigen cordialmente a Chamorro con palabras de elogio y reconocimiento. Algunas son más asépticas, como la nota de la Real Academia Española datada el 16 de abril de 1936 acusando el recibo de Veinte Odas de Horacio, firmada por el secretario Julio Casares. Otras impresionan bastante, tal la carta de Karl Vossler, fechada en Múnich, el 30-iv-1944:

Leo y releo con verdadero entusiasmo estas versiones. En estos versos castellanos encuentro la más rara, la más lograda unión de lo antiguo y moderno, romano e hispánico. Es una obra encantadora: llana, elegante, precisa y espontánea, tanto que más me parece resurrección de Horacio que no traslación

Dámaso Alonso también remite a Chamorro un texto manuscrito sin fecha donde comenta que, si bien no ha podido hacer con todos los poemas «la lenta labor comparativa» que, dice, es preceptiva en estos casos, los que ha cotejado con el original le parecen de «exactitud casi matemática y gran fidelidad al espíritu», por lo que le felicita, añadiendo en un tono algo displicente: «pocos hay que trabajen así ahora». Y en una nota posterior en que vuelve a agradecer el envío de otro de los libros, comenta al paso de él mismo, en relación con un ensayo que está preparando sobre el poeta Francisco de Medrano: «también intento alguna que otra traducción de Horacio».

Podríamos continuar trasladando aquí las partes más reveladoras de estas notas, ya sea por su significación, ya por el prestigio del firmante. Es, insistimos, correspondencia particular, aunque no íntima. Y, sobrevolando la formalidad de las respuestas, se deja ver afecto y respeto. Que Bonifacio Chamorro fue apreciado por sus lectores, ya lo habíamos certificado de inicio. Después de esta inmersión en su vida, podemos afirmar que igualmente lo fue por sus pares del mundo cultural y universitario.

Sin embargo, el mismo vate de Venusia nos da pie, con una de sus más felices citas –quandoque bonus dormitat Homerus– para comentar algo que siempre nos ha, digamos, rechinado, en el por otra parte impoluto currículo de Chamorro. Nos referimos, cómo no, a la inclusión de uno de sus poemas en las dos ediciones de la colección Austral. Claro está que la posibilidad de colocar los versos propios junto a los de Horacio debe resultar una tentación irresistible –aunque sea al final del libro; aun sabiendo que la musa le visitaba más como traductor que como poeta–, y no seremos nosotros los que tiremos la primera piedra. Hasta aquí, comprensión y sana envidia. Pero, incluso dispuestos como estamos al juicio más benévolo, los últimos versos ruborizan un tanto (diremos en su descarga que esta cuarteta final –de las cinco de que consta el poema– aparece solo en el austral argentino, y desaparece convenientemente de la subsiguiente edición española):

Sin buscar, pues, la gloria que el poeta
venusino en sus versos tanto ansiaba
te doy de Horacio estas «Noventa odas»
que son noventa y una, bien contadas.

Es decir, no solo coloca su poema junto a los de Horacio; también los mete todos en la misma contabilidad. Si Chamorro hubiera traducido el Arte Poética, de lo que no se tiene constancia, habría leído este verso: non erat his locus. Evidentemente, no era el lugar.


  1. Sobre este asunto, tan lamentable como pasmoso –un brigadista británico, sobre la base de la experiencia en tan particular trinchera, cifró en 350 el número mínimo de páginas que debía tener un libro para detener la bala; otro, en sus memorias, pondera el blindaje que proveían los volúmenes de metafísica alemana del xix– nos hubiera gustado profundizar si no rebasara ampliamente el objetivo de esta nota, pues hay material de primera mano: el propio Bonifacio Chamorro escribió al respecto un oficio al Jefe de los Servicios de Archivos y Bibliotecas (10 de abril de 1939, repárese en la cercanía de la fecha con el final de la guerra). Una descripción general de estos sucesos se encuentra en: Marta Torres Santo Domingo. La Biblioteca de la Universidad de Madrid durante la Segunda República y la Guerra Civil (tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2011).

  2. Nubecillas (1904) y Aire de Castilla (1964).

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